Las nuevas películas del rey

La 36 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano fue una vez más esa vitrina que muestra los quehaceres en su diversidad de poéticas, líneas temáticas y estilos.

Jorge Luis Baños - IPS

El Festival de Cine Latinoamericano actualiza al público de la isla sobre las novedades cinematográficas dle continente.

Siempre pienso en el hacedor de cine latinoamericano como aquel personaje de La película del rey, quien en medio de verdaderas tragedias (sin productor ni actores ni dinero…) sigue soñando (y haciendo) su obra, o al menos intentándolo.

 La 36 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano fue una vez más esa vitrina que muestra los quehaceres en su diversidad de poéticas, líneas temáticas y estilos. Comentaremos algunos de esos títulos, representativos de los mismos.

FAMILIAS DISFUNCIONALES Y ADOLESCENTES REBELDES:

Gran tema de este festival, los núcleos conflictivos y sus más jóvenes miembros hicieron mayoría este año.

Ópera prima del ecuatoriano Diego Araújo, Feriado, que ya tuvo su bautizo de fuego al estrenarse en la Berlinale (en su acápie Generation) de este año. Después de graduarse en producción audiovisual en la Universidad San Francisco, de Quito, y aventurarse en algunos cortos además de editar para la televisión en New York, el joven cineasta debuta en el largo con un filme personal y sensible.

Juan Pablo, adolescente de clase media alta, es testigo de un episodio donde la policía golpeaba a unos muchachos que robaban durante un feriado de carnaval en una hacienda de familia en la serranía andina. Las reacciones que este acontecimiento provoca en él, lo impulsan a un viaje de autodescubrimiento, en el que se rebela en contra de su familia y se adentra en el universo de Juano, un joven de origen modesto y fan del black metal. Como fondo aparece el llamado “feriado bancario”: cierre de bancos ocurrido en Ecuador el 8 de marzo de 1999 luego de la orden de congelar el dinero, en el gobierno de Jamil Mahuad, pero ello no es un mero “telón histórico” sino que detenta toda una connotación simbólica al establecer un notable contraste: mientras la economía del país colapsa y se produce un cisma social, el adolescente protagónico busca y parece encontrar su camino. El personaje no solo emerge con intereses artísticos que lo diferencian de primos convencionales y cargantes (pinta y hace poemas) sino que a medida que se relaciona con el mundo diametralmente opuesto de su nuevo amigo –comenzando por sus ancestros, en su caso de ascendientes europeos, mientras Juano es plenamente indígena- va descubriendo un mundo inusitado, donde tiene un papel decisivo la incipiente sexualidad.

ípico “coming of age” –textos basados en la búsqueda de la identidad por parte de los adolescentes-, Feriado se concentra admirablemente en esa travesía compleja y apasionante de Juan Pablo; para ello, toma como certero cómplice a la directora de fotografía Magela Crosignani, quien ha reflejado con indiscutible virtuosismo esa estación de cambios e irrupciones del protagonista que constituye el meollo dramático del filme. Los verdores de la salvaje naturaleza que los amigos recorren, la ciudad que gusta Juan Pablo de apreciar en lo alto e invertida –quizá un guiño a las designaciones sobre cierta condición sexual-, la fuerza de los colores en el entorno, que tienen su momento cumbre en la zambullida en el río –del que emerge el joven como renovado, con otra visión del mundo y la vida- refuerzan desde la imagen los supraenunciados fundamentales del relato. Muy notables son los desempeños de Juan Manuel Arregui (Juan Pablo), Manuela Merchán (la prima cómplice) y Diego Andrés Paredes (Juano), quienes asumen sus roles con apreciable sensibilidad.

Ciencias naturales, de Argentina, trae a otra adolescente como protagonista; Lila tiene 12 años, y ya ha transitado físicamente hacia la condición de mujer; es interna en un colegio para niñas en plena montaña, sito en Córdoba; su poco rendimiento y sus intentos de fuga tienen un nombre: está obsesionada con la idea de conocer a un padre cuya identidad le ha sido escamoteada por su madre. Con la complicidad de su profesora de biología, ella se lanzará de lleno a lograr el objetivo. El director Matías Lucchesi emprende en esta, su ópera prima (laureada ya en la Berlinale, Guadalajara y San Sebastián) una narración lineal, ausente de complicaciones y torceduras. A diferencia de otros títulos con temas semejantes (Juana a los 12 o La otra orilla, por ejemplo) tenemos acceso a información sobre las motivaciones de los personajes y el porqué de sus actitudes. Una hermosa partitura también muy sencilla, sobre la base de cuerdas, acompaña este sensible road movie en torno a búsqueda de esencias e identidades, viajes hacia sí mismos (no por gusto Lila cambia de humor al finalizar el periplo) más una fotografía que explora con esmero el entorno, suerte de prolongación del argumento: el cruel invierno –un desafío que afrontan las valientes mujeres- y la naturaleza salvaje del lugar, semejante a la de la joven protagonista. Quizá hubiera sido pertinente conocer un poco más sobre el pasado de la profesora que va adentrándose en la tenacidad de su “novicia rebelde” y haciéndose cada vez más su cómplice, a contrapelo de la misma directora del plantel. Pero con todo, Ciencias naturales es una graciosa y motivadora “coming of age” que desde su minimalismo, invita a la reflexión y el análisis. Los desempeños sutiles y concentrados de Paula Markovitch (Lila) y Paola Barrientos (la profesora), también premiados ya, complementan esos valores.

Segunda obra y primera de ficción del carioca Felipe Gamarano Barbosa (debutó en el cine haciendo documentales), Casa grande es otra disfrutable “coming of age” que en realidad estudia la familia disfuncional de Jean, adolescente empeñado en huir de la sobre protección de sus progenitores. Por un lado, el padre, un rígido bancario no muy honesto, cuya hermosa mansión y su fortuna, ahora en crisis, parecen haberse levantado mediante procederes nada limpios, y por otro lado, la madre, una beata que recibe clases de francés. Con una hermana menor a la que califica de aburrida, aunque al final salva a los padres de un paso en falso, Jean prefiere relacionarse, tanto erótica como afectivamente, con las clases inferiores. Aunque pareciera un contraste melodramático y hasta telenovelero, afortunadamente Casa grande dista de tales enfoques; por el contrario, su tono es muy sereno y realista, se mueve entre la élite de Río y sus zonas humildes, desde la opulencia a punto de destruirse que constituye el contexto familiar del protagonista hasta la escuela pública, adonde asiste en ómnibus cuando su chofer es despedido. Mediante una narrativa lineal, ágil y libre de zonas muertas, Barbosa va develando motivaciones y rasgos de sus personajes así como sus interrelaciones entre ellos. Las preocupaciones de estos seres humanos no se quedan en el ámbito sicológico o afectivo, sino que trascienden a lo social: las oportunidades vocacionales mediante el sistema de cuotas –que permiten el acceso de estudiantes menos favorecidos a prestigiosas universidades- y los prejuicios raciales, son algunas de ellas. Pero sin dudas, lo más importante parece ser la evolución del adolescente protagónico, quien aprende, entre otras cosas, que a veces la familia adquirida, elegida voluntariamente, es mejor que la impuesta, aprende también que una persona socialmente inferior –como su novia Luiza- puede enseñar más que los padres o la misma escuela, y que no siempre los modelos educativos y morales corresponden a las apariencias, como comprueba dentro de su propio núcleo familiar. Favorecida también por un competente equipo actoral (Alice Melo, Bruna Amaya, Marcello Novaes, Suzana Pires, Thales Cavalcanti…), una música que apoya diegéticamente las contradicciones que pulsa la trama –desde el forró al samba-canción- y una apreciable fotografía, que, aunque se incorpora eficazmente en focalizar ese Río de Janeiro de tantos contrastes, evita el paisajismo turístico, Casa grande invita a seguir de cerca la incipiente carrera de Gamarano Barbosa.

Con Hongos, premiada ya en varios festivales del área, el colombiano Oscar Ruiz Navia (Solecito) se nos pasea por un Cali transido por jóvenes grafitteros que desean salvar el mundo de la contaminación ambiental y la depredación al reino animal. Como parte de la cultura hip hop, pintan murales que la policía interrumpe, asisten a conciertos de heavy metal, practican el sexo grupal y se enfrentan a sus propios conflictos familiares y amorosos. Uno de ellos es negro, la madre integra una comunidad evangélica; el otro vive con la abuela enferma de cáncer y trata en vano de recibir ayuda de un padre que se cree un tenor de ley cuando dista mucho de ello. Aunque se aprecia una estimable ironía por parte del director al emplazar los excesos de discursos, la verborrea de bar o los fundamentalismos de cualquier signo –políticos, religiosos y/o estéticos-, la obra se resiente por la absoluta falta de organicidad que presiden su guión y su ulterior puesta en pantalla, pletóricos de pasajes superfluos y cabos sueltos. Su propósito de trasmitir estados de opinión y sondeos sociales más que una historia propiamente dicha, falla en términos generales por carecer de cohesión, aun cuando algunos pasajes valgan en sí mismos y se disfrute una música incidental (salsera) de agradable factura.

EN FIN…

El cine latinoamericano sigue reinventándose, a pesar de los pesares, continúa mostrando la aplaudible terquedad de aquel Quijote que no se dejó vencer ante los nuevos molinos de viento en La película del rey, y continuó, hasta la próxima obra.

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