Cuba: La insurgencia en América Latina y los viejos esquemas del involucramiento cubano

En América Latina el viejo fenómeno de la guerrilla ha adquirido matices nunca antes registrados.

Jorge Luis Baños-IPS/jlbimagenes@yahoo.es

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) dialoga por estos días con el gobierno de su país a fin de negociar la paz.

La acción política armada o la insurgencia guerrillera no ha dejado de ser uno de los fenómenos más peculiares y característicos en América Latina, a pesar de los cambios ocurridos en los últimos años en la región, y que tuvieron como punto de partida el retorno de los militares a los cuarteles y una apertura democrática novedosa, en la mayoría de los países latinoamericanos.

En algunas áreas de la región, el asunto de la insurgencia es un problema, y en otras parece convertirse en un riesgo potencial para los mecanismos políticos y socio-económicos vigentes.

Centroamérica es actualmente el vórtice de una de las zonas más explosivas de América Latina, en la que el viejo fenómeno de la guerrilla ha adquirido matices nunca antes registrados: la acción simultánea de dos tipos de movimientos rebeldes, de izquierda y derecha.

El Salvador, se muestra hoy por hoy como el escenario fundamental de enfrentamiento de un movimiento insurgente de izquierda y una estructura de gobierno, en que la derecha parece destinada a mantener las reglas del juego. En Nicaragua, una guerrilla derechista disputa el poder apoyada abiertamente por Estados Unidos a las ex insurgentes fuerzas sandinistas que forman gobierno actualmente y parecen tener bajo control los resultados de la situación.

Mientras que para una gran mayoría de políticos de la región el fenómeno de la lucha armada debe ceder paso al pluralismo político más efectivo y real, para otros, existen condiciones que determinan la mantención de esa vía no pacífica, que tuvo su plenitud en los años 60, tras el triunfo de Fidel Castro en 1959, en Cuba.

La década del 60 se caracterizó por el surgimiento en la región de numerosos movimientos rebeldes, con un evidente vínculo político e ideológico con La Habana.

Fuentes norteamericanas sostienen que Castro generó en América Latina una efervescencia revolucionaria, materializada en brotes insurgentes que iban desde los países vecinos más próximos, hasta el cono sur americano, los cuales actuaban de manera coincidente con las posturas oficiales cubanas hacia sus gobiernos y hacia Washington.

Castro dijo en julio de 1977 a la revista brasileña Veja (VEA), que esos gobiernos, contra los cuales operaban las guerrillas “se sentían en el derecho de promover el bloqueo y la contrarrevolución en Cuba”, razón por la cual “nosotros los cubanos nos consideramos con entera libertad, por tanto, para apoyar los movimientos revolucionarios en esos países”.

Por aquella época, no quedó espacio geográfico en el que la insurgencia no se manifestara de forma espontánea con el apoyo de La Habana, porque como destacó el presidente cubano “al bloqueo imperialista sobre Cuba se sumaron prácticamente todos los gobiernos de Latinoamérica, con la única y honrosa excepción de México”.

El líder cubano ha reiterado desde entonces, que “aquellos países que se asociaron a los Estados Unidos en las agresiones, en el bloqueo y en la contrarrevolución contra Cuba nos dieron la libertad de apoyar a los movimientos revolucionarios”.

La administración norteamericana, desde los tiempos de John F. Kennedy hasta Richard Nixon, no dejó de esgrimir públicamente de que Cuba “exportaba la revolución hacia América Latina y el Caribe”, rechazada desde sus orígenes por las autoridades cubanas.  
Según el ex canciller cubano Raúl Roa García, Estados Unidos esgrimió esa teoría como una “vil sutileza ideológica para promover nuestro aislamiento”.

La prensa occidental, especialmente de Estados Unidos, fue durante los años 60 muy receptiva a las acusaciones norteamericanas y de los gobiernos latinoamericanos en cuanto a que La Habana prepara y entrena grupos armados en su territorio para luego enviarlos a Centroamérica o América del Sur.

Esa teoría sigue vigente –con nuevos matices y enfoques– y tiende a crear un ambiente de resentimiento entre los países latinoamericanos y Cuba y favorece la continuación de un aislamiento regional cubano que en la práctica ha sido sustituido por relaciones de cooperación y diálogo.

Para importantes círculos políticos latinoamericanos, La Habana ha cambiado sustancialmente su política de estímulo a los grupos guerrilleros y “limita a simples lazos de solidaridad política” sus relaciones con organizaciones izquierdistas rebeldes.

Fuentes latinoamericanas sostienen que no en todas partes “puede achacársele a Cuba responsabilidad moral, política y hasta material” en el surgimiento y desarrollo de grupos guerrilleros, hay casos como “en Perú, donde lo que allí ocurre nada tiene que ver con el castrismo”.

Se afirma que la controvertida “guerra popular” que la guerrilla “Sendero Luminoso” inició desde 1982 desde los Andes peruanos, es hoy una de las mayores expresiones de rebeldía armada en América del Sur, donde proliferaron en los años 60 los grupos castristas y fracasó el proyecto guerrillero continental de Ernesto “Che” Guevara.

Especialistas en asuntos latinoamericanos sostienen que la acción política armada es sólo ahora un virtual antecedente histórico en Venezuela, Brasil, Uruguay, Argentina y Bolivia, aunque mantiene una radical incidencia en Colombia, y ha adquirido manifestaciones pecualiares en Chile.

A pesar de los cambios ocurridos en el escenario suramericano desde hace veinte años, prevalecen y parecen revivirse con cierta frecuencia, los viejos esquemas del involucramiento cubano en la promoción de la violencia en la región.

El gobierno norteamericano no ha reconsiderado su viejo criterio de que La Habana alienta y propicia la subversión política y militar en América Latina y no ha descartado la “exportación de la revolución” hacia sus vecinos democráticos.

Un estudio publicado en Washington en enero último sobre la influencia de Cuba en las guerrillas latinoamericanas analiza especialmente la “política de promoción de la revolución aplicada” por el gobierno cubano y reitera la importancia del “apoyo castrista a los movimientos guerrilleros” de Colombia, El Salvador, y Chile, entre otros.

El informe elaborado por Rex A. Hudson, especialista en temas latinoamericanos de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, que fue editado por la anticastrista “Fundación cubano-americana” reitera que La Habana no ha cambiado en su planteo de la realidad regional y sigue siendo un eficaz apoyo militar para los movimientos guerrilleros del área, fundamentalmente en Centroamérica.
Sin embargo, Wayne Smith, ex jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana, entre 1976 y 1980, aseguró a la prensa norteamericana que su país “no tiene ninguna evidencia sólida del apoyo cubano a grupos armados en América Latina”.

El también director del programa de estudios argentinos y cubanos en la Universidad “John Hopkins”, criticó el estudio de Hudson y lo calificó de “propaganda”, que en nada revela la realidad de la política exterior de la isla hacia la región, en relación con la guerrilla.

Smith precisó en otro momento a agencias de prensa occidentales que “es una exageración” el estudio realizado por Hudson y reiteró que “la política cubana ha cambiado drásticamente desde los años 60” porque Castro llegó a “la conclusión hace mucho tiempo de que sólo en El Salvador estaban las condiciones para una revolución armada”.

Para el experimentado diplomático norteamericano, considerado como uno de los que mejores relaciones mantuvo con Castro de los tres jefes que ha tenido la Sección de Intereses, la nueva percepción cubana fue “reconsiderada en 1979, después del triunfo de los sandinistas en Nicaragua, (ocasión) en que los cubanos comenzaron a preguntarse de nuevo si tal vez el Che Guevara había tenido razón o no”.

El catedrático norteamericano aseguró que “durante un breve período dio la impresión de que los cubanos podrían volver a apoyar las insurgencias, pero finalmente se convencieron de que sólo El Salvador y tal vez en menor medida, Guatemala, estaban en condiciones para una revolución”.

La Habana ha negado reiteradamente mantener una política deliberada de apoyo a los grupos insurgentes y advertido de que aún cuando no lo hace, no significa que esté obligada a observar reglas de conducta que otros gobiernos no respetan, como Estados Unidos.

Fuentes oficiales cubanas aseguran que son falsas las afirmaciones de gobiernos latinoamericanos, entre ellos los de El Salvador y Chile, que han atribuido a la isla responsabilidad en la organización de operaciones guerrilleras ejecutadas en esos países.

El presidente Castro considera que los estallidos sociales y políticos en la región no son inspirados hoy día desde afuera, sino que son el resultado de una profundización de la crisis económica y de las contradicciones del sistema capitalista.

DE LA GUERRILLA CASTRISTA A LA GUERRA “POPULAR” DE SENDERO LUMINOSO

El presidente Castro afirmó en 1988 al periodista brasileño Fernando Morais que “todos los países que abandonaron la política de bloqueo, de subversión y de promoción de la contrarrevolución contra Cuba, e incluso los que restablecieron relaciones normales y respetuosas con Cuba, recibirán de nosotros (el gobierno) la misma política de respeto, independientemente de su sistema político y social”.

Observadores locales han asegurado a IPS que el desarrollo de los vínculos bilaterales de los últimos cinco años entre La Habana y Brasil, Argentina, Uruguay y Perú, entre otros, confirma que esas ideas del mandatario cubano “han sido letra viva de la política exterior” de la isla.

Sin embargo, fuentes norteamericanas han insistido en que Castro “ha brindado apoyo material y político” a grupos subversivos en México, el único país de la región que decidió  mantener sus vínculos con la isla en 1962 cuando la OEA dispuso colectivamente el aislamiento del gobierno cubano.

Por su parte, las autoridades cubanas han negado que La Habana haya apoyado operaciones antigubernamentales en México y advertido que con ese país “se ha seguido una relación respetuosa, sin injerencias de ninguna clase”.

Castro manifestó a la revista Veja que México es una demostración de la política cubana de respetar a los países amigos a pesar de tener gobiernos diferentes: “en México no se puede decir que estuvimos apoyando movimientos revolucionarios dentro de su territorio”.

Sin embargo, añadió: “en cuanto a los otros países de América Latina que no respetan las leyes internacionales y nuestra soberanía, y continúan aliados al bloqueo imperialista y a las agresiones contra Cuba, no nos sentimos con ninguna obligación especial en relación con ellos”.

Cuba ofreció al insurgente Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), de Nicaragua desde 1975 un abierto apoyo político y material atendiendo a su principio político de que “el régimen de (Anastasio) Somoza se había aliado a Estados Unidos en sus agresiones contra Cuba sosteniendo a los elementos (cubanos) contrarrevolucionarios”.

En relación con El Salvador y Guatemala, Castro insiste en desestimar las acusaciones de que Cuba suministra armas a las guerrillas que operan en esos territorios centroamericanos fundamentalmente en El Salvador, o que entrene o asesore a sus combatientes.

También ha cuestionado el hecho de que se le pretenda atribuir cualquier ayuda al movimiento guerrillero salvadoreño, que se enfrenta a un ejército regular apoyado por Estados Unidos, desde hace nueve años.

La Habana ha aclarado que es muy difícil el suministro de armas a ese país centroamericano y que es partidaria de un arreglo político del conflicto regional.

En los últimos tiempos, a partir de la reinserción cubana en América Latina, que tuvo su mayor exponente en el restablecimiento de vínculos oficiales con un buen número de naciones del área, Castro ha reiterado su criterio de que las relaciones con aquellos movimientos insurgentes que surjan en esos países serían siempre muy especiales.

Castro señaló a Veja que “no es que no simpaticemos con los movimientos revolucionarios”, pero “si surge un movimiento revolucionario en un país que tiene relaciones con nosotros o respeta nuestra soberanía y nuestro país, por mayor que sea nuestra simpatía por los movimientos revolucionarios, nosotros nos abstendremos de cualquier apoyo a ese movimiento. Esa fue y continuará siendo nuestra política. No cambiamos en nada”, aseguró.

El líder cubano destacó que “somos partidarios del respeto a la coexistencia pacífica entre estados de diferentes regímenes sociales, y todos los países que están dispuestos a vivir de acuerdo con esas normas serán respetados por nosotros”.

Para el gobernante, la situación actual en América Latina no es la misma de los años 60, cuando en la mayoría de las naciones del área la lucha guerrillera se transformó en uno de los problemas más graves, al aglutinar a importantes fuerzas del espectro político, y La Habana ofrecía un abierto apoyo moral –y en lo posible técnico– a los insurgentes.

Venezuela, por ejemplo , uno de los países que mayor apoyo ofreció a Washington en su política anticastrista, soportó un vendaval insurgente, que con la participación de diversas fuerzas internas, contó con un sostenido respaldo de La Habana.

En los primeros años de la década del 60 la guerrilla rural se constituyó en un fenómeno de gran magnitud para las autoridades de Caracas con la creación, al influjo de la revolución cubana, de las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL), comandadas por un ex militar vinculado al Partido Comunista (PCV).

La guerrilla izquierdista venezolana dispuso desde un inicio de la cooperación política y técnica de La Habana. Algunos ex insurgentes del movimiento rebelde que dirigió Castro en la Sierra Maestra, en los años 50, se enrolaron en las fuerzas rebeldes, que durante algunos meses combatieron al gobierno de Caracas.

Entre los cubanos que combatieron en Venezuela, estuvieron militares que hoy ostentan altos grados en el Ejército de la isla y figuró el ex general de división Arnaldo Ochoa, fusilado el 13 de julio último por realizar operaciones de narcotráfico con el colombiano Cartel de Medellín.

La insurgencia venezolana tuvo su período de mayor actividad entre 1961 y 1962, pero en 1963 fracasó en su intento de impedir las elecciones presidenciales, y más tarde el PCV rompió con Bravo, para recuperar su legalidad en marzo de 1969, en tanto que el MIR vivió un fraccionamiento que dio origen a Bandera Roja, de tendencia maoísta, que actuó  hasta comienzos de esta década, aunque en mínima escala.

Desde el gobierno democristiano de Rafael Caldera (1969-74) los guerrilleros iniciaron el abandono de las armas. Martín y Moleiros incursionaron más tarde en las elecciones, y antes lo hicieron Teodoro Petkoff y otros ex dirigentes guerrilleros del PCV que fundaron el Movimiento Al Socialismo (MAS).

Por su parte en Brasil a partir de 1968, cuatro años después del golpe que derrocó a Joao Goulart, surgieron varios grupos castristas de guerrilla urbana, como la Acción Liberadora Nacional (ALN), del ex diputado del Partido Comunista (PCB), Carlos Marighela, muerto en un tiroteo con la policía en noviembre de 1969.

Otro escenario de la participación cubana en la guerrilla latinoamericana fue Bolivia, donde a juicio de los investigadores se ensayó un proyecto regional de insurgencia.

La guerrilla del Che Guevara comenzó a gestarse en Bolivia en julio de 1966, con apoyo inicial del Partido Comunista Ortodoxo (PCB) y combatientes cubanos que acompañaron al guerrillero cubano-argentino, quien el 23 de marzo de 1976, fecha de la primera acción armada del grupo, fundó un ejército de Liberación Nacional (ELN).

La derrota del ELN, siete meses después, fue seguida en 1970 por un intento de reestructurar el grupo, a cargo de Oswaldo “Chato” Peredo –hermano de Guido “Inti” y Roberto “Coco” Peredo, lugarteniente del Che– quien reunió a unos 60 hombres con el apoyo de la Democracia Cristiana Revolucionaria (DCR).

El nuevo ELN creó un foco guerrillero que operó apenas un mes, hasta septiembre de 1970, fue diezmado por los militares, lo cual marcó prácticamente su extinción, ya que en los años siguientes llegó a fraccionarse en cinco grupos.

Por su parte en Colombia, en 1964 fueron fundadas las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) de definición comunista ortodoxo, que en marzo de 1985 suscribieron una tregua con el gobierno, renovada en 1987, al tiempo que impulsaron la formación de la Unión Patriótica (UP), partido legal que hoy cuenta con una amplia representación en el Congreso.

También en 1964 surgieron en Colombia el Ejército Popular de Liberación (EPL), de tendencia maoísta, y el castrista Ejército de Liberación Nacional (ELN), cuyo militante más célebre fue el sacerdote Camilo Torres, muerto en un combate en 1966. En la actualidad ambos grupos continúan activos.

El Movimiento 19 de Abril (M-19), constituido en 1973 por ex miembros de las FARC, el PC, la Populista Acción Nacional Popular (ANAPO) y por cristianos de base, alcanzó su mayor grado de popularidad a fines de la década anterior.

El componente ecuatoriano de ese grupo guerrillero, definido por algunos como una alianza internacional revolucionaria, es el “Alfaro Vive Carajo” (AVC), que se autodefine como “demócrata y de izquierda no marxista”, primer grupo insurgente de cierto peso en ese país, tal vez el menos convulsionado por la lucha armada.

El  AVC se inspira en la figura del caudillo liberal local Eloy Alfaro, e hizo su aparición en julio de 1983. Desde entonces realizó asaltos bancarios, ocupaciones de medios de comunicación para definir proclamas y secuestros, con un saldo de 23 militantes muertos y unos 50 actualmente encarcelados.

En 1962, Hugo Blanco, un sindicalista de otro partido también denominado POR-T, fracasó en el proyecto de conformar un gobierno local en el Cuzco, con apoyo guerrillero a organizaciones campesinas en el Valle de la Concepción.

Desde 1963 a 1965 el ejército diezmó dos intentos foquistas de un ELN peruano, el primero dirigido por el poeta Javier Heraud, y el segundo, que actuó en Ayacucho y Apurimac, comandado por Héctor Béjar.

También en 1965, la policía y el ejército aniquilaron dos frentes guerrilleros del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) –una escisión del entonces populista Partido Aprista–, dirigido  por Luis de la Puente Uceda y Hugo Lobatón.

“Sendero Luminoso” inició 17 años después, con la ocupación de la ciudad de Ayacucho, en 1982, una guerra civil en la sierra central peruana, con miles de víctimas en las empobrecidas comunidades campesinas, bajo el asedio simultáneo de los guerrilleros maoístas y la contrainsurgencia militar y policial.

La controvertida organización, calificada por muchos como “polpotiana” por su estructura, métodos y fanatismo, abrió otros frentes y extendió su accionar a Lima. Por otra parte, en 1984 surgió en Perú un segundo grupo armado, el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA), cuyas pautas parecen inspiradas en la revolución cubana.

En Chile, el grupo insurgente más destacado fue el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), fundado en 1965 y que entre 1968 y 1970 –hasta el triunfo del gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende– realizó sobre todo asaltos bancarios.

Su dirigente máximo, Miguel Enríquez, murió en octubre de 1974 en Santiago de Chile, en un enfrentamiento con efectivos de seguridad del gobierno del general Augusto Pinochet, quien en 1981 frustró un intento del MIR de crear una guerrilla rural en el sur de Chile.

En diciembre de 1983 hizo su aparición en ese país el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), que se caracterizó por acciones de propaganda y sabotaje, hasta que el 7 de septiembre de 1987 atentó contra Pinochet, en un operativo en que perecieron cinco escoltas del gobernante.

Según las autoridades chilenas, el FPMR es el “brazo armado” del proscrito Partido Comunista de Chile (PCCH), mientras que voceros del grupo insurgente en el exterior afirman que el mismo es una “estructura multipartidaria” contra la dictadura militar.

El gobierno norteamericano tradicionalmente ha responsabilizado a La Habana de promover la insurgencia en la región, aun cuando las fuerzas políticas que crean los grupos rebeldes no tienen vínculos ideológicos o políticos con Castro y en ocasiones sostienen posiciones críticas hacia el proceso político cubano.

Castro dijo a Radio Cadena Nacional (RCN) de Colombia, el 23 de febrero de 1987, que no existe cooperación de su gobierno con la insurgencia colombiana, porque “con el presidente (Belisario)  Betancourt –1982-1986– Cuba fue intachable y mantenemos esa posición  con el nuevo gobierno (del presidente Virgilio Barco)”.

En agosto de 1986, Barco asumió el poder en Colombia, e inició sondeos para el restablecimiento de lazos normales con la isla, que han dado como resultado un evidente estrechamiento de vínculos no oficiales entre las dos naciones y un alto nivel de cooperación internacional, aunque no se han formalizado las relaciones.

Atendiéndose a las afirmaciones hechas en 1977 a Veja, y a pesar de no existir vínculos diplomáticos oficiales con Bogotá, Castro subrayó que las relaciones de su gobierno con los grupos locales guerrilleros son “exclusivamente políticas” y no existe “ninguna otra clase de cooperación” con los insurgentes de esa  nación, actualmente en negociaciones de paz con el gobierno.

El catedrático norteamericano Wayne Smith, afirmó en enero de este año que “las armas decomisadas al M-19 en Colombia, en 1980 venían de Nicaragua y no de Cuba” y agregó que “el gobierno sandinista dio una explicación al de Colombia, que aparentemente Bogotá encontró satisfactoria”.

Smith precisó que “yo creo, personalmente, que Castro es sincero cuando habla, como le dijo al senador Clayborne Pell, de que está dispuesto a una normalización gradual de relaciones con Estados Unidos”.

Pell viajó a La Habana en 1988 y se entrevistó durante más de cuatro horas con el presidente cubano, ocasión en que el líder del Comité de Relaciones Exteriores del senado norteamericano escuchó explicaciones de Castro sobre las motivaciones históricas de su política exterior hacia América Latina y Estados Unidos.

El presidente de la Comisión de relaciones exteriores del senado norteamericano destacó en Washington tras una semana de estancia oficial y privada en la isla que Castro fue cuidadoso en sus afirmaciones pero “evidentemente muy sincero”, cuando se refirió a sus esfuerzos por una solución de los conflictos regionales y nacionales.

ESTADOS UNIDOS INSISTE EN UN CONTINUO INVOLUCRAMIENTO DE CUBA EN MOVIMIENTOS GUERRILLEROS EN LA REGION

El influyente especialista en temas latinoamericanos de la Biblioteca del Congreso norteamericano, Rex Hudson, afirmó en una investigación sobre la insurgencia en la región que la “subversión en América Latina continúa siendo el componente central de la política exterior de Cuba”.

Según el experto, el presidente Castro no ha abandonado “su política de promoción de la revolución expandiendo las relaciones diplomáticas y la lucha armada”.

Sin ofrecer pruebas ni hechos concretos de la participación cubana en operaciones de suministro logístico a grupos guerrilleros del área, Hudson sostiene que Cuba coopera con unas 27 organizaciones guerrilleras activas, que operan actualmente  en varios países de América Latina.

Hudson asegura, que esos grupos disponían en 1987 de 25 mil hombres armados y debidamente entrenados, quienes reciben el más variado apoyo de Cuba y Nicaragua, países que les suministra armas y municiones y los prepara para la guerra de guerrillas y contra las técnicas de contrainsurgencia de Estados Unidos y los ejércitos latinoamericanos.

El analista refiere apreciaciones sobre una supuesta resignación cubana a dejar de “exportar la revolución” tras el fracaso de la guerrilla del comandante Guevara, y concentrar sus fuerzas en una “política más madura”, destinada a promover “buenas relaciones de Estado a Estado” en la región.

El estudio centra algunos análisis en la política cubana de reinserción en los mecanismos de concertación política latinoamericanos y los relaciona con objetivos subversivos del gobierno cubano, empeñada en hacer valer sus tesis acerca de la revolución y “su necesidad histórica” en la región.

Una buena parte del estudio analiza la historia de los movimientos guerrilleros de izquierda surgidos en la mayoría de los países del continente en los años 60, después del triunfo de la revolución cubana y, específicamente destaca la situación de esos grupos rebeldes, tras la muerte del Che, en Bolivia, en 1967.

Para Hudson, que no es más que un vocero de las posiciones oficiales de Washington en relación con el tema de la insurgencia regional, el “Departamento América” del Comité Central del gobernante Partido Comunista de Cuba (PCC) es el centro de orientación de la guerrilla en la región.

Según el académico, el ex comandante Manuel Piñeiro, jefe de ese departamento político del régimen de Castro y su equipo de asesores han “trabajado tranquila y eficazmente para instruir, aumentar y unificar las por lo menos 27 organizaciones guerrilleras que operan en varios países de la región”.

“Después de dos décadas de tentativas y errores, Fidel Castro finalmente logró con ayuda del Departamento América crear en 1979, en Nicaragua, una fórmula correcta para su revolución”, según Hudson, quien agregó que el líder cubano está convencido de que el “modelo nicaragüense puede ser reproducido en otra parte”.

La Habana ha advertido que su respaldo político, económico y hasta militar a Nicaragua no es el resultado de una política de injerencia en los asuntos de ese país ni el de su supuesto involucramiento en el conflicto interno de esa nación, sino el lógico “proceso de relaciones amistosas y paternales” entre dos revoluciones con particularidades y enfoques que las distinguen de los procesos políticos tradicionales en el área.

El especialista del congreso estadounidense analiza país por país las actividades que realiza desde 1979 el “Departamento  América”  y  se refiere al “apoyo cubano al M-19 en Colombia, al FMLN en El Salvador, al MIR en Chile y a los terroristas de Puerto Rico”, entre otras organizaciones guerrilleras.

Una de las fuentes de inteligencia utilizadas por Hudson y que al parecer emplea como principal referencia de la investigación, es el ex mayor de la inteligencia cubana Florentino Aspillaga Lombart, quien aseguró que todos los consejeros claves del gobierno nicaragüense son funcionarios de inteligencia cubanos.

Fuentes cubanas han prevenido a medios informativos internacionales del “montaje de una campaña de desinformación” con ex oficiales cubanos, que han desertado en los últimos meses con el propósito de justificar las acciones hostiles norteamericanas contra la isla y asegurar que sus acusaciones sean respaldadas por denuncias de testigos naturales.

El gobierno norteamericano y la oposición legal y armada nicaragüense afirman que Nicaragua se ha convertido en los diez últimos años de régimen sandinista en “una base estratégica y operacional de los cubanos y soviéticos” y podría constituir una mayor amenaza para Centroamérica en el futuro se disminuye la resistencia contrarrevolucionaria.

El vicepresidente norteamericano Dan Quayle afirmó el 19 de junio en Washington tras su retorno de una gira por cuatro países centroamericanos, que la Unión Soviética ha extendido su alianza política y militar no sólo a Cuba y Nicaragua, sino también a Panamá, a través de Managua. Quayle manifestó en una teleconferencia con periodistas de México y Venezuela que lo interrogaron sobre el resultado de sus conversaciones con los líderes centroamericanos, que Moscú puede estar viendo “un interés en Panamá”, debido a que bajo el mando del general Manuel Noriega, ese país es un “estrecho aliado de Cuba y Nicaragua”.

El ex diplomático cubano Héctor Aguililla Saladrigas, quien desertó a Estados Unidos en octubre de 1988 y compareció públicamente tres meses después, en enero de este año, anunció que entregó a las autoridades norteamericanas “información importante” sobre una presunta vinculación de la isla con grupos terroristas de Oriente Medio y América Latina.

Fuentes norteamericanas precisaron que Aguililla, de 35 años, estuvo destacado en las embajadas cubanas en Siria e Irán y actuó de enlace con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

Según el ex diplomático el gobierno cubano sirvió de intermediario para el envío “sistemático” de armas, entregadas por grupos palestinos a movimientos armados en América Latina, con los cuales La Habana mantiene estrechos vínculos.
Sin embargo, las afirmaciones del exdiplomático cubano no han podido ser demostradas con pruebas irrebatibles, ante el rechazo que de una forma u otra han hecho las autoridades cubanas.

Aguililla indicó a la prensa extranjera acreditada en Washington, el 2 de febrero, que durante su estancia en Damasco, Siria, entre 1976 y 1984, como primer secretario de la Embajada de Cuba, su papel central era establecer los contactos entre representantes de grupos guerrilleros de la región y organizaciones palestinas.

Agregó que también coordinó el adiestramiento de esos movimientos insurgentes latinoamericanos por palestinos en las montañas del Líbano.

Según el desertor, entre las organizaciones latinoamericanas que él ayudaba estuvieron el MIR chileno, la entonces Coordinadora Revolucionaria de El Salvador y guerrillas guatemaltecas, las cuales sostenían vínculos con el Frente Popular para la Liberación de Palestina, de George Habash, y el Frente Democrático para la Liberación de Palestina.

El gobierno cubano no ha emitido declaración oficial en torno a esas acusaciones, pero fuentes dignas de crédito consultadas por IPS sostienen que “esos desertores tienen un programa y un plan elaborado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), al que no se le debe prestar atención”.

Según La Habana, esa es una vieja estrategia política de Washington que no ha cambiado y prevalecerá como una de las armas políticas e ideológicas de Estados Unidos contra Cuba.

El ex diplomático dijo que “producto de nuestras estrechas relaciones con esos grupos palestinos éstos nos procuraban gratuitamente armas de fabricación occidental, como subametralladoras, granadas de mano, revólveres y algunas pistolas de fabricación española”.
Esas armas, generalmente de uso, eran trasladadas mensualmente “por medio de valijas diplomáticas que iban a La Habana vía Moscú”, aseguró el desertor.

El algunas ocasiones Aguililla contactaba con grupos palestinos en el Valle de la Bekaa, donde recogía armas y las trasladaba hasta Damasco en el maletero de su auto, aunque cuando las operaciones eran mayores, un alto oficial de la seguridad cubana establecía contactos con organizaciones comunistas árabes, el grupo palestino “Al Fatah” y Aden, Yemen del Sur, que en coordinación con los sirios, compraba armas y municiones, explicó el ex diplomático.

Coincidiendo con las revelaciones de Aguililla, el diario bonaerense Clarín, denunció que una parte del grupo sedicioso que asaltó el Regimiento tres de Infantería de La Tablada, en la periferia de la capital argentina recibió un entrenamiento militar en España, La Habana y Managua.

Fuentes cubanas bien informadas indicaron a IPS que la Embajada cubana en Buenos Aires, desmintió los informes de prensa que involucraron a Cuba en esos sucesos y aseguran que La Habana mantiene una política de absoluto respeto a la soberanía argentina, así como una posición de colaboración con el gobierno de Raúl Alfonsín, blanco de esas actividades subversivas.

Citando fuentes militares, Clarín destacó que “los sediciosos argentinos que se entrenaron en el exterior hicieron el mismo periplo: España, La Habana, Managua, y regresaron al país por la frontera con Brasil”.

El diario Clarín, el de mayor circulación en Argentina subrayó que “las informaciones  en el ámbito militar indican que los integrantes del grupo agresor son de ideología trotskista y pertenecieron en su mayoría al Movimiento Todos por la Patria (MT) o a una escisión de éste”.

Los combates en La Tablada, por más de 30 horas, provocaron la muerte de siete militares, un policía y 28 insurgentes, e hirieron a 63 personas entre soldados y policías.

El Departamento de Estado Norteamericano informó el 2 de junio último que fue encontrado “un millón de balas de fabricación cubana” en un arsenal clandestino de las guerrillas salvadoreñas.

Al advertir que el hallazgo se contradice con las declaraciones de Fidel Castro en el sentido de apoyar el proceso centroamericano de paz, el vocero Richard Boucher precisó que el cargamento fue descubierto el 30 de mayo por el Ejército salvadoreño en un escondite del FMLN.

Según Boucher, “las balas, destinadas a rifles AK-47, que tenían estampadas indicaciones de haber sido manufacturadas en Cuba tan recientemente como en 1988”.

El 3 de junio, al día siguiente de las declaraciones de Boucher, el flamante presidente salvadoreño Alfredo Cristiani acusó a Cuba de mantener apoyo a la guerrilla izquierdista de su país aunque no descartó el establecimiento de relaciones diplomáticas con La Habana.
Según el mandatario, un político joven de la ultraderecha, su gobierno pretende buscar “un diálogo permanente y efectivo” con el FMLN para poner fin a nueve años de guerra civil que han dejado un saldo de unos 70 mil muertos.

Cristiani acusó al presidente Fidel Castro de “ejercer una tremenda influencia en Nicaragua y la guerrilla” salvadoreña y demandó que Cuba mantenga su política fuera del área, sin injerencia en los asuntos internos centroamericanos, “porque es peligroso para el istmo”.

Fuentes diplomáticas occidentales aseguraron a IPS que Castro desestimó ante el subsecretario del exterior de Alemania Federal Helmut Schaefer las acusaciones más recientes de las autoridades de San Salvador que involucran a Cuba en un suministro de armas al FMLN y reiteró la política de buena voluntad de La Habana para poner fin al conflicto interno salvadoreño.

Según esas fuentes, el líder cubano mostró interés en que las partes en pugna encuentren una salida pacífica a la crisis y se comprometió a hacer lo necesario para que no se dificulte ningún proceso de negociación hacia la búsqueda de una solución justa del problema salvadoreño.

CONCLUSIONES

Fuentes norteamericanas sostienen que el tema de las guerrillas latinoamericanas continuará siendo actualidad en la región, a pesar de los cambios políticos que en ella ocurren, y que parecen acercar a los países a un proceso de concertación integral que echará a un lado las diferencias.

Para el gobierno norteamericano, la “actualización” del involucramiento cubano en operaciones guerrilleras en la región, es uno de los principales aspectos de un programa estratégico para prolongar diferendos circunstanciales entre Cuba y los países del área y crear otros nuevos.

Importantes e influyentes círculos políticos y legislativos norteamericanos están conscientes de que la isla ha enrrumbado  su política exterior hacia América Latina por los caminos de la concertación política y la integración política y económica, a pesar de las grandes diferencias que los separan.

Sin embargo para los cubanólogos es indispensable “conservar” el viejo cuadro de la “intervención cubana” en movimientos guerrilleros para mantener latentes los resentimientos y los resquemores hacia Cuba.

Según fuentes cubanas, mientras ese problema exista, Estados Unidos atribuirá a La Habana la paternidad de los grupos insurgentes, le sean o no afines por sus proyecciones políticas e ideológicas.

Las autoridades cubanas no han vacilado en los últimos 30 años en formular hacia Estados Unidos y América Latina “políticas que se correspondan con sus políticas”, en adaptar las relaciones al rumbo concreto, que más ha favorecido los intereses del país y la región.

Para Castro “los tiempos cambian, y los políticos latinoamericanos perciben ese cambio”, por lo que a coyunturas nuevas es necesario aplicar políticas nuevas.

Según el mandatario, la victoria de la unidad y concertación regional se basará siempre en que “derrotemos las tentativas de Washington para dividirnos”, aprovechando viejos resquemores y reviviendo fantasmas, por lo que es necesario buscar el máximo posible de coincidencias a despecho de “nuestras diferentes concepciones políticas y económicas”.

Castro ha advertido que “estos son tiempos difíciles” para América Latina y todo el Tercer Mundo, por lo que es preciso hablarle claro a los imperialistas y a todo el mundo”. (septiembre/1989)

  

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