Homosexualidad en Cuba: lesbianas, las más rechazadas

Un sondeo de opinión presentado en Cuba en el 2003 confirmó la permanencia de altos índices de rechazo hacia gays y lesbianas.

Jorge Luis Baños - IPS

Las familias de gays y lesbianas viven serias crisis de identidad y optan por autoaislarse frente a la discriminación social, afirman expertos.

Con una fuerte cultura patriarcal, que ha calado en mujeres y hombres, Cuba ha sido tradicionalmente un país difícil para cualquier homosexual, sin importar si son gays o lesbianas. Pero las mujeres, definitivamente, son las peor vistas y tratadas. Así lo demuestra un sondeo de opinión realizado durante el pasado año en diferentes ciudades de la isla caribeña, fundamentalmente la capital, dado a conocer durante el XVI Congreso Mundial de Sexología (La Habana, marzo 2003).

Según la investigación periodística, pareciera existir una valoración más objetiva de la homosexualidad si se compara con la situación de hace diez años, aunque todavía es alto el rechazo de la sociedad hacia los gays y, sobre todo, hacia las lesbianas. “No son muy aceptadas, no es lo común, se ven grotescas. En las mujeres todo debe ser delicado y las lesbianas casi siempre tienen tendencias masculinas”, dijo un joven de 30 años.

La encuesta a la población, realizada por la corresponsalía en Cuba de la agencia internacional de noticias Servicio Especial de la Mujer, tomó como referencia las mismas preguntas y cantidad de personas que otra aplicada entre 1993 y 1994 por periodistas e investigadores del diario Juventud Rebelde y presentada ese último año en el VII Congreso Latinoamericano de Sexología, en La Habana.

A juzgar por las respuestas, la percepción social de la homosexualidad sigue condicionada a las mismas influencias patriarcales y homofóbicas que predominan en la formación de costumbres y la vida familiar en la isla, como sucede también en otros países de América Latina. “Yo no tengo nada en contra de los homosexuales, pero tampoco quiero ninguno en mi casa”, dijo tajante Magda Benítez, una mujer de 44 años y madre de dos hijas.

Aunque se define como “de avanzada para la media de este país” y con amigos y amigas de “todos los tipos, edades y colores”, ella tampoco puede sustraerse de una conducta común a muchas personas en la isla caribeña: los prejuicios y el rechazo hacia la homosexualidad.

La tendencia a ver esta variante sexual como un defecto, estuvo presente en casi todas las valoraciones de las 300 personas consultadas, de las cuales poco más de la mitad eran mujeres. De ellas, 32 por ciento señala que el trato y amistad con las lesbianas debe ser “a distancia”.

“A veces es mejor ni mezclarse mucho, porque el cubano tiene la mente muy rápida. Si te ven dos o tres veces visitando una casa donde haya una lesbiana, enseguida te enganchan el cartelito”, aseguró una mujer de 36 años.

Si bien más de la mitad de las personas consultadas dijeron que tratarían a los homosexuales de forma normal, casi todas y sobre todo las mujeres, manifestaron su rechazo a las homosexuales femeninas, a quienes llegan a tildar de “repulsivas”, “intolerables”, “cochinas” y “repugnantes”.

Todo parece indicar, además, que las lesbianas continúan siendo la parte más oculta y marginada de la población homosexual, estimada entre el cuatro y el seis por ciento de los 11,2 millones de habitantes de la isla, según cálculos considerados conservadores.

Para ellas, la vida sigue transcurriendo muy calladamente, entre ambientes privados, en un país donde no hay leyes que sancionen la homosexualidad, ni legislaciones que la aprueben, reconozcan sus uniones o derechos de cualquier índole.

Tampoco existen espacios reconocidos de reunión ni organizaciones donde se agrupen, al estilo de las agrupaciones de lesbianas que proliferan por todo el mundo. “Que yo sepa, no existen esos lugares públicos, marcados y conocidos. Y cuando algunas van a los sitios de los gays, que sí son más populares, siempre están en franca desventaja numérica”, comentó una psicóloga de 23 años, homosexual, quien pidió reserva de su identidad.

Especialistas atribuyen este comportamiento a un posible mimetismo de los roles tradicionales y del papel hogareño tomado de las relaciones heterosexuales. También hay quienes lo asocian a una mayor inhibición o miedo al rechazo, en una sociedad que suele ser más severa a la hora de juzgar moralmente a las mujeres y más aún a las lesbianas.

Aunque pareciera haber menos prejuicios y cierta apertura respecto a nueve años atrás, el sondeo arrojó que todavía 22 por ciento de las personas consultadas sigue considerando la homosexualidad como una enfermedad, mientras 55 por ciento cataloga a gays y lesbianas como “personas con problemas”.

Sin embargo, la percepción y reacción ante las preguntas pareciera tomar diferentes matices cuando se aborda el problema desde una perspectiva más cercana y personal.

A Maria Luisa Ortega, de 44 años, casada y con una hija, se le estremece el corazón de sólo imaginarla de pareja con otra mujer. “Nunca la abandonaría, ella es todo en mi vida y por eso trataría de comprenderla y darle mi apoyo”, asegura.

Los criterios parecen no haber variado mucho, desde inicios de la década de los años 90 del pasado siglo a la fecha, respecto a la existencia o descubrimiento en casa de un hijo o hija homosexual. El 84 por ciento de la muestra total confesó que, pese a representar esto un gran disgusto, no rechazarían a su descendencia, pero irían de inmediato en busca de ayuda médica para intentar revertir el proceso.

Las manifestaciones más radicales y severas se encontraron en el interior del país, con expresiones que van del desengaño, la frustración y la incomprensión, a los actos violentos: desde “me produciría un shock”, “sería una gran decepción”, “no sé lo que haría”, hasta “lo mato” o “lo boto de la casa”.

Aunque los tiempos actuales parecen traer más tolerancia y el discurso institucional reconoce sus legítimos derechos, no es menos cierto también que la vida de gays y lesbianas transcurre generalmente fuera de lo admitido socialmente como correcto.

Para algunos, una prueba de que se viven nuevos tiempos es la aceptación de personas homosexuales en cualquier carrera universitaria. “Se les mide igual que a cualquiera y no por si le gusta alguien de su mismo sexo”, dijo una estudiante de contabilidad de la Universidad de La Habana.

Claro, “a veces les cuesta más, tienen que esforzarse más que otros estudiantes, porque aunque no haya un reglamento que los rechace, los profesores y también los estudiantes tenemos prejuicios, como mucha gente en este país”, reconoció la joven.

Pero la discriminación sigue existiendo bajo el manto de una fuerte tradición machista y homofóbica, mucho más difícil de variar por decreto o voluntad de las autoridades. El rechazo abierto o solapado, la incomprensión, desaprobación, las burlas o el desprecio, son algunas de sus expresiones cotidianas.

Como resultado, la simulación, el ocultamiento y el sufrimiento, signan la vida de no pocas personas homosexuales.

A la hora de caracterizarlos, la mayoría de los encuestados describe a los gays como delicados, finos, indiscretos, chismosos, exagerados en las relaciones sociales, con desmedidos rasgos femeninos y a veces excedidos en los límites y la confianza. A las lesbianas, las encuentran rudas, toscas en sus gestos, poco femeninas, descuidadas en su apariencia personal y su figura, más introvertidas y reservadas, aunque aclaran que “a unas se les nota y a otras no”.

Por la encuesta se infiere también que las generaciones más jóvenes son más abiertas, comprensivas, ponen como condición el respeto mutuo y ven la homosexualidad como algo normal, de decisión personal, determinado por varios factores.

No obstante, sigue siendo alto el grupo que señala la persistencia del rechazo social, mientras 24 por ciento admite que en los últimos tiempos se nota un trato que “tiende a lo normal”. Para 78 por ciento, el tratamiento de autoridades e instituciones es ahora el adecuado. Lo significativo es que hace nueve años, sólo opinaba así 43 por ciento.

“Todavía los prejuicios que tenemos no permiten ver a los homosexuales como a los demás. Menos a las lesbianas. La sociedad cubana no está preparada para eso”, dijo una entrevistada de 42 años.

Más de la mitad de la muestra actual considera que los tratarían como personas normales, pero con ciertas diferencias: menos a lesbianas que a gays. “En mi barrio hay dos mujeres que siempre están metidas en broncas y escándalos por celos. Todo el mundo se entera y son un mal ejemplo para los niños”, refiere un hombre mayor de 35 años.

Otro entrevistado, mayor de 50, cree que son “personas que sufren mucho por el rechazo que encuentran a cada paso”. Según su experiencia, no son felices, se ven obligadas a ocultar sus sentimientos y terminan marginadas, “aunque sean muy buenas personas”.

“Por suerte los tiempos van cambiando y se observa un poco más de aceptación a la diferencia”, dice. “Pero aun así, es un estigma que demorará muchas décadas en dejar de ser un problema”.

Una forma de amar

Como una manera más de sentir amor, deseo, placer y atracción física y psicológica por otra persona, definen algunas lesbianas cubanas su homosexualidad.

Sin embargo, no pocos prejuicios y criterios contradictorios perviven aún en algunas de ellas, atrapadas quizás entre un intenso sufrimiento por la aceptación personal de su condición y la experiencia del rechazo social y familiar.

“Es una orientación tan válida como la heterosexual, no veo la diferencia”, dijo una de 22 las lesbianas de la capital cubana entrevistadas por SEM, la mayoría de ellas entre 30 y 40 años de edad, universitarias y ocupadas en puestos profesionales.

Aunque sus criterios no pueden generalizarse al resto de la población gay y lesbiana de la isla, casi la mitad de las encuestadas aprecia la homosexualidad como una vía de plena satisfacción física y psicológica, al estilo de como ocurre en las relaciones entre mujeres y hombres (heterosexuales).

Ese grupo también remarca el sentimiento del amor por encima de cualquier otro, aunque se trate de “una manera de sentir y experimentar algo diferente a lo que está acostumbrada la sociedad”.

No obstante, los tabúes, criterios contradictorios y las diversas teorías desarrolladas en torno al tema, también parecen haber calado entre no pocas mujeres homosexuales. Así, 36,3 por ciento de la muestra atribuye su orientación a causas genéticas y hereditarias, mientras un grupo menor (18 por ciento) la ve como “enfermedad que quizás tenga cura”, un criterio muy recurrente también en la población.

“Yo pienso que se nace con esa información. Es más, considero al ser humano bisexual por naturaleza y que sólo se orienta según su preferencia”, comentó una mujer mayor de 35 años, al contestar la encuesta que respetó la voluntariedad y el anonimato.

Otras lesbianas, las menos, valoraron incluso la posibilidad de que la homosexualidad esté asociada a la crianza, ya sea por severa o muy sobreprotectora.

A la hora de explicar la orientación hacia el mismo sexo, no les falta todo tipo de razones: desde la falta de cariño, orientación y apoyo, la crianza familiar o el mapa genético de cada cual, hasta el total desconocimiento. “No sé cómo ocurre, ni por qué, pero tampoco me interesa demasiado”, comentó una entrevistada.

Pero en algo parecen coincidir las mujeres que descubrieron su inclinación a edades tempranas y aquellas que lo experimentaron de jóvenes o adultas: en sus relaciones disfrutan y sufren igual que las parejas establecidas entre mujeres y hombres.

En cuanto a reconocer públicamente su homosexualidad, las opiniones están divididas: 45,4 por ciento lo admite y algo más de la mitad lo oculta por temor a la reacción de la gente, el rechazo social o simplemente, por ser un asunto privado.

“Ni lo niego, ni lo voy gritando por la calle. No tengo que hacer ostentación de mi condición de homosexual, pero no me avergüenzo de serlo”, escribió una de las encuestadas. Para otra, “no es un pecado, sino placer”.

Así y todo, 59 por ciento de la muestra asegura no sentirse discriminada, frente a 30 por ciento que dijo haber vivido situaciones de ese tipo en espacios laborales y sociales. Una profesional de 39 años, por ejemplo, se queja de que “en casi todos los centros nocturnos la entrada es por pareja, pero no se reconocen las parejas del mismo sexo”.

“La principal discriminación es de la sociedad en general, no de nadie en particular. Es un sentimiento que se percibe, un gesto, una mirada, algo que te dice que debes conducirte con mucha cautela y no mostrar tus verdaderos sentimientos, porque puede resultar fatal”, asegura una de las participantes en la encuesta.

Los criterios también parecen estar divididos casi equitativamente a la hora de apreciar el nivel de tolerancia, que depende del medio específico de que se trate. De cualquier modo, en las consultadas no hay una tendencia definida y lo común es reconocer que se ha evolucionado, aunque no todo lo que ellas desearían.

La mayoría de las lesbianas entrevistadas se consideran personas realizadas y sólo 30 por ciento se distancia de ese criterio. Son las que aluden al ocultamiento de una condición imposible de compartir con la familia o la sociedad, porque se sienten permanentemente juzgadas.

Del total de encuestadas, 64 por ciento ha tenido relaciones con personas del sexo opuesto, pese a que la mayoría descubrió su orientación sexual entre la niñez y la adolescencia. Algunas de ellas llegaron a casarse y 9 tuvieron hijos como resultado de alguna relación heterosexual.

Más de 68 por ciento piensa que la maternidad es importante para la realización personal, pero sólo 2 de las 13 mujeres (59 por ciento de la muestra) que no son madres han pensado en buscar una salida para tener su hijo. Una mencionó la fertilización asistida o la adopción, dos opciones no disponibles en Cuba para mujeres solas, y la otra pensó en la “producción independiente”: tener relaciones sexuales con un hombre con el único fin de procrear.

A la pregunta sobre qué les gustaría ser si volvieran a nacer, la mayoría quiso ser homosexual. De poder elegir, una minoría (22 por ciento) se inclinaría hacia la heterosexualidad, pero con la condición de nacer hombres y no mujeres. Por último, una entrevistada optó por la bisexualidad: “así se puede disfrutar de la belleza del hombre y de la mujer”, dijo.

¿Qué es la homosexualidad?

Por ciento

Inclinación sexual hacia personas del mismo sexo.

71

Una enfermedad.

22

Deformación de la personalidad
(por educación familiar o deseo de llamar la atención).

7

¿Cómo son las personas homosexuales?

Por ciento

Personas con problemas.

78

Personas normales.

22

¿Compartiría públicamente con ellas?

Por ciento

Sí. (“sobre la base del respeto mutuo”).

87

No aceptan “ni que existan y menos relacionarse con ellos”.

12

 


Algunas diferencias

Lesbianas
(por ciento de la muestra)

Gays
(por ciento de la muestra)

Se acepta.

14

31

No se acepta.

86

69

¿Los/as tratarían como a cualquier persona?

58

61

¿Tiene familiar homosexual?

2

8

¿Cómo son?

 

 

Rudas, toscas, poco femeninas,
descuidadas con su aspecto personal

97

 

Reservadas, introvertidas.

32

 

Delicados, finos, amanerados, indiscretos, chismosos, confianzudos y exagerados.

 

95

Sociables, amigables y serviciales.

 

45

Tania, otra mujer

Tania se siente feliz de vivir en Santa Clara, esa ciudad del centro de Cuba donde se encuentra el único centro cultural de la isla del Caribe con un espacio abierto para gays y lesbianas.

Justo allí, en El Mejunje, fue encontrada por la prensa. Licenciada en Informática, la joven de 26 años es asidua de la instalación que abrió sus puertas hace unos diez años, con la anuencia de las autoridades de la capital de la provincia de Las Villas, a 300 kilómetros de La Habana.

Travestis, gays y lesbianas pueden verse allí, junto a parejas de heterosexuales, como si estuvieran todos en su propia casa.

“La gente no es tolerante con la homosexualidad. Yo doy gracias a vivir en esta ciudad donde tengo hasta lugares donde reunirme con mis amistades homosexuales sin que nadie nos acuse de atajo de pervertidos”, dijo esta joven que prefirió ocultar su verdadera identidad.

“Pervertida” fue el insulto que le gritaron a su actual pareja cuando, durante una visita a la capital cubana, se paseaba de manos con una muchacha por un parque. “Ese rechazo se ve mucho en La Habana y en casi todo el país, pero en Santa Clara casi nunca”, afirmó.

Por supuesto, Tania reconoce que ha tenido suerte. Nunca se ha sentido discriminada, aunque también supone que puede ser porque no anda “gritando a los cuatro vientos” su homosexualidad.

Para ella, “da igual que se sepa o no” que es lesbiana, pero ha cedido ante la insistencia de su madre: “mi mamá dice que ya está muy vieja para andar en boca de la gente y me recomienda callarme, andar tranquila, sin decir mentiras, pero sin anunciarme”.

De niña le gustaban los juegos de mesa, ver televisión, dibujar y leer. Ya en la adolescencia, se escapaba con su mejor amiga de la escuela secundaria para irse a unos terrenos en las afueras de la ciudad, donde jugaban a ser botánicas.

“Recogíamos flores y hojas raras. Un día nos besamos sin querer. Salió así, solo. Ella se asustó mucho y estuvo como una semana sin hablar conmigo. Se escondía y no iba a la escuela. La mamá dijo que estaba enferma y para mí fue lo más normal del mundo”, cuenta.

Pasada una semana, las amigas hablaron, se comprometieron a que algo así no volvería a suceder y la amistad ha seguido hasta hoy.

Cuando en el momento de mayor tensión Tania se lo contó a su mamá, la respuesta fue clara: “Estas cosas pasan, hay personas diferentes, pero la gente no está preparada para aceptar eso. Tienes que pensarlo muy bien, porque te vas a sentir mal muchas veces en la vida”.

“A la familia le dijo que me respetaban o nos íbamos de la casa. Mi mamá es prostituta y creo que está acostumbrada a lidiar con el rechazo”, aseguró Tania, quien tuvo su primera relación homosexual con su profesora de literatura del preuniversitario (bachillerato).

“Yo era una adolescente y me fue tan mal aquella vez, que después me hice novia de un muchacho. Sus amigos le decían que era un bárbaro porque yo me acosté con él a los tres días de hacernos novios. Pero yo quería probar. Me fue peor”.

Tras aquella experiencia, Tania tuvo su primera relación seria cuando estudiaba en la Universidad Central de Las Villas y después conoció a Susana, su pareja actual. “Vivimos en la casa con mi mamá y nos llevamos muy bien las tres. Mami ya no ejerce, pues realmente no hace falta, así que se ocupa de casi todo en la casa. Nosotras lavamos la ropa y fregamos los platos en la noche”, explicó.

Susana trabaja en una biblioteca y Tania ahora está sin empleo. “Lo dejé porque con lo mágico que es sentarse delante de una computadora y hacer cosas, a mí me tenían haciendo nóminas salariales en una empresa. Yo no estudié para eso”, dijo.

Para ella el futuro está en los cayos. En varias de esas pequeñas islas que rodean la isla de Cuba se impulsa la industria turística y allí puede haber “grandes oportunidades para la aplicación de la informática”.

“Tengo todos los requisitos para optar por un buen puesto y Susana también. Espero que no haya problemas en caso de que se sepa que somos lesbianas y que además vivimos juntas. Vamos a ver, porque a veces los prejuicios están en la cabeza de la gente y no en las leyes”, asegura Tania y agrega que está preparada para lo que venga. “Asumirse es muy importante para medir el rechazo. El que se esconde y no lo dice, el día que alguien lo descubre, es más acosado que el que mira de frente y dice sí, yo soy homosexual”, dijo.

¿El tercer género?

Tras años de estudio de la homosexualidad como una variante sexual que define la vida de muchas personas en el mundo, la sicóloga cubana Alnaid Maqueira piensa que es hora de hablar de un tercer o cuarto género. “La actual división genérica parte de que ser hombre o ser mujer es ser heterosexual. Si identidad es lo que nos define y lo que nos diferencia, hay que preguntarse qué es ser hombre gay y qué es ser mujer lesbiana”, afirmó la experta.

“Si algún grupo tiene crisis de identidad es el homosexual, pues está reclamando construir la propia y que ésta sea aceptada”, dijo Maqueira, quien trabaja en un centro comunitario de salud mental en la capital de Cuba.

Autora de la investigación “Más allá del género: seis historias de la familia contracultural”, la especialista estima que las familias de gays y lesbianas viven serias crisis de identidad y optan por autoaislarse frente al rechazo social.

Maqueira llegó a sus conclusiones luego de una amplia búsqueda bibliográfica y de un estudio a través del método de entrevistas y observación de seis familias homosexuales cubanas, tres masculinas y tres femeninas, presentado en 2002 como su tesis de graduación de la Facultad de Sicología de la Universidad de La Habana.

La familia homosexual fue definida como una pareja formada por personas de un mismo sexo, que viven juntas, comparten un presupuesto común de gastos y un proyecto a largo plazo que incluye responsabilidad, estabilidad y compromiso mutuo. Para la sicóloga, la convivencia en pareja puede considerarse en estos casos como “la señal más definitiva de que se es homosexual”, o de que estas personas han decidido llevar una vida coherente con su orientación sexual.

“Sin embargo, no siempre quienes inician una relación de pareja homosexual, más o menos estable, tienen bien incorporada su identidad gay”, estima.

En Cuba “hemos trabajado mucho la perspectiva de género femenino y masculino, así como las asignaciones culturales opresivas a uno u otro”, pero, “poco sabemos de la identidad homosexual”, opinó en tanto la sicóloga Patricia Arés.

Profesora de la Facultad de Sicología de la Universidad de La Habana y tutora del trabajo de diploma de Maqueira, Arés añadió durante el acto de defensa que se desconoce el “sufrimiento existencial” que la sociedad cubana “aún homofóbica y patriarcal depara al homosexual” así como “los múltiples mecanismos de defensa a que recurre el homosexual y su pareja para vivir esta anomia social”.

La investigación detectó una gran “diversidad estructural y funcional” en las familias estudiadas, pero también tendencias comunes a todas las parejas vinculadas a la construcción social de los géneros femenino y masculino. Entre los mayores “determinantes negativos” para las parejas homosexuales, la especialista enumeró la ausencia de un modelo propio frente al heterosexual dominante, el rechazo social y los estereotipos que les acosan como “el mito de la promiscuidad”.

Mencionó, además, “la falta de reconocimiento legal y el poco o nulo apoyo que reciben por parte de sus familias de origen, que no los perciben como una unidad de funcionamiento y, por ende, no respetan el espacio propio de la pareja”.

“Si sólo tenemos el modelo sexual heterocentrado (pautas de relaciones tanto íntimas como sociales entre hombres y mujeres) como única referencia, lo extendemos incluso a las relaciones homosexuales”, afirma el texto inédito.

Así, es común encontrar parejas de gays y lesbianas que se dividen en un miembro activo y otro pasivo, para reproducir el papel tradicional y estereotipado que se asigna al hombre y a la mujer en la construcción social del género. Esta división de roles lleva, por otra parte, a que uno de los miembros de la pareja asuma “conductas y actitudes propias del sexo opuesto”, con las que “consciente o inconscientemente siente incomodidad”.

Asimismo, la reproducción del único modelo de pareja disponible hace que la jerarquía y responsabilidad de la familia recaiga en la persona de mayor edad, nivel cultural o poder económico, que viene a desempeñar el rol tradicional del hombre. De tal suerte, afirma Maqueira, “el establecimiento de roles conyugales tradicionales” conduce a un “mayor o menor ejercicio del machismo, en dependencia de la apropiación del modelo cultural que hagan ambos cónyuges”.

Por supuesto, como ocurre también entre las familias heterosexuales, se encontraron casos en los que la relación se establece desde pautas más equitativas, rompiendo con los esquemas preestablecidos para la vida en pareja. Para Maqueira, la construcción de una identidad gay debe pasar por la comprensión de que “la sexualidad de hombre a hombre o de mujer a mujer, no tiene obligatoriamente que reproducir a la de hombre-mujer”.

“Sentirse atraído por una persona del mismo sexo, no implica que se deban adoptar los comportamientos asignados al género contrario”, asegura.

En cualquier caso, la educación diferenciada que siguen recibiendo niñas y niños de acuerdo a los roles culturalmente asignados, parece definir a la larga una de las más marcadas diferencias entre las familias homosexuales. “Las uniones lésbicas expresan una mayor centralización en el afecto, hacen mayor hincapié en las expresiones de ternura, siendo preponderantes la oralidad del afecto y la comunicación analógica y digital como vías para transmitirlo”, observó Maqueira.

En tanto, las parejas de gays “aparecen más centradas en la práctica sexual, en el goce de la genitalidad y menos enfocadas en la transmisión del afecto”.

Como elemento común a todas las parejas estudiadas, la investigadora señaló los conflictos con al menos una de las familias de origen y la tendencia al aislamiento del medio social como mecanismo de defensa ante un entorno homofóbico.

Este proceso trae consigo una limitación de los intercambios externos al ámbito laboral y a la satisfacción de las necesidades básicas, sin que la comunicación con la mayoría de las personas más cercanas trascienda el ámbito formal.

La investigación agrega que estas parejas “se centran en sí mismas, al punto de aparecer muchas veces como una fusión que atenta contra el despliegue de las identidades individuales” y se abren como norma sólo a personas de su misma orientación social.

Diversidad sexual VS machismo

La llamada crisis de la masculinidad, sobre la cual empieza a hablarse en Cuba y en otros países de América Latina, tiene entre sus causas una incipiente tolerancia hacia la diversidad sexual. Así, “la crisis del macho” no sólo responde a los espacios que ha ido ganando la mujer en esta isla del Caribe, sino también a un debilitamiento social de la homofobia, considera el sociólogo cubano Luis Robledo.

De lo que se trata, asegura, no es de que un hombre tenga relaciones sexuales con otro hombre, sino de que esa persona esté rompiendo con todo lo culturalmente preestablecido para su sexo. Profesor de la Universidad de La Habana y uno de los pocos estudiosos del tema de la masculinidad hegemónica o machismo en la isla, Robledo recuerda el impacto que solía tener, hace 10 ó 15 años, reconocerse homosexual.

“Era un crimen, era hundirte. Significaba que no podías progresar ni en el espacio familiar, ni en el estudiantil o el laboral. Era pecado absoluto. Que ese proceso se esté revirtiendo, son síntomas de crisis”, asegura.

A juicio del especialista, la crisis es del modelo cultural dominante y no de los hombres: “los hombres se supone que sean los máximos beneficiados de esa crisis, porque se están liberando de una cadena, aunque no son conscientes de ello”.

Como mismo hicieron el movimiento feminista y sus luchas a favor de la liberación de la mujer “de ciertas cadenas”, se está forjando un movimiento masculino a favor de no tener que “demostrar todo el tiempo que son hombres”, explica.

“Ser hombre” significa, para buena parte de la sociedad cubana, nunca ser débil, ni estar triste, ni expresar afecto hacia otros hombres, ni negarse a los reclamos sexuales de una mujer, ni hacer tareas consideradas como femeninas. Sin embargo, este modelo empieza a romperse por el acceso de la mujer a espacios tradicionalmente masculinos, la subversión de estos espacios y el cambio en la manera pública de comportarse algunos hombres.

En las últimas décadas, el hombre empieza a participar más en las tareas del hogar, aunque el peso fundamental en la mayoría de los casos siga cayendo sobre las mujeres, y también se reevalúa el rol de la paternidad. Por supuesto, aclara Robledo, “sería un error decir que en Cuba ha dejado de existir el machismo o suponer que hemos sobrepasado la sociedad patriarcal. La virilidad sigue siendo un valor positivo y la feminidad un valor negativo”.

En cualquier caso, los cambios que se están viviendo quedan claros con una ojeada a los héroes de la literatura cubana de la década de los años 60 y los de los años 90 del pasado siglo XX. “En los años 60, el héroe siempre tiene una épica masculina; pero en la novelística más actual los héroes, curiosamente, son homosexuales y no porque los escritores sean homosexuales o el tema esté de moda”, analiza.

La literatura, añade, se está “cuestionando muchas cosas”, entre ellas una de las esencias de nuestra sociedad, que es la falsa idea de que “el país se defiende sólo a partir de una masculinidad excesiva”. Se debe valorar, además, el impacto que tuvo en la pasada década la película Fresa y Chocolate, una historia que fue capaz de sensibilizar a la población con el drama de un homosexual cubano.

Así, de acuerdo con el especialista, la irrupción del mundo gay en la capital de Cuba es un síntoma de la crisis de la masculinidad hegemónica; crisis que en ningún momento considera negativa, sino positiva.

El hecho de que existan niveles de tolerancia hacia la homosexualidad que aún no pueden catalogarse como de aceptación, indica una apertura hacia otros espacios masculinos, diferentes al machismo dominante. “Ser homosexual no es ser mujer, ni acercarse a un mundo femenino, ni que tu quieras ser como la mujer; igual que ser lesbiana no es acercarse a un mundo masculino”, reflexiona Robledo.

Para el experto, la homosexualidad “es sencillamente otro espacio de construcción de la identidad, es otra forma de masculinidad y otra forma de feminidad, distinta a la que pueda llevar un heterosexual”.

La crisis de la masculinidad pasa por la cada vez mayor tolerancia hacia la homosexualidad, pero también por el hecho de que son los propios hombres los que se empiezan a cuestionar el concepto de hombre que tiene la sociedad. De acuerdo con el sociólogo, en este proceso ha influido toda la labor del movimiento feminista que está diciendo que el “orden” establecido no es tan natural, es culturalmente construido y, por tanto, se puede cambiar.

Y, además, “el impacto del movimiento gay en el mundo, que dice que los hombres no somos menos porque no cumplamos con todos los requisitos socioculturalmente construidos que requiere la sociedad para ser hombre”.

Para Robledo, en los próximos años esta situación debe evolucionar hacia “un concepto de cooperación entre los dos sexos y entre todas las formas de expresión de la sexualidad”.

“Definitivamente, la noción patriarcal de nuestra sociedad no es eficiente, y en tanto no es eficiente tiene que morir y aparecer una más eficiente, que es precisamente esa de la cooperación entre hombres y mujeres”, afirma.

Esa cooperación implicaría la subversión del concepto de subordinación de lo femenino y lo masculino. Según Robledo, “la mujer no puede seguir siendo un sujeto comparado al hombre; tiene que ser en sí misma”.

Apertura literaria

Seis años esperó la periodista y narradora Mercedes Santos Moray para ver publicada la que se convertiría en la primera gran historia de amor lésbico de la literatura cubana contemporánea.

Los editores extranjeros le pedían a la autora “más sexo caliente y politización del tema”. En Cuba, aseguró Santos Moray, fue “triste ver cómo los prejuicios, tabúes y hasta las miserias personales pesan sobre los libros”.

Al final, El Monte de Venus encontró su espacio a inicios del pasado año en la editorial cubana Extramuros y ha merecido más de una presentación y crítica literaria, aunque por lo general en medios especializados y de poco alcance. En entrevista con la revista electrónica La Jiribilla, la autora de más de 20 libros aseguró que con la novela no pretendió hacer una “apología de opciones y orientaciones sexuales”.

“Lo que defiendo es la libertad de cada ser humano, hombre o mujer, a escoger el sendero, o las vías que desee tomar… Basta de dogmas, de exclusiones, y de ghettos…”, afirmó Santos Moray.

Quizás, reconoce, uno de los elementos más polémicos de la obra a la hora de confrontar con los editores fue que no se trataba simplemente de una relación muy marcada en lo sexual, sino que se legitimizaba “desde la zona afectiva, del sentimiento”.

“Esa es, como cualquier otra relación de pareja, una de las maneras en que se manifiesta el amor, que incluye el sexo, pero que no se detiene sólo en el nivel físico, sino que profundiza y busca la espiritualidad”.

Aunque las incursiones en el lesbianismo han sido escasas hasta ahora, la homosexualidad ha estado presente en la literatura hecha en esta isla del Caribe, desde los tiempos en que aún no podía hablarse de nación.

Víctor Fowler, el investigador cubano que sin dudas ha dedicado más tiempo al estudio de la presencia de este tema en las obras literarias cubanas, cita como primera referencia un texto aparecido en el Papel Periódico de La Habana, en 1791.

Como antecedentes importantes de la obra de Santos Moray, podrían mencionarse fragmentos de las novelas La gozadora del dolor (Graciela Garbalosa, 1922), La vida manda (Ofelia Ridríguez Acosta, 1929) y los poemas de Mercedes Matamoros en El último amor de Safo (1901).

En su libro La maldición, una historia del placer como conquista, publicado en 1998, Fowler reconoce que le “asombra revisar la nómina de aquellos escritores nuestros que dedicaron algún texto de importancia a la subjetividad homosexual” y que incluye a Alfonso Hernández Catá (El ángel de Sodoma), Carlos Montenegro (Hombres sin mujer), Emilio Bobadilla (En la noche dormida), Virgilio Piñeira (La carne de René), y José Lezama Lima (Paradiso, Oppiano Licario).

Entre los autores más contemporáneos habría que mencionar a Senel Paz (El lobo, el bosque y el hombre nuevo), Reynaldo Arenas (Antes que anochezca), Leonardo Padura (El Cazador, Máscaras), Ena Lucía Portela (El pájaro: pincel y tinta china) y Félix Luis Viera (Un ciervo herido). A esta lista se suma El Monte de Venus que, según el ensayista y poeta Virgilio López Lemus, “más que una novela erótica, es una obra sobre amores difíciles. De ahí su fuerte emotividad”.

La historia de Marta María, el personaje protagónico, se cuenta entre los años 1966-1976, un período caracterizado por altos índices de homofobia en la política oficial. Pero, según reconoció la autora, no quiso dar “protagonismo a los persecutores, sino espacio a las amantes”.

“No pretendí hacer un manual de ética, ni un ensayo sociológico, sino narrar, desde la posición subjetiva de dos jóvenes, la pasión que las unió en medio de un contexto nada permisivo, sembrado de incertidumbres, represiones, mezquindades, infamias y, también, envidia”, contó la autora.

Los pasos de la homofobia

Un cuento con varias versiones teatrales y una obra cinematográfica, fue el suceso cultural que introdujo aires de tolerancia en el debate sobre la homosexualidad en la Cuba de los años 90 del pasado siglo. La conocida película Fresa y Chocolate, nominada al Oscar y dirigida por el fallecido cineasta cubano Tomás Gutiérrez Alea, llevó a la pantalla los sufrimientos e incomprensiones vividos por un joven homosexual y se erigió en llamado a la aceptación y apertura social e institucional.

Pero de la historia menos reciente cubana se recuerda aún la breve y desafortunada existencia de las Unidades Básicas de Apoyo a la Producción (UMAP), donde no pocos homosexuales fueron confinados y obligados a trabajar en condiciones difíciles. Tampoco se olvidan los tiempos de la “parametración” -no cumplir los parámetros establecidos-, cuando no pocos gays y lesbianas perdieron sus puestos de trabajo en los sectores de la educación y la cultura, por su supuesta influencia negativa en la formación de “las nuevas generaciones”.

Durante décadas ser homosexual, o sospechar que lo era, bastaba para no ser aceptado en el gobernante Partido Comunista -único partido político cubano-, no ocupar puestos confiables o no acceder a determinadas carreras universitarias. Superadas esas historias, no existe hoy legislación o reglamento conocido que vete a una persona por su orientación, atracción o preferencia sexual.

La reforma del Código Penal, en 1997, excluyó de las leyes cubanas todo lastre homofóbico y sustituyó la categoría de “escándalo público” por “ultraje sexual”, que comprende entre otros delitos el acoso con “requerimientos sexuales”, hasta entonces definido como importunar con “requerimientos homosexuales”.

Luego, en 1998, quedó derogado el artículo 359 del Código Penal de 1979 que establecía multas y privación de libertad a quien hiciera “pública ostentación de su condición homosexual o importune, o solicite con sus requerimientos a otro”. El artículo contemplaba también como “delitos contra el normal desarrollo de las relaciones sexuales” realizar “actos homosexuales en sitio público o en sitio privado, pero expuestos a ser vistos involuntariamente por otras personas”.

Así y todo, los períodos de permisibilidad y apertura parecen alternarse con otros de intolerancia y homofobia siempre vigentes. Esto último se evidenció hace apenas dos años, cuando el semanario Tribuna de La Habana, único periódico capitalino, publicó un comentario de ese corte. Aunque no hizo mención directa a gays y lesbianas, para muchos esa referencia quedó sugerida por el autor, quien censuró a quienes se reunían en un espacio frecuentado, sobre todo, por homosexuales masculinos y travestis.

El artículo llamó aún más la atención, porque el de la homosexualidad es un tema casi nulo o apenas tratado por los medios de comunicación cubanos. En la isla no existen organizaciones de gays o lesbianas y el único intento que se conozca en ese terreno data de inicios de los años 90, cuando un grupo de homosexuales seropositivos al virus de inmunodeficiencia adquirida (VIH), causante del sida, intentó buscar seguidores para la creación de una asociación gay cubana. Una iniciativa que no prosperó y de la cual tampoco se ha vuelto a hablar.

Comparación de dos momentos

Para intentar establecer tendencias en la apreciación social de la homosexualidad, se tomaron como referencia algunos de los resultados de una encuesta similar aplicada entre 1993 y 1994 por el Equipo de Investigaciones Sociales de Juventud Rebelde y presentada en el VII Congreso Latinoamericano de Sexología (La Habana, septiembre de 1994).

Criterios

1993-94
(por ciento)

2002
(por ciento)

La homosexualidad es una inclinación sexual.

68

71

No le apena que lo vean con una persona homosexual.

66

87

Existe un alto rechazo social

78

76

Tratamiento institucional es normal hacia los/as homosexuales

43

78

Rechaza la homosexualidad del todo.

10

12

Trata (trataría) normal a las lesbianas.

55

58

Trata (trataría) normal a los gays.

56

61

 

* Este Enfoques fue elaborado con materiales de la corresponsalía en Cuba de la agencia internacional de noticias Servicio Especial de la Mujer (SEM).

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