A debate

Ley de prensa en Cuba: en el banco de la espera

José Jasán Nieves

Periodista y coordinador de la plataforma eltoque.com

Ha sido dicho en múltiples espacios, aunque a veces otras discusiones parecieran desviar la atención de lo que cuenta con consenso: el problema de la prensa cubana, de la hegemónica, la que llega a la mayor cantidad de habitantes del país, es la injerencia política que padece.

Un sistema de comunicación que no es entendido como recurso público sino como arma ideológica, ha condicionado que las urgencias del sistema político se antepongan a la agenda de la ciudadanía. Dicho de otra manera, la subordinación de la prensa al aparato ideológico del Partido Comunista de Cuba provoca que se prioricen los intereses y decisiones de los funcionarios políticos, en lugar de reflejar primero lo que preocupa a las personas y procurarles respuestas a sus inquietudes.

El vacío legal que deja sin concretar derechos consagrados en la Constitución (el derecho a la opinión y a recibir respuestas de las administraciones, por ejemplo) y la ausencia de otros derechos, como el derecho a la información, refuerza ese estado de cosas. Para terminar con la discrecionalidad de las decisiones en este campo, que es usada como un arma de doble filo, para repartir favores o serruchar potencialidades, es que muchos cubanos pedimos una ley para esta área.

Como otros colegas ya han planteado antes, la legislación necesaria ya no es la Ley de Prensa que se está reclamando en el gremio periodístico desde finales de la década del ochenta del siglo XX. Además, me preocupa profundamente que amanezcamos un día con un Decreto-Ley sobre la Comunicación en Cuba, escrito entre pocas manos, sin participación social y aprobado por ucase.

Sí, creo que lo más beneficioso para el país sería un instrumento jurídico que norme el acceso a la información y abra puertas a la transparencia de la gestión pública. Esos dos principios, acompañados de una atemperación de los modelos de gestión reconocidos (solo la propiedad estatal sobre los medios de comunicación) a la nueva realidad del creciente acceso a Internet y lo formatos multimedia, podrían permitirle a Cuba beber de las mejores experiencias internacionales y dotar a la ciudadanía de herramientas jurídicas que dejen claras las reglas del juego institucional y terminen con el estado de ilegalidad de muchas propuestas mediáticas, que han surgido para satisfacer necesidades no cubiertas por el aparato hegemónico estatal.

La comunicación pública en el país necesita pensamiento y políticas claras, pero no para tratar de restringirla y llevarla a la zona de confort de los funcionarios estatales y los comisarios ideológicos que todavía no han comprendido que, en tiempos de Internet y celular, ya no pueden controlar todos los flujos de información.

Creo que es necesario dotarnos de instrumentos relacionados con el periodismo y el acceso a la información y diferenciarlos de la comunicación comercial y la propaganda, demarcando sus diferentes espacios. Por suerte, desde hace años se expresan opiniones desde la academia y la sociedad civil, que bien podrían contribuir a la gestación de esas políticas.

Como participante en varios de estos medios, por supuesto que abogo por su legalización. Yo no comulgo con la matriz de opinión que insiste en decir que son inventos foráneos, diseñados en laboratorios para subvertir el orden en Cuba. He tenido la oportunidad de trabajar en varios de esos medios y conocer a muchos de los jóvenes que intentan mantener a flote revistas de los más variados temas, y en ellos, al igual que en los periodistas que nos hemos lanzado a hacer/sostener/aprovechar las nuevas publicaciones, identifico factores comunes: la voluntad de realizar(se) con productos que respondan a las necesidades de la audiencia, al mismo tiempo que impulsen la superación profesional y dignifiquen el oficio de los comunicadores.

Excluirlos del tejido mediático del país lo único que logrará será apartar mentes creativas y voluntades que no están enfrentadas con el modelo social y que solo defienden su derecho a tomar la iniciativa, a no esperar por el cumplimiento de promesas que ya acumulan más de tres décadas, a experimentar sin el peso de las burocracias instituidas.

A la altura de cinco años de emergencia de estos nuevos medios (proceso simultáneo al creciente acceso de los cubanos de dentro a Internet y la democratización de las tecnologías de información, pero también a la reforma económica que abrió puertas a nuevos negocios privados y cooperativos) considero que ya estamos recogiendo como país los resultados de esa contradicción dialéctica entre el estatismo y la pujanza de proyectos jóvenes.

Hoy se puede encontrar contenido de mucha calidad en la web y en las revistas en PDF, lo cual —junto al hecho de que son periodistas graduados en las universidades del país, quienes además de trabajar en los medios estatales también impulsan las iniciativas no estatales— está permeando poco a poco algunos espacios de la prensa oficial. Para mi gusto, todavía son extremadamente pocos, pero se agradece el esfuerzo por ofrecer, por ejemplo, productos más cercanos al periodismo narrativo en periódicos de circulación nacional y provincial.

Eso en lo formal, pues creo que el mayor impacto lo están causando en la remoción de la parálisis informativa en que suelen caer los medios estatales a la espera de permisos: hoy casi todos los actores que deciden en ese sistema están conscientes de que mientras más demoren en hablar de un tema, más espacio dejan para que otros lo cuenten a su manera, y eso, percibo yo, ha comenzado a generar modificaciones de “comportamiento” editorial.