Arquitectura: La soledad de la Villa Blanca

Un hermoso poblado costero de Cuba, al margen de las más importantes corrientes del turismo internacional en la isla.

Jorge Luis Baños - IPS

La ciudad de Gibara

GIBARA, Cuba, may (IPS) Gibara es una de las más atractivas ciudades monumentos del oriente de Cuba, pero su posición geográfica la mantiene alejada de los principales centros turísticos de esta isla del Caribe.

Fundada a 775 kilómetros de La Habana en 1817 y declarada Monumento Nacional el pasado año, la también llamada Villa Blanca o Villa de los Cangrejos crece junto al mar como una leyenda incluso para buena parte de la población cubana.

En estos parajes se produjo el primer encuentro de la expedición de Cristóbal Colón con la población aborigen en 1492 y nació el escritor Guillermo Cabrera Infante, fallecido este año en el exilio.

Durante décadas, los habitantes contemplaron entre el asombro y la costumbre cómo las calles se llenaban de cangrejos que caminaban hacia el mar en época de desove. A inicios de este nuevo siglo, ya no se dan esos inusuales desfiles.

Aquí llegó el cineasta cubano Humberto Solás para filmar uno de los cuentos de su película “Lucía” (1968), regresó para terminar “Miel para Ochún” (2001) y decidió promover la realización anual del Festival Internacional del Cine Pobre a partir de 2003.

Pero el encuentro, que se celebra desde entonces durante una semana en la primavera boreal, no ha logrado atraer más turistas a la ciudad ni fuentes para financiar la conservación de sus valores patrimoniales.

“Gibara es como la maqueta de una gran ciudad. Tiene todo lo que debe tener a pequeña escala”, dijo a IPS el arquitecto Alberto Moya, director de la municipal Oficina de Conservación de Monumentos y Centros Históricos.

Estudios realizados por especialistas de esa entidad detectaron que el desarrollo económico de la zona, parte de la provincia de Holguín, nunca fue tan poderoso como para justificar la construcción de una ciudad que llegó a ser, fuera de La Habana, la única amurallada del país.

“Las personas que llegan aquí tenían la intención de darle una vida cultural a la ciudad. Así construyen un teatro majestuoso, que tras su inauguración en 1889, estuvo once meses sin programación”, afirma Moya.

Una encuesta de la Iglesia Católica a mediados del siglo XX ubicó a Gibara entre los lugares más pobres del país. Sin embargo, la vida cultural de la que alguna vez fue conocida como “la España chiquita” iba por otro camino: “había unos diez periódicos locales y cuatro sociedades de recreo”, relató Moya.

Durante mucho tiempo, la ciudad vivió de su puerto, y la pesca fue la principal fuente de trabajo y alimentación. Éste es de los pocos lugares de Cuba donde siempre se puede comer un buen pescado y marisco fresco.

La población gibareña, poco más de 17.200 personas, no justifica su clasificación como ciudad. Sin embargo, siempre ha sido vista como tal por sus habitantes y reconocida así por la Comisión Nacional de Monumentos.

De acuerdo con la Comisión, Gibara posee ”un centro histórico de excepcionales cualidades urbanas y arquitectónicas”, donde predominan las plazas, parques y edificaciones del siglo XIX y principios del XX, con portales, columnas y patios coloniales.

El centro histórico se extiende por 27,2 hectáreas e incluye 828 inmuebles, de los cuales 42,6 por ciento se encuentran en buen estado, 33 por ciento en regular y 24,4 por ciento en mal o pésimo estado, según la oficina local de Conservación.

Los principales problemas que debe enfrentar la ciudad se concentran en los techos de tejas y en la carpintería de las casas, en el estado de la red vial y en la carencia de un buen sistema de alcantarillado.

Hasta el momento, la Oficina ha trabajado en la restauración de algunos inmuebles que han sido destinados a fines sociales y culturales. El teatro, cerrado hace unos 30 años, se encuentra en fase de restauración detenida por falta de financiamiento.

Los proyectos de desarrollo turístico, aplazados por coyunturas económicas adversas, contemplan su vinculación con el polo turístico de Guardalavaca, uno de los más importantes de Cuba, distante de Gibara a un poco más de 50 kilómetros.

“La idea es potenciar el turismo cultural de ciudad y complementarlo con otros atractivos. Gibara tiene pequeñas playas, está rodeada de cavernas, posee sitios arqueológicos de interés y la cueva inundada más grande de Cuba”, dijo Moya.

Cuando se inauguró el I Festival Internacional de Cine Pobre en 2003, muchos pensaron que había llegado el momento del cambio. “Creímos que el encuentro aumentaría el movimiento de todo tipo hacia la ciudad, pero no ha sido así”, reconoció el arquitecto.

La ciudad vive de festival en festival. “Tenemos las fiestas tradicionales tres o cuatro veces al año, pero no es igual”, dijo a IPS una artesana que confecciona collares de semillas para venderlos en las ferias de la capital del país.

Durante la cita cinematográfica se autoriza la instalación de un parque de diversiones ambulante y la venta en tarima de comidas tradicionales como la jaiba rellena y el ostión. Mujeres y hombres ofrecen collares y otras artesanías a muy bajos precios.

Pero las autoridades prohíben al pequeño sector privado rentar habitaciones o brindar servicios gastronómicos a los participantes en el festival. Con esta medida, los ingresos van al Estado, pero los asistentes deben alojarse a casi 30 kilómetros de la ciudad.

El resto del año llegan muy pocos visitantes extranjeros. “Vienen sobre todo personas mayores a descansar y suelen quedarse por períodos largos”, dijo la dueña de un hostal privado que opera con licencia estatal.

(FIN/2005)

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