El Papa: ¿Una revolución para la Revolución cubana?

Cinco días que quedarán para la historia de Cuba.

Catorce meses de expectativas acaban de terminar: desde que comenzara a recorrer el mundo la imagen —para muchos increíble— de Juan Pablo II y Fidel Castro, sonrientes, estrechándose las manos en el Vaticano, también comenzó a correr para los cubanos un tiempo lleno de sorpresas y especulaciones que llegó a su punto culminante con la llegada del Sumo Pontífice a esta isla socialista y tropical del Mar Caribe, donde permaneció por cinco días desarrollando una intensísima actividad.

Como en una bolsa de apuestas, durante los meses precedentes los cubanos fueron añadiendo o quitando valores a lo que significa para el país la llegada de una personalidad “no política” —como insistieron en afirmar la Iglesia y el Estado cubanos—, para terminar de ponerse de acuerdo en torno a una irrebatible evidencia: la visita de Juan Pablo II a Cuba ha sido el fin de “algo” o, quizás, el comienzo de otro “algo” que aún nadie sabe definir muy bien, pero que sin duda ocurrirá, porque ya está ocurriendo.

Difícil o sencillamente increíble hubiera sido, hace un año y medio, imaginar que públicamente el presidente del país, Fidel Castro, pidiera y casi que exigiera, ante las cámaras de televisión, que todos los cubanos —creyentes y ateos— participaran activamente en el recibimiento y las misas del Papa, con el mismo fervor con que habían intervenido, unos días antes, en las elecciones que debían refrendar la popularidad del gobierno y el sistema. Y algo más o menos similar, para la credibilidad de la gente, hubiera sido concebir la presencia del líder cubano en una misa pública donde se habló de la libertad del individuo desde una perspectiva ideológica diferente a la suya.

Inimaginable, totalmente absurdo, hubiera sido pensar, hace ese mismo tiempo, que en la Plaza de la Revolución de La Habana, sede de los grandes actos de reafirmación revolucionaria, protagonizados casi siempre por el mismo Fidel, bajo la imagen tutelar de José Martí (el Héroe Nacional cubano), se levantara una capilla para oficiar misas, a cuyas espaldas se desplegó, como un nuevo milagro, una imagen gigantesca del Sagrado Corazón de Jesús, esa misma imagen que muchos cubanos debieron quitar de sus casas durante los años duros de marginación social y política de toda persona que profesara creencias religiosas.

Inadmisible, verdaderamente inaceptable, hubiera sido en otros tiempos ofrecer las cámaras de la televisión a un religioso de la isla para que anunciara todo el júbilo que significaba la llegada al país del “Mensajero de la Verdad y la Esperanza”, porque, de hecho, la comparecencia televisiva del cardenal Jaime Ortega fue la primera que vieron en su vida la mayoría de los cubanos, pues algo así no ocurría desde el año lejano de 1960.

Definitivamente insospechado, hace unas pocas semanas, hubiera sido el hecho de que cientos de miles de cubanos, reunidos en las plazas públicas de cuatro ciudades, gritaran consignas religiosas, dieran vivas a Dios y a Jesús, y aplaudieran cuando en las homilías papales y discursos de bienvenida afloraban algunos temas que, cuando menos, podrían calificarse de “espinosos” para la sensibilidad política cubana: la necesidad de la unidad de todos los hijos de la patria, por ejemplo…

Esos acontecimientos son, quizás, los más visibles y los más reveladores de que “algo” se ha transformado en Cuba. Sin embargo, ellos no resultan los únicos capaces de indicar el cambio de circunstancias que vive la isla al calor de la visita de Su Santidad. Porque detrás de esos hechos, pero no debajo, está el aumento progresivo de la religiosidad en Cuba, proceso que se comenzó a advertir hace unos años pero que se ha convertido ya en un verdadero fenómeno social en un país de gentes tradicionalmente más pragmáticas que místicas. De igual manera, la ganancia de espacios y de reconocimiento público a la labor de la Iglesia cubana, confinada al silencio durante casi cuatro décadas, parece una realidad irreversible, que se ve avalada con la masiva asistencia a las misas, el aumento vigoroso de los bautizos y comuniones, y el deseo de la gente, en fin, de reencontrarse con viejas tradiciones que parecían perdidas en el fragor revolucionario, como la celebración de las Navidades, oficialmente canceladas desde el año 1969 y reinstauradas (de modo excepcional) en el pasado 1997.

Pero sin duda el acto más dramático de esta espectacular visita del Papa es que por primera vez, en casi cuatro décadas de poder revolucionario, una voz no oficial —en términos de política cubana— se escuchó en las plazas de cuatro ciudades del país, prometiendo una Esperanza y pronunciando una Verdad distinta a la de la ortodoxia socialista oficial. De esa voz muchos cubanos esperaban oír tantas cosas que sería imposible realizar el inventario de expectativas, aunque la mayoría coincide en sentir que lo dicho fue una enorme ganancia democrática dentro de una sociedad como la cubana, cuya esencia misma se ha visto removida con esta visita pastoral.

En términos de grandes juegos políticos, las dos fuerzas enfrascadas en esta contienda sabían que tendrán sus particulares ganancias con esta visita del Papa a Cuba. La Iglesia espera volver otra vez al centro activo de la vida social y espiritual cubana, quizás con una fuerza que nunca tuvo. El gobierno, por su lado, mostrando la flexibilidad que los nuevos tiempos exigen, decidió “alquilar” algún terreno y hasta remodelar una parte de su discurso, consciente de que, en política, a veces es preciso cambiarlo todo para que no cambie nada. (1998)

*Publicado en Cultura y Sociedad, No.1, enero de 1998.

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