Sociedad: Caribe que se acerca, Caribe que se aleja

Mitos y realidades de un entorno geográfico y cultura.

Jorge Luis Baños - IPS

Desde hace más de una década Santiago de Cuba organiza el Festival del Caribe.

El evento Mitos en el Caribe, que organizó Casa de las Américas entre el 7 y el 11 de agosto, sirvió a algunos sectores de la sociedad cubana como pretexto para reflexionar acerca de un tema tan antiguo y esencial como la pertenencia cultural e histórica de Cuba a esta área geográfica.

Es bien conocido que, fundamentalmente durante las décadas del 20 y el 30, se produjo una masiva emigración de haitianos y jamaicanos hacia muchas zonas del archipiélago cubano. Antes la parte oriental del país -sobre todo la ciudad de Santiago de Cuba- había recibido una fuerte presencia francohaitiana luego de la revolución de Saint-Domingue, de finales del siglo XVIII, y con aquellos hombres se hizo sentir una influencia en lo artístico y en el modo de vida de esa región de la isla.

Sin embargo, los lazos históricos de Cuba con las naciones caribeñas no han sido todo lo intenso que podría suponerse. Desde la arrancada de este siglo que termina, la órbita de influencias de la sociedad cubana apuntó más bien hacia Estados Unidos que hacia sus vecinos caribeños.

Los haitianos que vinieron, en casi todos los casos, de forma ilegal y en condiciones muy difíciles no llegaron a integrarse lo suficiente a la sociedad cubana. Solían vivir entre hombres solos (en este caso fue escasísima la emigración femenina y conquistar el acceso a constituir una familia haitiano-cubana representaba toda una proeza). Levemente distinta fue la suerte de los jamaicanos, una emigración más organizada e integrada por personas de un mayor nivel técnico y educacional, que se integraron de modo más abierto al crisol de la cubanía. Abundan más en la actualidad los descendientes de jamaicanos, muchos de los cuales adquirieron en el hogar útiles rudimentos del inglés. El legendario campeón de boxeo cubano, Teófilo Stevenson, se ubica en esa circunstancia.

Sin embargo, en los últimos cuarenta años, por razones del aislamiento político que vivió Cuba, resultaron muy escasas las relaciones diplomáticas y de intercambio con las naciones caribeñas, con la excepción de los períodos de gobierno de Manley en Jamaica y de Bishop en Granada. De hecho, la religión de origen yorubá o conga que es común a estos pueblos –y que eventos como el mencionado al principio subraya– hasta finales de los años 80 se movió dentro de la propia isla en un silencio cercano a la clandestinidad.

Aparentemente, el crecimiento del turismo en el Caribe francófono y también en República Dominicana y Puerto Rico nada tenía que ver con la virtual ausencia de esa industria en Cuba, respaldada por la repetida frase del presidente Fidel Castro: “No nos gusta el turismo”.

La situación actual comienza a ser diferente. Desde hace más de una década Santiago de Cuba organiza el Festival del Caribe, que se ha convertido en uno de los encuentros culturales y sociales más amplios dentro de los muchos que promueve Cuba. La llamada Fiesta del Fuego en cada edición está dedicada a un país caribeño y los organizadores se han esmerado en incorporar a naciones que tienen sólo una parte de su territorio hacia el Caribe, como Venezuela, Brasil y Colombia. En la edición más reciente se apeló a los orígenes étnicos de una zona del Caribe y se consagró a la herencia cultural africana, decisiva, aunque no única.

Tamara Hernández, estudiante de Sociología y participante activa en las sesiones de Mitos en el Caribe, comentaba que para muchas personas lo caribeño es sinónimo de la cultura procedente de África. Argumenta que en el propio evento de Santiago se insiste demasiado en el vudú, variante haitiana de los mitos yorubá, o en manifestaciones artísticas con raíces en la regla de osha o palo monte. Una variación en este sentido resultó la presencia en estas jornadas del grupo Casa Cruz de la Luna, de Puerto Rico, que presentó tres títulos relativos a las mitologías contemporáneas que laten en esa isla vecina. Es interesante ver cómo los teatristas puertorriqueños en Ageografías se burlan claramente de la comercialización de todo lo esotérico y trascendentalista. Mientras, en Cuba se vive un auge de lo religioso, la cartomancia, el espiritismo y muchas manifestaciones trascendentalistas, negadas por el estricto ateísmo materialista que fue oficial durante más de treinta años.

Recientemente en la provincia Camagüey se ha promovido bastante el grupo folclórico con descendientes haitianos Desandá. Esta circunstancia artística tiene mucho que ver con la intensidad que han alcanzado las relaciones cubano-haitianas del último lustro, aunque por la singularidad de esa emigración no puede hablarse de una comunidad haitiana bien estructurada, como sucede con los gallegos, asturianos, canarios u otras autonomías del estado español.

Mientras, con Puerto Rico y República Dominicana, los cubanos no cesan de sorprenderse del parecido en el hablar y en algunas costumbres. Es un descubrimiento muchas veces tardío. Alexis Rodríguez, joven investigador del panorama lingüístico cubano, comentaba que el acento de un dominicano se asemeja más al de una persona de la provincia cubana de Granma, que el de un oriental al de su compatriota habanero. Sin embargo, en Puerto Rico el vínculo más intenso llega a través de los independentistas y otras personas muy cercanas ideológicamente a la política de La Habana. En la otra cara de la moneda, se mantiene la relación histórica, a nivel familiar, pues sigue siendo amplia la colonia de emigrados cubanos en Puerto Rico. Complementaría esta compleja circunstancia la relación que se da en Nueva York y otras ciudades entre una zona de la emigración de los dos países. Pero esa dinámica resulta lejana para el cubano medio.

Si se piensa en el Caribe francés (Martinica, Guadalupe, Santa Lucía) el mutuo conocimiento se basa en circunstancias con muy poca historia y que apuntan más bien al futuro. Aunque sin llegar a grandes cifras, cada vez es más frecuente ver por las calles de La Habana a personas de la raza negra, muy parecidos a los nacionales, que andan en viaje de vacaciones. Se incrementa también el número de matrimonios entre los que viajan desde esas islas y los que permanecen en la mayor de las Antillas. También se da el caso de estudiantes y profesionales cubanos que cursan estudios de hotelería y otras especialidades en las pequeñas islas vecinas. Pero la relación, a nivel cultural profundo, parece destinada a ser bien distinta a la que puede retomarse con Puerto Rico, Haití, Dominicana o Jamaica.

Xiomara Fernández, una cubana que desde hace cinco años reside en Guadalupe –y se ocupa de los intercambios culturales entre Cuba y esa zona del Caribe– recordaba que los grupos musicales que ponen el acento en las llamadas raíces africanas no interesan por allá. Muchos caribeños de la órbita francesa se sienten europeos o al menos muy cerca de esa cultura y la huella africana no les despierta ninguna resonancia.

No obstante, todo parece indicar que el espléndido Mar Caribe se acerca a los cubanos, y no sólo con su azul o sus ciclones. Mientras la política y la economía marcan sus fronteras y adecuan sus rumbos, en las calles de La Habana, Santiago de Cuba o Santa Clara los cubanos saben de los legendarios cantos haitianos, se identifican con algún cantante puertorriqueño de moda o bailan con el mismo fervor el ritmo de Juan Luis Guerra que el de Los Van Van.

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