A debate

Gobierno electrónico en Cuba: retos y perspectivas

Alcides García Carrazana

Educador y comunicador popular, coordina el grupo Demanos de la oriental ciudad de Bayamo.

Un comentario inicial:

Cuba, como en muchas otras cosas, entra bastante tardía a este mundo de la informatización, aunque está en las proyecciones declaradas desde hace muchos años. Pero la proyección se diluía en una práctica incoherente, esquiva, bloqueadora de la necesidad y posibilidad de entrar al mundo de la informatización necesaria para el desarrollo del país, que pasa por el desarrollo de las comunicaciones de todo tipo, de la automatización. Algo que nos alertaba Ernesto Che Guevara (1928-1967) —combatiente revolucionario, estadista, escritor y médico argentino-cubano—, desde los tempranos años de la pasada década de los años sesenta.

Pese a todas las verdades del bloqueo de Estados Unidos contra la isla (impuesto desde febrero de 1962), de que los cables de telecomunicaciones bordean a Cuba y ninguno nos conectaba, de que nuestra Internet por satélite es más cara y lenta… pese a todo eso, nada impedía que nos desarrolláramos profundamente a lo interno, pues teníamos —si no todo (que nunca se tiene)— sí bastante para poderlo hacer y estar listos como país-institucionalidad y país-pueblo, para cuando se abriera la posibilidad de Internet y entrar al mundo virtual, que es un mundo real.

Ahora ya estamos en ese mundo y no podemos estar como se debe. No estamos preparados para estar y eso se vuelve en nuestra contra, por lo menos en contra de las lógicas, valores, principios y prácticas del modelo de sociedad que pretendemos construir.

No basta tener las leyes, el acceso y la tecnología —aunque precaria y atrasada aún—, era preciso haber aprendido antes, crear las capacidades en la Intranet cubana, educar a las instituciones y sus directivas, educar al pueblo en un uso y apropiación responsable de la tecnología y de la Internet. Esto no lo hicimos en su momento, pues estábamos más preocupados por mantenernos dentro de la “burbuja”, alejados de lo malo de esa “perversa sociedad virtual” que promueve Internet; nos encargamos más de alejar y prohibir, que de armar el entramado tecnológico, educar, aprovechar poco a poco el potencial interno existente para crear las condiciones.

Por eso ahora no tenemos coherencia en el .cu, que en nada dependía de lo externo, sí de la voluntad política interna.

Ojo con quiénes son las personas que pueden pagarse las altas tarifas del Internet hoy. Por tanto, entramos con mucha desventaja competitiva a este loco y rico mundo que abren las wifi, el Nauta Hogar (servicio de acceso y navegación a Internet desde las casas, abierto en la isla desde finales de 2016, pero disponible solo en algunas zonas, distribuidas en varias provincias cubanas), los datos móviles. Ahora podría haber un equilibrio y no el desfase que se aprecia hoy. Vamos a la saga, corriendo detrás de quienes están teniendo un nivel de apropiación, pero que no siempre (casi nunca) se corresponde con las lógicas y la práctica institucional. Y ahora estamos preocupados por los contenidos, los canales, el despertar…. ¿Qué haremos ahora? ¿Prohibir, bloquear, ir a regular? Perdón, hay muchas cosas que era preciso haber hecho antes… y seguimos la cuerda de las equivocaciones y tensiones. Por ejemplo, lo más reciente ha sido la opción de legalizar las redes alámbricas e inalámbricas: sale la norma, pero con tantas regulaciones que prohíbe lo que existe y lo que permite abrir es realmente disfuncional, con lo cual crea más incertidumbre y malestar que soluciones…

“No estamos en una época de cambios, estamos en un cambio de época”, dijo el fraile dominico brasileño, Frei Beto, no hace mucho. Y estamos en el epicentro de ese cambio de época, somos testigos participantes de ese complejo momento (etapa) de transición entre la Era analógica y la Era digital.

Es imprescindible el gobierno electrónico, es parte fundamental del programa de informatización; pero gobierno electrónico es más que tener el Portal del Ciudadano, más que los funcionarios públicos tengan cuentas en Twitter. Es preparar tecnológica y humanamente a la institucionalidad para poder abrirse a un gobierno en línea, para dialogar con el pueblo, para construir juntos el proyecto país a nivel nacional, provincial, municipal…y más abajo…a nivel de Consejo Popular, circunscripciones. Y esto implica, reitero, prepararse tecnológica y humanamente. Hay que educarse. Pero a la par hay que educar al pueblo en el manejo de esas opciones y hay que educar en la participación, en la apropiación responsable de esas opciones. Hay que crear los canales de comunicación, que sean bidireccionales, horizontales… Esto hay que pensarlo bien y ser coherentes, o no funciona. Está demostrado que los canales formales, los históricos, no siempre (casi nunca) funcionan bien para asegurar participación popular. Este mundo de tecnologías puede y debe abrir estos canales y hay que hacerlos funcionales. Debemos cambiar el modelo comunicativo, la lógica que ha estado funcionando mal hasta ahora de verticalismo, unidireccionalidad, centralismo y dominación para llegar a uno más democrático, bidireccional, horizontal, participativo, educativo, liberador.

Hay que potenciar el diálogo con el pueblo y la institucionalidad, hay que motivar la construcción conjunta del proyecto país y la práctica concreta de esa construcción sistemática.

Ese gobierno en línea debe transparentar los proyectos, los planes, enriquecerlos con la voz popular, dar seguimiento a su ejecución para poder separar la mala gestión e ineficiente administración pública, de los otros problemas internos y externos; implicar a la población; tener, además de todos los mecanismos de control existentes, el control popular. Esto debe permitirlo el gobierno en línea.

Algo respondí en lo anterior. Pero, institucionalmente, no somos tan pobres como para no organizarnos y funcionar mejor de lo que hacemos. Es verdad que no tenemos la más moderna tecnología, la mejor Internet, los más elevados conocimientos. Pero con lo que tenemos —que no es poco— podemos hacer mucho más de lo que hacemos hoy.

Esto implica, ante todo, sobreponernos a las resistencias al cambio ineludible, que es normal que existan. Implica voluntad política, cumplir funcionalmente y en la práctica lo establecido, lo orientado. No hacer los documentos para cuando venga la visita y después engavetarlos. Hay que pensar estratégicamente, hacer una adecuada planificación y gestión de los procesos, organizarnos mejor, ver la capacidad tecnológica real y ordenarla para ponerla en función de los procesos clave de la institución, al servicio del nuevo escenario tecnológico y su conexión con el gobierno electrónico.

¿Cómo monto mis servicios, mis archivos, mis procesos en función del pueblo? ¿Cómo reordeno mis lógicas de funcionamiento y trabajo internamente en tal sentido? ¿Qué es factible simplificar y agilizar para ofrecer un mejor servicio, para hacer cumplir mejor mi función en la sociedad? Esto vale para toda institución. Solo hay que mirar objetivamente y pensarlo en clave tecnológica (y potenciar más el .cu), generar más apertura y accesibilidad aprovechando más la infraestructura que tenemos.

¿Por qué no podemos poner online?:

  • Notas en una escuela, horarios, profesores, cumplimiento del plan de estudio.
  • Servicios gastronómicos, menú, reservas, pedidos online.
  • Ofertas y promociones en tiendas y mercados.
  • Carteleras de instituciones culturales.
  • Cursos, talleres, conferencias.
  • Bibliotecas, centros de documentación.
  • Servicios sociales y estado de pacientes en hospitales.
  • Existencia de medicamentos en farmacias (y así evitamos la venta ilegal)
  • En cada consulta médica de un cuerpo de guardia, una máquina conectada a Infomed y a la red de farmacias para mejorar la atención, los tratamientos, la indicación de medicamentos de acuerdo con su existencia.

No hay simetría ni coherencia entre el dicho y el hecho; entre la política pública y la marcha en la práctica.

Se avanza más rápido en la plataforma tecnológica —aunque es lenta en verdad—, pero aun así va más rápido la plataforma tecnológica que las bases de información, los canales de comunicación, los accesos de la ciudadanía. Hay que agilizar las inversiones en las instituciones, calificar al personal, definir grupos de trabajo para que dejen a punto los Portales, reorganizar internamente las instituciones, crear sus plataformas internas que puedan articularse con el Portal del Ciudadano, independientemente de lo que ellas por sí solas pongan online mediante sus propios portales y redes sociales.

Por otro lado, crear los espacios en la ciudadanía, en las comunidades, en las escuelas, en los centros de trabajo, en los Clubes de Computación. Que todos nuestros diputados y delegados de circunscripción tengan acceso a ese entramado.

Esto es algo que duele. ¿Para quiénes estamos creando toda esa infraestructura, todos esos servicios? Los actuales precios de navegación hacen imposible el uso de estos servicios para el pueblo común y corriente, para el de a pie.

Estamos generando, induciendo, una brecha digital que se suma a la brecha de desigualdad por pecado original que ya enfrentan la sociedad y la economía cubanas. Digo pecado original porque, cuando despuntó la crisis económica de la pasada década de los noventa, comenzó a abrirse el sector privado y se agudizó la emigración, unido al fomento de “la lucha”, el mercado negro, la corrupción. Entre el acumulado cultural e ideológico que teníamos, se estimulaba abiertamente un imaginario en el cual quien abandonaba su empleo estatal, se iba del país, o caía en el mercado negro era sinónimo de no apoyar a la Revolución, casi de traición se catalogaba el irse al naciente sector privado. Los verdaderos revolucionarios eran quienes se quedaban del lado del Estado, en las instituciones, dando la batalla… ¿verdad?

Sin embargo, en la misma medida que avanzaron los años se fueron haciendo aperturas, concesiones, abriendo nuevas oportunidades. La forma y el contenido en que fueron saliendo esas “oportunidades” para nada beneficiaban a esa gran masa popular apegada al Estado; todo lo contrario, justo iban a beneficiar directamente a esos segmentos poblacionales que acertadamente dieron el salto a la acera de enfrente, en contra del imaginario popular construido, en contra de las “malas lenguas”.

Llegado el momento —y ahora Internet es reflejo de ello—, ¿quiénes tenían capital para aprovechar las nuevas oportunidades? justo aquellas personas que se desapegaron del Estado, se fueron al sector privado, emigraron, o alguno de sus familiares cercanos emigró, o estaba en “la lucha”. Quienes en estos casi 30 años no acumulamos riquezas, no pudimos, no podemos y nunca podremos ir de vacaciones a un hotel, comprar una casa, un auto, viajar a otro país, montar un negocio; tampoco podemos tener un teléfono con características apropiadas, una PC o una laptop, mucho menos pagar una tarjeta para la wifi, montar un Nauta Hogar, o comprar el paquete más pequeño de datos móviles.

Sencillamente, porque las dos horas de la tarjeta wifi equivalen a tres jornadas de trabajo de un salario (estatal) medio en Cuba, porque eso mismo cuesta la comida de un día de una familia promedio, porque en algunas ciudades eso cuesta el transporte para ir y venir del trabajo cada día.

Tampoco puede pagarse el menor de los paquetes de datos, pues 7 CUC es justo la mitad de un salario (estatal) mensual medio. Si ya ese salario solo daba para una semana —y a veces menos— de alimento, y compra el paquete de datos, ¿qué hará la familia?

Pero ese pueblo de a pie menos aún puede pagar un Nauta Hogar, pues el paquete mínimo equivale justamente a un salario (estatal) mínimo.

Y los hijos lo exigen, lo necesitan porque ya son nativos digitales. Para ellos no es un lujo, su mundo pasa y existe también, sobre todo, por ese mundo virtual en donde tener la PC, la laptop, el celular, la Internet y los datos móviles es una necesidad social, cultural y funcional.

El Estado debe asumir la responsabilidad, devolverle su devoción y fidelidad a ese pueblo que es mayoría; que cuando pudo irse a la acera de enfrente, no lo hizo y ahora no tiene posibilidad alguna de acceso a esas oportunidades que se abren con tanta normalidad para otros que son minoría.

Servicios gratis en .cu. La opción no es tan compleja. Solo hace falta voluntad política, organización y reconfiguración tecnológica del servicio para darle acceso al pueblo de a pie.

Abrir gratis el .cu, ponerlo en los Clubes de Computación, permitir que toda conexión wifi acceda libre al .cu y, sobre todo, al Portal del Ciudadano y los servicios en línea.

Crear zonas wifi libres (.cu) en algunos lugares donde no están las wifi actuales: universidades, bibliotecas, terminales, zonas de barrio, algunos puntos rurales clave a los que pueda acceder la población del entorno y sirvan para mitigar los serios problemas de viales, transporte y demás comunicaciones. Abrirlos en las escuelas, hospitales, áreas deportivas, en sitios de alta concentración de personal. No es tan difícil.

Quien desee la Internet abierta, el acceso a los otros dominios, saltar las fronteras, pues que pague las tarifas; pero la inmensa mayoría del pueblo podrá tener acceso a las cosas más urgentes y necesarias. Sin dejar de defender que ese pueblo también tiene derecho a ver los contenidos fuera de las fronteras nacionales.

Tal vez por eso la voz del pueblo que se escucha en las redes sociales no es precisamente la voz del pueblo de a pie, la que siempre estuvo apegada a la Revolución, al Estado, a la institucionalidad. Se escucha la voz del otro pueblo (que no deja de ser pueblo en la diversidad que somos y que también es válido que se exprese y sea escuchado, pero es el pueblo que saltó a la acera de enfrente). Hay un pueblo que sigue silenciado, porque no tiene ni podrá tener acceso, y es un pueblo (mayoría) que también quiere ser escuchado, que también tiene mucho que decir. Tal vez este pueblo sea el que ayude a equilibrar las cosas, pues en el mundo virtual hoy, en Cuba, solo tiene voz una parte del pueblo (los que pueden), el Estado y las instituciones. La otra parte del pueblo (mayoría) también debe tener acceso y ser escuchado.