A debate

Las religiones en Cuba durante tiempos de cambios

Para nadie es secreto que los años noventa del pasado siglo trajeron consigo una gran crisis política y económica en la sociedad cubana, caracterizada por el desorden, la ineficacia e incomunicabilidad de los valores, además de la falta de horizonte al carecerse de objetivos comunes, haciéndose evidentes los síntomas de varias crisis que se manifestarían en todas las instituciones de la vida del país: las familiares, las laborales, las políticas, las estatales, las educativas, las culturales, entre otras.

Pero estas crisis también trajeron consigo una nueva reconfiguración en el escenario religioso de nuestro país. En medio de anomias sociales, el fenómeno religioso se convirtió en el último peldaño de la escalera, en el cual muchas personas buscaron un hálito de esperanza y resistencia. Experiencias religiosas de todo tipo emergieron en la sociedad cubana, desde variadas manifestaciones con discursos cristianos hasta las más diversas experiencias espirituales de corte orientalista.

En este nuevo espacio cubano, según especialistas del Departamento de Estudios Sociorreligiosos en su libro “Los Nuevos Movimientos Religiosos en Cuba”, aparecieron grupos…

“…con nuevos rostros que emanaron de uniones, fragmentaciones y sincretizaciones condicionadas por la realidad social cambiante; otros llegaron desde distintos países en un escenario de mayor apertura hacia el exterior, los hay también resultantes de iglesias plantadas con intereses ideológicos. No solo se trataba de nuevos nombres y corrientes emergentes que generaban atracción, rechazo o conflictos, sino de cambios en los discursos, en los lideratos, en las liturgias, prácticas religiosas, así como nuevas propuestas para asumir la vida desde la fe” (Varios: 2013:27).

Considero que además de estas afirmaciones hay varios factores que han contribuido a esta visibilización y proliferación del fenómeno religioso en Cuba. Por ejemplo, debemos tener en cuenta el incremento en nuestro país del flujo turístico y la entrada de estudiantes de América Latina, Asia y África, ambos han aportado nuevas formas religiosas no conocidas como el caso del resurgir de las identidades indígenas tanto en el oriente del país como en el occidente.

De estos últimos tenemos cubanos que se declaran taínos, yucatecos, mixtecos, etc. En la Habana Vieja se reúnen para estudiar el Popol Vuh, se hacen celebraciones y rituales a la Pacha Mama, concepción andina que nada tiene que ver con nuestras raíces. Se realizan sanaciones con chamanes que vienen de México y otros lugares, en fin, por tan solo citar estos ejemplos. Sírvase también el incremento del Islam con todas sus escuelas, los tres tipos de budismos tibetanos, las variantes que se están dando dentro de las religiones cubanas de origen africano, nuevas iglesias como la Gnóstica y Comunidad Metropolitana, ministerios evangélicos de todo tipo. Hoy estamos asistiendo a lo que el sociólogo chileno José Bengoa ha denominado las múltiples identidades. Ese es otro de los factores, la crisis también es de identidad pero que su vez trae consigo paradójicamente un proceso de multiculturalidad.

Hoy nuestra casa común, se ha mundializado. Esta mundialización ha hecho posible que todos los seres humanos cohabitemos unos junto a otros, donde los medios de comunicación social ayudan a este conocimiento cultural del mundo, aún sin tener contacto físico los unos con los otros.

Ya es natural que desde etapas tempranas de nuestra vida, observemos y aprendamos, culturas, religiones, tradiciones, folklore, rituales de los diferentes pueblos de la tierra, provocando en nosotros un conocimiento cercano de los mismos. Por supuesto, al observar todas esas tradiciones, se hace inevitable la comparación con las nuestras y a partir de ese momento, vamos comprendiéndolas como una más entre las muchas que en la humanidad existen o incorporamos las otras en las nuestras.

Son algunos destellos, esto es un tema muy grande para tan poco espacio. Me quedarían algunas consideraciones de carácter económico, el tan abrumador tema del poder y de los ciertos beneficios que hoy tienen las religiones institucionalizadas.

El gran respeto por parte de las autoridades cubanas por los sentimientos religiosos de las personas y los cambios en la Constitución de la República, en 1992, hicieron que aumentara el número de personas con alguna creencia en Cuba. No puedo decir que varió mucho el panorama religioso en Cuba, pues todas las religiones han estado presentes en nuestro país desde el tiempo colonial.

En las religiones de origen africano en Cuba, después de la pasada década de los noventa (del siglo XX), el panorama religioso ha variado bastante ya que, por lo general, históricamente, los practicantes de esas religiones eran personas de clase baja, pobres. Luego de los noventa, cuando se produjo el boom religioso, en determinadas casas religiosas la fe se ha convertido en un medio de vida y, por lo tanto, hay que ser económicamente solvente o tener alguien que pueda sustentar el costo de la iniciación, en el caso de la Santería.

Si “últimos años” se refiere al cuarto de siglo transcurrido desde 1993 —año en que el Estado cubano renunció al “ateísmo científico” hasta entonces imperante y asumió la laicidad—, yo diría que el “panorama religioso” en la ciudad de La Habana, donde vivo, trabajo y profeso, viene mostrando un crecimiento cuantitativo más que notable. Aunque, hasta donde yo sé, no existen cifras estadísticas al respecto, basta caminar por cualquier barrio de la ciudad (de los periféricos o “marginales”, y de los que no lo son) mirando en derredor, para que el ojo del buen cubero nos confirme este aserto: numerosas personas de todas las edades y colores de la piel vestidas de blanco de los pies a la cabeza, exhiben los atributos religiosos que los acreditan como iniciados en la Santería (religión cubana de origen yoruba o lucumí), o pulseras y collares que los identifican como seguidores de esta religión. Tampoco escasean a la observación atenta, los crucifijos cristianos colgando de los cuellos de creyentes evangélicos o católicos.

Más allá de La Habana, en ciudades como Santiago de Cuba, en la que la Santería apenas era conocida hace unos años, la religión lucumí hoy cuenta con decenas de miles de practicantes y cientos de sacerdotes y sacerdotisas. (Ver Hacia una historia de la santería santiaguera y otras consideraciones de Abelardo Larduet Luaces, Editorial del Caribe, Santiago de Cuba, 2014).

La Asociación Cultural Yoruba de Cuba —entidad que agrupa a miles de practicantes de la religión lucumí, aunque ni remotamente a todos— cuenta con filiales en casi todas las provincias del país y en la ciudad de Miami. Y el Cabildo Lucumí Ifá Iranlówo —de cuya dirección formo parte— congrega a seguidores con casas templos reconocidas en las provincias de Matanzas, Camagüey y Holguín.

Por otra parte, las hermandades abacuá o ñáñigas, que solo existen en las ciudades puertos de Cárdenas, Matanzas y La Habana, se han multiplicado como hongos después de la lluvia en los últimos años, sobre todo en esta última, donde crecen, no solo la cantidad de iniciados, sino la cifra de nuevas “potencias” o “juegos” que ya sobrepasan las 200 en las tres ciudades aludidas, cuando hace 20 años apenas eran poco más de 100.

He leído no hace mucho (lamento no recordar ahora dónde) que la mayoría, con mucho, de las entidades religiosas inscritas en el Registro de Asociaciones del Ministerio de Justicia, corresponden a las distintas denominaciones del espiritismo cubano.

En Cuba se han producido grandes cambios en el panorama religioso, que se evidencian por una fragmentación del campo religioso. Todas las semanas aparece un grupo religioso en Cuba, pero la feligresía de algunas iglesias tradicionales, como la católica —igual que en otros países de América Latina—, ha declinado grandemente. Y esto se debe a factores internacionales e internos.

Hoy la Iglesia católica está en una de sus peores crisis, lo cual no quiere decir que el Papa Francisco no esté tratando de reconstruirla. Pero, claro, llevar adelante ese propósito no es fácil para una institución que es universal. El Papa Francisco ha sido acusado de marxista.

Se ha incrementado la presencia de nuevos movimientos religiosos (fundamentalmente dentro del ámbito evangélico-protestante o con referencia a este campo) y de religiones tradicionales en otras partes del mundo que no habían tenido un trabajo sistemático en Cuba (como la Fe Bahai por ejemplo, y en el caso del cristianismo, las iglesias ortodoxas de Rusia y Grecia). Por otro lado, los diversos grupos religiosos vienen ganando en visibilidad y alcance en términos geográficos y de membresía, así como en infraestructura y publicaciones, lo cual incrementa su impacto social.

Existen ciertamente algunos nuevos movimientos religiosos. Solo se ha tratado de introducir algunas variantes de la religión cristiana, creadas en estos últimos años. Se han producido cambios en la geografía de los lugares de culto, por ejemplo, desde 2015 tenemos, en la Habana Vieja (Oficios 13 entre Obispo y Obrapía), una gran mezquita para la comunidad islámica en Cuba.

Una de las religiones que más está creciendo en Cuba en los últimos años es el islamismo, porque hay un gran patrocinio y fuertes inversiones de Arabia Saudita en el país. Muchas personas que se integran a un grupo religioso lo hacen por intereses económicos y también porque tienen situaciones personales difíciles y esperan un milagro para sobrevivir.

La Iglesia católica tiene una gran posibilidad de influencia. porque es la única que mantiene relaciones oficiales a través de la Santa Sede con el gobierno cubano. El Vaticano nunca ha apoyado el bloqueo estadounidense contra Cuba. El declive de la práctica católica se inició al principio de la Revolución (cubana de 1959), cuando gran parte del clero, de origen español, tenía como condicionamiento lo que había sucedido cuando cayó la República Española. Esto incidió en una especie de ruptura en aquellos años, cuando la dirigencia revolucionaria adoptó el socialismo como modelo socioeconómico para Cuba, pues hay que recordar que la Iglesia católica era marcadamente anticomunista.

En el caso de las iglesias evangélicas, su incidencia se inicia con la presencia de las misiones estadounidenses en Cuba, a raíz de la ocupación militar de la isla a finales del siglo XIX. Por otra parte, muchos patriotas cubanos que se exiliaron en Estados Unidos encuentran en la iglesia protestante, de raíz evangélica, un cristianismo mucho más avanzado y progresista que el cristianismo español que dominaba en Cuba.

Además, están presentes las religiones cubanas de origen africano que, como es conocido, están asociadas a la trata, cuando los esclavos africanos fueron arrancados de sus tierras y traídos por la fuerza a Cuba. Cada grupo vino con sus creencias y tradiciones religiosas, que ya en territorio caribeño se mezclaron entre sí y también con el catolicismo, la oficial y única religión permitida en la isla de aquel tiempo. Aquellos esclavos tuvieron que mezclar sus creencias con la de los blancos y así surge el sincretismo religioso. Por ejemplo, las deidades africanas se mezclaron con las católicas: Oshún (la Virgen de la Caridad), Yemayá (la Virgen de Regla) y otras. Así, los esclavos encontraron el modo de hacer sobrevivir sus creencias en un medio completamente hostil.

Cuba no escapa tampoco al crecimiento de las corrientes neopentecostales, fenómeno que prevalece hoy en el mundo. Por cierto, esas corrientes están teniendo un fuerte impacto en la reconstrucción de la extrema derecha mundial y de América Latina. En Cuba, por ejemplo, estos nuevos movimientos religiosos han aumentado notablemente, reciben fondos de Estados Unidos y se piensa que es muy probable que ejerzan presión para abstenerse o no votar en el actual proceso de reforma constituyente.

Pienso que, en este momento, todas las manifestaciones religiosas tienen un fuerte impacto en la sociedad, tanto la católica, como las protestantes y evangélicas, como las de origen africano. Hay muchas causas… entre ellas podría mencionar las existenciales, pues muchas personas, al verse carentes, buscan en la religión algo a qué aferrarse; está también el factor económico, por lo que determinadas personas usan la religión para “especular” o enriquecerse, otras entran a las iglesias donde saben que se reciben determinados donativos o medios materiales… En fin, son múltiples las razones, pero lo cierto es que el impacto es grande en la sociedad cubana.

También pasa que, a nivel popular, las más visibles son las de origen africano: la santería, entre ellas, porque los creyentes usan determinadas prendas para hacer la iniciación. Por ejemplo, es preciso contar con determinados enseres, artículos o servicios ceremoniales, de modo que es más evidente su presencia; mientras las otras no, pero esto no significa que también existan y tengan fuerza. Basta con salir un domingo y caminar por cualquier ciudad de Cuba para ver las iglesias repletas de personas mayores y también de jóvenes.

Creo que buena parte de la respuesta a esta pregunta está contenida en la anterior. Ahora bien, según lo aprecio, y siempre atenido al “ojo del buen cubero” ante la ausencia de cifras estadísticas públicas, me atrevería a aventurar que, en la actualidad, las tradiciones religiosas más impactantes en la sociedad cubana actual —numéricamente, repito— son las de origen africano y las formas de espiritismo: kardecsiano, “cruzado” y “de cordón”.

 

Cuesta trabajo determinar cuál impacta más. Si lo hacemos por lo que vemos en las calles diríamos que las religiones cubanas de origen africano, específicamente Ocha-Ifá se muestran más visibles. Las investigaciones denotan que casi todas crecen y tienen impacto en la sociedad cubana. Sin embargo, en mi experiencia, quizás el mayor impacto hoy lo tenga el cristianismo y un determinado grupo de denominaciones más conservadoras.

Desde mi comprensión como pastor y teólogo puedo apuntar desde el cristianismo lo que está sucediendo en Cuba. Creo que existe un entramado socioteológico que debemos ver por separado.

En primer lugar, quisiera referirme a ciertas teologías que se postulan como posmodernas o que adquieren ese talante. Una de ellas es la llamada “Teología de la Prosperidad”. Esta vinculación con la posmodernidad puede ser demostrada si tomamos en cuenta algunos elementos del discurso que caracterizan esta perspectiva: solución mágica inmediata de los problemas humanos, pragmatismo, seguridad de los resultados, atractiva invitación a participar del negocio de Dios. La creatividad de la Teología de la Prosperidad, radica en los elementos que la tornan atractiva y revestida de un ropaje de infalibilidad: ley de prosperidad, ley de sembrar y cosechar, inversión en negocios altamente lucrativos y donde el riesgo del capital invertido es mínimo o inexistente, entre otras.

Esta teología modifica la comprensión de Dios, pues de un Padre/Madre solidario/a con su creación, se torna un capitalista a ultranza, que se pronuncia a favor del mercado. El elemento cristológico de un Jesús de Nazaret que nació pobre, vivió pobre y murió pobre, se muta en un Jesús rico que está a favor de la acumulación y de los poderosos. Un Evangelio de discipulado, de seguimiento riesgoso de Jesús, se convierte en un Evangelio de ofertas y esto es muy tentador en medio de una sociedad que aún está definiendo su modelo económico.

El segundo modelo de teología visible es lo que pudiéramos llamar de “Teología Simplista”. Este modelo no es nuevo, ya que siempre ha estado permeando algunos sectores de la iglesia cristiana, pero ahora se ha reinstalado en cuerpos eclesiales y denominacionales. Consiste en simplificaciones de los problemas sociales y económicos que son resultado de políticas como el llamado neoliberalismo que. en lenguaje más gráfico y rotundo, para otros es: el capitalismo salvaje.

Para esta teología, toda la realidad, incluyendo la económica y social, se reduce a cuestiones espirituales. El desempleo es cuestión de demonios, la corrupción de gobernantes —ese flagelo que pareciera no tener fin ni conocer de límites y geografías— es culpa de los cristianos, y todo el interés de Dios pasa, exclusivamente, por la Iglesia, como si Dios no fuera el Creador también de la familia, el trabajo y el Estado. Pudiera confundirse con ciertos fundamentalismos pero no lo son.

Y el tercer modelo precisamente es la que denominamos “Teología Fundamentalista”. Y aquí quiero detenerme.

No es necesario en esta entrevista hacer la historia del Fundamentalismo pues ya otros lo han hecho y sería llover sobre mojado. Lo que pretendemos mostrar es que el fundamentalismo no es solo la interpretación literal de un texto bíblico o el cumplimiento irrefutable de algún designio divino. Tampoco debe ser confundido con la Teología de la Prosperidad, aunque esta última bebe del fundamentalismo. Partimos de la premisa de que el fundamentalismo es también una condición humana, y se mueve en base a intereses y objetivos bien precisos. Por supuesto, en el caso religioso siempre buscará el basamento divino que garantice su objetivo final, y para este fin utilizará todo tipo de dispositivos con matices teológicos, convirtiéndolos en categorías sistémicas, lo que provoca la pluralización del término. Siendo así hablaríamos de Fundamentalismos.

Dos tipos de fundamentalismo se observan de manera distintiva en las iglesias cubanas. Uno, el más conocido, caracterizado por el literalismo bíblico, la separación de la iglesia como ente extraterrestre que nada tiene que ver con los asuntos de la tierra, donde el pecado sigue dominando el mundo a través de Satanás y se combate este pecado a través de guerras espirituales, cadenas de oraciones y ayunos; la iglesia como única vía verdadera para la salvación del ser humano, además el ecumenismo es visto como el gran peligro diabólico de estos tiempos y las otras religiones son falsas, entre otros.

El otro fundamentalismo, tiene su vertiente en nuestras denominaciones más históricas y viene manifestándose desde la contraofensiva teológica al primero, con propuestas teológicas más liberadoras, actualizaciones y re-lecturas bíblicas, una iglesia que acompaña los procesos sociales, comprensión del pecado como algo estructural y donde el ecumenismo tiene una lectura humanista, representado en algunos líderes y las otras religiones son destellos de la revelación de Dios pero la consumación final de esta revelación ha sido en Jesucristo. Esta postura también puede ser considerada de fundamentalista pues no admite al interior de sus elaboraciones teológicas otras posturas que diverjan de sus exclusivas verdades. Es un inclusivismo disfrazado de exclusivismo. Solo es aceptado quien cree y piensa igual, además no hay diferencias entre ambos pues usan los mismos instrumentos mediáticos: Dios, Jesús, Biblia, designios, dogmas, doctrinas, entre otros.

Estas tres dimensiones teológicas nos alertan y todas ocupan de una manera u otra, espacios, sean estos públicos o privados. Campañas, carteles, marchas, puestos en instancias políticas y de toma de decisiones, etc.

El catolicismo romano continúa teniendo una gran influencia en la espiritualidad general del pueblo cubano, no tanto en la vida del creyente militante comprometido con la iglesia-institución, sino en la religiosidad del día a día, en prácticas que llevan en sí la presencia de otras influencias religiosas (fundamentalmente de origen africano), que se han venido mezclando con el cristianismo católico. La Iglesia católica, a su vez, continúa incrementando su visibilidad, no solo en diversos medios, sino en espacios de formación para laicos que se diversifican y multiplican por todo el país.

Las religiones cubanas de origen africano continúan teniendo un número significativo de seguidores. Las nuevas corrientes y movimientos que se generan dentro del mundo evangélico, con acento conservador en lo político y lo moral, también ganan fuerza. Un ejemplo de esto último es el impacto que varias de las iglesias evangélicas más fundamentalistas están teniendo en el espacio público, a raíz de sus pronunciamientos y movilizaciones frente a algunos aspectos del proyecto de reforma constitucional, especialmente el referido al matrimonio igualitario.

Es un tema que genera diversidad de criterios entre los propios creyentes. Una Ley de Culto ayudaría a regular una serie de procedimientos con vistas al ordenamiento legal e institucional de las prácticas religiosas en el país (labor que en la actualidad recae sobre el Ministerio de Justicia) y en ese sentido lo considero necesario, ya que ello podría ofrecer respuesta a necesidades que tienen los grupos y organizaciones religiosas en cuanto a infraestructura, despliegue de proyectos comunitarios, etc. Por otro lado, una Ley de Culto podría también establecer límites a ciertas prácticas que hoy día desarrollan las organizaciones religiosas y que son canalizadas gracias a relaciones históricas y “actos de confianza” por parte de las autoridades, en relación a un liderazgo religioso reconocido y, justamente, confiable. Como quiera que sea, una Ley de Culto tampoco es objeto de discusión a nivel de un texto constitucional, en el cual solo se recoge el derecho de cada ciudadano a elegir y practicar la fe religiosa de su preferencia.

Acaso para las religiones y credos con estructuras jerárquicas verticales bien definidas: evangélicas, católica, ortodoxa, etc., resulte necesaria o útil una Ley de Credos o Religiones. En el párrafo nº 16 del Mensaje Pastoral de los Obispos Católicos Cubanos, en ocasión del proceso de consulta del Proyecto de Constitución de la República de Cuba” (ver número extraordinario del tabloide Vida Cristiana, 11 de noviembre de 2018), puede leerse:

…en el Proyecto de Constitución se reconoce a los ciudadanos el derecho a profesar o no creencias religiosas, a cambiarlas y a practicar la de su preferencia, con el debido respeto a otros credos y de conformidad con la ley. Según lo anterior y en correspondencia a lo que debe ser un estado laico moderno, los obispos cubanos reafirmamos que la libertad de practicar la religión propia no es la simple libertad de tener creencias religiosas, sino la libertad de cada persona a vivir conforme a los valores de la fe que profesa, de expresarlos públicamente, teniendo por límite el respeto al otro. En nuestro caso concreto, esta libertad implica, además, el reconocimiento jurídico de la Iglesia y su identidad y misión propias, lo que incluye la posibilidad de dar a conocer su enseñanza moral de acuerdo al Evangelio, de acceder de modo sistemático a los medios de comunicación, la libertad de enseñanza y de evangelización, de construir edificios y de adquirir y poseer bienes adecuados para su actividad; y la libertad de asociarse para fines no solo estrictamente religiosos, sino también educativos, culturales, de salud y caritativos.

Resulta claro que para la implementación de tales demandas resulta imprescindible una ley que las defina y regule.

En los casos de las religiones populares de origen africano y el espiritismo cubanos, extendidas horizontalmente a todo lo largo y ancho del país y practicadas en miles de casas templos autónomas, regidas religiosa y socialmente por las tradiciones familiares heredadas de sus fundadores africanos (entre otras razones por ello, a mi juicio, lograron resistir y sobrevivir a represiones y voluntades de aniquilamiento a lo largo de su historia), resultaría prácticamente imposible concebir y redactar una ley que las regule, y aún más aplicarla.

En el supuesto de que se aprobase una Ley de Credos y Religiones que ampare y regule el funcionamiento de los credos “institucionalizados”, ¿sería esta aplicable a las religiones populares cubanas? ¿Habría que instrumentar dos cuerpos legales: uno para la religión católica, las evangélicas, etc. y otro para la santería, las hermandades abacuá, las diversas prácticas paleras de origen congo: Briyumba, Quimbisa, Mayombe y las disímiles modalidades de los espiritismos cubanos?

El epígrafe 64 del Título I, Capítulo I, Artículo 15 del Proyecto de Constitución de la República de Cuba sometido a debate, establece que En la República de Cuba las instituciones religiosas están separadas del Estado y todas tienen los mismos derechos y deberes. De establecerse, mediante la ley, el derecho de la Iglesia Católica de acceder de modo sistemático a los medios de comunicación, ¿podría ejercer ese derecho la Asociación Cultural Yoruba de Cuba para divulgar, pongo por caso entre otros muchos posibles y deseables, las profecías anuales del Oráculo de Ifá conocidas como “Letra del Año”? ¿O el “Consejo Supremo de Sociedades Abacuá” servirse de tales medios para dar a conocer sus postulados, o promover mensajes de índole ético y moral a sus asociados?

En Cuba, muchos sectores religiosos eran favorables y otros se oponían a la Ley de culto, porque consideraban que una ley podía limitar sus posibilidades de práctica religiosa.

Este es un tema muy conflictivo. Tengo entendido que, por ahora, no habrá Ley de culto.

También se habla de la que la Oficina de Asuntos Religiosos del Comité Central del Partido (Comunista de Cuba, PCC) desaparecerá y esa instancia será atendida por el Ministerio de Relaciones Exteriores, que se llamaría Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, como existe en otros países del mundo.

La Constitución puede ser suficiente garantía para el ejercicio de las libertades de todos los religiosos en nuestro país.

Pienso que en Cuba no es necesario una Ley de culto porque lo que ha caracterizado a la sociedad cubana, históricamente, es la libertad de credo y de culto. Cada ciudadano es responsable de tener la fe o el credo que mejor prefiera y nadie se mete en qué religión se profesa. Con una ley se puede cerrar esa libertad que hoy tenemos cubanas y cubanos.

Realmente no soy muy experto en cuestiones de leyes. Toda ley surge para algo, sea para regular ciertas cosas, solucionar otras, organizar, sancionar. Lo cierto es que hay posiciones a favor y en contra de una ley de culto en nuestro país. Aún dentro de las propias religiones hay sus diferencias. Lo único que puedo plantear es que si se aprueba una ley de culto se permita la participación de personas religiosas en la conformación de la misma, que se discuta al interior de todas las experiencias religiosas cubanas y que su aprobación o no dependa de la voluntad máxima de las religiones en nuestro país.

En un mayor apoyo a iniciativas de impacto social y comunitario provenientes de las organizaciones religiosas y en consonancia con los principios de justicia social y empoderamiento popular promovidos por el socialismo.

En una mejor regulación de los permisos para la realización de servicios religiosos, de manera especial para lograr buenas relaciones de respeto y convivencia entre diversos grupos y entre estos con el resto de la sociedad. Hay actividades de índole religiosa que contribuyen a la contaminación sonora en los barrios y causan malestar a las familias vecinas.

En una respuesta más eficaz por parte del Estado y las autoridades competentes a las necesidades (de infraestructura, autorización de eventos, acceso a la seguridad social, etc.) de las organizaciones religiosas debidamente establecidas en el país.

En una mayor consideración de los valores éticos de las religiones como contribución a los diseños de estrategias educativas y la formación cívica, lo cual no significa necesariamente abogar por la posibilidad de que la educación religiosa esté presente en nuestros sistemas de enseñanza estatal.

 

Se deben modificar algunas leyes que afectan a las comunidades religiosas. Por ejemplo, para poder comprar una propiedad a nombre de nuestras instituciones, pues aún no está autorizado.

El problema de la libertad religiosa es muy complejo. En el país existen grandes limitaciones históricas. No fueron las mismas al inicio de la Revolución que ahora, en mi opinión, debido a condicionamientos políticos e ideológicos, más que a relaciones con el campo religioso. Al inicio de los años setenta del pasado siglo XX, la mayoría de las iglesias en Cuba tenían una proyección anticomunista y no aceptaron la proclamación del socialismo.

Además, cuando se impuso el ateísmo como doctrina oficial, se excluyó a los creyentes de ingresar al PCC. Yo mismo no pude ingresar al PCC por mi origen católico, pero en el IV congreso del PCC me invitaron a ingresar y no acepté.

El evangelismo y el protestantismo en Cuba es hechura estadounidense y sigue dependiendo, en gran parte, tanto de ideologías religiosas como de financiamientos procedentes de Estados Unidos.

Se dice que el origen de la religión es responder a dos preguntas: de dónde vengo y hacia dónde voy. Y eso condiciona mucho. La gente tiene grandes desafíos, grandes cuestionamientos y busca algo de qué agarrarse. Cuba vive en estos momentos una situación difícil y compleja, igual que otros países del mundo. Y mucha gente espera un milagro para sobrevivir.

En lo que respecta a las religiones cubanas de origen africano, de las que puedo hablar con cierta propiedad, y en honor a la verdad, he de decir que nunca antes en sus casi 200 años de historia documentada han gozado de mayores libertades y reconocimientos de las que hoy disfrutan, al punto de que existen asociaciones que agrupan a santeros, ñáñigos, paleros y espiritistas, debidamente reconocidas por el Registro de Asociaciones del Ministerio de Justicia y, lo que es más importante, practican sus ritos y ceremonias sin restricciones ni condicionamientos, como no sean el respeto a la ley y a los derechos del otro, como ahora se dice.

Lo que quedaría por mejorar en el país sobre el tema de la libertad religiosa está a nivel social, es un problema de las personas, no tiene que ver con el Estado o las instituciones… Muchas personas se dedican a criticar por costumbre lo que hace el prójimo. Se trata de un tema, en principio, de respeto. Quien profesa o practica alguna religión debe ser capaz de respetar a las personas que tienen otro tipo de creencias y ser capaces de convivir en armonía.

Creo que esta pregunta está muy vinculada a la otra. Primero hay que definir y llegar a consenso de que estamos entendiendo por libertad religiosa. Considero que hay mucha confusión y mal uso del término, sobre todo cuando solamente lo leemos o interpretamos desde un cierto matiz político pues puede ser muy manipulado para bien o para mal dependiendo del lugar donde queramos ponerlo.

Cada religión tiene su propia concepción de lo que significa para ella la libertad. Aún dentro del propio cristianismo hay diferentes concepciones teológicas de libertad y por supuesto las ciencias sociales y políticas también tienen las suyas. Hay que ponerlas todas en diálogo y buscar un concepto o varios que sean más polifacéticos, también herramientas de análisis que permitan medir cuales son los impactos que tienen estas libertades religiosas. Un primer paso podría ser convocar a un verdadero encuentro interreligioso e intercultural para debatir sobre este tema. Otro paso sería profundizar desde nuestros saberes que significa la libertad religiosa (en ocasiones percato a través de nuestros estudiantes que no saben qué es) y así seguir, sin miedos a las palabras.

Son tiempos en que el país nos convoca a la unidad en la diversidad. Son tiempos en los que debemos aunar esfuerzos para progresar. La relación entonces entre cristianos debe caracterizarse por una actitud de apertura entre nosotros mismos, justamente porque el Dios de Jesús es un símbolo de apertura. Por lo tanto, no debe pensarse que el ecumenismo es algo problemático, sino que se debe acoger con alegría, como un fenómeno rico y fecundo que halla su razón de ser en la propia naturaleza del cristianismo.

Para un verdadero ecumenismo en nuestro país, donde también debemos ubicar la pluralidad de vertientes teológicas, no es correcto que una determinada denominación cristiana se quiera erigir con un imperativo categórico universalizador, sino que, su mensaje de vida, ofrezca un testimonio de unidad como un don más de Dios. Pero no solo dar testimonio y anunciar este don. También dejarse cuestionar por lo demás, acogiendo con humildad los valores que se viven y presentan en otras denominaciones.

En un mundo conflictuado y en conflictos, la desunión entre los cristianos empeora esta situación convirtiéndonos en piedras de tropiezo para el diálogo y búsqueda común de soluciones a los problemas que afligen a toda o a una parcela significativa de la aldea.

Consideramos que hay que dejar de lado la preocupación cuantitativa, de ver en el crecimiento de las iglesias la finalidad de la existencia de sus líderes. Cristianos que buscan por encima de todo el incremento de sus iglesias tampoco consiguen ver a los pobres y a las víctimas explotadas, tiradas, encubiertas en los rincones del mundo y de nuestras vidas. Están en el mismo vacío espiritual —en el sentido más profundo de la palabra— de los que están inmersos en la cultura del consumo y del contentamiento.

Entretanto, el diálogo ecuménico se ha hecho tan urgente que pide un cambio radical a la hora de afrontarlo. Para ello hay que ir a los fundamentos. Hay que revisar y renovar las actitudes, los sentimientos, los planteamientos, las categorías, los conceptos, las convenciones tenidas por universales o absolutas, etc.

En este sentido, aprender el diálogo y del diálogo constituye una necesidad prioritaria: exhortar más las actitudes que las ideas, unirnos en la praxis más allá de las teorías, amar y respetar al otro sea cual sea su confesión, centrarnos más en el Evangelio de Vida que en las oficinas de iglesias e instituciones.

Vivir en un país religiosamente plural y vivir la fe en una diversidad de cristianismos no es una desdicha, sino un llamado que no está invitando a descubrir el misterio de la gracia, de la fe y de las huellas de Dios en nuestra historia multicolor. Es también una invitación a confesar y descubrir “la inescrutable riqueza de Cristo” (Ef. 3:8), que sobrepasa toda posibilidad de enunciaciones humanas.

Estos principiantes desafíos teológicos a nuestro ecumenismo nos convocan a aceptar, acoger y respetar las diversas maneras de pensar y de creer, así como a amar a los seres humanos por encima de sus ideas, principio elemental de convivencia humana y resultado fundamental del amor al prójimo.

Mi experiencia ecuménica se enmarca en ese ecumenismo llamado intraeclesial, el ecumenismo desarrollado por iglesias, denominaciones cristianas e instituciones ecuménicas de inspiración cristiana como pueden ser el Consejo de Iglesias de Cuba o el Centro Martin Luther King. En esos ámbitos se hace necesario fortalecer la vocación ecuménica en su sentido más amplio: el servicio unido de las iglesias en favor del bienestar del ser humano y de la sociedad en su conjunto. Ello requiere seguir cuestionando actitudes discriminatorias y excluyentes hacia lo interno de las organizaciones así como actitudes moralistas hacia el más allá de las fronteras de las organizaciones.

Por otro lado, el movimiento ecuménico siempre ha sido un movimiento profético en el sentido bíblico y evangélico del término: la denuncia de toda forma de injusticia y atropello, tanto hacia el interior de las iglesias y de la sociedad, así como hacia afuera, en lo concerniente a las relaciones con otros pueblos y en una actitud de vigilancia por el respeto a la dignidad humana en cualquier contexto. Esta impronta profética se ha debilitado o, en el mejor de los casos, se ha limitado a determinados temas o asuntos.

El macroecumenismo, entendido como las relaciones y diálogos entre creyentes de diferentes religiones (lo cual puede o no desembocar en acciones concretas de impacto social), encuentra diversas manifestaciones en la actualidad; pero su alcance es muy limitado, ya que se articula casi siempre a partir de iniciativas de unas pocas instituciones. Hay, en cambio, un macroecumenismo que se da en los espacios más cotidianos, a nivel comunitario, donde hombres y mujeres de diversos credos o filosofías se encuentran para trabajar juntos por el bienestar común. No se trata de comulgar con una determinada idea religiosa común, sino de sentirse parte de la única humanidad que conformamos todos, reconociendo que la finalidad de toda práctica ecuménica (o macroecuménica) es la reconciliación humana, la unidad de la humanidad. Ese es el horizonte de lo ecuménico, el mundo habitado, el cuidado de la casa común donde vivimos y convivimos.

Personalmente me considero macroecuménico. Dirijo un grupo, creado por la Iglesia católica en 1973. Tuve la oportunidad de viajar a México, en 1980, y participar en el primer curso largo sobre Historia de la Iglesia católica en América Latina. Soy macroecuménico porque tanto yo, como mi grupo, estamos abiertos a cualquier tipo de creencia religiosa, incluso a quienes no creen, pero les interese estudiar la problemática religiosa.

Yo diría que el macroecumenismo ha crecido en Cuba pero, a la misma vez, también está creciendo una tendencia antiecuménica, que está fragmentando aún más el campo religioso, motivada por distintas razones económicas, políticas y por influencias que llegan del exterior.

¿Puede hablarse con propiedad, en Cuba, de la existencia de un ecumenismo o un macroecumenismo? “Ecumenismo” —según la Wikipedia— “es la tendencia o movimiento que busca la restauración de la unidad de los cristianos, es decir, la unidad de las distintas confesiones religiosas cristianas «históricas», separadas desde los grandes cismas (…) En la actualidad la palabra «ecumenismo» tiene una significación eminentemente religiosa y es usada, primordialmente, para aludir a los movimientos existentes en el seno del cristianismo, cuyo propósito consiste en la unificación de las diferentes denominaciones cristianas, separadas por cuestiones de doctrina, historia, tradición o práctica”.

Macroecumenismo vendría a ser la tendencia que procure la convivencia de diferentes denominaciones religiosas. En Cuba, a mi juicio, lo más parecido al macroecumenismo puede encontrarse, precisamente, en la pluralidad que caracteriza a las religiones populares de origen africano. Es sabido que el practicante de la Santería, sea babalawo, iyalosha, babalosha o simple iworo, podrá practicar, separadamente desde luego, otras religiones populares. Así, no es infrecuente que una misma persona iniciada en la devoción a los orishas practique, además, algún culto del llamado Palo Monte; sea espiritista (médium o que “pase muertos”) o participe activamente en sesiones o “misas” espirituales y, de ser varón, integre las filas de alguna hermandad abacuá o de la masonería. Tales filiaciones para nada impiden que esa misma persona bautice a sus hijos en la Iglesia católica (no conozco ningún caso de alguien que lo haya hecho en una ceremonia bautista), ni ofrezca misas por el eterno descanso de las almas de sus seres queridos fallecidos, no pocas veces por orientación de los oráculos de Ifá o el Diloggún.

Acaso esta pluralidad le sea dada a nuestras religiones populares por los elementos sincréticos que las componen. O por la imprescindible unidad de nuestros ancestros de diversos orígenes africanos para la resistencia frente la dominación e imposición del régimen colonial que padecimos durante más de 300 años.

Un sacerdote de Ifá o un oriaté cubanos jamás le preguntarán a  un consultante, blanco o negro, cubano o extranjero, joven, maduro o viejo, si profesa alguna otra religión, salvo que el oráculo así lo oriente, y nunca en razón de reprobar o discriminar, sino por los posibles conflictos o contradicciones espirituales que la persona pueda estar confrontando.

Las reprobaciones o discriminaciones hacia los practicantes de las religiones populares cubanas, por el contrario, provienen de los obispos, pastores y ministros evangélicos, quienes instruyen a sus feligreses en el criterio de que santeros, ñáñigos y paleros somos seres satánicos, anticristos perversos y malvados por la naturaleza, de los que hay que huir como el diablo a la cruz. Los sacerdotes católicos, por su parte, no han llegado a tanto, mastican, pero no tragan y tratan de convertir. Así te pongo por caso, en la edición la publicación católica semanal Vida Cristiana, correspondiente al domingo 9 de septiembre pasado, se incluye una hoja suelta titulada “Los santeros no pueden comulgar”, firmada por Juan Carlos Pañellas, en la que, entre otros impedimentos, se argumenta: “La comunión es lo más sagrado que tiene un cristiano porque comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros” (…)  Por eso se plantea que, para comulgar, la persona debe estar confesada recientemente, participar en misa todos los domingos y estar casada por la Iglesia. Un católico que no cumpla estos requisitos no debe comulgar, pues estaría cometiendo una falta.

En el caso de las personas que practican la santería, es obvio que no cumplen con estos requisitos. Por eso es un grupo que a priori no puede comulgar. No basta con estar bautizado y sentir cierta devoción.

Para mí queda muy claro que de alcanzarse algún ecumenismo, “macro” o “mini” en Cuba, santeros y paleros, espiritistas y ñáñigos quedaríamos excluidos de hecho y derecho. Y de la exclusión a la discriminación, cuando se tiene poder para ello, no hay más que un paso.

No me resisto a poner el punto final a estas respuestas sin antes citar un párrafo de “un librito inmenso”, publicado en La Habana, nada menos que en 1961, titulado Crítica. Cómo surgió la cultura nacional, cuyo autor fue el desparecido marxista negro jiguaniceño Walterio Carbonell (1920-2008).

“[…] no es que el poder revolucionario en Cuba fuera más fuerte que todos los poderes revolucionarios habidos en el mundo, sino [que] el catolicismo era mucho menos fuerte aquí que en otras partes del mundo.

[…] No es que la Revolución haya vencido la religión de los burgueses, sino que esta estaba vencida desde hacía mucho tiempo por las creencias africanas y espiritistas. […] Si la Iglesia católica no pudo mover ningún sector de las capas populares —como podría hacerlo en España, México o Colombia—, esto se debe a que la religión africana domina la vida religiosa de las clases trabajadoras del país. […] África ha facilitado el triunfo de la transformación social en Cuba.

En Cuba, desde hace ya algunos años, las principales religiones estamos unidas en la Plataforma Interreligiosa: la budista, bahais, cristianos, la Comunidad Hebrea (judíos), la Liga islámica de Cuba (musulmanes) y las de raíz africana que agrupa la Asociación Cultural Yoruba (arará, bantú, subud).

Todos unidos en torno a una palabra común, que es el respeto por el otro, la solidaridad y el amor por nuestro prójimo.

Cuando se habla de ecumenismo, se alude a un estado de bien llevarse, de convivencia saludable y respetuosa entre todas las manifestaciones religiosas. Pero, ¿qué pasa? Cuando llegas a un determinado grupo religioso y dices que es ecuménico, solo se habla a nivel de iglesias; en muchas ocasiones no se incluyen las religiones de origen africano. Eso no debería ocurrir, porque el ecumenismo es entre todos y hacia todos, sin exclusiones. Si hay respeto, no hay razón para llevarse mal, sino para promover el respeto verdadero, el diálogo y la solución de los conflictos por vía pacífica. Si usted cree en Buda, Alá, Olofi, Jehová, en Cristo, le dé el nombre que le dé o venga de la cultura que venga su religión, el auténtico ecumenismo es la inclusión y el respeto, aun cuando existan puntos de vista diferentes sobre determinados temas.