Los conflictos de la emigración cubana

En los años 90 las relaciones entre Cuba y su emigración debían distanciarse de los intereses políticos de la isla y Estados Unidos.

Archivos IPS Cuba

Las migraciones desde Cuba hacia Estados Unidos no son exclusivas de la segunda mitad del siglo XX ni son producto del proceso revolucionario

Una simple tarjeta, renovable cada dos años, será el único documento que desde ahora necesitarán los emigrados cubanos para viajar a su país natal cada vez que lo deseen. Los que hasta no hace mucho eran considerados ”gusanos” o ”traidores”, llegan a la isla como ”compatriotas” en un intento oficial por normalizar las relaciones del país con la emigración tras varias décadas de politización absoluta del fenómeno migratorio.

La medida, anunciada como colofón de la segunda conferencia ”La Nación y la Emigración”, excluye a aquellos que realicen acciones hostiles contra Cuba o tengan antecedentes penales en su lugar de residencia. ”No exigimos coincidencia ideológica y política, sólo respeto a la soberanía, al país y al pueblo”, dijo el canciller cubano Roberto Robaina ante 357 emigrados que llegaron a La Habana por invitación del gobierno de la isla.

Fuentes especializadas aseguran que las autoridades tratan de seguir el camino de la diferenciación y destacan el fuerte componente económico en las oleadas migratorias de los últimos años de crisis.

Según la sicóloga Consuelo Martín, del Centro de Estudios de Alternativas Políticas, ”presentar al grupo social de emigrados como un todo homogéneo y excluido de la nación, fue un error asumido por mucho tiempo”.

En un artículo, publicado por la revista Temas, Martín critica haber enmarcado el fenómeno ”exclusivamente en el plano político-ideológico” y destaca que ”la representación social existente en Cuba acerca del grupo migrante no contemplaba su heterogeneidad, a pesar de que aislados estudiosos la habían planteado”.

A nivel oficial se identificó automáticamente a todo emigrado con los reducidos grupos del exilio que organizaron acciones terroristas, sabotajes o campañas difamatorias contra la isla.

La costumbre de echar a todo el mundo en la misma bolsa, llegó a afectar a cubanos residentes en España o Venezuela con medidas que respondían al diferendo cubano-norteamericano y nada tenían que ver con las comunidades en otros países.

Según muestran las estadísticas el fenómeno de las migraciones cubanas hacia Estados Unidos no es exclusivo de la segunda mitad de este siglo ni un producto del proceso revolucionario dirigido por Fidel Castro.

Un estudio de Blanca Morejón, experta del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana, demuestra que a finales de 1906 vivían en Estados Unidos unos 15.000 emigrantes cubanos, lo que colocaba a ese núcleo a la cabeza de los asentamientos de emigrantes latinos en ese país.

Nueve décadas después la comunidad cubana no es ni remotamente la más numerosa, aunque según los especialistas su vinculación al diferendo Cuba-Estados Unidos la ha redimensionado más allá de sus propios límites.

Según Rafael Hernández, analista político y estudioso del tema, la actitud de la población cubana ante los que migran comenzó a matizarse desde fines de los años setenta, pero no es hasta los noventa que este fenómeno comienza a tener un reflejo real en la política.

Fuentes oficiales cubanas aseguraron, en abril de 1994, que la búsqueda de soluciones al problema de Cuba con su emigración no pueden depender más de los vaivenes en las relaciones entre la isla y la administración norteamericana.

Por el momento, si hasta ahora los casi dos millones de cubanos que viven en unos 40 países debían solicitar pasaporte cubano y visa para viajar a su país de origen -lo cual seguirá vigente para los que no deseen sacar la tarjeta-, en las nuevas circunstancias no sólo se ahorrarán los trámites consulares de rutina sino que podrán viajar en el momento que deseen y cuantas veces quieran sin tener que solicitar permiso a ninguna entidad cubana.

Una historia que no empezó ayer

El apóstol de la independencia José Martí, los poetas José María Heredia y Juan Clemente Zenea, importantes pensadores como José Antonio Saco y Félix Varela, el neurólogo Manuel González Echeverría y muchos otros cubanos ilustres del siglo XIX integran la recopilación de fichas biográficas realizada en 1980 por Natalia Revuelta a petición del entonces congresista demócrata neoyorkino Major Owens. Escritores, periodistas, pensadores, científicos, artistas… todos reúnen una característica en común: haber contribuido significativamente al desarrollo de los Estados Unidos durante el pasado siglo.

Su cercanía geográfica, los nexos familiares y otras causas económicas y políticas, convirtieron a Estados Unidos en el destino obligado de los cubanos que decidían emigrar durante la pasada centuria. Fuentes del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana (CEDEM) aseguran que en 1870 vivían en ese país 5.300 personas de origen cubano; en 1890 la cifra se elevaba a 20.000.

”Miles de cubanos migraban temporalmente a los Estados Unidos, producto de crisis económicas o políticas, en busca de mejores oportunidades de empleo. Los exiliados políticos iban y venían, según los ciclos revolucionarios y las dictaduras. Una parte de los migrantes llegaban a establecerse y echaban el resto de sus vidas en aquellas tierras. En el siglo XIX constituyeron los asentamientos de Tampa y Cayo Hueso, alrededor de la floreciente industria del tabaco, hoy prácticamente desaparecida. Pero la mayoría de la emigración cubana eran obreros que iban al nordeste industrial, Nueva York, Nueva Jersey, Filadelfia, Boston”, escribe Rafael Hernández.

No por gusto Martí acudió a los exiliados cubanos en Tampa y Cayo Hueso cuando se propuso organizar la Guerra de Independencia (1895-1899). Aunque al iniciarse la lucha independentista miles de cubanos regresaron a la isla, ese proceso de retorno se invirtió nuevamente con la llegada del nuevo siglo: los desilusionados, como las desilusiones, no fueron pocos. Para muchos la implantación de un nuevo modelo colonial no implicó cambios sustanciales y, menos, posibilidades de empleo.

En 1906, el total de inmigrantes cubanos que utilizaron a Estados Unidos como país de destino sobrepasaban los 5.000, los cuales se sumaban a una comunidad integrada por 10.000 cubanos. Según Blanca Morejón, especialista del CEDEM, estas entradas representaban para entonces las mayores procedentes de países de habla hispana.

Como consecuencia de la crisis económica que vive Cuba a partir de la década del treinta, por primera vez en este siglo se registran más salidas que entradas a la isla. El censo de Estados Unidos en ese período indicaba la presencia de 18.493 cubanos en ese país. Entre 1940 y 1950 la comunidad cubana duplica sus efectivos y lo mismo pasará hasta el año 60.

Sin embargo, hasta bien entrado este siglo Cuba se caracterizó por ser un país de inmigrantes. En Los negros brujos, Fernando Ortíz analiza cómo al finalizar el siglo XVII “inicióse la verdadera colonización de Cuba, y a la colonización principalmente militar y burocrática de las regiones meridionales de la Península sucedió la agrícola de los hijos de Canarias y la comercial industrial de los naturales de las provincias gallegas, cantábricas y catalanas”.

A los españoles se les suma hasta los años setenta del siglo XIX, la inmigración forzada de miles de esclavos africanos y chinos culíes que debían dar respuesta a las exigencias de mano de obra para el desarrollo azucarero y tabacalero.

Durante la primera mitad del siglo XX, con sus altas y bajas en dependencia de las guerras mundiales y de la situación del azúcar en el mercado mundial, Cuba continúa siendo un lugar atractivo para los que buscaban perspectivas mayores a las que tenían en sus países de origen y constituía una escala de ida o regreso en el camino a los Estados Unidos de América.

País de emigrantes

Con la década del cincuenta llega el fin de esta tendencia: de país de inmigrantes, Cuba pasa definitivamente a ser un país de emigrantes. Los cubanos salen a buscar fuera de Cuba las oportunidades que hasta entonces los extranjeros habían buscado en esta isla; muchos también se van en carácter de refugiados políticos.

Según datos del servicio norteamericano de inmigración y naturalización, entre 1948 y 1957 unos 80.000 cubanos se asentaron como residentes permanentes en su territorio.

El año 1959 marcaría el inicio de una nueva etapa: las transformaciones económicas, políticas y sociales introducidas en la isla por el gobierno de Fidel Castro trajeron de regreso a 220.000 exiliados cubanos entre 1959 y 1977 y alejaron en igual período a 798.975.

Aunque Cuba continuó recibiendo como inmigrantes a toda la fuerza calificada que llegaba desde el antiguo campo socialista así como a exiliados latinoamericanos que pedían refugio político en la isla, con la excepción del año 59 el saldo migratorio externo se ha mantenido negativo durante todos estos años. O sea, los llegados al país nunca han sido los suficientes como para contrarrestar o evitar la disminución de la población a consecuencia de las migraciones.

Al principio emigraron los que de una forma u otra estaban relacionados con el gobierno de Fulgencio Batista y los propietarios de las grandes empresas o latifundios. Le siguieron miles de pequeños propietarios que se habían visto afectados por la expropiación de sus comercios y profesionales de todo tipo, entre los que se destacaba casi todo el personal calificado en la esfera de la salud. La propaganda anticomunista llevó a muchos padres a separarse de sus hijos pequeños y enviarlos solos a un futuro incierto ante el temor de perder la patria potestad o de que los “llevaran a Rusia para lavarles el cerebro”.

Un documental cubano de reciente realización refleja la historia de sólo algunos de los 15.000 niños que fueron enviados por sus padres a Miami como parte de la operación Peter Pan. Pero los niños de esa historia se encuentran entre los que tuvieron la felicidad de reencontrarse con sus padres en tierras norteamericanas, otros nunca vivieron esa dicha: “Yo fui una de las tantas madres que escogió separarse de sus hijos y mírame, aún estoy aquí. Estuve más de diez años sin verlos, desesperada, casi sin noticias”, dice una mujer de 61 años la cual nunca recibió la añorada visa para reunirse con los suyos.

Sin embargo, muchos fueron los migrantes que respondieron más a una inercia familiar que a causas políticas: padres que se fueron siguiendo a los hijos, esposas a esposos… y así en el mejor de los casos porque hubo familias que queriéndolo nunca se reencontraron. Para todos, la salida de Cuba tenía el sello de la eternidad. El que se va, se va y lo hace para siempre. El retorno, en la mayoría de los casos, no existe.

La crisis económica de la década del 90 generó el aumento del éxodo ilegal vía marítima (Jorge Luis Baños - IPS).Los cubanos comenzaron a dividirse en los “de afuera” y “de adentro”. Casi 11 millones de personas habitan la isla de Cuba a finales de 1995 y se considera que unos dos millones de cubanos viven regados por el mundo.

Según el Censo de Población de los Estados Unidos de 1990, hasta diciembre de ese año vivían en ese país 1.043.922 cubano-americanos y en la ciudad de Miami se contabilizan más de 500.000 ciudadanos de origen cubano, lo cual significa más de la mitad de los hispanos que viven allí. Eso, sin contar, los llegados durante los primeros años de esta década cuando la crisis económica generó el aumento del éxodo ilegal vía marítima y desembocó en la crisis de los balseros de 1994.

La migración entre ambos países, la reunificación familiar y los viajes con visas temporales de cubanos a Estados Unidos o a Cuba, han estado matizados durante todos estos años por los intereses políticos de ambos países. Estados Unidos politizó la emigración cubana desde el momento en que consideró a todo exiliado cubano como refugiado político. Cuba politizó el fenómeno desde que catalogó a cualquier emigrante como traidor a la patria.

“Durante muchos años cartearse con un familiar en el Norte podía ser un freno al querer ser miembro de una organización política o trabajar en determinados lugares. Eso ha variado y ya nadie anda preguntando sobre esas cosas, pero hasta no hace mucho la gente temía pedir el viaje para visitar a un familiar y que en el centro de trabajo se le mirara mal”, comentó a IPS un profesor de preuniversitario en trámites de visa para viajar a Miami.

La separación “eterna” pareció haber llegado a su final en los últimos años de la década del 70 cuando se permitió a los exiliados viajar a Cuba para visitar a sus familiares, lo cual perdió fuerza con los hechos de la embajada del Perú y Venezuela y el éxodo por el puerto del Mariel, en 1980, de miles de personas.

“No es sencillo obtener una autorización de salida por parte del gobierno cubano. Pero tampoco es sencillo obtener el permiso de entrada por parte de Estados Unidos”, opina Wayne Smith, ex jefe de la Sección de Intereses de ese país en Cuba.

Una cubana de vacaciones en Norteamérica fue sorprendida del lado de allá por la suspensión en 1962 de todos los vuelos desde y hacia la Isla: “Tuvieron que pasar quince años para ver nuevamente a mi madre. Tenía 18 años cuando me quedé sola allá, sin saber qué hacer con mi vida y haciendo todas las gestiones del mundo para regresar. Volví hecha una mujer y con dos hijos”, comenta.

La suspensión de vuelos duró tres años hasta la apertura en 1965 del puerto Boca de Camarioca. En diciembre de ese año se establecía el puente de Varadero para las salidas legales que estuvo vigente hasta 1973. A partir de 1966 el gobierno norteamericano pone en vigor el Acta de Reajuste, por la cual cualquier cubano, independientemente de la vía que usara y los motivos que tuviera, podía recibir el status de refugiado político con sólo arribar a suelo norteamericano y permanecer en este un año.

Así, las leyes a favor de la inmigración cubana sumadas a la lentitud a la hora de otorgar residencias permanentes legales a los cubanos deseosos de irse a vivir a Estados Unidos, incentivó durante años la salida ilegal del territorio cubano.

Fuentes especializadas cubanas estiman que la negación de visas legales para emigrantes permanentes, la incitación a la ilegalidad y los efectos producidos por el reencuentro familiar de finales de los setenta, contribuyeron a los hechos de la Embajada del Perú y a la salida de 125.000 cubanos por el puerto del Mariel. A juicio de Morejón, esto tuvo una gran trascendencia para la sociedad norteamericana.

La etapa que sobreviene después del Mariel está marcada por el firme deseo estadounidense de devolver a la isla a gran parte de los “marielitos” y la firma de los acuerdos migratorios de 1984. El documento preveía la acogida de 2.746 “marielitos excluibles” por parte de Cuba, mientras que Estados Unidos recibiría en 1985 un total de 3.000 expresos políticos -con sus familiares- y otorgaría una cuota anual de hasta 20.000 visas de inmigrantes.

A principios de esta década, Cuba comienza a aumentar el rango de edades de los cubanos con permiso a viajar fuera del país por asuntos personales y siempre y cuando se le pague el pasaje en otro país. Al mismo tiempo, la Oficina de Intereses norteamericana se volvió aún más cuidadosa a la hora de otorgar sus visas.

Fuentes oficiales cubanas aseguran que en 1993 apenas 2.000 cubanos recibieron visa de inmigrantes, 3.000 personas tuvieron la de refugiado y de los 30.000 que visitaron a sus familiares, unos 3.000 se quedaron en Estados Unidos.

Fuentes del Departamento de Estado norteamericano aseguran que más de 3.500 balseros llegaron a las costas estadounidenses en 1993, el año anterior a la ”crisis de los balseros”. Estudiosos del tema consideraban, entonces, que de los que intentaban el arriesgado viaje marítimo un tercio era interceptado por los guardacostas cubanos, un tercio perecía en el intento y sólo un tercio llegaba a su destino.

Comienza el fin de los balseros

Luego de la crisis de los balseros de agosto de 1994, Estados Unidos prometió otorgar 20.000 visas anuales a los cubanos que desearan emigrar a ese país (Archivos IPS Cuba). La larga historia de viajes interminables en balsas endebles y muertes inútiles en altamar, puede llegar a su final tras el arribo a la Isla de los primeros grupos balseros cubanos repatriados por Estados Unidos.

En un hecho insólito en las últimas décadas, el primer grupo de 13 balseros arribó al mediodía del 9 de mayo de 1995 a un antiguo espigón azucarero de Puerto Cabañas -a 60 kilómetros de La Habana- a bordo del Guardacostas norteamericano 628.

Sin embargo, tanto la presencia en son de paz de la nave como el regreso de los balseros, puede convertirse ahora en una rutina y dejar de ser noticia hasta tanto los cubanos no concienticen las implicaciones de la nueva política.

Para poner fin a la crisis de los balseros de agosto del pasado año, Estados Unidos prometió otorgar no menos de 20.000 visas anuales a los cubanos que desearan emigrar a ese país y cumplieran las condiciones exigidas para entrar a ese territorio.

El acuerdo del 9 de septiembre cerró un verano muy caliente para la isla, caracterizado por disturbios antigubernamentales, éxodos masivos y medidas norteamericanas que contribuyeron a agravar aún más el conflicto migratorio.

Washington y La Habana sorprendieron a los seguidores de las conversaciones migratorias iniciadas entre ambos países en septiembre de 1994, cuando el 2 de mayo anunciaron un acuerdo sin precedentes en las relaciones bilaterales en los últimos treinta años.

Además del ingreso a Estados Unidos de una buena parte de los 21.000 cubanos concentrados desde el verano del 94 en la Base Naval de Guantánamo, el documento prevé la deportación a la isla de todos los balseros que intenten llegar a costas norteamericanas o al enclave militar por mar o tierra.

Los repatriados son recibidos por funcionarios de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana, obtienen información de primera mano sobre las vías para optar por la visa de emigrante, el programa de refugiados y el programa especial de sorteo y reciben, además, un pase que les permite entrar a la SINA en caso de que presenten algún problema que contradiga el compromiso cubano de no tomar acciones legales contra el intento de “inmigración ilegal”.

Observadores locales estiman que más que el fin de la política de “brazos abiertos”, el acuerdo migratorio de 2 de mayo, firmado al más alto nivel y sin participación de los representantes de Estados Unidos en las rondas de negociaciones migratorias, podría marcar el comienzo de “una nueva era” en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos si la administración de William Clinton “no fuera tan imprevisible”.

A criterio de especialistas cubanos, en la disminución de las salidas ilegales podrían estar influyendo los primeros síntomas de recuperación económica tras varios años de crisis. Sin embargo, fuentes oficiales de La Habana reconocen la posibilidad de un retorno a los intentos de éxodo masivo de aprobarse en Estados Unidos una ley que intensificaría aún más el embargo a la isla, conocida por el nombre de sus promotores Jesse Helms y Dan Burton.

“Se estaría estimulando la emigración al punto de tornar insuficientes las 20.000 visas que debe conceder anualmente Estados Unidos a ciudadanos cubanos”, comentó Carlos Fernández de Cossío, integrante de la delegación cubana a las conversaciones migratorias.

Fuentes trascendidas aseguran que las últimas rondas de negociaciones se debaten entre el seguimiento del cumplimiento de los acuerdos del 9 de septiembre y del 2 de mayo y las posiciones divergentes de ambas delegaciones en otros aspectos vinculados al conflicto migratorio: por un lado, Estados Unidos plantea que el excesivo costo que pagan los emigrantes cubanos por trámites de viaje podría frenar el proceso de reunificación familiar; por el otro, Cuba insiste en la necesidad del levantamiento de las sanciones del 20 de agosto de 1994 que implican la prohibición a cubanos residentes en Estados Unidos a viajar a su país y a enviar remesas a sus familiares en la isla.

A raíz del acuerdo del 2 de mayo, la Iglesia católica cubana llamó a los gobiernos de Cuba y Estados Unidos a extender las conversaciones bilaterales a “algunas de las causas más profundas de la emigración”.

Firmada el 16 de mayo por el cardenal Jaime Ortega y otros miembros del Comité Permanente de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, la declaración considera significativo que “la administración norteamericana tome una decisión tan seria” cuando está por aprobarse un reforzamiento del bloqueo y alerta que de suceder tendrá entre sus consecuencias normales el crecimiento de “la inquietud interna”.

En este contexto, los obispos aseguran que los acuerdos no eliminan las causas del problema y “no desaparece, sino crece, el deseo de abandonar el país en amplios sectores de la población cubana, incluyendo a los jóvenes” y, además, aseguran no creer que los cubanos estén preparados para llegar a un “juicio objetivo y sereno” sobre el asunto después de tres décadas en que la verdad sobre la emigración ha sido “llevada y traída por los vaivenes de la política”.

Tres encuentros: 1978, 1994, 1995

Cuando en 1994 los cubanos “de allá” y “de acá” supieron de la convocatoria gubernamental a la primera conferencia “La Nación y la Emigración”, se mostraron más pesimistas que optimistas.

Para muchos todavía estaba bastante fresco en la memoria el final de los acuerdos del diálogo de 1978, frustrados en parte por un nuevo ”vaivén” en el diferendo Cuba-Estados Unidos y que afectó por igual a las comunidades de emigrantes en ese país y en otros como España y Venezuela en uno de los aspectos más sensibles: la posibilidad de los emigrantes de entrar en contacto con sus familiares en la isla mediante visitas a su país natal.

Entre los acuerdos y planteamientos de los diálogos celebrados entre el gobierno cubano y 140 cubanos residentes en el exterior los días 20 y 21 de noviembre y ocho de diciembre de 1978, se encontraban los siguientes:

– Excarcelación mediante indulto de 3.600 presos.

– Autorización para la salida del país de ellos y de los   que ya estaban en libertad, en compañía de sus   familiares.

– Compromiso de los representativos de la comunidad cubana   en Estados Unidos para conseguirles visas de entrada.

– Medidas para contribuir a los contactos y la   reunificación familiar, autorizando salidas permanentes   y visitas al país.

– Creación de un instituto para atender las cuestiones de   la comunidad cubana en el extranjero.

– Derecho a la repatriación.

– Concesión de becas de estudio para jóvenes cubanos   residentes en el extranjero.

– Intercambios artísticos, intelectuales y profesionales.

– Cuestiones relacionadas con la ciudadanía cubana y el   status legal de los emigrados.

– Publicación destinada a la comunidad cubana en el extranjero.

Pasada más de una década la convocatoria lanzada por el gobierno llegó marcada por una coyuntura totalmente diferente. Inmersa en la peor crisis de la economía cubana en este siglo, desaparecidos sus antiguos socios socialistas, Cuba se encuentra en un mundo ”diferente” y en una realidad que provoca el éxodo masivo de cubanos por razones que transitan de la política a la economía casi sin establecer diferenciación entre una y otra. Las autoridades reconocen que no pueden esperar al final del diferendo Cuba-Estados Unidos para resolver el problema con los cubanos radicados fuera de la isla.

Por supuesto, se sitúan límites. ”No hay espacio para los histéricos”, fue el único requisito planteado por el canciller Roberto Robaina al lanzar la convocatoria para abril de 1994 y explicó que las autoridades cubanas consideran histéricos a los integrantes de las organizaciones contrarrevolucionarias cubanas -algunas de ellas terroristas- que exigen cambios políticos en la isla.

Como resultado de tres días de conversaciones con 225 cubanos, las autoridades anunciaron que los cubanos que abandonaron el país por vía legal no esperarían más los cinco años establecidos hasta entonces para viajar a la isla y que, además, tendrían derecho a invertir en Cuba como cualquier extranjero en calidad de cubano residente en el exterior.

A pedido de los emigrantes se autorizó el estudio en centros de educación superior cubanos, mediante pago, a emigrantes que quisieran cursar especialidades de ciencia y técnica, se permitió a los que vinieran de visita no tener que pagar hotel como parte del paquete turístico y se acordó la creación de un departamento especial para la atención a la emigración.

Según trascendió entonces a los pasillos del Palacio de las Convenciones en La Habana -pues la reunión se efectuó a puertas cerradas-, entre los participantes no hubo propuestas relacionadas con el sistema político imperante en la isla, ni se discutieron los temas relacionados con la recuperación de las propiedades nacionalizadas con el triunfo de la revolución cubana en 1959.

En los aproximadamente doce meses que separaron la primera conferencia de la segunda, celebrada a inicios de noviembre de este año, las autoridades emitieron una nueva Ley de Inversiones que estableció legalmente la aprobación al derecho de los emigrados a invertir capitales en la isla y abrir cuentas bancarias en bancos radicados en Cuba.

Los contactos entre sectores poblacionales cubanos y sectores de emigrados se intensificaron con la realización de diversos encuentros culturales, religiosos y académicos que incluyeron varios seminarios sobre Democracia Participativa, uno de los cuales propició la primera visita a Cuba de Eloy Gutiérrez Menoyo.

El dirigente de Cambio Cubano sostuvo, además, una conversación con el presidente cubano Fidel Castro durante varias horas. Gutiérrez Menoyo estuvo entre los principales dirigente de la lucha armada contra la dictadura de Fulgencio Batista y se convirtió en uno de los más viejos oponentes del gobierno de Fidel Castro desde el momento en que la revolución tomó el curso socialista.

José Cabañas, funcionario de la cancillería y jefe de la Oficina para asuntos de cubanos residentes en el exterior, aseguró el día 3 que la continuidad del diálogo con la emigración es ”un proceso que no admite saltos” y que existe una plena conciencia por parte de su gobierno de los problemas existentes.

Sin embargo, al quedar atrás la segunda conferencia denominada “La Nación y la Emigración”, observadores locales y especialistas concuerdan en que, por el momento, no es necesaria una tercera cita de este tipo. La coincidencia está en relación directa con la reducción de los obstáculos para la normalización de los vínculos entre los cubanos de dentro y fuera de la isla.

A diferencia de 1994, al convocarse la segunda conferencia era evidente un clima de mayor confianza mutua y durante el encuentro pudieron analizarse otros temas trascendentes. Hecho por el cual Robaina expresó en la inauguración, que “el proceso que soberanamente inició nuestro gobierno, de avanzar hacia una verdadera y total normalización de las relaciones con los cubanos que viven en el exterior, se consolida con raíces y pasos firmes, que afianzan nuestro compromiso de que ya es irreversible”.

Con una participación de 357 cubanos residentes en 36 países, el 61% de ellos en los Estados Unidos, el foro devino marco propicio para que un gran número de cubanos dialogaran con amplitud, en un clima de libertad y respeto, acerca de temas como políticas hacia la emigración, actividad económica en Cuba, política migratoria y ciudadanía, cultura e identidad nacional, asociaciones de residentes en el exterior, así como el emigrado y su entorno.

La mayor parte de las más de 250 intervenciones se relacionó directamente con el aspecto central planteado en la convocatoria de la conferencia, es decir, lo vinculado con la nación y la emigración.

Sin embargo, algunos se salieron de la agenda y otros dejaron a un lado la cautela que signó el proceso durante el pasado año. Desde el discurso de inauguración, pronunciado por Robaina, se sabía que se vivían momentos diferentes, marcados por los nuevos intentos norteamericanos de profundizar el bloqueo.

Según la prensa extranjera no pocos participantes recibieron de mal grado la afirmación del canciller sobre la posible demanda cubana de compensación por todos los crímenes y robos al tesoro de la nación efectuados por cubanos cuyas propiedades fueron expropiadas y que, a juicio de los participantes, caía en la vieja trampa de ”echarlos a todos en un mismo saco”.

Entre los que se salieron de la agenda prevista para plantear otras cuestiones vinculadas con la organización política de la sociedad cubana, estuvo Eloy Gutiérrez Menoyo quien propuso una revisión del Código Penal y de la Constitución de la República que implique la despenalización de los actos de opinión, la creación de una oficina no oficial para escuchar denuncias sobre supuestas violaciones de los derechos de los ciudadanos, libertad de entrada y salida del país y la promulgación de una amnistía.

Seguro de que ”una reunión de esta naturaleza no basta para cambiar las cosas”, Gutiérrez Menoyo dice que para vencer las fuerzas que desde Miami recurren a medidas coercitivas diseñadas para promover un estallido social, él propone como fórmula para hacer más grande a la nación, la libertad. ”¡Seamos libres! Demos un ejemplo de lo que podemos hacer con la libertad, no como producto de presiones externas sino por nuestra soberana voluntad de resolver nuestros problemas y hacernos mejores”, dijo el dirigente de Cambio Cubano y aseguró que, de hecho, su organización y el gobierno cubano cooperan ya en la solución de casos de carácter humanitario en situaciones de cubanos en Estados Unidos que muy pronto se podrán extender a dentro de la isla.

Aunque el solo hecho de que fuera escuchado con respeto es ya síntoma de nuevos tiempos, representantes del gobierno presentes en el evento ratificaron que los problemas de tipo político y de organización de la sociedad cubana eran de la competencia directa de los ciudadanos residentes en el territorio nacional.

En un aparte con la prensa durante uno de los recesos de la reunión, el presidente del Parlamento cubano Ricardo Alarcón afirmó que los cambios en la isla los deciden, si los estiman necesarios, los hombres y mujeres que residen en el país.

”Aquí a nadie se le ha prohibido pronunciar palabra alguna y, por supuesto, nosotros también tenemos libertad para hablar”, dijo Alarcón y agregó que ”hay quienes han planteado cosas que tienen gran desconexión con la realidad, pero tienen el derecho a hacerlo” como en el caso de Gutiérrez Menoyo que ”además de inexactitudes históricas en su versión de los acontecimientos, se aleja mucho de la realidad”.

Esta posición quedó evidenciada desde la intervención inicial del canciller cubano, al comentar las tendencias de algunos emigrados que en ocasiones anteriores han asociado su denuncia al bloqueo económico impuesto por Estados Unidos contra Cuba, con la solicitud de realizar en la isla reformas que se avienen a sus preceptos y anhelos políticos.

Al respecto, Robaina se preguntó: “¿Cómo puede pensarse desde afuera en modificar o perfeccionar la estructura político-social de un país asediado sin contar con el consenso del pueblo que resiste y enfrenta ese asedio?”

Más allá de criterios divergentes, la segunda conferencia “La Nación y la Emigración” satisfizo uno de los mayores anhelos de los cubanos de dentro y fuera de la isla al ampliar las posibilidades para que los cubanos emigrados viajen a su país natal.

El documento denominado “Vigencia de viaje” tiene validez por dos años, puede prorrogarse y brinda la oportunidad al portador a entrar y salir del país cuantas veces lo desee durante el tiempo señalado, sin requerir visas o permisos de las autoridades de la nación. Según lo dispuesto quedaron excluidos de esa posibilidad los emigrados que tengan procesos pendientes con la justicia del país donde residen, así como los que mantengan una actitud hostil hacia su tierra natal.

Sin embargo, al parecer las medidas beneficiarán por el momento a aquellos cubanos radicados en cualquier país del mundo menos en Estados Unidos. Hasta un nuevo aviso de la administración Clinton, o del presidente que le suceda, la mayoría de los emigrantes seguirán sujetos a la prohibición de viajar a su país de origen salvo por una causa ”extremadamente humanitaria”.

Lo que a todas luces aparece como una medida obsoleta, una vez resueltos los problemas migratorios que la originaron, se mantiene para afectar fundamentalmente a la mayor víctima de todo este proceso y que, pase lo que pase, nunca llegará a ser la misma: la familia cubana.

Anexo: ¿Quiénes son “los de allá”?

Aunque menos conocidos y estudiados, después de Estados Unidos los asentamientos más importantes de cubanos se encuentran en Venezuela (15.000) y España (13.000).

Según el Censo de Población de Estados Unidos de 1990 para esa fecha vivían en ese país 1.043.922 cubano-americanos. El 80,4 por ciento de los cubano -americanos nació en Cuba, el 66,6 por ciento lleva viviendo entre 15 y 25 años en ese país, el 48,4 por ciento eran hombres y el 51,6 mujeres con una edad media de 39,1 años.

Los asentamientos más importantes de cubanos después de Estados Unidos, son Venezuela y España (Archivos IPS Cuba).Acorde al censo, la mayoría de los cubano-americanos vive en zonas urbanas; se casan y divorcian más que otros hispanos; tienen el índice de fecundidad más bajo entre esas comunidades y la familia se caracteriza por la convivencia en un solo hogar de tres generaciones.

El reporte de los ingresos muestra un nivel económico superior en comparación con el resto de los grupos hispanos. El 57,8 por ciento de los cubano-americanos trabaja, el 5 por ciento está desempleado y el 12,5 se encuentra por debajo del nivel de pobreza. Los cubanos representan el 9 por ciento de toda la población de habla hispana en Estados Unidos y son propietarios del 15 por ciento de sus empresas.

Más del 80 por ciento de los cubano-americanos tiene familia en Cuba. Si en mayo de 1993 llegaban a la isla a razón de 500 paquetes diarios, en julio y agosto de ese año la cifra se duplicó. Hacia septiembre disminuyeron los paquetes, pero aumentaron las remesas de dinero hasta 100 y 200 diarias.

Con las medidas del 20 de agosto de 1994 desapareció la posibilidad de enviar paquetes a los familiares a la isla y las remesas se siguen enviando a través de terceros países y en menor cuantía, por su carácter ilegal.

Un sondeo realizado en 1991 entre 4.676 cubanos asentados en más de diez países, por auspicio de la entidad Sacerdotes Cubanos del Encuentro Internacional de Comunidades de Reflexión Eclesial Cubana en la Diáspora (CRECED), arrojó que la mayoría de los hombres cubanos, el 82,4 por ciento, asegura haber abandonado la isla por razones políticas, mientras que casi el 78 por ciento de las mujeres citó la misma razón.

Los vínculos familiares fueron la principal causa por la que casi el 14 por ciento de las mujeres salió de Cuba comparado con el 9,4 entre los hombres. Aunque la situación política cubana fue lo que motivó a la mayoría de los encuestados a abandonar la Isla antes de 1980, los vínculos familiares cobraron mayor importancia para los que salieron después de esa fecha. El porcentaje de los que arribaron por razones familiares a Estados Unidos u otros países, se elevó a 23 entre 1981 y 1991.

El mantenimiento de las tradiciones culturales es altamente valorado y priorizado por los migrantes cubanos. Incluso aquellos que han vivido casi tres décadas fuera de la isla afirman sentirse más cubanos que personas de cualquier otra nacionalidad. El sentirse cubano fue descrito por el 48,9 por ciento como conocer sus raíces y estar orgulloso de ser cubano. El 32,6 por ciento describió ser cubano como sentir amor por su país; el 18,5 restante lo describió como mantener las costumbres y recuerdos.

La unidad familiar es el aspecto de la cultura cubana que los exiliados en Estados Unidos valoran más, fundamentalmente para los que viven fuera de las principales comunidades del exilio.

El vínculo familiar entre los exiliados y sus parientes en la isla es muy fuerte, indica el informe de la encuesta. El 70 por ciento de los interrogados dijo tener algunos o bastantes familiares en la isla. Sin embargo, sólo una minoría, aproximadamente el 16 por ciento, había regresado a Cuba para visitar a sus familiares.

Aunque la mayoría de los cubanos dijo continuar sintiéndose cubano, el posible retorno a la isla de ocurrir cambios políticos significativos, es aún incierto. La respuesta más frecuente fue: No sé. El 45,5 por ciento dijo no saber si regresaría, el 34,4 por ciento no lo haría y el 20,1 por ciento dijo que sí.

En cuanto a la posición política, un estudio realizado recientemente por el Latino National Political Survey arrojó que el 6 por ciento de los cubano-americanos entrevistados se consideraron de extrema derecha (muy conservadores), el 48,5 pertenece a la derecha moderada (conservadores), el 22,5 se sitúa en el centro (moderado) y el 19,3 y el 3,6 por ciento son de la izquierda moderada (liberal) y extrema izquierda (muy liberal), respectivamente.

Migraciones Externas (Cuba 1955 – 1992)

 

Fuente: Anuario Demográfico de Cuba 1994, Oficina Estatal de Estadísticas, La Habana, 1994.

Nota: Estas son las últimas cifras oficiales reveladas por las autoridades cubanas y que no incluyen los datos migratorios de los últimos tres años, marcados por el fuerte éxodo ilegal, la crisis de los balseros y el posterior cumplimiento de los acuerdos migratorios del 9 de septiembre de 1994 y del 2 de mayo de 1995.

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