El Papa en Cuba: Los caminos del diálogo

“El pueblo cubano no puede verse privado del vínculo con otros pueblos”, dijo el Papa y llamó a dar pasos para eliminar un aislamiento que repercute “de manera indiscriminada en la población”, afectando la alimentación, la salud y la educación.

El papa Juan Pablo II dejó abierto el camino en Cuba para un amplio diálogo nacional que parta de la reconciliación entre todos los cubanos, sin necesidad de llegar al extremo de una caída del gobierno de Fidel Castro.

Alejado de las propuestas destructoras que suelen llegar a La Habana desde Washington, el máximo jefe de la Iglesia Católica sugirió el tránsito pacífico hacia una Cuba nueva donde pueda conjugarse justicia social y libertad individual.

Karol Wojtyla dijo lo que tenía que decir sobre libertad religiosa, derechos humanos, moral, reconciliación y, como Castro esperaba, condenó duramente el bloqueo de Estados Unidos contra la isla: “ninguna nación puede vivir sola”.

“El pueblo cubano no puede verse privado del vínculo con otros pueblos”, dijo el Papa y llamó a dar pasos para eliminar un aislamiento que repercute “de manera indiscriminada en la población”, afectando la alimentación, la salud y la educación.

El Pontífice cerró con broche de oro su visita cuando al despedirse mencionó entre las causas de la angustia que viven los cubanos “las medidas económicas restrictivas impuestas desde fuera del país, injustas y éticamente inaceptables”.

A Castro le pidió libertad para presos políticos. Exhortó a los cubanos a construir una sociedad nueva, demandó libertad religiosa, exigió a la Iglesia Católica luchar por sus espacios y pidió a los cubanos de Miami “evitar confrontaciones inútiles”.

Que “el mundo se abra a Cuba”, pero, también “que Cuba se abra al mundo”, dijo Juan Pablo II el día 21 al inicio de su gira pastoral de cinco días que incluyó cuatro misas, una reunión privada con Castro y encuentros con intelectuales, enfermos y religiosos.

Castro, por su parte, hizo gala de la hospitalidad que caracteriza a los cubanos, convocó a toda la población a asistir a las misas del Papa y él mismo participó en la última, en la Plaza de la Revolución “José Martí”, en La Habana.

Contrario a todos los pronósticos, el mandatario brindó su apoyo a la visita, escuchó con calma las críticas de Juan Pablo II y las muestras de apoyo popular a los que podrían considerarse en Cuba como los planteamientos más polémicos. “Por todas sus palabras, aún aquellas con las cuales pueda estar en desacuerdo, en nombre de todo el pueblo de Cuba, Santidad, le doy las gracias”, dijo Castro en el acto de despedida.

El reencuentro entre Karol Wojtyla y Fidel Castro, esperado como un gran duelo entre dos de los más hábiles políticos de finales de este siglo, se caracterizó por el tono moderado del Pontífice y la tolerancia del presidente cubano. “Creo que hemos dado un ejemplo al mundo: Usted viniendo a donde se ha dado por llamar el último bastión del comunismo. Nosotros recibiendo al jefe religioso a quien quisieron atribuir la responsabilidad de haber destruido el socialismo en Europa”, dijo Castro.

Pasada una década de los acontecimientos que terminaron en la debacle europea del socialismo, todo parece indicar que el Papa estaría interesado en una apertura política en Cuba que parta de una transición lenta y pacífica.

En primera, Cuba no es Polonia: la población no es mayoritariamente católica, la Iglesia carece de fuerza suficiente en estos momentos como para liderar un cambio y el socialismo no fue impuesto desde fuera sino el resultado de un movimiento interno. Según Marco Politi, coautor con Carl Bernstein de la biografía “Su Santidad”, “él (Papa) lleva consigo la experiencia de lo que ocurrió en Europa Oriental, algo que no le gusta en lo absoluto”.

Para confirmar la hipótesis de Politi, Juan Pablo II vinculó sus críticas al ateísmo con la denuncia del neoliberalismo y dejó claro que si piensa que el socialismo no es la opción para Cuba, tampoco lo es el capitalismo salvaje presentado como alternativa.

Al mismo tiempo, apoyó las demandas de la Iglesia Católica para el acceso a los medios de comunicación y a la educación, y reprodujo en sus homilías los principales reclamos emitidos por los obispos cubanos en esta década y que, de una forma y otra, aparecen en la pastoral “El amor todo lo espera”, de septiembre de 1993.

“La Iglesia de Cuba no está sola”, afirmó el Papa para descalificar las versiones que intentan separar radicalmente la posición del Vaticano hacia el gobierno de Castro con la de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba. “Desde ahora sentimos que será imposible a los que estamos aquí no amarnos como hermanos, no perdonar nuestras ofensas recíprocas, no olvidar agravios”, dijo el cardenal Jaime Ortega en una expresión de armonía con el camino trazado por el Vaticano.

La única nota discordante durante toda la visita pastoral la puso el arzobispo de Santiago de Cuba, Pedro Meurice Estiu, que llegó a robarle el protagonismo al Papa durante la misa celebrada en esa ciudad, a 967 kilómetros de La Habana. Meurice emplazó abiertamente al gobierno al criticar a “un grupo creciente de cubanos que han confundido la patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas y la cultura con una ideología”.

Pero su discurso, que recibió el aplauso de una parte del público, fue mal visto por los analistas que lo consideraron fuera de lugar y no acorde con el ambiente de distensión entre la Iglesia Católica y el Estado que perseguía la visita del Papa. Las acusaciones fueron como “un cubo de agua fría” arrojado en la cabeza de las autoridades y, según comentó el historiador de La Habana, Eusebio Leal, al escritor español Manuel Vázquez Montalbán, fue “una inútil provocación”. Para el presidente del Parlamento, Ricardo Alarcón, la actitud del arzobispo fue antipatriótica mientras que el primer vicepresidente de Cuba y ministro de Defensa, Raúl Castro, dedicó su discurso por el natalicio de José Martí, el 28 de enero, a reivindicar las tradiciones revolucionarias de Santiago de Cuba.

“Santiago sigue siendo Santiago…fue, es y será la cuna de la revolución”, dijo el segundo hombre de Cuba al concluir en la ciudad oriental una tradicional marcha de las antorchas que confirmó el poder de convocatoria del gobierno socialista a dos días de finalizada la visita del Papa.

Pasados los días, la intervención de Meurice seguía provocando polémicas en la isla. De un lado están los que opinan que el actuar del arzobispo santiaguero respondió a una decisión estratégica de parte de la Iglesia local, y quizás también del Vaticano, para que hubiera una voz discordante que, saliéndose de las fórmulas diplomáticas, dejara bien clara la posición eclesial sobre determinados asuntos claves de la vida nacional. Del otro, se recuerda la independencia que en la estructura de la Iglesia Católica tiene cada diócesis y la posibilidad de Meurice de dar un paso de esa índole sin necesidad de consultar con nadie.

Así y todo, la alianza con el Vaticano acabó de sellarse la noche del domingo 25 de enero cuando, tras la partida del Papa, Castro tuvo un “encuentro cordial” de tres horas, en el Palacio de la Revolución, con miembros de los episcopados de Estados Unidos, Canadá, Brasil, Jamaica, Colombia, Ecuador, Panamá, España, Italia y Cuba.

Pase lo que pase en el futuro cercano, la mayoría de los cubanos consultados, desde creyentes, militantes del Partido, funcionarios, intelectuales hasta opositores, coinciden en que la visita puede ser beneficiosa para Cuba.

Los beneficios internos pasarían porque el gobierno y, sobre todo el presidente Castro, supieran escuchar las muestras de apoyo que recibieron determinados planteamientos del Papa y tenerlas en cuenta a la hora de la toma de decisiones.

Como sucede a nivel social, es de suponer que no todos en la cúpula gobernante estén de acuerdo en cuanto a la relación costo-beneficio que traerá al gobierno de la isla la visita papal.

Entre los escenarios probables a corto plazo se incluye una ofensiva oficial en materia ideológica para reafirmar el apoyo masivo a la revolución y a Castro, que tuvo su primer capítulo en el aniversario del nacimiento del héroe nacional, José Martí, el día 28.

Alguna señal debe también esperarse de Washington donde el escándalo del presidente, Bill Clinton, desplazó de primera plana la visita del Papa, al tiempo que miles de exiliados cubanos miraban imágenes de su país, totalmente inimaginables hace sólo unos años.

El coordinador de Asuntos Cubanos del Departamento de Estado, Michael Rannenberger, dijo el día 21 en La Habana que su gobierno seguiría con mucha atención el paso del Papa por Cuba, pero que cualquier levantamiento del bloqueo tendría que responder a cambios de fondo en el sistema político. Sin embargo, no pasaron muchas horas tras el regreso de Juan Pablo II a Roma para que empezaran a llegar señales desde Washington sobre un levantamiento parcial del bloqueo, en los renglones de alimentos y medicinas.

Mensaje a la familia: el dedo en la llaga

La primera misa del papa Juan Pablo II en Cuba generó opiniones encontradas sobre el aborto y el divorcio pero, al mismo tiempo, tuvo la virtud de tocar una herida que permanece abierta: la desintegración familiar. Este es “un problema que se arrastra en Cuba desde hace años, la separación forzosa de las familias, dentro del país y la emigración”, dijo el Pontífice ante unos 100.000 cubanos reunidos en Santa Clara, a 300 kilómetros de La Habana.

Las carencias materiales, las insatisfacciones por razones ideológicas, la atracción de la sociedad de consumo, unidos “a ciertas medidas laborales o de otro género”, desgarraron a   familias enteras.

En la isla es común oír que “todo el mundo tiene un tío, un hermano o un sobrino” en Estados Unidos. Se estima que más de dos millones de cubanos han emigrado desde el triunfo de la revolución liderada por Fidel Castro, en 1959.

El tema de la emigración fue politizado con exceso en este país, donde durante casi 20 años familias enteras se vieron separadas por sólo 90 millas y un abismo de intolerancia que impedía hasta la correspondencia.

Hace más de una década que el gobierno cubano promueve la normalización del fenómeno migratorio, pero los que emigran lo hacen con la certeza de que será para “toda la vida” y los que optan por Miami se quedan sabiendo que los contactos familiares dependerán de los vaivenes del conflicto entre La Habana y Washington.

Un estudio de la psicóloga Patricia Arés, de la Universidad de La Habana, destacó a principios de esta década los efectos negativos que tuvo sobre la familia cubana la desintegración causada por el fenómeno migratorio y el sometimiento de los afectos personales a las ideas políticas.

Además, varios cientistas sociales han investigado las consecuencias negativas que tiene la formación de los adolescentes en escuelas internas, lejos de sus hogares.

Pero aunque estos problemas son reconocidos por las   autoridades, los cubanos no están acostumbrados a que se traten en público y menos aún con el enfoque crítico y abierto con que los presentó el papa Juan Pablo II.

“Los padres, al haber dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole y, por consiguiente, deben ser reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos”, dijo el Pontífice al defender el derecho paterno a escoger la forma de educar a sus hijos.

La demanda del reconocimiento del derecho de los padres generó los primeros aplausos durante la misa dedicada especialmente a la familia, mientras la multitud reunida escuchó con atención y respeto los conceptos emitidos por el Papa sobre el divorcio, el matrimonio y el aborto.

Juan Pablo II defendió el matrimonio “con su carácter de unión exclusiva y permanente”, y aseguró que “el hombre y la mujer tienen la capacidad de darse para siempre el uno al otro, sin que la donación voluntaria y perenne anule la libertad”.

Sobre la situación de la familia, el Pontífice precisó que las carencias materiales que ha sufrido Cuba, las insatisfacciones por razones ideológicas, la atracción por la sociedad de consumo, la separación familiar y la emigración “ha desgarrado a familias enteras y ha sembrado dolor en una parte considerable de la población”.

Señaló que esas causas y la sustitución del papel de los padres a causa de los estudios que se realizan lejos del hogar en la adolescencia, la promiscuidad, el empobrecimiento ético, la vulgaridad y las relaciones sexuales premaritales tempranas “ha dejado huellas negativas en la juventud”. En el aspecto matrimonial “el servicio a la vida no se agota en la concepción, sino que se prolonga en la educación de las nuevas generaciones”.

Asimismo, criticó la presentación de la maternidad “como un retroceso o una limitación de la libertad de la mujer” y “la falsa apariencia de libertad y progreso” que lleva a algunos sistemas económicos o culturales a promover y defender “una mentalidad antinatalista”.

Según el Anuario Estadístico de Cuba, un país con unos 11 millones de habitantes, el año pasado se celebraron 65.009 matrimonios, de los cuales 13.603 fueron reconocidos como “formalización” de una unión consensual anterior. En tanto, se reportaron 41.227 divorcios en el mismo período.

La tasa de divorcios alcanzó su nivel más alto en 1993, cuando se registraron seis divorcios por cada 1.000 habitantes, mientras la nupcialidad tuvo su punto máximo en 1992, con 17,7 matrimonios por cada 1.000 personas.

La alta cifra de abortos inducidos, considerada un problema de salud por los expertos, tuvo su momento más crítico en 1985, cuando se practicaron 138.671 abortos en las instituciones de salud, para una relación de 83,6 abortos por cada 100 partos.

En 1996 se realizaron en Cuba 83.827 abortos, según datos del Ministerio de Salud Pública, 59,4 abortos inducidos por cada 100 partos, 37,3 por cada 100 mujeres embarazadas y 25,9 por cada 1.000 mujeres entre 12 y 19 años.

Pero mientras el Papa ve en esto los síntomas de una crisis de valores que es imperativo superar, muchos expertos lo consideran como un proceso de evolución de la familia cubana que se inició con las medidas revolucionarias a favor de la igualdad entre la mujer y el hombre.

Mensaje a los jóvenes: construir una sociedad nueva

El Papa llamó a los jóvenes cubanos a construir una sociedad nueva, “la Cuba de la reconciliación y el amor”, en un mensaje escrito entregado durante la segunda de las cuatro misas que oficiara en este país socialista.

“La felicidad se alcanza desde el sacrificio. No busquen fuera lo que pueden encontrar dentro. No esperen de los otros lo que ustedes son capaces y están llamados a ser y a hacer”, dijo el Pontífice a una multitud de más de 200.000 en la ciudad de Camagüey, 570 kilómetros al este de La Habana.

“No dejen para mañana el construir una sociedad nueva, donde los sueños más nobles no se frustren y donde ustedes puedan ser los protagonistas de su historia”, afirmó retomando así una de las idea centrales de su primer mensaje al pueblo cubano.

Los cubanos “deben ser los protagonistas de su propia historia nacional y personal”, dijo Juan Pablo II a su arribo a Cuba, el miércoles 21, en una intervención que pidió a Cuba “abrirse al mundo” y al “mundo abrirse a Cuba”.

En un altar construido junto al monumento al héroe independentista Ignacio Agramonte, en la Plaza de la Revolución camagüeyana, Juan Pablo II fue acogido el viernes 23 por la población de una de las zonas de Cuba de más profunda tradición católica.

“Hemos visto al Papa sonreír por primera vez”, comentó un locutor de la televisión ante la reacción del Papa por lo que podría catalogarse como la mayor manifestación religiosa vista alguna vez en este país.

El pueblo de esta provincia, la más extensa de la isla y al mismo tiempo la más despoblada, recibió al Papa con consignas cantadas: “Camagüey, Camagüey, el Papa ha llegado a Camagüey”, “Juan Pablo, pastor, Camagüey te da su amor”, “el Papa se queda en Camagüey”.

“Juan Pablo, hermano, tú quieres a los cubanos”, dijo el propio Juan Pablo II, momentos antes de terminar la misa que fue acompañada por un coro de 380 voces, música litúrgica cubana y una alegría masiva que hizo asegurar al animador de la prensa estatal que esta ya es una visita “inolvidable”.

“La Iglesia tiene el deber de dar una formación moral, cívica y religiosa, que ayude a los jóvenes cubanos a crecer en los valores humanos y cristianos”, dijo Juan Pablo II volviendo a una de las mayores demandas de la Iglesia Católica, la posibilidad de tener medios e instituciones para educar.

En Cuba las escuelas católicas fueron cerradas a inicios de los años 60 como parte del proceso de nacionalización de la enseñanza, decretado por el gobierno de Fidel Castro, que vino acompañado de un sistema de educación universal y gratuita para todos.

“El amor auténtico y la generosidad fructifican cuando se vive no sólo de lo material y caduco”, dijo Juan Pablo II al tiempo que lamentó el relativismo moral y la falta de ideología” que genera “egoísmo, división, marginación, discriminación, miedo y desconfianza hacia los otros”.

En este país donde el ateísmo fue considerado doctrina oficial hasta inicios de esta década, el Papa aseguró que esta situación aumenta cuando “un joven vive ‘a su forma’, idealiza lo extranjero, se deja seducir por el materialismo desenfrenado, pierde las propias raíces y anhela la evasión”.

Para Juan Pablo II “el vacío que producen estos comportamientos explica muchos males” como el alcohol, “la sexualidad mal vivida”, el uso de drogas, el oportunismo, la falta de un proyecto de vida que no incluye el matrimonio estable y la prostitución, “cuyas causas no siempre son personales”.

Criticó, también, “el anhelo de la evasión y de la emigración” que hace a las personas huir “del compromiso y de la responsabilidad para refugiarse en un mundo falso cuya base es la alienación y el desarraigo”.

En lo que podría calificarse como una exhortación para que los cubanos no busquen la solución de sus problemas en el exilio, el mensaje escrito dejado a los jóvenes, el Papa llamó a asumir el compromiso que se tiene tanto en el seno de la familia como en la sociedad civil.

No caigan “en la tentación de las diversas formas de fuga del mundo y de la sociedad”, dijo a los jóvenes cubanos que “viven en condiciones materiales con frecuencia difíciles, en ocasiones frustrados en sus propios y legítimos proyectos” y a veces privados de esperanza.

“La sombra de la escalofriante crisis actual de valores que sacude el mundo amenaza también a la juventud de esta luminosa isla”, advirtió Juan Pablo II.

El Pontífice reconoció la sinceridad, la hospitalidad y el amor a la libertad de los jóvenes cubanos y, al mismo tiempo, aseguró que “se extiende una perniciosa crítica de identidad, que lleva a los jóvenes a vivir sin sentido, sin rumbo ni proyecto de futuro, asfixiados por lo inmediato”.

“Todo lo que viene de fuera del país parece deslumbrar”, afirma el mensaje dirigido a los jóvenes que son, según Juan Pablo II, “un futuro que ya comienza en el presente” de la Iglesia y de la patria.

Mensaje a la patria: libertad y reconciliación nacional

La coronación de la Virgen de la Caridad del Cobre por parte del papa Juan Pablo II se convirtió el sábado 24 en un acto a favor de la libertad, el diálogo y la reconciliación entre todos los cubanos. Que la Virgen “reúna a sus hijos por medio de la reconciliación y la fraternidad”, dijo el Pontífice en un saludo enviado a “todos los hijos de Cuba que en cualquier parte del mundo veneran a la Virgen de la Caridad”.

Vamos a coronar, añadió, la imagen de la “madre de todos los cubanos, sin distinción de razas, opciones políticas o ideologías”.

Cientos de miles de personas llenaron la Plaza de la Revolución “Antonio Maceo” de Santiago de Cuba, a 967 kilómetros de La Habana, durante la penúltima misa pública del viaje papal a esta isla del Caribe. El primer vicepresidente cubano y ministro de defensa, Raúl Castro, y el ministro de Cultura, Abel Prieto, se encontraban entre los que asistieron a la misa que rindió homenaje a la Patrona de Cuba.

Caridad del Cobre para los católicos y Ochún para los santeros, la virgen mestiza de Cuba, diosa del amor y de la familia, es considerada en este país como uno de los elementos fundacionales de la nación cubana. “Quien no ama a Dios, no ama a la patria”, afirmó Juan Pablo II, citando a Antonio Maceo, héroe independentista en cuyo honor se construyó la Plaza de la Revolución santiaguera y que siempre llevaba sobre su pecho una medalla de la Caridad del Cobre.

“La historia enseña que sin fe desaparece la virtud, los valores morales se oscurecen, no resplandece la verdad, la vida pierde su sentido trascendente y aún el servicio a la nación puede dejar de ser alentado por las motivaciones más profundas”, afirmó.

La Iglesia “no busca ninguna forma de poder político”, aseguró Juan Pablo II y, al mismo tiempo, defendió el deber y el derecho de los laicos católicos “de participar en el debate público en igualdad de oportunidades y en actitud de diálogo y reconciliación”. Para el Papa “el bien de una nación debe ser fomentado y procurado por los propios ciudadanos a través de medios pacíficos y graduales”

“De este modo cada persona, gozando de libertad de expresión, capacidad de iniciativa y de propuesta en el seno de la sociedad civil y de la adecuada libertad de asociación, podrá colaborar eficazmente en la búsqueda del bien común”, opinó.

En Cuba están prohibidas todo tipo de asociaciones políticas alternativas al gobernante Partido Comunista, los medios de prensa están monopolizados por el Estado y cualquier agrupación debe tener el visto bueno oficial para formarse.

La homilía sucedió a un duro mensaje de bienvenida del arzobispo de Santiago de Cuba Pedro Meurice Estiu que intentó presentar “el alma de una nación” como una diadema de “realidades, sufrimientos, alegrías y esperanzas”. “Le presento además a un grupo creciente de cubanos que han confundido la patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas y la cultura como una ideología”, afirmó en una crítica a la tendencia oficial de igualar patria y revolución.

“Este pueblo ha defendido la soberanía de sus fronteras geográficas con verdadera dignidad, pero hemos olvidado un tanto que esa independencia debe brotar de una soberanía de la persona humana”, dijo Meurice y pidió al Papa que rogara por los presos.

Mensaje al mundo: un nuevo camino político

La última misa en la Plaza de la Revolución de La Habana, ante el presidente Fidel Castro, el monumento a José Martí de un lado y la imagen gigante del Che Guevara del otro, fue el escenario ideal para que el Papa se pronunciara contra los extremos ideológicos y políticos, desde el socialismo hasta el neoliberalismo, y propuso al mundo una justicia nueva basada en la fe.

“Esta es la hora de emprender los nuevos caminos que exigen los tiempos de renovación que vivimos, al acercarse el tercer milenio de la era cristiana”, exclamó Juan Pablo II. “Un Estado moderno no puede hacer del ateísmo o de la religión uno de sus ordenamientos políticos”, dijo el Pontífice ante casi un millón de personas reunidas para oír su mensaje a este país socialista.

La liberación de todo el género humano “no se reduce a los aspectos sociales y políticos, sino que encuentra su plenitud en el ejercicios de la libertad de conciencia, base y fundamento de los otros derechos humanos”, advirtió Juan Pablo II.

“Para muchos de los sistemas políticos y económicos hoy vigentes el mayor desafío sigue siendo el conjugar libertad y justicia social, libertad y solidaridad, sin que ninguna sea relegada a un plano inferior”, aseguró.

Está también el “neoliberalismo capitalista” que subordina la persona humana y condiciona el desarrollo de los pueblos a las fuerzas ciegas del mercado, gravando desde sus centros de poder a los países menos favorecidos con cargas insoportables”.

“Se imponen a las naciones, como condiciones para recibir nuevas ayudas, programas económicos insostenibles” y se constata “el enriquecimiento exagerado de unos pocos a costa del empobrecimiento creciente de muchos”, denunció.

Frente a estos sistemas la Iglesia “propone al mundo una justicia nueva, la justicia del Reino de Dios” que, según Juan Pablo II, es el sistema de “la cultura del amor y de la vida” que exige recorrer antes “un camino de reconciliación, de diálogo y de acogida fraterna”. Y llama a “dejarse iluminar por Jesucristo, a aceptar sin reservas el esplendor de su verdad” para que todos emprendan el camino de la unidad, “evitando la exclusión, el aislamiento y el enfrentamiento”.

La homilía generó aplausos, gritos de “Viva Cristo” y “Viva Cuba libre” y consignas como “Juan Pablo II, te quiere todo el mundo”, “Juan Pablo, amigo, el pueblo está contigo”.

Sobre la libertad opinó que aquella que “no se funda en la verdad condiciona de tal forma al hombre que algunas veces lo hace objeto y no sujeto de su entorno social, cultural, económico y político, dejándolo casi sin ninguna iniciativa para su desarrollo personal”.

Como parte de una propuesta alternativa a los sistemas imperantes en el mundo, el Papa presentó la Doctrina Social de la Iglesia como un intento por “conciliar las relaciones entre los derechos inalienables de cada hombre y las exigencias sociales”.

“La doctrina de José Martí sobre el amor entre todos los hombres tiene raíces hondamente evangélicas, superando así el falso conflicto entre la fe en Dios y el amor y servicio a la patria”, opinó Juan Pablo II sobre el héroe nacional de Cuba.

En este país donde durante décadas se identificó el sentimiento religioso con posiciones antipatrióticas y se divulgó una imagen de Martí totalmente ajena al catolicismo, el Papa recordó la sentencia del que fue llamado “apóstol de Cuba”: “todo pueblo necesita ser religioso”.

“Cuba tiene un alma cristiana y eso la ha llevado a tener un alma universal”, afirmó Juan Pablo II. “Llamada a vencer el aislamiento, ha de abrirse al mundo y el mundo debe acercarse a Cuba, a su pueblo, a sus hijos, que son sin duda su mayor riqueza”, afirmó.

Mensaje a la iglesia: por un espacio en la sociedad

La Iglesia Católica tendrá que ampliar todos sus espacios de acción en Cuba si pretende promover una nueva sociedad más justa, basada en la tolerancia y el diálogo, como fue propuesta por el papa Juan Pablo II. “Grande es la confianza que el pueblo cubano ha depositado en la Iglesia”, comentó el Pontífice en un mensaje a la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba (COCC), poco después de realizar su última misa pública en la Plaza de la Revolución de La Habana.

Reconoció, sin embargo, que “es verdad que algunas de estas expectativas sobrepasan la misión misma de la Iglesia, pero es también cierto que todas deben ser escuchadas, en la medida de lo posible, por la comunidad eclesial”, aseguró durante una reunión con los obispos cubanos el domingo 25 de enero, poco después de su homilía que atacó por igual al socialismo y al neoliberalismo como sistemas y a sólo unas horas de dejar Cuba.

“Busquen estos espacios de forma insistente, no con el fin de alcanzar un poder, lo cual es ajeno a su misión, sino para acrecentar su capacidad de servicio”, dijo a los obispos.

Para el Papa el número creciente de personas que se acercan a la Iglesia debe conducir a “reclamar el lugar que por derecho le corresponde (a la Iglesia Católica) en el entramado social”, pero no a exigir “una posición hegemónica o excluyente”.

“Es normal que la Iglesia tenga acceso a los medios de comunicación social: radio, prensa y televisión”, afirmó Juan Pablo II y comentó que “un Estado laico no debe temer, sino más bien apreciar, el aporte moral y formativo de la Iglesia”.

En este empeño “procuren la sana cooperación de las demás confesiones cristianas” y “un diálogo franco con las instituciones del Estado y las organizaciones autónomas de la sociedad civil”, aconsejó el Pontífice.

Durante otro encuentro realizado ese mismo día con miembros de las iglesias evangélicas de Cuba, el Papa los exhortó a “colaborar de mutuo acuerdo (con la Iglesia Católica) en proyectos comunes que ayuden a toda la población a progresar en la paz y crecer en los valores esenciales del Evangelio”.

El acceso a los medios de comunicación masiva se sumó al reclamo, varias veces mencionado durante la visita, a que la Iglesia Católica pueda tener la posibilidad de educar y a que los padres tengan el derecho a escoger en qué doctrina formar a sus hijos.

El Papa apoyó así dos de las más antiguas demandas de la Iglesia Católica cubana desde que en la década del 60 se declaró el carácter socialista de la revolución cubana, se nacionalizaron las escuelas y los medios de comunicación pasaron a ser monopolio del Estado. El tema quedó planteado en su primera misa dedicada a la familia al pedir que los padres “deben poder escoger para sus hijos el estilo pedagógico, los contenidos éticos y cívicos y la inspiración religiosa en los que desean formarlos integralmente”.

“La Iglesia tiene el deber de dar una formación moral, civil y religiosa, que ayude a los jóvenes cubanos a crecer en los valores humanos y cristianos, sin miedo y con la perseverancia de una obra educativa que necesita el tiempo, los medios y las instituciones que son propios de esa siembra de virtud”, amplió en su segunda homilía en la isla.

Expertos en la isla estiman que justo éste puede ser uno de los temas más conflictivos dejados por el Papa a la Iglesia local para un futuro diálogo con el gobierno de Castro. En Cuba la educación es gratuita y universal desde inicios de la década del 60 y, según altos funcionarios del gobierno, la satisfacción de esta demanda significaría crear dentro de un sistema igualitario un sector privilegiado.

Al mismo tiempo, como argumento en contra las autoridades aseguran que de aprobarse la apertura de escuelas católicas se le estaría dando a esta Iglesia un derecho que podrían exigir después todas las comunidades religiosas en la isla. “Cuando la Iglesia reclama la libertad religiosa no solicita una dádiva, un privilegio, una licencia que depende de situaciones contingentes, de estrategias políticas o de la voluntad de las autoridades, sino que está pidiendo el reconocimiento de un derecho inalienable”, dijo.

“La Iglesia en su nación tiene la voluntad de estar al servicio no sólo de los católicos sino de todos los cubanos”, afirmó el Papa en su mensaje escrito “a los jóvenes cubanos” sobre lo que consideró un asunto vital para el futuro. “Para poder servir mejor (la Iglesia) tiene necesidad urgente de sacerdotes salidos de entre los hijos de este pueblo” y también de hombres y mujeres que “se dediquen generosamente al servicio de la caridad”, advirtió Juan Pablo II.

La exhortación fue de algún modo la respuesta a otra antigua demanda de la jerarquía católica en la isla, según la cual la negativa del gobierno a la entrada de sacerdotes y religiosos de otros países ha limitado el trabajo pastoral en este país.

El tema de la entrada de religiosos fue uno de los que salió a raíz del primer encuentro entre Castro y Juan Pablo II, en noviembre de 1996, y fue respondido con la entrega de visas para varios grupos.

Fuentes de la Iglesia Católica aseguran que de 383 sacerdotes, que hay en la isla, 145 son cubanos. De los 36 diáconos, 61 religiosos y 498 religiosas, sólo 192 son nacidos en la isla. En Cuba hay 688 templos católicos en activo.

La Iglesia Católica en Cuba “no está sola ni aislada”, aseguró el Pontífice y reconoció el papel de los obispos cubanos “cada vez que han sostenido que la libertad del hombre está por encima de toda estructura social, económica o política”. De hecho, analistas locales estiman, de una manera u otra, con el tono moderado que caracterizó todas las homilías, el Papa reafirmó los principales puntos de la agenda de la Iglesia Católica en Cuba y que ya se encontraban en la pastoral “El amor todo lo espera”, de 1993.

Entre los retos para los miembros de la Conferencia Episcopal quedó “afrontar con caridad pastoral las situaciones en las que se ve amenazada la vida humana y su dignidad”, entendidas entre esas amenazas el aborto y el divorcio.

Como “ministros de la reconciliación”, los católicos deberán recordar que “el perdón no es incompatible con la justicia”, elemento esencial si se quiere “consolidar una convivencia justa y digna, en la que todos encuentren un clima de tolerancia y respeto recíproco”.

Para esta reconciliación se requiere que las personas que viven en el exilio colaboren al progreso de Cuba, pero “evitando confrontaciones inútiles y fomentando un clima de positivo diálogo y recíproco entendimiento”, advirtió el Papa.

Al mismo tiempo, exhortó a la Iglesia Católica cubana a hacer un énfasis especial en los jóvenes “que anhelan mejores condiciones para desarrollar su proyecto de vida personal y social”.

Ante los laicos quedó el reto de estar presentes en todos los sectores de la vida social y contribuir de forma activa a la apertura de un diálogo que contribuya al progreso de Cuba, tanto desde la sociedad civil como en las estructuras de dirigencia.(1998)

 

* Publicado originalmente en Enfoques, No. 2, enero de 1998

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