Voces: No basta la tolerancia

No bastan las buenas intenciones ni la tolerancia. En este caso, es imprescindible algo más que tolerar: es necesario aceptar.

Jorge Luis Baños - IPS

No se puede ser revolucionario siendo homofóbico.

En breve lapso, la revolución cubana arribará al cincuentenario de su triunfo.   En 1959 la sociedad cubana era radicalmente diferente a la de 2009. Sin embargo, la base de su legitimidad, para 1959 y para 2009, será la misma: ser efectivamente una revolución.

La aceptación de la diferencia sexual -y no sólo de esta diferencia- es inseparable del culto a la «dignidad plena» de los seres humanos. No se trata de un tema para sexólogos o para psicólogos, sino de un problema de toda una sociedad.

Si el socialismo es el proyecto de liberación integral de los hombres y de las sociedades, tiene que plantearse como obligación re-crear socialmente, de modo permanente, la moralidad de la libertad.

Es posible que, si bien se ha avanzado mucho en Cuba en este tema -obsérvese no sólo el trabajo del Cenesex , sino la literatura, el cine, el teatro o el público asistente a cualquier concierto de músicos jóvenes en la isla-, la sociedad cubana no esté preparada para una discusión abierta sobre este tema. Pero si no lo está, es precisamente por no haber encarado el tema como un problema de responsabilidad social y haberlo confinado al terreno de la psiquiatría y la contrarrevolución en otras épocas, o haberlo dejado al arbitrio de la tolerancia.

El problema de la «madurez» necesaria de una sociedad para enfrentarse a un cambio pertenece, en propiedad, a la agenda de los conservadurismos. Una revolución sabe que tal madurez no es «biológica», sino «social». Si los bolcheviques o los jóvenes cubanos de la década del cincuenta hubiesen esperado por las acumulaciones económicas  y culturales de sus respectivas sociedades, entonces jamás se hubiera producido la subversión de 1917 ni habría despertado en Cuba un proyecto de liberación. La «madurez» no se alcanza cuando una sociedad cumpla cincuenta, cien o dos mil años, sino como resultado de una reflexión permanente de esa sociedad sobre sí misma: sobre sus límites y sus taras.

Es necesario decirlo -decírnoslo- de una vez: no se puede ser revolucionario y tener vocación para la exclusión, para la discriminación. No se puede ser revolucionario siendo homofóbico , siendo racista, o siendo un largo etcétera de discriminaciones. No se trata de creer en la posibilidad de una vida social sin «prejuicios», sino de construir la posibilidad de someter tales «prejuicios», constantemente, a la crítica social.

Aníbal Ponce decía que no se puede ser tolerante cuando se tiene ideales. La frase sirve acaso únicamente para el campo estricto del enemigo. Pero, en este punto, no está en juego ningún «enemigo» más allá de nuestra propia cultura, más allá de nosotros mismos. Lo que está en juego es la   propia integridad de nuestra libertad y de nuestra dignidad. Nadie es libre mientras existe discriminación -en cualquiera de sus formas, sea como «rezago cultural» o en forma directamente política-normativa. La discriminación -eufemismo que ha escondido palabras de mayor gravedad como represión- envilece al discriminado y al discriminador.

La ternura no basta, decía Roque Dalton . No bastan las buenas intenciones ni la tolerancia. En este caso, es imprescindible algo más que tolerar: es necesario aceptar. Esa aceptación supone una continuidad en tal elección: empieza en la no discriminación y debe pasar por el régimen jurídico propio de esa aceptación, hacia el clima moral, espiritual y político en que lo antes aceptado resulte natural.

Si no está preparada hoy la sociedad cubana, a cincuenta años del triunfo de 1959, no puede esperarse por la edad imposible de esa madurez. Hay que sostener maduramente —es decir con honestidad y transparencia, es decir, revolucionariamente— una discusión sobre el hecho de que la libertad es muy exigente: mientras más se tiene, más se necesita.

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