Cuba y la Santa Sede: Ni rupturas, ni excomuniones

Un camino difícil pero siempre abierto.

Foto: Tomada del sitio web Cubahora.

La anunciada visita del Papa Francisco a Cuba viene a ubicarse precisamente en el año en que se celebran ocho décadas de relaciones diplomáticas ininterrumpidas entre nuestro país y la Santa Sede. Según consta en los archivos de nuestra cancillería, el 7 de junio de 1935, durante el pontificado de Pío XI, el presidente Carlos Mendieta y el Secretario de Estado José Barnet, dieron a conocer el establecimiento de tales nexos oficiales, que se han mantenido incólumes hasta la fecha.

A partir de 1898, el Vaticano había mirado con suma preocupación la situación cubana. Al abandonar España el dominio de la Isla, quedaba roto el nexo de la iglesia local con el Patronato Regio que permitía al monarca ser garante de la fe en sus territorios. Supuestamente de las ruinas de la guerra debía nacer una iglesia autóctona, pero la presencia de un gobierno interventor norteamericano era motivo de desazón para la curia romana. ¿Se apoderaría Estados Unidos de la antigua colonia y fomentaría en ella el protestantismo? Si se marchaban los ocupantes, ¿dejarían el país en manos de los abundantes políticos masones y anticlericales que ahogarían a la comunidad católica local, tan afectada por la contienda?

En primera instancia la Santa Sede no abogó por establecer relaciones estables, sino que envió delegados apostólicos que la informaran sobre la situación en el terreno y le permitieran tomar decisiones a corto plazo. El primero de ellos fue Mons. Placide Chapelle, arzobispo de New Orleans, quien debió, entre otras cosas, obtener las renuncias de los obispos de La Habana y Santiago de Cuba, vistos popularmente como cómplices del gobierno español, y acordar con el Gobierno interventor las condiciones en que podría mantenerse la iglesia católica, privada ahora del sustento dispensado por la Corona ibérica.

No siempre las decisiones vaticanas fueron bien aceptadas. La designación en 1900 del italiano Donato Sbarretti, funcionario de la delegación apostólica en Washington, con muy buenas relaciones en el Gobierno norteamericano, para la sede episcopal habanera, ofendió a varias figuras públicas cubanas, en tanto parecía la imposición de un extranjero en la Cuba ya intervenida. Las declaraciones contra él fueron tan fuertes que en 1901 ya el obispo había renunciado a su cargo.

No hay que olvidar que esto sucedía en el momento en que se procuraba forjar en Cuba una nación independiente y que con el nacimiento del siglo, una Asamblea Constituyente, agobiada por presiones externas, encontraba sin embargo tiempo para discutir si era correcto o no invocar a Dios en el preámbulo de la Carta Magna. Los defensores de un futuro estado laico, en el que estuviera separada la Iglesia del Estado y se estableciera la absoluta libertad de conciencia, temían la fuerza que pudieran mantener ciertos sectores católicos conservadores, como había sucedido en varias repúblicas latinoamericanas.

En las tres primeras décadas del siglo XX, la Iglesia criolla pudo constituirse con cierta estabilidad. Aunque nunca logró el número suficiente de vocaciones sacerdotales y religiosas para satisfacer todas sus necesidades, fue surgiendo un clero insular mejor preparado, se repararon los templos, creció la enseñanza religiosa y, de hecho, la existencia de colegios privados prestigiosos en manos de los padres jesuitas, los Hermanos de La Salle o las Madres Dominicas, otorgaron peso e influencia social a la institución. Se lograba un espacio que cada vez entraba menos en conflicto con las estructuras del Estado.

Tras la caída del gobierno de Machado en 1933, se impuso el difícil alumbramiento de una nueva república. En ella, había la voluntad de abrirse al mundo y no circunscribir sus relaciones exteriores al intercambio bilateral con Estados Unidos. Desde hacía años, la Santa Sede mantenía en la isla a Monseñor Jorge Caruana como delegado apostólico. Ya la iglesia católica no parecía un peligro para el estado nacional y, por otra parte, el establecimiento de tales nexos fortalecería la presencia de Cuba en diversos foros. De modo que, a partir de junio de 1935, Monseñor Caruana se convertiría en el primer nuncio en Cuba.

Tales relaciones tuvieron una estabilidad sin sobresaltos durante casi un cuarto de siglo. Sin embargo, su solidez se puso a prueba a partir de 1959, poco después del triunfo de la Revolución cubana. Era nuncio por entonces el italiano Luigi Centoz. Quizá no muchos sabían que él se había atrevido, a pesar de su papel oficial, a participar en la reunión de la conferencia de obispos cubanos en febrero de 1958 que tuvo lugar en el Palacio Cardenalicio, de donde salió una Exhortación de los prelados al gobierno para obtener la paz y la concordia y en la que todos leyeron entre líneas la invitación a que Batista renunciara en bien del país. El diplomático había aparecido en varios actos oficiales, pero no era un instrumento del gobierno. Sin embargo, cuando comenzaron a producirse los primeros choques entre la jerarquía católica y el gobierno revolucionario, algunos lo señalaron públicamente como un batistiano más.

Era explicable la confusión de aquel nuncio de edad avanzada que observaba el aumento exponencial de la influencia del marxismo en la isla y descubría las similitudes de este con aquel que regía en los países de Europa oriental donde el ateísmo oficial había creado situaciones tan difíciles para el Vaticano. El clima exaltado que lo rodeaba lo llenaba de angustias. Sus posibilidades de gestionar un diálogo sereno con las autoridades eran muy remotas. La Secretaría de Estado fue lo suficientemente sagaz como para retirarlo y dejar en sede habanera a un joven Encargado de negocios llamado Cesare Zacchi.

En La Habana debió probar Zacchi sus excepcionales dotes diplomáticas. Casi todos estaban convencidos de que, tarde o temprano, las relaciones diplomáticas se romperían como consecuencia del gradual aislamiento que Estados Unidos, buena parte de América Latina y otras naciones imponían al país. El acercamiento al campo socialista parecía presagiar una política de “telón de hierro”. Ninguna fórmula vieja era útil para desempeñar su cargo a esas alturas y debió desplegar su intuición y sagacidad. Se convirtió en mediador entre la iglesia cubana y el Estado, debió ocuparse de asuntos que excedían sus funciones como los permisos de entrada y salida de religiosos, la negociación de algunos bienes eclesiásticos y hasta la libertad de algunos católicos detenidos. Debió ser en ocasiones duro y hasta autoritario con superiores de congregaciones y miembros de la jerarquía o del laicado que pretendían ganarlo para su abierta hostilidad hacia el Estado y, por otra parte, desplegó ciertas dotes de seducción hacia altos funcionarios que llegaron a mirarlo con simpatía y a concederle lo que seguramente hubieran negado a la conferencia de obispos.

Es preciso señalar que el gobierno cubano, por su parte, retribuyó esta actitud con otro gesto inteligente. Fue designado el escritor Luis Amado Blanco como embajador ante la Santa Sede. Se trataba de un asturiano arraigado desde hacía años en la isla, con gran prestigio intelectual, capaz de lograr la difícil síntesis de ser católico y a la vez de pensamiento socialista no sectario. Entre 1962 y 1975 desempeñó su compleja misión en el Vaticano, ganó tanto la buena voluntad del pontífice Juan XXIII en su último año de vida, como la de su sucesor Pablo VI, así como la del Secretario de Estado Agostino Casaroli y otras personalidades vaticanas.

Tanto Juan XXIII como Pablo VI pudieron contar no solo con un fiel representante en Cuba, que no les ofrecía declaraciones alarmantes, sino soluciones bien negociadas a los conflictos que se presentaban, pero también con un excelente interlocutor en la persona de Amado Blanco, capaz de trasmitir a las más altas autoridades cubanas cualquier preocupación apostólica.

Desde hace un tiempo, se ha difundido una afirmación insidiosa y absurda a través de Internet: la supuesta excomunión del entonces Primer Ministro Fidel Castro, por Juan XXIII. Una mano anónima ha llegado a colocar tal dislate en la biografía del pontífice en Wikipedia en español y para hacerla más verosímil, ha llegado a fijarle una fecha: 3 de enero de 1962.

Supuestamente el Papa Roncalli se hacía eco de la actitud anticomunista de sus antecesores y basaba su decisión, no solo en la encíclica Divini redemptoris promulgada en 1937 por Pío XI contra el ateísmo materialista y en la instrucción de Pío XII de 1949 al Santo Oficio, en la que autorizaba a excomulgar a los católicos que colaboraran con gobiernos o partidos comunistas.

Basta con revisar los decisivos años 1961 y 1962 del pontificado de Juan XXIII para descubrir que este no empleó tiempo en echar más leña al fuego de la mal llamada “Guerra fría”, por el contrario abogó por la paz mundial y procuró con su gestión diplomática por la distensión en diversas partes del mundo, entre ellas, en Cuba. Sin olvidar que la mejor parte de su tiempo estuvo consagrada a la convocatoria al Concilio Vaticano II.

Hemos tenido la paciencia de remontar las profusas y densas páginas latinas de las Actae Apostolica Sedis para revisar los hechos y palabras del Vicario a lo largo de 1962. No hay en ellas ni sombra de decreto de excomunión para el Jefe de Estado cubano y para ningún otro marxista. Lo que sí aparece es la noticia de que el sábado 3 de febrero de ese año – a un mes exacto de la supuesta excomunión- recibió al Dr. Luis Amado Blanco, quien presentó sus cartas credenciales como embajador ante la Sede Apostólica. ¿Hubiera recibido el papa al representante de un gobierno marxista, recién excomulgado? Más aún, si las posiciones de la Secretaría de Estado hubieran estado regidas por ese estricto anticomunismo, ¿se hubiera dado el placet a un diplomático abiertamente católico y socialista?

Tal medida no hubiera sido oportuna ni inteligente. En primer término la excomunión pública de soberanos o jefes de estado era ya un instrumento de poder envejecido, correspondiente a la época de los estados confesionales. Excomulgar a alguien que era ya un marxista declarado no crearía a éste demasiados problemas en un estado laico y sería un gesto de hostilidad tal que significaría el cierre inmediato del canal diplomático y el abandono de la iglesia cubana a su suerte. Tal cosa no solo no ocurrió, sino que el Pontífice no la hubiera siquiera considerado.

Por otra parte, Pablo VI inauguró una nueva era en las relaciones oficiales de la Santa Sede con aplicación de la llamada otspolitik o política para los países del Este, con los que no había siquiera relaciones diplomáticas. El Secretario de Estado Agostino Casaroli fue infatigable en esta línea muy cercana a la aplicada por Willy Brandt, Canciller de la República Federal Alemana. En vez de satanizar al bloque socialista, procuró la distensión con sus gobiernos a cambio de que lo ayudaran a aliviar la situación de los católicos allí. Evitó durante su pontificado hasta la exaltación a los altares de figuras que pudieran servir de bandera a los grupos anticomunistas y tales actitudes le valieron el calificativo de proclive al socialismo por parte de círculos reaccionarios. El envío de Casaroli a Cuba en visita oficial en 1975 fue un signo de esta política.

La labor conjunta de dos pontífices y dos representantes diplomáticos dejó el terreno abonado para el futuro.

A inicios del papado de Juan Pablo II los países socialistas lo contemplaron como un enemigo potencial. Sus actitudes críticas con la teología de la liberación y ciertos desencuentros durante su visita a Nicaragua, sembraron una natural prevención en el gobierno cubano, sin embargo, no solo se mantuvieron abiertos la canales bilaterales, sino que fue posible preparar su visita a Cuba en 1998, que significó entre otras cosas, un apreciable acercamiento entre la Iglesia local y el Estado y una serie de medidas oficiales que ampliaron la libertad de culto y prepararon la posterior reforma de la Constitución que convirtió al Estado oficialmente ateo en laico. La visita, unos años después, de Benedicto XVI, vino a profundizar estas relaciones.

El papa Francisco, ha dado ya muestras de su voluntad de profundizar los vínculos con Cuba, como demuestra su reciente y discreta mediación a favor del restablecimiento de los nexos diplomáticos entre Cuba y Estados Unidos. Sus simpatías por la unidad e independencia latinoamericana favorecen un conocimiento más adecuado de la realidad insular, en la que la iglesia católica ha ganado importantes espacios en los tres últimos lustros.

Al repasar, pues, estas ocho décadas de relaciones, habría que apreciar el espíritu de libertad, respeto y profesionalidad que las ha animado. Ni rupturas ni excomuniones las ensombrecieron y han sido ejemplo de diálogo y espiritualidad en la historia diplomática contemporánea. (2015).

Un comentario

  1. eppujol

    Me parece un artículo muy objetivo e equilibrado.

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