Es trovar

“En el caso de Jorge (las influencias) son asimiladas por una visión íntima que después se convierte en un estilo propio…”, escribió el poeta Agustín Labrada.

Cortesía Marta María Ramírez

Jorge García y Noel Nicola, en una de sus presentaciones en Venezuela.

En 1991, Noel Nicola lo invita a una gira por Venezuela. En Es trovar, se prueba junto al fundador de la Nueva Trova en las plazas más importantes de ese país.  A su regreso está listo para hacer su primer disco.

Jorge García, grabado en los estudios Siboney de la oriental provincia de Santiago de Cuba, sale solo en formato de casete, bajo el sello EGREM.

Se había dejado arrastrar por las modas: Silvio y Afrocuba, Pablo y su grupo… Y como no había mucho dinero de producción, grabó su ópera prima acompañado por máquinas, sin abandonar la guitarra. Jorge García suena bien, aunque él no se reconocía en este, según me confesaba.

Para el poeta cubano Agustín Labrada, “en el caso de Jorge (las influencias) son asimiladas por una visión íntima que después se convierte en un estilo propio… Tal es la sobriedad sin pose del trovador”, según escribiera para presentar un concierto, el 20 de septiembre de 1991.

Jorge experimentó con Juan Antonio Prada y sus máquinas, con los grupos Toma 1 (antes la banda de Pedro Luis Ferrer) y Arte Vivo (grupo de rock). También con un grupo creado por él con estudiantes de la Escuela Nacional de Arte, como el pianista Tony López y el percusionista Jimmy Brandly (trato infructuosamente de encontrar la grabación de un concierto legendario que tuvo lugar en el teatro capitalino Hubert de Blanck).

Por su parte, los más famosos Topos, cobijados por  Silvio o Pablo, no solo comenzaron a grabar para discográficas extranjeras, sino que se armaron con bandas para defender sus propuestas.

La última década del siglo XX es fecunda: aparecen varios grupos que se reconocen enraizados en la estética trovadoresca: la llamada Novísima trova, que también fue conocida como la Generación de la Takamine, marca de la guitarra electroacústica de moda, que llevaban como un trofeo colgado en la espalda; y la Generación de 13 y 8, nombre que toman de su sitio de presentación habitual en el Vedado habanero.

La primera, como norma, había heredado la apatía hacia la crítica social de sus predecesores y se declaraba explícitamente más cercana a la Nueva Trova, como movimiento estético.

La segunda, un poco más comprometida con la realidad de un país en crisis y con claras influencias del rock,  rap, filin, folk, jazz, la música brasileña, afrocubana, la timba y el guaguancó, mezcladas de formas más o menos coherentes… Si la música era más cercana al sonido cosmopolita de La Habana de entonces, sus textos también eran más parecidos a un mundo en el que aparecían balseros, turistas internacionales, jineteras y jineteros (como se les conoce a las personas que ejercen la prostitución), proxenetas…

Otra de las características de esta generación es que, desde sus inicios, el empleo de la guitarra como instrumento se debe a la imposibilidad de formar bandas para conformar su verdadera propuesta artística, que fueron creando con premura: Lucha Almada (Vanito y Alejandro Gutiérrez) y Cuatro Gatos (Kelvis Ochoa), por solo mencionar dos.

Ambos grupos contaron con una difusión casi nula de su obra y sus presentaciones fueron reducidas a pequeños espacios capitalinos. En términos generales, se perfila una promoción de la Nueva Trova cada vez más subyugada a la conmemoración de días patrios y fechas luctuosas.

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