Masculinidad vs. violencia: Hombres, sensibles, amantes

Entrevista realizada en 2008 a Julio César González Pagés, coordinador de la Red Iberoamericana de Masculinidades.

Jorge Luis Baños - IPS

“No puede haber un desarrollo local sostenible, en ninguno de nuestros países, si la vinculación entre masculinidad y violencia no empieza a asumirse como un tema de salud”, opina Julio César González.

Un código imaginario del buen machista latinoamericano establece que el hombre debe ser hombre por encima de cualquier cosa y eso, en pocas palabras, significa poder, fuerza, dureza, sexo y, sobre todo, muchos riesgos. Los hombres no lloran, no pueden crecer bajo la falda de la madre, nunca dicen no al reclamo sexual de una mujer, no se tocan entre sí; su mundo es la calle, no la casa.

Con sus diferencias por países, los “mandatos” vinculados a ser hombre establecen, entre otras normas, “nunca decir no” a las tentaciones de la calle, actitud que coloca a no pocos adolescentes frente al tabaco, el alcohol y las drogas. Como parte de este proceso, se justifica el uso de la violencia como una forma masculina de canalizar las emociones o frustraciones, aunque sea contra una mujer, y se cuestiona cualquier comportamiento de cuidado personal, por considerarse una debilidad.

En esta lógica, podría parecer que el machismo está genéticamente predeterminado y que es la única manera de ser hombre, reflexiona Julio César González Pagés, historiador cubano, profesor de la Universidad de La Habana y coordinador de la Red Iberoamericana de Masculinidades. Sin embargo, a juicio del intelectual, la construcción de nuevos modelos de asumir la masculinidad no sólo es posible, sino imprescindible y una urgencia para el desarrollo sostenible.

En otras palabras. Se puede ser hombre y disfrutar el abrazo de un amigo, sentarse en el malecón habanero a mirar el mar, caminar la ciudad por el simple placer de caminar, acostarse en un sofá con los ojos cerrados a oír una buena música, besar a su padre, llorar de impotencia o tristeza, disfrutar la sexualidad como le plazca y con quien le plazca, tener una amiga mujer sin pensar en sexo, disfrutar de la cocina, la familia y el hogar.

“Cuando hablamos de cultura de paz, no hablamos de un slogan. Se trata de volver a las esencias, a los momentos en que los hombres y las mujeres compartíamos esencias mínimas, fundamentales, que nos hacían felices. Es volver a la raíz de lo cotidiano, pero como disfrute, no como tortura”, afirmó González Pagés en entrevista a Enfoques.

IPS: Aunque es evidente que hay muchas maneras de asumir la masculinidad, la hegemónica pasa por el machismo que va más allá de los hombres y se convierte en la cultura dominante en sociedades como la cubana.

Tal pareciera que el machismo le viniera por ADN a los hombres, que es una identidad más allá de la cultura, que cada hombre nace machista y que esta condición no tiene que ver con un proceso cultural. ¿Por qué es así?

Porque durante demasiado tiempo se ha transmitido a través de la cultura y de la educación. Todo el área de América Latina, no sólo Cuba, se bendice o de cierta forma se vende como un área donde el machismo forma parte de la identidad de los hombres y pareciera que esto es hasta simpático, que realmente forma parte de un proyecto que hay que asimilar y aplaudir, que formara parte de algo importante y sí lo es, porque toda nuestra cultura, regularmente, está vista y construida de esta forma.

La educación y la cultura son los dos grandes baluartes donde nosotros vemos estos valores como fundamentales de la identidad machista, masculina, hegemónica. Y lo digo así porque aparece de cualquier forma, incluso a veces lo quieren convertir en un producto light y te dicen “esto no es machismo”. Pareciera que el machismo es algo como una etiqueta, una actitud masculina en sí misma, y pareciera que ser masculino es algo importante porque tiene que ver con la construcción de género, y pareciera que la hegemonía, lo masculino y el machismo forman parte de tres pasos esenciales para ser hombre. Y el problema es que, de cierta forma, estos tres aspectos marcan los patrones que definen la aceptación social del hecho de ser hombre. Es por esa aceptación que educamos, criamos y transmitimos estos valores a través de los medios.

Paradójicamente, incluso en un país como Cuba, donde la mujer ha vivido un intenso proceso de inserción social, se observa que ella misma transmite a sus hijos los patrones de esta cultura machista. Consciente o inconscientemente, pero así lo hace.

A veces converso de estos temas con algunas mujeres y me dicen “sí, todo está muy bien, pero a mí me gusta tener un macho a mi lado como pareja”. Y bueno, ¿qué cosa es ser un macho? Regularmente, esa imagen del macho está asociada a estereotipos. Tiene que ver, quizás, con esa imagen simbólica -en el caso de toda América Latina- de la época de oro del cine mexicano, con un Jorge Negrete a caballo y con bigote, pero con la parte romántica de esa imagen y no aquella en la que se baja del caballo, llega borracho a la casa y golpea a la mujer. Porque detrás de la imagen romántica del macho se esconde la violencia. Cuando un hombre es criado para que beba en exceso, eso trae consigo violencia; cuando un hombre es educado en el exceso de poder, es violento. Y todo este proceso va conformando el sustento, después, de una ideología que no sólo es inherente a los hombres, también lo es a las mujeres.

No es que las mujeres sean machistas, pues no pueden ser víctimas y victimarias de un mismo proceso. Las mujeres transmiten esos códigos machistas a sus hijos porque la aceptación social de un macho pasa por todo esto: son los códigos por los que son aceptados los hombres. Nadie educa a un hijo para que sea vulnerable, aun los animales enseñan a cazar a su descendencia para que sobreviva en las tribus o en las manadas. Entonces, yo creo que regularmente todos estos valores que son adquiridos de la cultura y la educación tienen una legitimidad en la familia, en el barrio, en la comunidad.

¿Cómo puede romperse este ciclo?

Será muy complejo, por la aceptación social que hay. Regularmente, asociamos el trabajo sobre cultura machista y violencia a una semana en el mes o 15 días de campaña, pero después todo puede seguir igual.

Detrás de todo esto hay raíces que pasan también por relaciones de poder.

 

En la cultura que heredamos de España, de África, de todos los países que fueron emisores de emigrantes -de forma voluntaria e involuntaria- hacia nuestro continente, mucho de lo que recordamos y bendecimos como cultura tiene que ver con los hombres. ¿Por qué?

Porque los protagonistas visibles de toda nuestra historia han sido los hombres, ha sido toda una historia construida sobre la base del patriarcado y, además, todo el tiempo parece que la etiqueta de patriarcado es algo con total legitimidad y que no se puede mover.

Cuando uno ve los procesos históricos -no sólo en Cuba-, las mujeres vienen a aparecer en la segunda mitad del siglo XX. En casi todos nuestros procesos educativos se muestra, además, como una mujer, una anécdota, un momento, un suceso. Y lo mismo pasa con la filosofía: pareciera que los hombres son importantes por el solo hecho de ser biológicamente hombres. En el siglo XIX, sólo vemos filosofía en Marx, Engels, Hegel o Feuerbach[i] y nunca en Gertrudis Gómez de Avellaneda o Rosalía de Castro.

No se acepta como filosofía aquella que hicieron algunas mujeres alrededor de su vida, una vida que quizás tiene más que ver con el mundo privado o con el mundo de las mujeres; sin embargo, las altas escuelas de pensamiento y de educación siempre ven los procesos de evolución de la cultura de los hombres como legítimos. Y detrás de todo esto está la hegemonía, que va creando una estima en el sector masculino, donde las mujeres que quieren aspirar a cierto protagonismo social tienen que beber de esta cultura varonil, masculina, machista, y terminan encerradas en los mismos patrones hegemónicos y violentos.

Y, por lo general, no se tiene conciencia de que esta cultura machista daña no sólo a las mujeres, sino también a los hombres.

Por eso son tan importantes los sectores de la cultura y la educación, a la hora de promover un cambio. Los valores transmitidos por la educación, hasta nuestros días, han traído como consecuencia que, en todos nuestros países, no se ha tomado el tema de salud de los hombres como un problema de Estado, por su vinculación con el machismo y la masculinidad hegemónica. Sin embargo, si vemos los sucesos bélicos -donde los hombres están involucrados-, o los procesos de riesgo o de no cuidado del cuerpo, observamos que deberíamos tener estrategias de salud más preventivas en su vinculación con la masculinidad. Gastaríamos mucho menos en salud, si evitáramos que los hombres fueran criados en una actitud de riesgo.

Por ejemplo, en el caso cubano están los jóvenes que se cuelgan de los buses para demostrar virilidad o actitudes excesivas alrededor del alcohol, de la reyerta, actitudes de riesgo que, al final, no conducen a nada. Sucede lo mismo con la manera en que los hombres conducen; es una actitud temeraria, que no tiene nada que ver con la forma en que lo hacen las mujeres. Y cuando una mujer no se suma a esa temeridad, se dice que “ellas no saben manejar” y se ridiculiza todo el tiempo. Se legitimiza tanto la burla hacia la mujer como la temeridad, la violencia.

Así, cuando vemos la relación entre masculinidad, hegemonía y violencia, también hay que ver los riesgos en materia de salud, vinculados a enfermedades que se derivan de cuestiones biológicas, y aquellos riesgos vinculados a la conducción de género y qué pasa por las diferentes generaciones.

¿Estaríamos hablando de generaciones jóvenes que buscan nuevas formas de socialización, pero que también reproducen códigos violentos?

Este verano yo tuve la oportunidad de hacer un trabajo con el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) y, entre otros aspectos, comprobé que hay actitudes muy parecidas en las generaciones menores de los 25 años en toda el área de Centroamérica y el Caribe, y que al hablar de cultura, se puede hablar no sólo a nivel de país, sino de toda esta región.

¿Por qué? Porque se socializa de las misma forma, con la misma música, con la misma cultura de riesgo. Daddy Yankie[ii] es oído por un joven obrero de Tegucigalpa, un muchacho de clase media en San Juan, uno de provincia en Santo Domingo y un universitario en La Habana. Esa cultura que muchas veces decimos que es globalizada –y lo es–, también trasmite valores y son los mismos que estimulan las actitudes de riesgo.

Por eso yo creo que más que abogar por actitudes nacionales, tenemos que pensar en el mundo. Vivimos en el mismo planeta y es lo mismo que pasa con temas como la ecología: son temas globales que nos afectan a todos por igual. Como en algún momento se ha hablado de la colombianización de toda la región, yo pienso que habría que enfrentar el tema de violencia social, que podría llamarse “la marización” porque las maras son quizás la punta de lanza de estos grupos de jóvenes menores o mayores de 25 años que ya tienen atisbo en todos nuestros países. Y son fenómenos muy difíciles de prevenir porque nuestros gobiernos lo están tomando como cuando se pone una curita en una hemorragia y no como un problema de desarrollo.

No puede haber un desarrollo local sostenible, en ninguno de nuestros países, si la vinculación entre masculinidad y violencia no empieza a asumirse como un tema de salud, como un tema de sociedad, con fondos específicos. No podemos pensar que los fondos que estamos destinando a la inequidad en el tema de mujer van a ser mismos que nuestros gobiernos tienen que destinar al tema de la masculinidad y la violencia.

Son dos problemas que se relacionan, pero son diferentes y hay que ir a la raíz de cada uno de ellos, raíz que tiene que ver con una madeja muy compleja de fenómenos. Es decir, el caso que hablábamos de las generaciones está vinculado a la aspiración de esta generación que tuvo una pérdida de paradigma social, donde se observa cierta enajenación y valores que no conducen a nada, como el consumo y la droga. Son valores que se han universalizado y que a largo plazo están trayendo la autodestrucción no solo en los sectores más pobres, sino también en la clase media y alta.

¿Cuáles serían, entonces, los mensajes que habría que transmitir para ir promoviendo cambios hacia una cultura de paz?

Los mensajes tienen que estar dirigidos a sectores específicos. Hoy se habla mucho de la diversidad y, si hay diversidad, debe haber mensajes universales pero también particulares, para diferentes grupos, como puede ser la juventud. Por ejemplo, la relación entre las generaciones jóvenes y la educación cambió; sin embargo, seguimos vendiendo, bendiciendo, una educación muy vertical, poco democrática, en la que hay un profesor que impone un criterio y un aula que, quizás, lo oye porque tiene que obtener una nota, un título, un grado.

De cierta forma, esta manera de educar es una transmisión de valores arcaicos y violentos. Tenemos que aprender a democratizar la educación y saber qué quieren las diferentes generaciones, qué valores desean aprender. Por otro lado, creo que sí se está produciendo un cambio en esa esencia de lo femenino y lo masculino y hay ejemplos específicos de tribus urbanas, como los Emos, que han cambiado los estereotipos, pero aún sigue existiendo violencia hacia ellos y dentro de ellos mismos. Es decir, la historia no es tan pacífica como se monta. ¿Por qué?

Porque aún hay valores violentos, tanto dentro de lo masculino como de lo femenino. El poder es violento y puedes ser una mujer competitiva, vestir con Armani[iii] y ser tan excesivamente violenta y masculina como la mujer más violenta de un barrio marginal, sentir satisfacción en la violencia.

Al mundo le hace falta un poco de amor, pero no el amor que nos transmiten las telenovelas, ese amor idílico e imposible. Yo siempre pienso que nos siguen vendiendo el amor a lo Romeo y Julieta como un amor adolescente, inexperto, y me río un poco porque pienso que Romeo y Julieta, con las nuevas tecnologías, nunca hubieran muerto: con un móvil se hubieran comunicado y lo más probable es que hubieran pasado de esa relación primera y hubieran crecido, como hombre y mujer, y elegido otras relaciones. Así y todo, se nos sigue mostrando ese amor violento, relacionado con la muerte y el corazón sangrante, con la ausencia.

Cualquier cosa que hagamos tendrá que apuntar a ese estrés generalizado por ocupar todas las horas en algo y no dejar tiempo para pensar, para reflexionar, para amar. Tenemos que aprender a amarnos a nosotros mismos, nuestro tiempo, nuestro cuerpo, nuestra ciudad; o sea, esa cultura de paz que muchas veces parece imposible yo creo que es posible.

¿Hablamos de cambiar, incluso, rutinas de la vida cotidiana?

Yo he estado trabajando con grupos de hombres y nos hemos dado la posibilidad de conocernos, de cierta forma amarnos y querernos, pero no sólo desde la sexualidad. Casi siempre pensamos en el amor como el acto sexual y no como que alguien que esté a nuestro alrededor pueda cocinarnos o darnos un buen masaje, mas allá de la cuestión erótica; o que alguien pueda compartir su tiempo para caminar por la ciudad y tener una actitud un poco menos agresiva.

Para mí, esa es la cultura de paz. Se suele ver la cultura de paz como un eslogan, pensamos en la década del sesenta y en John Lennon, porque no dejamos de hacer imagen y propaganda. Asociamos el concepto a los símbolos y no a actitudes simples. A veces yo estoy muy estresado en la ciudad, me voy a Caibarien y cuando regreso estoy totalmente cambiado. Para mucha gente, es como si hubiera hecho la gran cosa y lo único que hice fue romper con mi rutina y darme la posibilidad de caminar por otra ciudad, darme tiempo. Y es que los humanos vivimos un tiempo muy rápido y ese tiempo rápido es violento y va en contra de uno mismo.

Aprender a vivir es cultura de paz, como lo es aprender a oír, a respetar, a dulcificar, pero en ese respeto los hombres somos muy invasivos.

¿Por qué pasa eso?

Porque este código machista, masculino y hegemónico, todo el tiempo te obliga a tener el control, incluido el control del tiempo que me vas a destinar. Fíjate que, regularmente, las personas tienen poco tiempo para atenderte, están tan ocupados que sólo tienen cinco minutos para ti y eso es violencia de la cultura del tiempo y del espacio. Es muy común oír “no puedo salir porque no tengo dinero”, y a veces uno puede salir sin dinero. Yo voy a muchas actividades con entrada gratis, pero para muchas personas salir significa dinero y alcohol. Si no tomamos, no socializamos.

¿No podemos quizás tener una cultura del ocio que no lleve gasto, que no lleve consumo? De cierta forma, una de las primeras cosas que aprendemos los hombres que nos estamos liberando de estas actitudes machistas es a intimar y, dentro de esa intimidad, está la cocina, porque todo el mundo tiene que comer. Así, debería formar parte de la promoción de la cultura de paz decir tómate un tiempo, comparte con tus amigos, hazte una pasta o una yuca; hazte lo que tu quieras, pero date ese tiempo mental de poder compartir la esencia de la vida que es comer, que es disfrutar de la música, disfrutar de un paseo.

No se trata de abrir una gran discoteca que se llame Cultura de Paz y que no sería más que un gran momento de consumo de lo mismo. Se trata de volver a las esencias, a los momentos en que los hombres y las mujeres compartíamos esencias mínimas, fundamentales, que nos hacían felices. Es volver a la raíz de lo cotidiano, pero como disfrute, no como tortura. Es ese tiempo durante el cual elaboramos la comida, hablamos y compartimos. Lo doméstico también forma parte de nuestra vida –comer, alimentarnos, limpiar–, y a mí me ha pasado: el tiempo que yo le dedico a mi casa y a mí se ha convertido en esencial y cuando no lo tengo, lo sufro.

Un hombre típico te diría que él se va a la pelota con sus amigos.

Yo también voy a la pelota. A mí me gusta mucho el béisbol, pero ese es un tiempo, es decir, son tiempos diferentes. Estos tiempos deben coexistir en armonía, esa armonía que te hace una persona estable, en lugar de una persona que lucha todo el tiempo contra el tiempo. No me gusta ponerme de ejemplo, pero yo mismo viví un momento terrible en mi vida, de mucho estrés, que terminó con una enfermedad nada agradable como es el cáncer de próstata. Fue un problema de salud en un hombre que trabaja masculinidad y que dejó que la hegemonía sobre el tiempo incidiera sobre su salud y se enfermó.

Yo quería mucho más tiempo para hacer las cosas que estaba haciendo y que, de cierta forma, reproducía este hombre que tiene que tener ocupado todo su tiempo. Y estamos ante un problema de salud que tiene que ver, además, con que no existen campañas preventivas para esta enfermedad y por eso, regularmente, entre 80 y 90 por ciento de los países tienen estadísticas terminales muy fuertes en una enfermedad que se puede prevenir, como la del cáncer de mama.

¿Esa ausencia de campañas de prevención de salud hacia la población masculina sería también otra forma de violencia?

Es una manera de ejercer la violencia sobre nuestra propia salud. No sabemos cuidarnos, no hay una cultura del cuidado del cuerpo del hombre. Se dan casos de hombres que, a los 40 años de edad, empiezan a hacer ejercicios y mueren porque no fueron antes a un médico para saber si su corazón lo soporta. Yo creo que eso es violencia también, violencia sobre tu físico, porque cuando hablamos de violencia y masculinidad, solemos pensar en el hombre golpeador y no en todas las violencias posibles, las violencias psicológicas que nosotros mismos nos imponemos.

Ahí está el tema del dinero, cuando no tenemos un trabajo bien remunerado y pensamos sólo en lo remunerado y no en la satisfacción. ¿Por qué? Porque vivimos la hiper responsabilidad de la economía: ¿cómo me van a ver mis hijos bien si no soy un buen proveedor? ¿Qué hago si no puedo satisfacer a mi hijo que está en la universidad y me exige unos tenis de marca? Las cosas que no deben ser esenciales se convierten en esenciales, porque son parte de la competitividad, son exigidas por la propia familia y caemos en un círculo de progresión-regresión.

En el caso de los hombres, regularmente, estos procesos van en regresión. Puede ser que tú te hayas educado en una familia de una forma, pero cuando te cases y vas a vivir con tu pareja, la exigencia vuelve a ser la misma socialmente aceptada, la misma en la que quizás no te educaste, pero que te van a exigir en la familia nueva que tú heredas y que es la familia de tu pareja.

Cuando hablabas del cáncer, hablabas de una vulnerabilidad masculina en problemas de salud que tiene una de sus causas en toda esta cultura machista de la que hemos hablado. Se ve también al final de la vida, con los hombres mayores que se quedan solos; la manera en que se asume la viudez cuando se es hombre o mujer, suele ser totalmente diferente.

La mujer, generalmente, asimila la viudez. La ve como un nuevo período de su vida, se va para la calle, va a pasear. Puede haber sus excepciones, pero esa es la media. El hombre cae en la soledad, en la depresión, no sabe qué hacer con su vida. O sea, que al final esa masculinidad lleva al hombre a ser totalmente dependiente de la mujer, lo lleva a la inutilidad, a un proceso doloroso.

Pienso que los dolores, los malestares que provoca esa masculinidad hegemónica y socialmente construida en los hombres, deben ser estudiados. La sociedad mundial ha crecido en edad, los países como Cuba envejecen y cada vez hay más hombres mayores de 60 años que no saben qué hacer con su vida, y si enviudan es mucho peor.

Yo lo viví en mi familia. Desgraciadamente, mi papá falleció hace más de un año y mi mamá lo ha asimilado como un nuevo proyecto de vida, ha intensificado los momentos de compartir con sus amistades, o sea, ha sabido enrumbar su vida con el dolor, pero ha sabido hacerlo.

Y me he preguntado qué hubiera sucedido de ser al revés. Creo que hubiera sido difícil porque mi padre estaba acostumbrado a una rutina –como la comida que mi mamá preparaba–, y esa rutina tiene que ver con los roles diferentes que se asignan socialmente a las mujeres y a los hombres, que regularmente nos niegan y que quizás nos beneficien, pero que a largo plazo, si vas a tener una vida longeva, pueden llevarte a sentirte como un inútil. Así, llega un momento de la vida en que los hombres parecen más los hijos de las mujeres que sus parejas; van desarrollando una inutilidad que con los años se refuerza, agravada por problemas médicos; viven en una dependencia total que a veces se revierte en una autoestima baja y con una tendencia muy fuerte al alcoholismo.

En fin que, al final de la vida, el machismo se vuelve contra los propios machos.

Al final, son procesos negativos para las mujeres y para los hombres. La salida pasa, entonces, por la creación de nuevos modelos.



Notas:

[i] Carlos Marx (1818-1883), filósofo, historiador, sociólogo, economista, escritor y pensador socialista alemán. Padre teórico del socialismo científico y del comunismo.

Federico Engels (18201895), filósofo y revolucionario alemán, amigo y colaborador de Carlos Marx, autor junto a él de obras fundamentales para el nacimiento de los movimientos socialista, comunista y sindical.

Georg Wilhelm Friedrich Hegel (17701831), filósofo alemán

Ludwig Andreas Feuerbach (18041872), filósofo alemán , antropólogo y crítico de la religión .

Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), escritora y poetisa cubana.

Rosalía de Castro (18371885), poeta y novelista española en lengua gallega y castellana, figura central del resurgimiento de la literatura gallega en el siglo XIX.

[ii] Daddy Yankee,  músico puertorriqueño del  género reggaetón.

[iii] Armani (1934), diseñador de moda italiano.

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