Participación política desde la crítica literaria

El ejercicio del género refleja algunos rasgos de la cultura del debate en Cuba.

Jorge Luis Baños - IPS

La falta de secciones fijas en la prensa periódica es una de las razones que atentan contra el desamparo de la crítica literaria.

La Habana, 10 ago.- Las debilidades de la crítica literaria en la isla guardan relación con una insuficiente educación para el debate y una cultura que reconoce escasamente la importancia del respeto a la opinión de los otros, afirmó la investigadora Zaida Capote en un reciente panel sobre el tema.

Al entender el ejercicio de la crítica como una vía para ejercer ciudadanía y una posibilidad de intervención pública y política, la ensayista notó una ausencia de voluntad de discusión por parte de quienes detentan el dominio de los espacios literarios.

La disertación de Capote, replicada por varias publicaciones digitales locales, da cuenta de la paradoja que existe entre la condición de creadores de muchos de los responsables de estos espacios literarios y su poca disposición para escuchar disensiones de sus puntos de vista.

La experta participó en el panel Ciclos en movimiento. Estado de la crítica literaria actual en Cuba, convocado en junio por el habanero Centro Dulce María Loynaz.

Si bien una sistematización de la investigadora sobre la expresión política del cubano a través de la historia de la literatura demuestra la existencia de constantes y fuertes disensos entre escritores desde que se comienza a gestar la nacionalidad, también explica cómo pocos años después del triunfo de la Revolución en 1959, quedaría mutilado “uno de los rasgos más productivos de la cultura cubana”: el entrenamiento ciudadano para ejercer el ensayo y la crítica.

En la creación de un nuevo canon tras el surgimiento de nuevas estructuras educativas, editoriales y de promoción cultural puede advertirse una “fuerte marca social e histórica” y una relación entre elección estilística e intenciones políticas, según expresa la ensayista.

Sucesivas intolerancias -expone- fueron debilitando la cohesión del campo intelectual mientras se forjaba, alimentándose de los miasmas de esas diferencias, la capacidad de intervención de ciertos funcionarios en los problemas de la creación artística y literaria que, en épocas anteriores, habían sido predominantemente de la incumbencia de los -creadores.

Partiendo de las causas que posibilitaron la imposición del canon realista y en ocasiones mediocre que signó la producción literaria de la década de 1970, Capote afirma que los vaivenes en la creación de modelos a veces presentan mayor vínculo con discusiones y enfrentamientos por el poder de decidir qué es bueno o malo, que con cambios en la percepción del arte y la literatura.

Al referirse a la exclusión como trampa -teniendo en cuenta además el olvido de autores valiosos durante los 80 y la imposición de nuevos cánones en los 90-, la investigadora señala: “Lezama y Piñera vs. Guillén y Carpentier es una ecuación que, por más que se repita, no hace sino empobrecer la percepción de una tradición de tanto multiforme ingenio que puede acunar en su seno a autores de concepciones —y usos políticos, por supuesto— distantes e incluso contrarios”.

Reconocer la propensión histórica a la crítica en el seno de la nación cubana ayudaría a comprender, según la ensayista, la naturaleza engañosa de una pretendida unanimidad y una ausencia de juicios políticos en el discurso literario.

Zaida Capote es especialista en estudios de la mujer y doctora en Ciencias Filológicas. Actualmente trabaja en la redacción del Diccionario de obras cubanas de ensayo y crítica, que editará el Instituto de Literatura y Lingüística de Cuba (2012).

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