Otra mirada al sistema sexo-género. Sus posibilidades de subversión

Entre otros retos, la sociedad cubana debe identificar públicamente y deconstruir las asimétricas relaciones entre sexos y géneros.

Foto: Jorge Luis Baños / IPS-Cuba

Aclaraciones introductorias

El género es temática reciente en la academia cubana, que continúa resistiéndose a este enfoque analítico. Academia que, oficialmente, ha estado alineada a una mirada falsamente monocorde de la realidad, que es siempre rica en diversidades, matices y en la complejidad de ambos.

Siguiendo ese alineamiento de irreal homogeneidad se ha hablado de “la mujer”, de “las mujeres” y de “lo femenino”, “del hombre”, de “los hombres” y de “lo masculino”, cual si se hiciera en singular. El plural empleado ha sido, generalmente, homogeneizador. Sin incorporar las particularidades históricas, culturales, sociológicas, políticas, que el plural comporta.

Siendo distorsionadas y distorsionadoras las miradas con las cuales, durante tantos difíciles años, hemos visto las expresiones no normalizadas (similar a decir “no canonizadas”) de la sexualidad y del género, en correspondencia han sido pensadas, pautadas y concretadas las políticas al respecto.

Lo no circunscrito al canon del sexo y del género, de concepción y reproducción histórica y política, pero social e hipócritamente sancionado, se ha concebido cual “disidencia” u “oposición” a combatir.
Con sus particularidades, ha sucedido así en Cuba y en otros entornos culturales y geográficos, sin circunscribirse a la pluralidad de la cultura occidental.

Sistema sexo-género

En su articulación con el sexo, el género resulta de la construcción sociocultural, temporal y espacialmente, en relación con la anatomía sexual con la cual nacemos.

Nos educan según el género cuando nos dicen qué debemos o no ser y hacer por ser niñas o niños, imponiendo socialmente límites a nuestras oportunidades.

Atendiendo a lo anterior, relacionar sexo y género como oportunidad de eje analítico resulta más pertinente si intentamos desentrañar el fenómeno tan complejo y diverso de la sexualidad.

Ese sistema se nos hace funcional para calar la estructuración social, política, económica y cultural que durante milenios ha articulado unas relaciones sociales fundamentadas en el poder.

Estructura y poder directamente conectados con una visión unilateral de la sexualidad y del género. Sexualidad y estructuración social, política, cultural y económica, articuladas como expresiones individuales y colectivas.

Empero, prosigue pretendiéndose hacernos creer que la sexualidad se circunscribe a lo privado. Que la estructura social, política y económica corresponde a lo público. Y que ello, cual designio divino (no olvidar la vinculación del poder político con el poder religioso), es inapelable.

Es significativo que a las mujeres se nos circunscribió a lo privado en las culturas occidentales. Lo público lo monopolizaron los hombres, distribuidores de ambos espacios.

Apertura y funcionalidad del sistema sexo-género

Al sistema sexo-género lo explican y complementan categorías conectadas con las relaciones de poder, que pueden ser también explicadas a través de ese sistema.

Entre estas encontramos: identidad, alteridad y otredad, estereotipo, sexismo, feminidad, masculinidad y feminismo, espacio social, marginalidad, exclusión y discriminación, subalternidad, autoridad, colonialidad y postcolonialidad, pobreza y violencia.

El análisis histórico hasta la familia, la educación, la salud, la alimentación y el feminismo, la religión, la filosofía, la ética y la estética, en una vastedad de posibilidades, explica este sistema.  

La deconstrucción del unidireccional permite visualizar otras (no necesariamente “nuevas”) maneras de ser mujer y de ser hombre. Lo relevante no es su novedad (muchas han estado siempre ahí: ocultadas, negadas, censuradas, criminalizadas), sino su visualización.

Visualización del transitar de feminidades y masculinidades por caminos de liberación, en un mundo en movimiento hacia radicalidades positivas en muchas formas de pensar y de obrar.

Porque las identidades no tienen que comportarse como espacios de opresión o motivos de subordinación. Pueden ser espacios de libertad, de paridad, de acomodamiento creativo y enriquecedor. Si es bien cuidado el esencialismo de las identidades, estas, más que riesgos, pueden significar oportunidades.

Hoy existe evidente resistencia a la occidental tendencia totalizadora y absolutista que impone la universalidad de “lo masculino”. Ese “masculino” refiere al hombre blanco, heterosexual, cronológicamente joven, económicamente solvente, religiosamente cristiano o, en el sistema socialista, ateo y marxista.

Eso concede a los estudios sobre género un contenido político, debiendo incorporar el trabajo teórico y las acciones concretas de los sujetos estudiados. Esto explica que muchos académicos relacionados con la temática sean también sus militantes y activistas, lo cual vincula al sistema sexo-género con los niveles de conciencia política y la educación. Vinculación perceptible en la prensa y en el arte, no siempre con resultados felices. Una negativa tradición occidental de representación desvalorizadora de la imagen de la mujer mella las subjetividades de esta y del hombre.

Género-sexo-raza-clase social: el afrofeminismo

El acoplamiento de las categorías “sexo”, “raza”, “clase social” y “género” posibilitó emerger, articularse, visualizarse y legitimarse al afrofeminismo. Haciendo escuchar las disímiles voces de las mujeres negras entre las feministas y en la macrosociedad.

En sociedades multi-étnicas y pluri-raciales, las identidades etno-racial y de género han funcionado simultáneamente para estas mujeres, con historias, necesidades, retos y riesgos diferenciados entre las mujeres y en la colectividad de personas negras.

Sus identidades étnicas, de género y la racial no se observaron en la normativa ética, estética y jurídica de sus sociedades.

Macrosocialmente construidas como “las otras”, forzadas a la exclusión, incorporadas atendiendo a las necesidades de una estructura sociocultural y económica impuesta por los colonialistas y prorrogada (si bien renovada) por sus descendientes, las mujeres afroamericanas fuimos/somos aquellas cuyas voces no encuentran apropiado espacio de enunciación entre las feministas blancas, burguesas o no.

Pese al discutido y discutible “esencialismo” de las identidades, este puede funcionar como provechosa etapa transicional. Esto lo contempla hoy el pensamiento crítico postcolonial, sea o no etno-racial y afrofeminista.

La búsqueda identitaria puede revelar necesidades (psicológicas y emocionales), expresadas en la búsqueda de referentes (individuales y colectivos) para la construcción de autoestima  como autoafirmación ante un sistema de dominación y para situarse como sujeto sociopolítico (individual y colectivo).

La subvaloración de las mujeres negras se acrecienta para las lesbianas, bisexuales, transgéneros y transexuales. Realidad compartida con gays, bisexuales, transgéneros y transexuales hombres negros.

Ante la emergencia de nuevos movimientos sociales, en un mundo urgido de alternativas a las instituciones y lógicas organizativas, las afrofeministas parecieran no tener espacios en las llamadas “olas”, a través de las cuales se pretende sistematizar, cronológicamente, el estudio del feminismo internacional (entiéndase: “occidental”).

En contradicción con la “necesidad de crear solidaridades en la lucha política y saberse semejante a otro u otra parecida, la necesidad de autoafirmación ante la dominación cultural blanca, (…) de re-simbolizar lo que el sistema racista considera negativo en positivo, (…) de crear solidaridades en la lucha política y saberse semejante a otro u otra parecida” , las afrofeministas lesbianas, bisexuales, transgéneros y transexuales no se han articulado, en tanto sujetos de similares marginaciones y exclusiones, con los hombres afrodescendientes gays, bisexuales, transgéneros y bisexuales.

Pudiera pensarse esa falta de articulación entre sujetos objetivados por similares discriminaciones como una reproducción del excluyente y jerarquizador, dominador y dominante paradigma patriarcal de carácter restrictivo según sexo, género y raza. Paradigma facilitador de atomizaciones entre los marginados y excluidos, entre las y los forzados a la inferiorización y la subalternidad.

Por eso el engranaje práctico de las categorías sexo-género-raza-clase social, pese a ser parte de la estructura de violencia, pudiera propiciar dinámicas alternativas de pensamientos y relacionamientos liberadores.

Despertar del afrofeminismo articulado en Cuba “revolucionaria”: enunciados

En la Cuba “socialista” ha sido tardía la presencia visible del feminismo. Sin amplio conocimiento de la sociedad, sin comprensión y reconocimiento institucional, es difícil proyectarnos, independientemente, como feministas.
La cubana es sociedad en la cual la lógica del sistema patriarcal tiene hondas raíces, no removidas.

No ha existido una política oficial hacia las mujeres cubanas que incorpore sus historias según sus pertenencias etno-raciales. Ese es señalamiento que, casi exclusivamente, hacemos las afrofeministas.

“Las mujeres negras cubanas tenemos nuestra propia historia” , afirmaba la estudiosa y narradora afrofeminista Inés María Martiatu. Coincidimos muchas.

Rebasada su séptima década vital, Martiatu se enfrascaba en proyectos disímiles. Con su colega Daysi Rubiera, también afrofeminista, compiló el volumen Afrocubanas . Compendiaban por vez primera discursos y narrativas construidos por estudiosas cubanas, fundamentalmente afrocubanas, desde finales del siglo XIX hasta el presente.

Pese a la incomprensión sufrida en un espacio sociopolítico en el que no tiene total aceptación el señalamiento del racismo antinegro, entre las afrofeministas cubanas están las que intentan iniciar su aproximación.

El 2013 comenzó con la noticia de que, mensualmente, sesionaría en La Habana una tertulia-taller sobre género y raza. Se proponía profundizar en la capacitación de género y feminismo a partir del eje racial.

En general, las afrodescendientes cubanas manifestamos el feminismo en el discurso profesional y en la propia vida, de manera independiente.

Que mujeres y hombres, heterosexuales, gays, lesbianas, bisexuales, transgéneros y transexuales sufren el racismo en diferentes modalidades, aunque puedan tener elementos comunes, no es algo que acepte y comprenda la sociedad cubana en su totalidad, ni la población negra cubana.

Despiertan suspicacias fundadas en desconocimientos mutuos, originados en las distancias con las cuales nos hemos tratado en nuestra pluralidad de posicionamientos étnicos al interior de la colectividad de afrodescendientes en Cuba. Suspicacias que engendran incomprensiones de todo tipo.

Se desatan susceptibilidades ante la posibilidad del menor roce.

Recientemente, se produjo una incomprensión de este tipo cuando una periodista afrofeminista colocó en su blog sus observaciones y análisis sobre una reunión centrada en la temática abakuá.

Identidad-sexo-género-raza-clase social. La Sociedad Abakuá

La Sociedad Abakuá la conforman hombres de exigencia heterosexual. Procedente de África occidental, esta sociedad se reprodujo, únicamente, en tierra cubana, en las ciudades de Matanzas y La Habana. Sus actividades públicas pueden tener presencia femenina. Siendo una agrupación masculina, las actividades de sus asociados corresponden exclusivamente a estos.

Es riesgoso afirmar que sus asociados sean más o menos sexistas (machistas) y misóginos  que el resto de sus coterráneos.

Pero una vieja y colonialista asociación entre sexo, género, raza y clase social, junto a la reproducción en la visualidad del estereotipo, atrapa a los abakuás en el imaginario colectivo como “hombres duros”, violentos, asesinos, machistas extremos.
La violencia extrema que se cometiera con sus portadores pudiera gravitar en la imagen que socialmente recibimos de los abakuás y en la estereotipada que algunos de ellos se empeñan en proyectar.

Fueron hombres africanos, forzadamente traídos a la isla, en condiciones de esclavitud o de negros legalmente libres pero sometidos a los más duros trabajos, a la discriminación etno-racial y la marginación socioeconómica, cultural y política. Luego quedarían reducidos, como toda la afrodiáspora, en la condición del subalterno y se establecería la falsa dependencia de esa con su naturaleza racial y su idiosincrasia afrocultural.

La obligatoriedad de la vivencia en los márgenes sociales les forzaría a la adopción de códigos de sobrevivencia.  

Los estudiosos afrocubanos Tato Quiñones y Ramón Torres (este último abakuá) coinciden en que el abakuá no impuso sus códigos al barrio. El barrio, con su lógica de sobrevivencia en la penuria material mediada por la violencia, terminaría imponiendo sus códigos al abakuá.

Esta fue una sociedad fundada cuando África transitaba de unas relaciones sociales de cierta simetría en los sexos, hacia ese aciago momento histórico común a toda la humanidad, a partir del cual los hombres iniciaron su imposición económica, política y cultural.

El mito fundador de la Sociedad Abakuá, excelentemente representado y deconstruido desde la plástica por la afrocubana Belkis Ayón –mito que tiene como elemento primigenio el descubrimiento del llamado “secreto” abakuá por la joven africana Sikan y el sacrificio de esta por un conocimiento exclusivo para los hombres–, revela ese momento.

Instalados en nuestro presente histórico, resulta escalofriante la violencia de la conclusión de aquel cónclave masculino.

Sin apasionamientos ni ánimos justificadores, acudiendo a la historia, observaremos similares actos de crueldad en todas las culturas. Naturalmente que, a nosotras, las convivientes naturales de los abakuás cubanos de hoy, por tratarse de nuestros hermanos de raza y cultura, nos haya llegado y prosiga escalofriándonos el mito fundador de esa agrupación y escasamente conozcamos otros, igual de aterradores.

Volver sobre el origen del abakuá y deconstruirlo nos es tan lícito a las estudiosas, a las mujeres cubanas todas, como tomarle el pulso a la sociedad en la que tuvo origen y a la nuestra, en la que perduró. Una sociedad colonial en la cual la disimilitud de grupos étnicos y de etnias africanas, forzosamente traídas y forzosamente convivientes, debieron procurarse recursos existenciales para sobrevivir sin fatídicos quebrantos emocionales y psicológicos.

Los elementos donadores de estabilidad provendrían de sus culturas, lo único africano que atesorarían. Las continuidades y discontinuidades que en estas se suscitaron expresan la voluntad de africanos y afrodescendientes. Asimismo, expresan las maneras de ejercer el poder político colonial, las características del medio sociológico en conformación y de la estructura social que se iba creando.

La Sociedad Abakuá es parte de esos elementos de estabilidad. Su carácter masculino provenía de África, donde coexistían y subsisten sociedades masculinas y femeninas, religiosas y seculares, por grupos etarios y profesiones, forma de institucionalidad reafirmadora de segmentos sociales recurrente en muchas sociedades.

Que el temprano enfrentamiento de los abakuá al orden colonial les ganara la propagandizada aseveración, por parte de los protagonistas del poder, de un supuesto “carácter violento” de esos hombres, de quienes se ha dicho que deben tener “hechos de sangre” en su haber, no es responsabilidad del integrante de esa sociedad. Más bien le victimiza, procurando su ilegitimidad como sujeto sociopolítico.

Eso no significa que, como todo ser social maltratado y obligado a la exclusión, el abakuá no se haya apropiado del estereotipo que de él se hacía para, si no contaba con respetabilidad y legitimidad en su medio macrosocial, imponer una supuesta temeridad. Ese es recurso de sobrevivencia del que echan mano no pocos sectores discriminados.

En este momento histórico de la nación cubana en construcción que somos, es responsabilidad social que corresponde a abakuás o no, a todos y todas, deconstruir el estereotipo delincuencial que del abakuá y del afrodescendiente se ha hecho, al cual se suman no pocos, más o menos jóvenes, socialmente inadaptados, sean o no miembros de la Sociedad Abakuá.

El “machismo revolucionario” no tiene religión, raza, ni clase social

Es responsabilidad social de todas y todos identificar públicamente las asimétricas relaciones entre sexos y géneros que hacen de la nuestra una sociedad en la que, lo que adjetivo como “machismo revolucionario”, pulula y se extiende, sea o no religioso, téngase cualquier pertenencia cultural y conciencia etno-racial.

Esa es una dinámica social de la que participamos, seamos o no abakuá y afrodescendiente, tengamos mayor o menor nivel de instrucción, habitemos en cualquier espacio socioeconómico, político y físico.

Corresponde a todas y todos pugnar por encarrilarnos en el proceso de la deconstrucción de nuestra discriminadora realidad.

En la academia, establecida en el imaginario colectivo como espacio positivo en recursos de análisis, de comprensión y de comportamiento, los relacionamientos también tienden al sexismo machista. Esa es realidad generalmente obviada.

Entre cubanas y cubanos de cualquier color epitelial y vivencia cultural, estamos ventilando relaciones de poder que exceden los límites de nuestras microsociedades culturales, económicas, residenciales. Relaciones de poder que transversalizan todos nuestros niveles y aristas de desenvolvimiento. Relaciones que están pasando (aunque no exclusivamente) por las articulaciones raza-sexo-género-clase social y expresándose en nuestra multiplicidad identitaria.

En consecuencia, el reto actual de la sociedad cubana es la deconstrucción de la lógica dicotómica “inferioridades”-”superioridades”. El reto es el empoderamiento de todas y de todos. Ello germinaría en la articulación de nuevos y simétricos acomodamientos en los relacionamientos.

Las dinámicas de deconstrucciones-construcciones que actualmente vive la sociedad cubana  deberían y pudieran instituirse en posibles deconstructoras de las utópicas universalidades de cualquier tipo. Ello arrinconaría la presunción de que ser un cubano blanco es condición de superioridad y que ser un cubano negro lo es de inferioridad.

Esas son dinámicas que hoy lidian, con reticencias y oposiciones, por asentarse en la valoración de las diferencias como enriquecimiento y de la igualdad sin igualitarismo como concepto de justicia. Esas deben ser dinámicas generadoras de solidaridades intra, extra e intercomunitarias, cuyo principio de estructuración social sea la autoridad y no el poder, siempre violentador por opresivo, dominador.

Esas dinámicas tienen que atravesar zonas de silencios y de negaciones, de las cuales hacen parte las controversias y la multiplicidad de espacios concebidos desde la resistencia o la renovación. Espacios en los cuales iremos y vamos expresando nuestras susceptibilidades, temores, ansiedades, necesidades y frustraciones.

Eso es lo que hoy, individual o colectivamente, intentamos hacer las afrofeministas con nuestros cuestionamientos al poder, a la institucionalidad macrosocial, a la academia, etcétera. También cuestionándonos entre nosotras.

Posicionadas en nuevas y conciliadoras maneras de relacionarnos, las afrofeministas tomaríamos conciencia de que es tan importante reclamar nuestros derechos a la simetría de género y de sexo, como reclamar las asimetrías de la pluralidad de expresiones de ideologías políticas que al interior de nosotras se manifiestan.

Debemos tener consciencia de que es tan importante hacer visibles a las afrocubanas que fundaron patria, como lo es reclamar el tratamiento en paridad para las afrocubanas que hoy, como sujetos disidentes, opositoras o contestatarias del sistema político, son despectiva y públicamente calificadas por sus detractores hombres y mujeres  como “negras monas”.

Pero esa es violencia etno-racial y política que en la actualidad no causa la notoria alarma social.

Las nuevas actuaciones deben ir acaeciendo en la medida en que revisitemos las narrativas que nos han fijado como “nacionales”, mientras las desarticulamos, caso de ser necesario, y rearticulamos otras.

La profesora Gayatri Chakravorty Spivak denomina “esencialismo estratégico”  a la solidaridad circunstancial entre sujetos con pensamientos diferentes en pro de una acción que les importe.

Pudiera suceder que el ensayo de la articulación entre hombres y mujeres, entre heterosexuales, bisexuales, gays, lesbianas, transexuales y transgéneros, entre feministas, afrofeministas y quienes estudian otras expresiones de las masculinidades y de las feminidades, entre estudiosos y estudiosas de la temática etno-racial cubana, tomando como eje la diversidad de identidades genéricas fundamentada en el “esencialismo estratégico”, contribuya a la movilidad de las subjetividades y de las conciencias. De eso que únicamente a cada quien corresponde, pero que construimos socialmente y que expresamos articulando la palabra y el gesto.

El reto de subvertir los discursos y la institucionalidad a partir del género

Quienes usurpan las causas para su provecho se convierten en paradigmas de negatividades que reciben la reprobación de sus connacionales con conciencia ética. Pero manipulan a los que, teniendo buenas intenciones, carecen de independencia de pensamiento o se muestran pusilánimes.

Así puede sobrevenir la incomunicación.

El desafío consiste en perseverar, procurando armarnos con los recursos apropiados para emitir y recibir los mensajes, intentando que ambas acciones sean apropiadas para que consigan efectividad.

Perseverar contiene el reto de ser conscientes de “que el espacio auténtico de uno no tiene palabras” . Tenemos que hallar las adecuadas para significarlo, resignificarlo y explicitarlo o quedaríamos a merced de los designados “voceros” y “voceras”.
Caeríamos en manos de falsos líderes, de cualquier sexo, género, cultura, raza y clase. Personajes inescrupulosos designados o autodesignados como “líderes” que, para su provecho, lucran con las causas de los subalternizados.  
El reto de la perseverancia es lo que se intenta hacer, actualmente, con los discursos dominantes y dominadores, incluidos los discursos que sustentan el poder patriarcal.

Una profesora universitaria cubana, estudiosa de la desproporción en el empleo entre mujeres y hombres en una cooperativa agrícola de la provincia matancera, recientemente afirmaba: “No podemos tampoco feminizar el poder”.

La profesora refirió que en esa cooperativa agrícola trabajaban 20 mujeres en labores de servicio (elaboración de alimentos y limpieza). La cifra palidecía frente a la de 162 hombres vinculados a la producción y la administración.

Destaca que la profesora no tenga conciencia de que el esencialismo identitario es una etapa natural presente en el empoderamiento de cualquier grupo discriminado.

Esa posición  expresa su victimización por los prejuicios patriarcales. Lo que explicitara en su turbadora afirmación de que las mujeres que en la zona estudiada permanecen en elevado índice como amas de casa, es “porque eso es lo que quieren hacer, y en eso no nos podemos meter”.  

Desconcierta que una estudiosa sobre las asimetrías entre sexos y géneros no considere, si antes de “elegir” hacer de sirvientas no remuneradas de sus familiares, esas mujeres han tenido opciones. Perturba que la estudiosa no considere, o no lo destaque, la educación patriarcal que condiciona a la mujer para la acrítica reproducción del estereotipo de la dócil laboriosa y familiarmente sacrificada que, para nosotras, construyera el masculino poder.

Pero… “hay de todo en la viña del señor”…

Las expresiones discursivas de los protagonistas del poder, de contenidos tradicionales y radicales o de reactualizadas y liberales apariencias, van de la mano de discursos que se pretenden subvertidores de ese poder: desde los radicales que proyectan una realidad institucional paralela para las mujeres, hasta los que pretenden articularse en la realidad existente dentro del sistema de dominación para intentar su debilitamiento y desestructuración.

En su accionar para la visibilización de otras masculinidades y la construcción de nuevas masculinidades, hombres y mujeres enfrascados en los estudios de masculinidades tradicionales emiten discursos construidos en aras de la deconstrucción del poder patriarcal.

Acciones tendientes a la valorización de otras masculinidades en medio de la diversidad de géneros y de nuevas y simétricas masculinidades respecto a las feminidades, transitan por los estudios del historiador cubano Julio Cesar Pagés. Con él ha iniciado el énfasis en las masculinidades en algunos círculos de la academia de la isla. El Grupo de Reflexión Oscar Arnulfo Romero, de origen católico y de actualidad macroecuménica, se ha insertado en la temática con talleres, conferencias y seminarios.

Otras miradas al tema de la diversidad sexual y de género las ofrecen activistas, contestatarios y contestatarias, también los y las abiertamente opositores y opositoras al régimen político.

El arte: posible espacio desestructurador de discursos discriminadores por sexo y género

Las sociedades necesitan espacios autónomos, alternativos, en los cuales y a través de los cuales discurran los flujos y reflujos de conocimientos, saberes, experiencias intelectuales y prácticas. Son espacios de aprendizaje colectivo de la complementariedad de/en las diferencias.

Pueden ser espacios de resistencia, rechazo y combate a las manifestaciones de misoginia. Esta,  persistentemente presente sin ser identificada, se exceptúa de la crítica.  

Las manifestaciones artísticas hacen parte de esos espacios alternativos, pero no deben ser los únicos. Ni la concurrencia en estas es masiva, ni el arte per se es deconstructor de subjetividades. Su rol como movilizador de conciencias, en ocasiones, se exagera.   

El arte puede portar y reforzar estereotipos. A la par y con otras vías educativas, puede coadyuvar a su desequilibrio. Hay que contar con que no es siempre el arte movilizador de imaginarios el que se populariza y trasciende, limitándose sus posibilidades de influencia social.

En Cuba: ¿cuántas personas conocen la obra plástica de la artista afrocubana Belkis Ayón?

Pero el resultado de su obra es importante, artística y socialmente. Tiene un profundo contenido etno-racial y de género. Resignifica las imágenes de manera que se impongan a los moldes del poder masculino dentro de cultos afrorreligiosos como el Abakuá, de concepción profundamente masculina.  

Su obra no pretende la feminización del abakuá. Sí visualiza a la mujer en ese espacio, pensado y cultivado como masculino. Así su obra, que lejos de agredir el fundamento de esa Asociación, simbólicamente fuerza al pensamiento misógino socialmente naturalizado y legitimado a transitar por sendas descubridoras de otras lógicas, en términos de paridad y de autoridad más que de poder y de sexismo.

¿Cuántas personas en Cuba conocen la obra de las raperas y raperos nacionales que transgreden el discurso sostenedor de la estructura social?

Magia, Las Krudas Kubensi y otras raperas, resemantizando el contenido que el blanco, etnicista, racista y sexista poder concediera a la categoría “mujer negra”, son una realidad escasamente visualizada en la actual sociedad cubana. Su trascendencia les ha sido negada por una estructura políticocultural que no concibe espacios para la resignificación en positivo de los patrones estereotipados.

He ahí la contradicción en la exagerada visualización del reguetón, con sus correspondientes representaciones negativas y reproductoras de las relaciones de asimetrías entre los sexos, frente a la cuasi censura impuesta al rap, especialmente al de contenido más revolucionario, subvertidor, por ejemplo, del estereotipo de persona afrodescendiente y de mujer negra.

Urgencia de espacios desestructuradores de los discursos coloniales

Apremia ampliar y diversificar los espacios de construcción y deconstrucción de conocimientos, de su emisión, de la socialización de estos y de las opiniones.

Aunque tantos estudiosos y tantas estudiosas en la isla desestimen y rechacen el papel de la catarsis, los nuevos y ya existentes espacios no deben esquivar su rol psicosocial. Es instrumento de estabilidad social, agente canalizador de iras contenidas que, de no tener adecuado desahogo, desembocarían en violencia.

La sociedad cubana, poblada de heridas sin higienizar ni suturar, tiene que atenderlas en la medida en que, apresurada por el tiempo y las penurias (materiales y morales), prosiga hacia otras etapas de su desenvolvimiento.  

Apremian los escenarios públicos de relacionamientos en, desde y entre las diferencias. Escenarios de pedagogía aplicada en donde los y las sujetos crecen a partir del auto-reconocimiento público, de la identificación con sus similares y de la interrelación con sus (más o menos) diferentes.

Centros como El Mejunje, en Santa Clara, donde independientemente de sus sexos y expresiones de género, todas y todos hallan lugar a partir del respeto, van en esa dirección, pero son excepciones.

Son fundamentales foros de discusión a todos los niveles sociales, articulados en una diversidad de temáticas que a todas y todos pudieran concernir y servir de conexión por sus significaciones macro y microsociales.

Los pocos (marginal y/o excluyentemente) existentes deberían cuidar su constancia. Cuidarse de funcionar como espacios en los cuales, verdaderamente, se cultiven y ejerciten los intercambios honestos y desprejuiciados. Social y políticamente deberían tener intervenciones resueltas y ganar en independencia, a fin de conseguir la socialización de sus resultados.

Lo cual redundaría en su liberación de las censuras y autocensuras políticamente impuestas que abruman en la academia, en toda la sociedad. Urge hacer escuchar, a las y los facturadores de políticas, las heterogéneas voces que en esos espacios se proyectan.

Esa es casi la única posibilidad de cumplir su cometido como sujetos sociales, en nuestras cerradas sociedades, quienes nos dedicamos a las ciencias sociales, en tanto participantes auxiliares o activistas y militantes de la deconstrucción de realidades de asimetrías sociales de todo tipo.  

Es de importancia cardinal el trabajo sistemático de los medios de comunicación. Presentes en esos espacios solo por excepción, cuentan además con muy poco personal capacitado para interesarse y dar seguimiento a esta problemática.
Cierro este epílogo pensando en voz alta. Modu pue (que así sea), pienso/repito/escribo.

Me sumo, generalmente con la palabra escrita más que con la pronunciada, al ejercicio crítico de las y los colegas participantes en unos foros que siguen realizándose cuasi clandestinos; a los que, excepcionalmente, somos invitados, porque los espacios de reflexión en Cuba se eternizan como cotos cerrados y monopolizados por las voces de la unilateralidad discursiva del momento. (2013)

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