Canta y golpetea la guitarra

“Darle un papel a un creador que lo comprometa con una realidad, cualquiera que sea, es limitar la libertad necesaria para que exprese lo que quiera…”, Jorge García.

Cortesía Marta María Ramírez

Jorge García, en una de las pocas imágenes que se conservan de su adolescencia.

Al terminar la enseñanza media, en marzo de 1973, nacía el Movimiento de la Nueva Trova (MNT), precedido, en el 72, por el primer Encuentro de Jóvenes Trovadores y las presentaciones de Silvio, Pablo Milanés y Noel, en Chile y Alemania.

Lo que había sido un movimiento artístico, estético, se armó con una estructura liderada por la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), cantera del Partido Comunista de Cuba (PCC).

Entre los lineamientos ideológicos fundacionales del MNT, se decía que la canción “como toda expresión artística, pero incluso con una efectividad superior a otras manifestaciones, influye en la educación tanto estética como ideológica de nuestro pueblo”.

Como consecuencia, el contenido ideológico de una canción “está determinado por el objetivo político que la misma propone y logra… de manera que sea un instrumento que eleve la conciencia y la sensibilidad del hombre… que exalte las virtudes combativas de nuestro pueblo ante las dificultades…”.

En este sentido, los estatutos subrayaban que “la influencia ideológica negativa no solo se produce cuando la obra responde explícitamente a los intereses de clase del imperialismo y la vencida burguesía, sino cuando, aún sin hacerse esto evidente, se niegan la sensibilidad y la cultura nacionales”.

Los lineamientos también instaban a “estar en guardia, no solo contra expresiones artísticas de abierta condición contrarrevolucionaria, sino contra obras que intentan adormecer el gusto popular y deformarlo. Esto constituye una manera de combatir por la Revolución…”.  

El propio Noel consideraba, en entrevista al periodista Tony López a fines de los 90’s, que de repetirse la experiencia,  “trataría de no hacer un reglamento copiado de una organización política”.

Interrogado por  el semanario uruguayo Brecha, en 2004, Jorge opinaba que “darle un papel a un creador que lo comprometa con una realidad, cualquiera que sea, es limitar la libertad necesaria para que exprese lo que quiera, ya sea desde el intelecto o desde las sensaciones”.  

Pero Jorge todavía no se reconocería trovador. En su familia ya existía uno: su hermano; y no estaba bien competir con sus afectos. Eso le enseñaron. Así que su futuro se presentaba como maestro de guitarra, oferta de trabajo que recibiría si concluía sus estudios de música, en un servicio social que validaría su diploma. Como no le interesaba la enseñanza, decidió estudiar idiomas en la escuela Máximo Gorki, de la capital.

Jorge relataba cómo, paradójicamente, se convirtió en profesor de idioma ruso.  Pero, eso sí: nunca abandonó la guitarra, que tocaba para sus amigos, en la escuela, y espacios del Movimiento de la Nueva Trova; en Fomento, donde fue asignado para su servicio social, o en La Habana.

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