Debates públicos al filo de los tiempos

Entrevista el ensayista cubano Julio César Guanche Zaldívar, autor de La imaginación contra la norma, ocho enfoques sobre la República de 1902.

AHS

A Julio César Guanche Zaldívar (La Habana, 1974) no le molesta, antes le agrada, que se le “enfoque” como ensayista: así se piensa él mismo de un tiempo acá. Las diversas formas en que suelen presentarlo, al introducirlo en este o aquel ambiente —jurista, historiador, sociólogo—, se explican por los varios campos que estudia, a saber, entre otros, Historia, Teoría y/o Filosofía del Estado y/o el Derecho, República de 1902, Marxismo, Mella, Gramsci, Directorio Revolucionario 13 de Marzo, Política y Cultura en Cuba y Revolución Bolchevique: “Apenas intento integrar dimensiones distintas”, señala bajo un cariz inofensivo, distante de su intelecto receloso.

Es licenciado en Derecho (1997) por la Universidad de La Habana y terminó estudios de Maestría (2000) por la Universidad de Valencia, en España. Durante un buen período impartió docencia en la propia facultad que lo formó. Casi toda su vida profesional la ha hecho cual editor o director en revistas como Alma Mater y La Jiribilla (digital, de cultura cubana), y en las editoriales Cubaliteraria (electrónica), de Ciencias Sociales, y Científico-Técnica. Hoy coordina la colección Biblioteca Marxista de la editorial Ocean Sur, es asesor del presidente del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y miembro de los consejos editoriales de La Jiribilla y la publicación internacional Ruth, Cuadernos de Pensamiento Crítico. Escribe con asiduidad en medios nacionales y extranjeros, tradicionales y alternativos (en Internet).

En los últimos cinco años se publicaron cuatro libros suyos: La imaginación contra la norma. Ocho enfoques sobre la República de 1902 (2004); El hombre en la cornisa (en coautoría con este redactor, 2006); En el borde de todo. El hoy y el mañana de la Revolución en Cuba (2007); y El continente de lo posible. Un examen sobre la condición revolucionaria (2008). Con ellos, como dijera el filósofo francés Jean-Paul Sartre (1905-1980), intenta “pensar en situación”, o sea, darle visibilidad a las experiencias de vida, reflexionar sobre prácticas, historias y hechos, más que sobre ideas y pensamientos.

Esta entrevista muestra su comprensión histórica del mundo. Convencido de que debatir es participar y, participar, intervenir, afirma que si piensa analíticamente cada una de las ideas aquí expuestas, es con la finalidad de tomar partido y contribuir a modificar un curso, aun cuando la escala de cambios sea pequeña: “Las escalas –dice— pueden ser mínimas, pero si se articulan entre sí, ya se vuelven significativas”.

Infundido de ese espíritu, debatió distintas posturas referentes al hoy y mañana de la isla. Polemizó sobre el poder consejista, la socialdemocracia y el republicanismo socialista. Recorrió los ámbitos supraciviles y definió la sociedad civil. Analizó el tema del mercado en el socialismo y exigió cautela a la hora de relacionarlo con la satisfacción de las necesidades. Reivindicó la obligación de no ser libres en abstracto, y confrontó el Producto Interno Bruto y el Indicador de ProgresoGenuino.

Se expresó una y otra vez “en términos culturales”. Se negó a sugerir cambios, pero abogó porque crezca el debate público a la hora de diagnosticar problemas y perfilar y controlar soluciones. Aplaudió el hecho de que el socialismo pueda equivocarse. Recordó una verdad de perogrullo: “sin posibilidad de cambio, no hay política”.

Los 80 minutos que duró nuestro diálogo fueron una gimnasia de intervención social. Más que de silencios, fecundos, o de sus deseos de abstenerse, pocos, es un hombre responsable de sus palabras, que giran a 75 r.p.m., y de sus ganas de participar, que al parecer nunca van a acabarse. Certifica dicha participación por su sentido de compromiso con la comunidad social nacional. Ve en ella a su comunidad de “destino”, y usa la voz en su índole trágica, grandilocuente, de “deber humano”, no con el carácter de ruta ascendente hacia una predestinación divina en la que se resiste a creer.

Emergencias clandestinas

¿Será por su vocación de integrar espacios que fue invitado al Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona?

En el evento Cuba y sus futuros (marzo de 2009), organizado en esa ciudad española, debatimos distintas posturas referentes al hoy y al mañana de la isla. Allí presenté el texto “Es rentable ser libres. Cuba: el socialismo y la democracia”, que pretendía responder las inquietudes de mis anfitriones acerca de cómo veo el país. Para no ofrecer una sola mirada, la mía, ni más ni menos valiosa que la de cualquier otro, llamé la atención sobre posicionamientos que discutimos aquí en torno a qué es la democracia y el socialismo, y nuestros modos de concebirlos.

El texto analiza tres posibles “salidas”, ¿cuáles son?

Una de ellas versa sobre el poder consejista, otra sobre la socialdemocracia, y la tercera sobre el republicanismo socialista. La primera pone el énfasis en la autogestión, en las cooperativas; el texto indaga en sus posibilidades y límites, cosa que también hace con respecto a la segunda variante. Mientras, la última opción pondera la reforma constitucional de 1992; dicha reforma mudó los cimientos ideológicos del Estado configurado en 1976 y abrió nuevas vías de desarrollo.

La democracia, dijo usted, sirve para encarar monopolios provenientes del poder patriarcal, burocrático, y de ámbitos ¿supraciviles?

Sí, de terrenos sustraídos a la política o al espacio entre iguales, donde una jerarquía, situada “más arriba”, detentaría un poder que, en buena lid, le tocaría ejercer a la colectividad. No se trata de contraponer lo civil a lo militar; aquí lo civil remite a la cuestión cívica, política, propia de los ciudadanos, y lo supracivil a los privilegios de un poder político monopolizado, ni distribuido ni socializado, usurpado.

La sociedad civil es la suma de relaciones que hacen a la sociedad, y que mantiene un vínculo con la institucionalidad política y el mercado. ¿Es así?

Esa es una forma de concebir la sociedad civil como algo distinto del Estado. Mi perspectiva, en cambio, es la de Antonio Gramsci (1891-1937), pensador y político italiano que veía al Estado como la suma de las sociedades civil y política. Para él, la sociedad civil igual comprendía las organizaciones políticas, la escuela, los medios y otras asociatividades, pero no contrapuestas al Estado, sino como parte de una esfera política ampliada. Podría valerme, para hacerme entender, de una figuración circular, donde interaccionan mercado, sociedad civil y Estado ampliado, entendido como institucionalidad política. Por supuesto, la forma, el género, la naturaleza, el tipo de influencia prevaleciente entre ellos, perfilará el sistema.

Ningún socialismo podría desconocer la existencia del mercado.

Ese es un tema esencial en cualquier consideración sobre sociedad civil. Ha habido falta de claridad al respecto. El socialismo es el último de los sistemas mercantiles, y solo el comunismo sería la primera sociedad post mercantil. Todo intento de eliminar el mercado llevará a su emergencia por vías clandestinas. Karl Marx (1818-1883) le llamó comunismo despótico a la tentativa de abolirlo.

Lógicas contrapuestas

Lo que él estaba defendiendo era la superación de sus condiciones.

Cuando él habla de trascender la lógica del capitalismo, se refiere a crear escenarios de posibilidad, en clave de reorganización de la economía y del poder político, que superen la lógica de poder dominada por los lazos capital-trabajo, hacia lo que él llama trabajo libre. El marxismo reconoce el mercado, pero lucha por lograr que, entre las relaciones personales y económicas, prevalezca una lógica política, en el sentido comunitario, que comprenda los costos asociados a la economía, sociales o ecológicos, como implícitos, y no externos a él. El capitalismo se rige por un inacabado concepto de eficiencia, fragmentario, parcial, y así se erige en juez y parte. Es el mercado quien se juzga a sí mismo por su propia eficacia. Al valorar si su ejercicio es eficiente o no, los otros sectores no tienen voz ni voto; los costos sociales y ecológicos no influyen sobre ese examen. Según el modo de relación con el mercado de cada orden social, así serán las diferentes formas de adjetivarlos.

Admitir la existencia del mercado ¿implicaría reconocer la existencia del consumo y del anhelo humano de saciar las más diversas necesidades?

Cuidado, esa fórmula supondría que el mercado está hecho para satisfacer necesidades, y no es justamente así. El mercado está hecho para satisfacer necesidades, crear otras, y generar una especie de “necesidad continuada” que ya no se satisface nunca, porque ella misma crea y recrea otras nuevas. Pondría el énfasis en ver qué modelo serviría mejor a la libertad política, y a la inclusión, integración y justicia sociales; qué sistema garantizaría más o mayor calidad y nivel de vida, sin quebrar la sostenibilidad. Lógico, tampoco es cosa de impulsar una teología de los males del consumismo con una sociedad de consumo precario. Se trata de pensar el consumo, de percibir qué necesitamos para ser más libres, y también para comer, pasear y disfrutar, pero en términos de necesidades no normadas por el mercado, sino reguladas por un entendimiento cultural de lo que es posible, deseable y factible.

Lo que es posible, deseable y factible para unos, puede no serlo para otros.

Ese es el punto; no es lo que una capa o sector defina como lo importante; eso sería un bien parcial, grupal, que intenta pasar por común. Siempre se necesita poder, pero igual se nos olvida algo: la función de la política no es hacer feliz a la gente, sino libre, para que pueda fijar su idea de bienestar. Cuando la política se implica en la felicidad de las personas, entonces ya está normando un concepto que desemboca en un modelo autócrata. El sentido de la política no es otro que conquistar toda la libertad, para que desde ahí, desde los condicionamientos de la persona, la sociedad, el país, se puedan construir, a propósito, los criterios de consumo.

Tampoco se trata de ser libres en abstracto.

Hay que serlo contextual, social y responsablemente. Productor y consumidor pueden contribuir a regular consumo y producción con una óptica cultural que integre la ecología. Concederle solo al mercado la capacidad de satisfacer necesidades es, en los hechos, otorgársela a los productores, al ciudadano propietario, que será entonces quien definirá qué necesidad satisfaría en el mercado según le sea o no rentable. En el mundo subsisten muchas necesidades, incapaces de ser satisfechas por el mercado, que solo podrán ser saciadas por la política. La política representa la capacidad pública de producir, distribuir y socializar los recursos que tiene la sociedad, para que puedan ser usados en favor de sí misma. El mercado, lejos de ser el mecanismo que las resuelva, sería el que impida resolverlas. Aquí hay dos lógicas: la de resolución de necesidades y la de inversión rentable de capital. Son dos lógicas contrapuestas.

Vías para el poder

¿La del mercado se opone, entonces, a la de resolución de necesidades de las masas?

La lógica del mercado, la de la rentabilidad, forma círculos concéntricos: unos contentivos de sectores sociales integrados al mercado, gracias a los cuales este funciona, y otros que alcanzan a aquellas masas, sometidas o sumadas al mercado de modo precario. La humanidad precisa nuevos paradigmas; exige una economía que le sirva a la vida y reproducción humanas, y no a la ganancia; requiere un cambio en la lógica económica. Dicho cambio conduce a una economía socialista, no porque la propiedad la tengan el Estado o determinadas asociaciones, sino porque el destino de la producción se encamine a resolver necesidades reales. Un paso en la concienciación de esta problemática sería reemplazar la medición del crecimiento económico mediante el Producto Interno Bruto (PIB) por otras herramientas, como podría ser el cálculo del Indicador de Progreso Genuino.

¿Cuál es la mejor manifestación del tal cálculo?

El Indicador de Progreso Genuino evidencia la no correspondencia entre el crecimiento económico y el aumento del bienestar humano; indica que el uso del PIB como medida de progreso es una práctica engañosa, que mide la cantidad de actividad comercial, pero que no considera los costos sociales y ecológicos involucrados. El Indicador de Progreso Genuino sería, por ejemplo, un mejor medidor de la calidad de vida y la calidad medioambiental: estima las injusticias que se cometen contra el ser humano, el medio ambiente y los recursos naturales.

Usted suele emplear la construcción “en términos culturales”, ¿por qué?

La razono en el sentido amplio, antropológico, de cómo nos relacionamos con el prójimo y con el medio ambiente. Aquí la cultura emerge cual clave de relación, cual prisma para valorar personas y cosas. Digo “consumo culturalmente comprendido”, con la finalidad de descubrirle su riqueza, su complejidad, sus otros valores, planos y dimensiones; esa es la prioridad, más allá de verlo como un monto numérico, monetario, contable.

¿Qué cambios deberían ocurrir en Cuba para que pudiésemos seguir siendo contextual, social y responsablemente libres?

El marxismo, cuando se refiere a participación política, privilegia la voz, la noción o la idea de socialización del poder. En ella pienso cuando se habla de democracia. Socializar es redistribuir poder, asegurar el carácter público de la política como asunto de todos, sin jerarquías ni posiciones fijadas de antemano. Si hay un poder que se acumula, sin demora deberá ser reglado. No es este el viejo sueño de un anarquismo mal comprendido. El anarquismo es algo que a veces se adjetiva, ligera y despectivamente, de un modo que no le hace justicia a su elaboración práctica y política. Para el anarquismo lo que no debe haber es jerarquía, y no ausencia de poder o instituciones.

Habrá poder, mas no basado en la hegemonía.

Y autoridad, pero compartida, ni pautada ni avalada por requisitos ideológicos o de clase social. Autoridad y poder son facultades de esencia pública, colectiva; todos tendrían la posibilidad de ejercerlas; no realizarlas dependería de la voluntad de cada cual, pero existirían los medios para hacerlo. El anarquismo, así como también el marxismo revolucionario, significa la igualdad política entre todos los sujetos y actores ciudadanos; supone contenidos sociales de integración e inclusión social; ve en la ciudadanía no solo un conjunto de derechos y deberes, sino la posibilidad real, fáctica, de ejercer poder.

Esencias políticas

¿Adónde va con este preámbulo?

A que, como mismo creo en la socialización del poder, mi estilo no es proponer cambios puntuales, concretos, específicos. Ni tengo recetas, ni considero que sea importante enfocarlas desde alguien que supuestamente investigó y alcanzó cierto conocimiento del tema. Lo que sí afirmo es que cualquier medida, para que sea eficaz, deberá provenir de un debate público. A veces se presupone el problema, se entiende así o asá, y con eso ya se pasa a debatirlo. La propia corrupción, hay muchos modos de definirla; ¿qué es o no es corrupción?, ¿cuándo estamos ante un burócrata corrupto? La desviación de recursos, suerte de redistribución alternativa, marginal o ilegal de bienes, ¿se atiene al concepto histórico de corrupción? Cualquier otra materia que aparezca identificada sin un debate público previo, tendrá, con exactitud, ese primer problema.

El debate, ¿deberá ser coetáneo del diagnóstico de la problemática?

Por supuesto, si no, se le resta iniciativa a la ciudadanía, se le corta su facultad de identificar y poner temas sobre el tapete, y de descomponer el asunto que se le propone. Presentar la cuestión de una sola pieza es no dar cuenta de sus aristas, ignorar los espacios asociados. Aun cuando la convocatoria para buscarle soluciones a un problema sea muy democrática, prefiero tener más tiempo para entenderla y caracterizarla mejor.

¿Cuáles serían, entonces, los principales momentos de esta participación?

Uno: diagnosticar el problema, y otro: perfilar las soluciones. Puede haber más de una solución para un problema y, asimismo, a veces se olvidan los trasfondos ideológicos. Hay un discurso recurrente alrededor de varios temas; “lo que hace falta es tener medicinas, trabajo, educación, transporte, vivienda”; estos figuran como problemas concretos, y ocuparse de ellos es “estar en la concreta”, y si alguien piensa en la teoría, “está en el limbo”. Sin embargo, cualquier salida que se les dé a los problemas concretos, siempre tendrá una base ideológica; por eso interesa discutir su perfil, porque unas salidas serán más y otras menos socialistas, aunque no lo digan por su nombre y estén camufladas. La ideología raras veces se visualiza, antes se siente, se vive. Cada vez que me dicen, “ese es un debate teórico, no estás en la concreta”, respondo: “No hay nada más práctico que una buena teoría”.

Mencionó el diagnóstico del problema y el perfil de las soluciones…

Hay un tercer elemento: el control. Se trata de establecer un curso, pero también de rescribirlo, y de no pensar que cada solución sea un principio ideológico que encarna a la Revolución. De alguna manera tendríamos que laicizar la política; una crítica a la solución suele ser vista como un ataque al proyecto revolucionario, y no debe ser así; toda medida tiene que ser sometida a crítica y control, so pena de que se cierre el campo de debate sobre las alternativas a las soluciones y su reajuste. Ese tendría que ser, entre nosotros, un proceso más natural de lo que ha sido hasta aquí.

Es cierto: tales críticas suelen ser vistas como una afrenta a la Revolución.

Rosa Luxemburgo (1871-1919) decía que errar era un acto revolucionario; supone explorar, experimentar. Parecerá una locura decirlo, pero es una ventaja del socialismo poder equivocarse; significa que puede y está actuando, y que aún cuenta con espacio social abierto al cambio. Ese es el contenido de la política; sin posibilidad de cambiar no hay política; cuando las esferas políticas están subordinadas a la lógica del mercado, se cierran las posibilidades de cambio efectivo, y se impugna la regla primera de la política: mantener las posibilidades de refundar el espacio social. Cada sistema tiene que producir alternativas, hacia fuera, con respecto al que se le opone, pero también consigo mismo, es decir, en relación con la fase que va venciendo.

Traumas migratorios

¿No sería hacia el pasado y el futuro, más que hacia afuera y hacia adentro?

Es útil que el socialismo se compare con el capitalismo. Se entiende mejor una ideología cuando se analizan sus adversarios. Uno de nuestros vicios, fruto de años de formalismo en la enseñanza marxista y en su interpretación teórica, es el de relegar el estudio del pensamiento liberal. Marx tenía bien claro que, sin un estudio profundo de las fuentes del liberalismo, que igual es una fuente del marxismo, es imposible percibir su grandeza teórica. Cuando se estudia el marxismo a secas, sin entender contra qué o a quién se opone, se arruina su comprensión, se empobrece su cuerpo doctrinal.

Ese es un proceder lamentable.

Así que es bueno cotejarse hacia el pasado y el futuro, y también hacia afuera, en el sentido de presente inmediato, del rival frontal; y hacia adentro, consigo mismo, en relación con las etapas anteriores. Cada logro social debe ser reconquistado de continuo. Existe la idea de que, una vez que se alcanzan, ya hay que vivir eternamente agradecidos por ellos. Y en verdad deberíamos reconocer lo que nos legaron las generaciones anteriores. Pero en términos culturales, vuelvo a insistir, hay que enfocar, además, cómo la gente los recibe y los vive, qué significan, qué sentido político, cultural, económico, desde todos los puntos de vista, tienen para cada persona.

Entonces, ¿no basta con distribuir recursos o bienes sociales?

El hombre no solo vive de recibir; hasta en mejores condiciones materiales no se trata de acumular cosas, sino de entender y negociar sentidos. No podría impugnar las políticas sociales, pero estas deben comprender más a los receptores, al tipo de personas o sujetos que son, al grupo socio-clasista al que se han ido supeditando. Toda esa recepción es importante para comprender la eficiencia de cualquier política social. Lo verdaderamente esencial es que la persona defina su necesidad; si el individuo no participa de la definición de su necesidad, nada de lo demás funcionará igual.

El fenómeno de la emigración, la intensidad de su flujo, ¿serviría de indicador para probar dicha eficiencia?

La emigración es un mecanismo de disrupción social. Cuando se presentó a debate el proyecto de Ley de Seguridad Social, al revelar la necesidad de aumentar cinco años a la vida laboral activa de los trabajadores—exigencia que se corresponde con la realidad nacional y la práctica internacional—, se hizo hincapié en que Cuba, que solo llegó a contar con un Sistema de Seguridad Social después de 1959, es una nación donde disminuye la fecundidad, decrecen los nacimientos, se reduce la población de cero a 14 años y crece el número de ancianos. Se explicó que, para elaborar el nuevo proyecto, se tuvo en cuenta que parte de los trabajadores activos sobrepasaba la edad de jubilación establecida, y que se consideraron las condiciones físicas y mentales y la cultura y experiencia de la fuerza laboral. Sin embargo, se insistió poco en otras aristas importantes para el análisis del asunto, como la emigración, sobre todo de jóvenes en edad laboral, y la productividad del trabajo. He ahí un ejemplo de cómo se diagnostican los problemas. Con todo, tampoco suelo sobredimensionar la cuestión de la emigración. Si bien esta supone un trauma personal, familiar y hasta nacional, existe en todo el mundo subdesarrollado, y hay mucho uso político de ella.

Consensos

La clave de muchas cuestiones reside, en efecto, en cómo el ciudadano, y más la juventud, experimenta los hechos. ¿Qué opina sobre el particular?

No suelo hablar en singular, digo que hay juventudes; no estoy seguro de que la juventud treintañera aprecie los hechos igual que la de 18 ó 22 años. Del mismo modo comprendo que la voz generación es rica en sentidos, mas prefiero integrarla a otras dimensiones culturales, económicas, clasistas, y evito maniqueísmos de género, de raza, de todo tipo. Tras 50 años de Revolución, en Cuba habitan imaginarios sociales que no encuentran lugar en los discursos públicos. A veces dichos imaginarios ni se reconocen a sí mismos como prédicas ideológicas, aunque en el fondo lo sean, pero lo que quiero destacar es que son maneras de concebir la vida distintas entre sí, y que si bien entrañan perfiles políticos y cuestiones filosóficas, se expresan, hablando en lenguaje vulgar, como “la forma en que quiero vivir, hacer mi vida”.

¿Quiere decir que existe incomunicación entre el discurso público y dichos imaginarios?

El asunto no es solo entender la continuidad política de la Revolución como la permanencia de la institucionalidad revolucionaria, sino también como la subsistencia de una cosmovisión. Hay rupturas sociales, referidas al imaginario fundador de 1959, que pueden conducir a que un día subsista en Cuba la misma institucionalidad que la Revolución creó para sí, y que la cosmovisión valedera en la sociedad sea otra, distinta. Semejarían dos cosmos, dos mundos paralelos.

¿Con diferencias entre sí?

Siempre se insiste en el consenso político, y se habla de los grandes indicadores de participación en elecciones, movilizaciones, etcétera, lo cual importa y hay que considerarlo; pero si entendemos que una Revolución es un proyecto de cambio social, cultural, en la vida de las personas, y no solo un tipo de organización política o distribución de recursos, como educación y salud; si entendemos que una Revolución entraña otra modalidad de vida, libertad, justicia y dignidad humanas, entonces la anuencia también tendría que darse en torno a modos de concebir e interpretar el universo. Así nuestra vida tendría bases compartidas y sería consensuada, y de nuevo estaríamos hablando de negociación de sentidos, lo cual hoy es más deficitario, porque las ventajas de cierto consenso político no se comprenden en toda su magnitud.

¿De qué consenso político habla?

De un consenso en torno a la Revolución como macro proceso, y no solo en calidad de institucionalidad específica. En tal caso, la imaginación sobre la existencia sería una esperanza, un deseo de querer vivir “revolucionariamente”, pero no ajustado a ninguna liturgia o normativa de lo que es ser revolucionario, sino a la conquista y ampliación de contenidos de libertad, justicia, dignidad y fraternidad humanas. Cuando hablo de Revolución la defino así, como la constante extensión de esos contenidos; de ahí que cuando me refiero a “vivir revolucionario” me atenga a los modos conducentes a su ampliación. El consenso sobre la Revolución, así entendida, sería mucho mayor.

Decisiones duraderas

Con todo respeto: ¿usted se considera anarquista?

Me considero marxista, pero crítico, heterodoxo, seguidor de un marxismo que arranca en Marx, que tiene su expresión clásica en Gramsci, Vladimir Ilich Lenin (1870-1924) y Rosa Luxemburgo, y que encuentra su cima en el diálogo con otras corrientes. Muchos déficits del marxismo pueden complementarse con enseñanzas de otras doctrinas. No estamos hablando de cuestiones intelectuales, ni de discusiones teóricas, ni estamos definiendo quién tiene la razón. Se trata de poder, y el programa del comunismo institucionalizado por Iósiv Stalin (1879-1953), máximo dirigente de la URSS desde 1929 hasta su muerte, es un programa de monopolio de poder, que combatía toda ideología que no justificase sus prerrogativas de dominio burocrático. Cualquier reflexión sobre el socialismo que no comprenda una crítica de la burocracia, su serio análisis, el estudio de sus nexos causa-consecuencia, quedaría manca, trunca. Si las mejores aproximaciones al tema de la burocracia producidas por el pensamiento revolucionario están en el anarquismo y el trotskismo —Trotski (1879-1940) consagró obras a este problema, pero sus puntos de vista principales sobre el asunto se exponen en La Revolución traicionada—, entonces ambos son fuentes indispensables, no para ser trotskista o anarquista, sino para comprender lo que se quiere analizar.

La mejor manera de comprenderlo es integrar las reflexiones.

Hay muchas discusiones combatidas a sangre y fuego por el estalinismo; incluye a la propia Rosa Luxemburgo; a su polémica con Lenin se le restó visibilidad durante años, y se acusó a Rosa de no estar suficientemente informada, de no comprender las circunstancias, pero su crítica, a lo largo de la historia del socialismo del siglo XX, alcanzó cada día más vigencia. Asimismo, sectores marxistas y anarquistas, a los que viene llamándoseles comunistas libertarios, intentan hacer la síntesis del marxismo con el anarquismo. ¿Debemos identificarnos como tales? Habrá que estudiar a fondo si se quiere producir una teoría.

Venimos a darnos de bruces con la importancia de la teoría.

Y con el valor de la práctica política que la instrumentaliza. No es una teoría que invente modelos; no me gusta, por ejemplo, presentar las consideraciones que somera o sucintamente pondero en Es rentable ser libres. Cuba: el socialismo y la democracia, como modelos que alguien debe aplicar, sería improductivo, autoritario; sin embargo, es así como se labra el campo de la experimentación social: se parte de una práctica, se abona con la teoría, y se vuelve sobre esa práctica después de haberla fertilizado teóricamente.

En todo es clave el factor tiempo.

Bueno, en la propia Latinoamérica hay comunidades —no solo las zapatistas— de costumbres ancestrales, con formas de gobierno colectivas, colegiadas, compartidas, que pueden demorarse más antes de tomar disposiciones, pero que por lo mismo, por el nivel de elaboración que alcanzan, por el nivel de consenso que obtienen, resultan ser, a la postre, decisiones más duraderas. Del otro lado, poniendo todo su afán para ganar tiempo, cualquiera toma una decisión precariamente consensuada, ineficiente.

Tiempos de rescate

Es que vivimos obsesionados por ganarle tiempo al tiempo.

Pero también hay que pensar en su “valor de uso cultural”. El tiempo no está hecho para aherrojarlo así, a una manera vertiginosa de vivir, sino para subordinarlo a la escala de reproducción de la naturaleza, de la vida humana, de nuestros pasos, de la velocidad con que hablamos y pensamos. El tiempo es otra de las dimensiones que deberíamos aprender a socializar, para evitar que se nos convierta en un presente loco al que no hay forma de asir. Todo está conectado. Nos parece que el tiempo no nos va a alcanzar para vivir una vida tan agitada; pero es que a la vida la agitamos nosotros, al olvidar que unas cosas deben ser consideradas o hechas antes que otras. Cuando aprendemos a identificar nuestras prioridades, entonces el tiempo alcanza, si no para todo, por lo menos para lo que queremos o nos interesa hacer. Es el tiempo quien debe servir al hombre para lo que este se propone, y no a la inversa.

Al fin y al cabo, el momento más importante de cada persona es el presente.

Sí, el presente, pero comprometido con las generaciones futuras, para no consumir su tiempo y sus recursos en nuestro tiempo, lo cual es un gesto solidario. El capitalismo suele ser acusado, con razón, de ser injusto e insostenible, pero no siempre queda claro cómo uniforma, cómo produce un único modelo de vida. Pareciera que contiene muchas maneras de vivir, pero todas parten de una matriz de subordinación a un tipo de consumo, ligada al mercado, artífice de un tipo de individuo, que solo puede moverse con cierto grado de libertad entre los marcos de normas preestablecidas para regir la familia, la sexualidad o cualquier otra esfera de acción. En el capitalismo solo campea la aceptación liberal de las diferencias; quien las define y regula, a todas ellas, en última instancia, es el señor y dios mercado.

¿Y en el socialismo?

El socialismo debería producir tiempo, sentidos y pluralismo de oportunidades para vivir; debería legitimar un sinfín de formas de vida; debería representar incluso la posibilidad de que pudieran coexistir diversas visiones civilizatorias, distintas maneras de concebir la civilización y el desarrollo. Sobre este último hay una vieja discusión. Quienquiera que tenga dos dedos de frente, hace rato que se convenció de que aspirar a un desarrollo mundial al estilo estadounidense o europeo es simplemente impensable. Habría que pensar en qué tipo de comunidades podrían ser consideradas desarrolladas por lo que sean capaces de garantizar para sí mismas, para su ciudadanía. No me refiero al dominio de una doctrina relativista, donde todo es importante o, dicho de otro modo, donde nada sea importante, sino donde todo es relevante para todos.

Esa sí es una idea que el marxismo tomó del anarquismo.

Y que se asocia con la noción de libertad plasmada en el Manifiesto del Partido Comunista: “Y a la vieja sociedad burguesa, la sustituirá una asociación donde el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos”. Que el libre desenvolvimiento de cada uno condicione el libre desenvolvimiento de todos, supone que nadie será libre donde exista discriminación o explotación; o donde, conjuntamente, otros no lo sean. He ahí un programa de libertad para todos y una lección: la libertad deberá ser conquistada y reconquistada una y otra vez.

Más libertades e igualdades

Usted habla de conquistar, pero un proverbio reza: “Nada se conquista, todo se recibe”. ¿Qué opina al respecto?

Si lo que nos interesa es cotejar ambos axiomas, la diferencia estaría en “de quién se recibe”. Hoy los derechos y deberes del ciudadano están regidos por el mercado; las personas gozan de los derechos y deberes que les otorgan sus vínculos con él, y tendrán más o menos derechos según el dinero que posean o no. Sin embargo, una lógica democrática, pública, colectiva, desvincularía esos derechos y deberes del monopolio mercantil, para sujetarlos a las obligaciones con la sociedad. En tal caso, “todo se recibiría” de ella, de la sociedad con la que el ciudadano está obligado y a la que viene aportando. En cuanto a la órbita del “nada se conquista…”, supongo que ocurriría algo parecido, bien no lo sé, quizás tampoco allí la relación sea unilateral ni el receptor permanezca inactivo, sin tener al menos la fe o una actitud de adoración.

Su discurso es pródigo en términos inusuales para el establishment.

Esa impresión suya expresa un viejo dilema: la economía del lenguaje de izquierda; escasez a la que esta fue condenada, durante décadas, por la hegemonía del pensamiento liberal y que recibió el tiro de gracia cuando el marxismo soviético dejó ese campo abierto y le hizo perder dicha batalla. De lo que se trata es de recuperar el lenguaje, la ideología, las praxis, y discernir críticamente desde la totalidad. No le temo a ninguna palabra, sino a su ausencia, a la carencia de ideas y a la falta de discusión; al final ellas son eso, expresiones de vida, materialidades. A propósito, para ejemplificar, no puedo dejar de recordar cierta reflexión “marxista”; decía que la democracia burguesa era un invento, la tildaba de formal, y hablaba de la necesidad de oponérsele mediante la democracia material, que era la socialista…

Eso parece una equivocación.

Yo diría que trágica. Debe haber democracia formal y material; tienen que estar asegurados los procedimientos que garanticen el ejercicio de todas las libertades, y los condicionamientos materiales que sustantiven todos los derechos, que, por lo demás, no son burgueses. Hay una frase de Marx: “No pretendo cambiar libertad por igualdad”. Parecía que el socialismo se ocupaba de la igualdad, y la democracia liberal, de la libertad. Quien se ocupe de la libertad sin preocuparse por la igualdad, o al revés, no conseguirá ninguna de las dos. Es preciso construir una relación donde ambas se presupongan, donde a más libertad haya más igualdad, y también viceversa.

Diversidades

Dijo que no le teme a las palabras, ¿y a los silencios?

Hay silencios y silenciamientos; son dos cosas distintas. A lo que le temo es a los silenciamientos, a los silencios culpables, de omisión, al hecho de estar condenado a silenciarse. Pero hay silencios que son expresiones, silencios fecundos, de todo tipo. El zapatista Marcos siempre lo repite: que si el silencio expresa una posición, se convierte en una palabra. Lo que importa es ser coherente, y expresarse con el uno o con la otra, según la manera y lo que se quiera manifestar. En ese sentido, el silencio y la palabra no están reñidos, son dos modos expresivos, dos caras de la complejidad.

Complejidad, diversidad… ¿Asistimos a una explosión de circunstancias?

Expresan una nueva manera de concebir la política, antes considerada como el ente al que todos tributaban y del que cualquier parte que se separara, para reivindicar una diferencia, terminaba afectándolo. Pero el prisma cambió. Todos coinciden en que la diversidad no es una debilidad, sino que, al contrario, es la gran fortaleza. Además de descubrir la diferencia, es preciso comprender, como suele decir el presidente del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, Alfredo Guevara, que en esa diferencia, en esa complejidad, reside la belleza de la vida. Luego, en la esfera macro política, se acentúa la contradicción, porque no es que a ella se le sumen hoy algunas diversidades para que la unidad sea más diversa, es que lo que cambió fue el foco.

¿El foco ahora es la diversidad?

Hoy día la diversidad es lo primero, pero es una diversidad que tiene marcos de integración y unidad, para evitar la atomización, la balcanización de las diferencias, que sería su uso liberal. No es que tú seas esto, y es tu problema; tú para allá y yo para acá, no es así; es que para lo que yo quiera o desee ser o hacer, me sea relevante tu modo de vivir, “que el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos”. Reivindiquemos una diversidad en la cual todos seamos relevantes porque, para ser libres, necesitemos de la libertad del otro.

La diversidad es natural, por ella se diferencian las personas, animales o cosas, en ella se encuentra el gusto.

Ya nos dijo Federico Mayor, director general de la UNESCO entre 1987 y 1999, en aquella entrevista de El hombre en la cornisa, que las proteínas ectodérmicas de nuestro dedo pulgar nos diferencian entre otros 6.000 millones de individuos en el mundo, lo cual es la muestra primera de nuestra radical diversidad. Eso es un hecho natural. Lo artificial son las desigualdades sociales, políticas, culturales o económicas, porque son construidas. El opuesto de la igualdad no es la diversidad, sino esa desigualdad artificial. Y si “la diversidad es natural”, entonces “la diversidad es la norma”. [1]

Notas:

[1] “La diversidad es la norma”, “la diversidad es natural”: estas dos frases han presidido, en ese orden, en calidad de lema, una, la Jornada Cubana por el Día Mundial contra la Homofobia de 2008, y otra, la Estrategia Educativa y la Campaña que, durante 2009, aboga por el respeto a la libre y responsable orientación sexual e identidad de género. Si en 2008 el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) apeló a varias instituciones para celebrar la jornada, en el presente 2009 un grupo de organizaciones convocó a la sociedad para seguir una estrategia y emprender una campaña donde la jornada es solo una acción. Figuran en dicho grupo diferentes instancias de la Unión de Jóvenes Comunistas, la Federación Estudiantil Universitaria, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, el Centro Nacional de Prevención de las ITS/VIH/sida, y la Asociación Hermanos Saíz.

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.