La proyección externa cubana hacia el Caribe

El Caribe es el entorno natural e inmediato de Cuba, al cual pertenece por múltiples y legítimas razones geográficas, históricas y culturales.

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La cuenca del Caribe

El Caribe es el entorno, el escenario natural e inmediato de la isla de Cuba, al cual pertenece por múltiples y legítimas razones geográficas, históricas y culturales. Por consiguiente, el Caribe constituye un área de interés político-estratégico, que está además vinculado al factor de seguridad   para la política exterior cubana.
 
Por diversos y muy conocidos motivos, Cuba, en su condición de isla geográficamente situada en el centro del Mar Caribe -bloqueada además por los Estados Unidos- se vio obligada a modificar sustantivamente su estrategia de inserción internacional durante la   pasada década del noventa.

En ese replanteamiento estratégico, América Latina -y de manera particular el Caribe- devino un área priorizada. Puede afirmarse que es entre el decenio de los noventa e inicios del presente siglo que se crean las bases para la articulación, por vez primera, de una estrategia coherente, armónica y concertada que reconoce la real importancia de la región para los objetivos de la política exterior cubana.

La política de Cuba hacia el Caribe es hoy una de sus grandes prioridades en materia de política exterior. Tan es así, que podemos calificar esta política como la más dinámica y efectiva en la proyección externa de la Mayor de las Antillas durante la segunda mitad de la década del noventa y los primeros años del siglo XXI.  

Cuba es considerada por los caribeños como parte inequívoca de la región. Se le reconoce su activa y solidaria proyección hacia el Tercer Mundo, sus posiciones contra el racismo y el colonialismo, sus amplias relaciones con los países africanos; amén de la sensibilidad mostrada por la presencia del factor etnorracial –la común raíz africana– como elemento integrante de nuestra nacionalidad.   Aspecto este último que, a su vez, ha incidido en la formación de una cierta identidad cultural caribeña.

A la mayoría de los países caribeños le resulta novedoso e interesante que los cubanos desarrollen un proyecto social diferente, alternativo y que, a pesar de los múltiples y complejos problemas que ha tenido que enfrentar, Cuba exhiba indicadores socioeconómicos que atestiguan éxitos múltiples.   Por ello sigue con atención creciente el modelo de desarrollo ensayado por la isla. Es así como sus relaciones con la Mayor de las Antillas están marcadas, también, por sus deseos de beneficiarse de los logros cubanos, paradigmas reconocidos en las áreas de la educación, la salud, los deportes, la ciencia y la tecnología. Es precisamente este interés el que sustenta, en gran medida, las bases de una activa cooperación Sur-Sur entre la Isla y la región caribeña, de la cual ella también forma parte.

En este trabajo se pretende realizar una valoración general de la política de Cuba hacia el Caribe después de 1959 2, identificando los principales períodos por los que ha transcurrido. Se distingue además el concepto de cooperación Sur-Sur, elemento rector de las actuales relaciones cubanas con el Caribe.

La política hacia el Caribe

Desde el triunfo de la revolución en 1959, las relaciones cubanas con su entorno caribeño han sido una de las más exitosas gestiones que, en materia de relaciones internacionales, puede exhibir la isla. Para una mejor comprensión de su origen, evolución y desarrollo propongo la siguiente periodización,   retomando el análisis que hiciera Gerardo González Núñez de los treinta primeros años de dichas relaciones.  

I.- Período de proyección limitada,   desde enero de 1959 hasta 1970.

II.- Período de inicio y auge en las relaciones,   desde 1970 hasta 1979.

III.- Período de deterioro de las relaciones, desde 1979 hasta 1983.

IV.- Período de retroceso en las relaciones, desde 1983 hasta 1990.

V.- Período de recomposición de las relaciones, desde inicios de 1990 hasta 1992.

VI.- Período de plena reactivación de las relaciones, desde 1992 a la actualidad

A continuación, un breve análisis de cada uno de estos períodos.

I.- Período de proyección limitada (1959-1970)

En los años que abarca este período la prioridad fue lograr su supervivencia y consolidación ante la hostilidad estadounidense. Este propósito respondía a la necesidad de crear las condiciones necesarias exigidas para emprender una profunda transformación económico-política de la sociedad.

De ahí la ruptura de relaciones diplomáticas con la República Dominicana y   Haití, cuyos gobiernos apoyaron acciones dirigidas a derrocar al naciente poder revolucionario de la Mayor de las Antillas.

En el caso de Jamaica, nación con la cual Cuba mantenía relaciones formales desde antes, los vínculos se mantuvieron con un perfil que podría calificarse de bajo y que no rebasaba la gestión que implicaba el Consulado cubano en Kingston.

Con Guyana, que aún era un territorio colonial -por lo que no era posible el establecimiento de nexos diplomáticos-, se desarrollaron relaciones comerciales y de cooperación técnica. Esto fue posible cuando el Partido Progresista del Pueblo (PPP), liderado por Cheddi Jagan -quien siempre mostró una especial afinidad con la revolución cubana y de manera particular con su líder histórico Fidel Castro-, formó gobierno en 1961. Cuando Jagan abandonó el gobierno, en 1964, estos vínculos cesaron y las relaciones de Cuba con el Caribe cayeron en un virtual vacío que se prolongó hasta inicios de la década del setenta.

II.- Período de inicio y auge de las relaciones (1970-1979)

El Caribe de la década del setenta constituyó un escenario novedoso para la política exterior cubana. Históricamente, los vínculos de Cuba con la región habían sido muy limitados, pese a compartir   características socioeconómicas comunes y a la existencia de flujos migratorios hacia la Mayor de las Antillas. De ese modo, la política seguida en los primeros años de poder revolucionario con Haití, República Dominicana y Guyana no correspondió a una concepción caribeñista de la situación, sino a la estrategia de alcance continental que se seguía en la proyección externa cubana hacia América Latina.

Si bien, en opinión de algunos estudiosos, Cuba no aprovechó al máximo las posibilidades que ofrecía el Caribe durante la década del setenta, coincido con quienes valoran que ello se debió, en gran medida, a que el diseño de la política cubana en ese período, en líneas generales, adoleció de suficiente conocimiento acerca de las características de la formación histórico-culturales y de las idiosincrasias respectivas, así como de las peculiaridades de los sistemas políticos y del nivel de desarrollo político-ideológico de los principales sectores de la sociedad caribeña. Esta deficiencia se entiende como lógico resultado de tantos años de virtual alejamiento de las realidades de la región.  

Definitivamente, en ese momento no estaban creadas las condiciones para la articulación de una estrategia caribeña global que posibilitara a los actores institucionales cubanos hacer los ajustes necesarios en los ritmos y formas para implementar las políticas. Como resultado, los efectos de la proyección cubana en la región no se valoraron en toda su dimensión.

Ello contribuyó, decisivamente, a que la política cubana hacia el área fuera percibida por muchos de los países caribeños como altamente ideologizada. Vale destacar que la cooperación ofrecida por la Mayor de las Antillas nunca se condicionó a concesiones políticas y fue en áreas básicamente deficitarias, lo que demuestra la expresión de una posición de principios asociada al ideario que identifica a la nación.

No obstante estas precisiones obligadas y necesarias, que obviamente pueden o no ser compartidas, habría que apuntar que, en este segundo período, hubo una verdadera expansión de las relaciones de Cuba con el Caribe angloparlante.

Retomando el ya citado análisis de González Núñez, podemos distinguir, dentro del período, tres etapas.

De 1970 a 1972

Cuando, en la década del setenta del pasado siglo, Estados Unidos pretendía aislar a Cuba de la comunidad internacional, los cuatro países principales del Caribe angloparlante: Trinidad y Tobago, Guyana, Jamaica y Barbados, comenzaron a manifestar pronunciamientos positivos en diversos foros regionales -especialmente en la Organización de Estados Americanos (OEA)-, que reclamaban la reincorporación de la Mayor de las Antillas al concierto de naciones latinoamericanas y caribeñas.

Es también en esta etapa cuando se evidencia el interés de Trinidad y Tobago y Guyana, fundamentalmente, de establecer relaciones diplomáticas y comerciales con Cuba.

De 1972 a 1975

Como resultado del gradual acercamiento a Cuba, los cuatro principales países del Caribe de habla inglesa anuncian, en octubre de 1972, su decisión de establecer relaciones con la isla. El 8 de diciembre de 1972,   Jamaica, Guyana, Barbados y Trinidad Tobago dieron ese importante paso, acción a la que se sumaron luego otros países de la región, rompiendo de ese modo la política de aislamiento que se le había impuesto a la Mayor de las Antillas.

El análisis retrospectivo de los hechos nos permite afirmar que, probablemente, al decidir el establecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba, los líderes de esos países comprendían que estaban trazando el camino para lo que sería después la política exterior de la Comunidad del Caribe hacia Cuba. Delinearon así, con este paso, tres de sus características fundamentales: la independencia, la valentía y la acción concertada.

Este hecho marcó   el momento a partir del cual se comenzó a valorar la importancia del Caribe para los objetivos globales de la política exterior cubana. A partir de ahí se abre un período de ampliación y consolidación de la proyección cubana, aun cuando -como analizaremos posteriormente- ello, en gran medida, estuvo   condicionado por la influencia de Estados Unidos en el área. Recordemos que los gobiernos estadounidenses trabajaron activamente por el diseño de una hábil campaña de propaganda en torno a lo que ellos dieron por llamar “el peligro cubano”, que generó un sentimiento de desconfianza en diversos círculos regionales caribeños, a partir de la manipulación que de esa imagen distorsionada sobre la isla hicieran algunos sectores políticos caribeños, con fines de política doméstica o externa. Aun así, Cuba obtuvo resultados muy favorables de sus relaciones con el área.

Sin dudas,   entre las causas que motivaron el establecimiento de relaciones de estos cuatro países habría que citar al vigoroso proceso de desarrollo de una conciencia nacionalista que se venía gestando en la región desde hacía años atrás.   Si bien este proceso venía signado por influencias ideológicas de diversas tendencias, expresaba un cuestionamiento de las estructuras del poder y de dependencia económica. Como resultado, se habían incrementado las tensiones políticas y sociales, para dar lugar así a una serie de manifestaciones populares entre 1968 y 1973 que alteraron la estabilidad política de dichas naciones y conmocionaron las bases sociales de sostén de las élites políticas nativas.  

La nueva realidad se constituyó en referente para que, en el plano doméstico, se diera prioridad e impulso a un desarrollo económico alternativo, con componentes de reformas sociales. En la arena internacional, la característica era una proyección externa en la que ocupaba un lugar cimero una   búsqueda y reafirmación de su viabilidad como estados independientes 3.

El acercamiento a Cuba se insertó dentro de esos esfuerzos de cambio. A la isla se le veía como la nación de mayor desarrollo relativo en el Caribe y, por tanto, con un significativo papel en la integración regional, puente además para expandir las relaciones con los países socialistas y con el resto del Tercer Mundo -específicamente con los Países No Alineados-, y como un apoyo para las posiciones nacionalistas asumidas. 4

Pero, el establecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba no implicó una inmediata escalada en ese terreno. Muchos años de desconocimiento recíproco aconsejaron un proceso previo de contactos exploratorios mutuos, algunos de ellos al más alto nivel.

De 1975 a 1979

Estos años se caracterizaron por una ampliación de la proyección cubana en la región. En esa etapa, Cuba sostuvo contactos y vínculos con la mayoría de los países caribeños; se expandió la cooperación económica y científico-técnica y se vigorizaron los intercambios comerciales. Se abrieron embajadas en Jamaica y Guyana, así como una oficina comercial en Kingston, que controlaría todo el flujo comercial de Cuba con la región, y se desarrollaron diversas acciones por parte de las áreas que atendían   al Caribe   en el Partido Comunista de Cuba y   en el Ministerio de Relaciones Exteriores.

El comportamiento de las relaciones bilaterales fue desigual. Con Guyana y Jamaica resultaron más intensas, mientras que   con Barbados y Trinidad y Tobago, el perfil fue ciertamente más bajo -de hecho, en estos dos últimos países no se abrieron sedes diplomáticas y el trabajo en ese sentido se hizo a través de embajadas concurrentes.

En este período, nuevos estados independientes emergieron en el Caribe. De ellos, Bahamas, Santa Lucía y Surinam decidieron establecer relaciones con Cuba, mas las relaciones no rebasaron el límite de la formalidad y el nivel de embajadores concurrentes, con la excepción de Surinam.

Con Haití y República Dominicana se hicieron contactos. Incluso, con este último país se llegaron a realizar intercambios durante el gobierno de Joaquín Balaguer y cesaron en 1978 cuando, contradiciendo los pronósticos, el socialdemócrata Antonio Guzmán asumió el poder.

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