Una clase con Mario Coyula

El reconocido arquitecto Mario Coyula pasa revista a momentos de su vida profesional, opina sobre la vivienda y habla también de la producción arquitectónica y de monumentos, la cubanía y el urbanismo.

Jorge Luis Baños - IPS

Mario Coyula

El ejercicio intelectual que supone una entrevista logró animarlo, a unos pocos días de haber salido del quirófano. Es el arquitecto cubano Mario Coyula, un cuestionador por excelencia, con juicios agudos y a menudo heterodoxos, vertidos en un lenguaje que se aleja de todo academicismo.

En su casa, al pasar revista a su carrera, Coyula subraya los monumentos conmemorativos, tema al que ha dedicado textos en publicaciones como la revista Arte Cubano; pero también confiesa que, con el tiempo, lo sedujo el urbanismo, más que las edificaciones aisladas. “Una dentadura bonita no la hace una sola pieza”, explica y arguye: “la ciudad moldea a la gente y la gente moldea la ciudad”, por lo que advierte sobre la importancia de la cultura urbana.

Fascinado durante un tiempo por la obra de Le Corbusier , a quien cataloga hoy como un arquitecto formidable, un buen pintor y un urbanista peligroso, asegura que uno se tiene que ir desprendiendo de las obsesiones.

La trayectoria de Mario Coyula en la docencia dentro y fuera del país, y desde puestos de dirección, enriquece considerablemente su hoja de vida, en la que aparecen también varios libros, el último de los cuales, publicado recientemente con el nombre de Catalina, es una novela de amor asociada a La Habana.

Los conceptos de “buen gusto” y su opuesto tienen un fuerte componente clasista, incluso el racismo a menudo se esconde en ellos. Como portadores de mal gusto fueron tildados en su época el barroco, el tango y todas las manifestaciones de la cultura africana. En la Cuba actual, ¿qué considera de mal gusto y por qué?

(Te faltó el art nouveau, que aquí en Cuba se asociaba a operarios catalanes y no a arquitectos).

Para empezar, a mí no me gusta utilizar el término de mal gusto porque, inmediatamente, uno dice: “y el buen gusto ¿cuál es, quién lo posee y por qué?”. Es un territorio muy movible, inquieto. Uno puede hacer más objetiva la crítica a determinadas manifestaciones sin usar el término “mal gusto”. Lo que podemos decir es que hay una marginalidad que ha trepado y ha devenido dominante; por lo tanto, ya no es marginal. Se expresa en la forma de vestir, de oír música, de conversar…en todo, y rige. Es un público que demanda consumo y al que se le oferta. Se discutió mucho en el reciente Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) sobre todas esas manifestaciones facilistas. El gusto se asocia con la moda, con la arbitrariedad, con la frivolidad, es como un escudo cuando se dice “lo hice porque me gusta así”. Eso es fatal, tiene que haber un pensamiento, una conceptualización detrás de todo hecho creativo.

¿Podemos asociarlo a la falta de cultura, a la ignorancia, a la ostentación?

A todo eso. Esas intervenciones horribles en la arquitectura, con paticos y mujeres curvilíneas… todo eso sale de la misma base: una hibridación de la marginalidad urbana, en estrecha relación con viviendas precarias y los inmigrantes que venían de otras provincias, con costumbres impropias en el nuevo contexto. Los otros factores que se sumaron fueron la rapidez con que desapareció la clase dominante anterior, la burguesía, y la imitación a lo peor que se hace en Miami. Tenemos buena puntería para copiar lo peor que se hace afuera. Eso se une a veces a la necesidad, pero en un nivel considerable esas personas tienen dinero y más posibilidades de hacer daño.

Es curioso porque la burguesía, cuando surgió, fue despreciada por la aristocracia, que le reprochaba su mal gusto. Eran los nuevos ricos…

Sí, eran despreciados porque no sabían conducirse. Usaban mal los utensilios, colocaban los términos en el contexto equivocado. Tenían pretensiones de parecer aristócratas, pero no podían y hacían el ridículo.

¿Qué cree usted que sería viable para lograr en Cuba una producción arquitectónica media, equiparable o superior a la que tuvimos en la década de 1960?

Hay que devolverle la autoridad al arquitecto. Se la han quitado y ya muchos no saben ni que tenemos ese derecho. Los jóvenes no han conocido otra cosa. Habría que combinar esa autoridad con la creación de un público que le otorgue valor a la calidad. Es necesario hacer proyectos demostrativos y ensalzarlos en la prensa. Muchas veces, desde los medios, se confunde a la gente porque se celebran cosas mal hechas. No hay crítica especializada o hay muy poca. Yo he hecho crítica en revistas como Revolución y Cultura, pero tienen una tirada limitada.

He propuesto también la organización de concursos para que se evidencien las distintas posibles soluciones para un mismo proyecto. Hace tiempo yo estaba calificando aquí unos trabajos académicos (generalmente el estudiante malo utiliza muchos colores para disfrazar la falta de ideas). Había uno de este tipo y mi esposa pasó por detrás de mí y lo alabó. Le respondí: “Voy a suspender a ese estudiante”, y le expliqué. De pronto, le mostré un trabajo de cinco puntos y lo puse al lado del otro. Con eso la convencí.

Recuerdo ahora que hace años fue convocado un concurso para estudiantes con proyectos para el monumento a José Antonio Echeverría en Cárdenas, su ciudad natal. Emilio Escobar fue el tutor del proyecto que ganó el concurso y yo colaboré. En la plaza frente a la casa natal del mártir, el monumento era un gran bloque de mármol con su retrato, pero la cara sólo se podía ver desde un ángulo preciso, poniéndose en línea con la casa y el trazado de un camino en el piso. Infelizmente nunca se ejecutó. Lo contradictorio es que se realizaron muchos monumentos al margen de los concursos o incluso contra la recomendación de la Comisión de Esculturas Monumentales (Codema), pero varios proyectos premiados legítimamente en certámenes quedaron truncos.

¿Por qué ya no prospera la idea del concurso como mecanismo de validación?

Porque a los dirigentes les gusta decidir.

Es un asunto de poder…

Es ridículo porque se meten en un campo que no es suyo y muchas veces se equivocan.

El tema vivienda en Cuba, ¿cómo lo ve a la luz de los recientes cambios?

La vivienda se ha convertido en una mercancía, ya no tiene solo valor de uso, sino también valor de cambio. Eso es bueno para las edificaciones porque la gente va a cuidarlas, pero ya se está produciendo una redistribución de la población. Las personas con dinero van a los mejores barrios (El Vedado, Miramar, etc.) y los antiguos dueños de esas viviendas se meten en una cuevita por cualquier lado. Antes, con las permutas como único modo de intercambio, había una valoración en la que se tenía en cuenta el hacinamiento y otros factores.

¿Usted saluda o lamenta la comercialización abierta de las viviendas?

Es inevitable. Hay que aceptarla, al margen de que venga acompañada de otros problemas, como una diferenciación social más clara y violenta, con las zonas de vecinos más pudientes. No podemos utilizar el calificativo de elegantes, porque lamentablemente no lo son. Sin embargo, yo me acuerdo del peso, la autoridad, que tenía la Asociación de Propietarios y Vecinos de El Vedado.

Ahora pasa algo curioso. Yo, por ejemplo, tengo un edificio al frente, al que están arreglando, pero solo por la mitad. Los vecinos de un lateral son los únicos que pueden pagar las obras.

Si ocurre como en otros países, el que no puede pagar el mantenimiento, a la larga tiene que mudarse a un sitio más barato a partir de un reglamento de condominio… Todas estas son cuestiones del nuevo panorama en Cuba.

¿Entonces dejarán de ser democráticas nuestras ciudades?

Pienso que sí.

¿En qué estado se hallan las microbrigadas en Cuba?

Creo que existen nominalmente. A las microbrigadas las echaron a perder porque empezaron a usar esa fuerza para obras que no eran viviendas, su razón de ser, y la gente se molestaba al dilatarse el proceso de entrega, aunque siempre se estuvo de acuerdo en aportar una cuota de apartamentos para personas que no podían integrarse al programa.

No se puede perder de vista, tampoco, que se trata de un mecanismo de construcción con aprendices. Cuando ellos adquieren los saberes, les toca su apartamento y se van.

En Cuba, durante un tiempo, se perdió la mano de obra y el problema de la vivienda es violento. Yo recuerdo haber escuchado una vez a alguien referirse a lo bien construido que está el Reparto Camilo Cienfuegos, en La Habana del Este (se conformó en la década de 1960) y decir “es que todavía la gente no había aprendido a hacerlo mal”.

Por otro lado, hay una solución que a mí me gusta y que se ha usado en muchos países: la vivienda-semilla. Empiezan con un espacio mínimo, elemental, y un terreno. El propietario sigue luego por su cuenta, ampliándose y mejorando sus condiciones de vida, según sus posibilidades, claro, siempre con asesoría profesional. El problema ahora es que se prescinde de ese acompañamiento y los resultados generalmente son un desastre. En ese caso, sería una vivienda que se cualifica con el tiempo, lo contrario a las construcciones convencionales. Esta alternativa se ha aplicado mucho en América del Sur.

Recuerdo haber visto en Quito viviendas muy bien diseñadas y construidas, y estaban clasificadas como económicas, hechas para los trabajadores, pero no se las regalan, tienen que pagar una entrada y luego seguir pagando mensualmente.

En cuanto a la vivienda-semilla, hay que tener en cuenta que sus propietarios serían personas de muy bajos ingresos, que posiblemente no puedan pagarle a un profesional.

Se buscarían alternativas. El Estado podría dar facilidades de pago a plazos, por ejemplo.

Además, hay que pensar en hacer viviendas de alquiler y para la venta. Con ese financiamiento se pudiera asumir la construcción de otras.

En estos momentos, los alquileres están en manos de particulares.

Sí, son los mismos cinco pesos dando la vuelta. Es lo que en general nos pasa, tenemos una economía de recirculación, no se genera riqueza nueva.

¿Qué zonas de La Habana cree usted que merezcan una intervención puntual?

Casi todas. La zona norte de Centro Habana, por ejemplo, pero ¿de dónde sale el financiamiento?

Usted tenía proyectos para barrios ultramarinos…

Sí, y aquí mismo en el Almendares, alrededor del cual hay barrios como El Fanguito y El Romerillo, que fueron insalubres y han ido mejorando por lo que ya no clasifican como tal. Lo principal es que no sigan creciendo porque la anarquía y desorganización impiden luego beneficiarlos con una calle, por ejemplo.

Experiencias que han vinculado a artistas de la plástica con comunidades específicas, como, por ejemplo, a Fuster con Jaimanitas, ¿las ve con buenos ojos?

Son interesantes, pero hay que saber cuándo parar. Fuster les ha hecho obras gratis a sus vecinos y se ha convertido en un personaje en su barrio. Creo que es una experiencia positiva también lo que se ha hecho aquí, en el Callejón de Hamel, donde –por cierto–, durante las obras, descubrieron un cartel genial que dice: “Si no sabes, no te metas”.

Si cayera en sus manos, por ejemplo, el Mercado de Cuatro Caminos, ¿qué haría con él?

Hubo un tiempo en que el Mercado de Cuatro Caminos me hizo generar muchas ideas. Yo conservaría la estructura, pero lo abriría más al exterior. Es bueno que haya un mercado bajo techo en La Habana. Por otro lado, estamos trayendo la tierra buena de Alquízar y Güira de Melena para ensuciar la capital.

Otro punto es que en los mercados del mundo entero hay ofertas baratas de comida, con establecimientos que están abiertos hasta tarde. El famoso mercado de Les Halles, en París, yo recuerdo que tenía fama de ofertar la mejor sopa de cebolla de la ciudad.

La experiencia del Centro Histórico de La Habana se ha replicado, con sus adaptaciones, a otras ciudades patrimoniales del país. ¿Cree usted que pueda aplicarse también a otros barrios de La Habana, aunque no tengan la tutela señera de Eusebio Leal, e incluso aunque carezcan de igual densidad de sitios patrimoniales?

Por lo menos El Vedado tiene valores tremendos y una distribución urbana formidable. Hay que buscar fórmulas de autofinanciamiento y que la ciudad se pague a sí misma. Esto pondría fin a esos arreglos por oleadas, por campañas, que además son cosméticos, superficiales. El Vedado tiene museos, galerías de arte, hoteles, lugares como el Cementerio de Colón y otros con mucha historia.

En un momento de su vida, se cuestionó usted el proyecto del Hotel Riviera, ¿por qué?

Inicialmente lo cuestioné porque me pareció ridículo, es típica arquitectura de Miami en los años cincuenta. Ya no me parece así y me he dado cuenta de que las opiniones no deben ser tremendistas. Al Riviera lo que hay que echarle dinero arriba y cuidar lo que se vende allí al turista, que no siempre es lo más apropiado.

Nuestros museos y hoteles carecen de una venta especializada, según el perfil de la institución. En todas partes se vende lo mismo, amén de lo atinado de su concepción y de la calidad en cuanto a factura…

Pasa también con la música en la televisión, en todos los canales encuentras lo mismo.

En momentos muy planos, en los que muy pocas voces se levantaban para cuestionar decisiones de altos niveles, usted lo hizo. Es una postura de gran honestidad.

Bueno, ¿de dónde sale el impulso para el cambio? Como decía un profesor mío, Menéndez, el que hizo el túnel de La Habana por la parte cubana, “a mi edad me puedo dar el lujo de ser impertinente”.

¿Puede hablar un poco de su obra?

Una vez un alumno me preguntó si no hubiera deseado hacer más arquitectura, y debo reconocer que sí, pero disfruté también la docencia y el permitir, desde cargos de dirección, que los jóvenes asumieran proyectos interesantes. Lo que debería de haber hecho también es trabajar con el arquitecto joven porque a mí me gusta asumir los proyectos en equipo, de modo que al final no se sabe de quién fue una idea porque todos aportaron y eso es lo bonito.
Antes del triunfo de la Revolución, había trabajado durante varios años con un arquitecto y amigo, Oscar Fernández Tauler, quien compartía su estudio con el pintor y escultor Rolando López Dirube. Yo no recibía mucho dinero, pero me permitían experimentar. En aquella época tenía mucha fuerza la integración de las artes plásticas con la arquitectura. La mayoría de las obras fueron casas; recuerdo la de Pepe Fernández en Boca Ciega, y la de Tauler, un tío de Oscar, en Celimar. Casi siempre llevaron algún mural o escultura de Dirube. También colaboramos en el proyecto de un edificio de 17 plantas en la calle 23 entre D y E, en El Vedado. En 1959, año de su terminación, el edificio fue bautizado como Hermanas Giralt. Allí Emilio diseñó un enorme tímpano de hormigón texturado que bloqueaba la acción del sol.

Después del triunfo de la Revolución, me concentré mucho en viviendas campesinas agrupadas en pequeños poblados rurales. En 1966, con la participación de Joaquín Rallo y Roberto Gottardi, elaboré el proyecto de remodelación de la antigua Funeraria Caballero, en La Rampa, para convertirla en una Casa de Cultura. Trabajábamos in situ de forma voluntaria, fuera del horario habitual. Pocas semanas después de la promovida inauguración de la Casa de Cultura, se decidió cerrar la instalación a partir de un incidente ocurrido en su interior, con la mentalidad estrecha del marido engañado que arroja el sofá por la ventana (narración oral popular a propósito de la venganza de la víctima del adulterio). El público indeseable que iba allí, simplemente, cruzó la calle y se adueñó de otro sitio.

En los años setenta me dediqué mucho a la reanimación urbanística. Tomábamos una esquina como 23 y 12 o Cuatro Caminos y la transformábamos con pocos recursos. Por ejemplo, si íbamos a sembrar 12 árboles, eran del plan que tenía el municipio ese año. Así funcionó muy bien, pero estaba Oscar Fernández Mel al frente del Poder Popular en La Habana y él tenía mucha comprensión, pero también mucha autoridad.

Usted es autor, junto a otros creadores, del primer monumento abstracto en Cuba, también fue el primer presidente de la Comisión Provincial de Monumentos, en La Habana ¿qué particularidades aprecia en esta vertiente de trabajo?

Me he sentido muy feliz con los dos proyectos de monumentos conmemorativos en los que participé y que lograron concretarse. Esta vertiente creativa es una rara oportunidad de integrar la arquitectura con el paisajismo, el diseño urbano, la escultura y –si el resultado es bueno– con la poesía.

Emilio Escobar, Sonia Domínguez, Armando Hernández y yo disfrutamos mucho proyectando por las noches en 1965 y luego construyendo el Parque Monumento de los Mártires Universitarios, muy cerca de la Colina donde habíamos estudiado en la década del cincuenta. Seguimos un concepto revolucionario: en vez de poner la tradicional escultura en el centro de la plaza, formamos la plaza con el monumento, que es un muro de hormigón irregular según el período de la historia que refiere.

El bajorrelieve del muro está hecho con sacos de yute y papel de bolsas de cemento, tablas y sogas, clavados por dentro del encofrado. Son representaciones muy abiertas que no tratan de imponerle al observador un significado concreto. Ellas se vuelven cada vez menos figurativas a medida que la lucha se hacía más colectiva y, al final, se convierten en texturas que se funden con la del hormigón.

Para nosotros fue muy importante ganar ese concurso nacional: éramos jóvenes de alrededor de treinta años, amigos y compañeros de estudios, participantes en la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, que todavía estaba reciente, y le habíamos ganado en el certamen a muchos arquitectos conocidos. El monumento en sí ha envejecido bien, a pesar de la falta de mantenimiento y de que nunca se completó. Está allí, con una vida propia que ya es independiente de nosotros.

Tengo entendido que se completaba con áreas verdes…

La vegetación es el elemento más vulnerable. Es fácil maltratarla, cambiarla, por eso tienes que fotografiar tu obra cuando se inaugura, antes de que caiga en manos de vándalos, pero también hay un problema psicológico en Cuba al respecto. En otros lugares, por ejemplo, tres árboles cualifican un terreno. Aquí hay manía de podar, arrancar y tumbar. Estaba previsto que el monumento incluyera un espacio con vegetación, que es como el símbolo de la vida que nace, pero ha habido alguien que, creyendo hacer bien, se ha empeñado en privarnos de ella.

Igualmente disfruté el proyecto del Mausoleo del 13 de Marzo en el Cementerio de Colón. También fue una obra conjunta en la que intervino otra vez Emilio Escobar y con ella ganamos un concurso a fines de 1981. Es más sencillo: consiste en una gran hilera de banderas de acero inoxidable que funciona como un reloj solar, arrojando cada 13 de marzo la sombra a lo largo de una franja en el piso, donde se marcan las horas. Cuando llega a las 3:15, hora del Asalto al Palacio Presidencial, se puede encender una llama en ese punto como inicio de la ceremonia. El piso de la plazuela está adoquinado para recordar la lucha callejera, y tiene unos abombamientos que obligan a caminar mirando al piso. Al bajar la cabeza para mirar dónde se pisa, se rinde así homenaje a las tumbas de los caídos. José Villa, un gran escultor cubano, entonces muy joven, colaboró en la ejecución de las banderas.

Hubo también proyectos que no se materializaron…

Sí, varios, entre ellos un monumento a Ernesto Che Guevara en Santa Clara porque me quedé envenenado con el proyecto que iba a hacerse, y que finalmente se materializó. Mi idea era, en vez de una escultura, hacer un camino porque lo que el Che dejó fue un camino. Primero había un bosque natural y de ahí salía un sendero bordeado también con árboles y que llegaba a la punta de la Loma del Capiro. Ahí habría como una estrella desensamblada, con pedazos en el piso y otro a modo de techo. Dejábamos un espacio y a través de él verías el cielo, la tierra, la gente, la vida. Me parece que era una buena idea porque yo digo que los monumentos tienen que estremecer. No hace falta sumar un monumento más por el solo hecho de tenerlo, ellos tienen que sacudir, hacer pensar, hacer vibrar.

También trabajé, de 1963 a 1965, con especialistas polacos en un proyecto que no llegó a materializarse, para Playa Girón. Aprendí mucho de ellos, a pesar de su juventud, porque los polacos tienen una tradición constructiva tremenda Eran dos arquitectos, un escultor, una diseñadora de interiores y un ingeniero.

¿De qué manera un arquitecto puede lograr un sello de cubanía en su obra?

Siendo auténtico con él mismo y ateniéndose al clima. A nosotros la cubanía nos sale sola en cualquier expresión artística, no hay que endilgarle a la obra un sombrerito de guano ni una guayabera. (2014)

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