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Agricultura : historias sobre el regreso a la tierra

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  1. ¿Cuánto cambió su visión sobre la vida campesina cubana actual después de dar ese paso?

    Mireya Ramírez González

    Muchísimo. Yo no me sentía parte de la gente del campo, aunque vivía en la finca. Me comía los plátanos y tenía la leche, sin estar consciente del sacrificio que costaban. Ahora lo veo todo diferente.

    La vida campesina es un mundo muy sano, donde las personas se ayudan y hay mucha sinceridad y honestidad. Yo me siento bien en este nuevo mundo.

    También hay problemas. A veces no se les permite avanzar educativamente un poco más. Muchos jóvenes de las familias se han incorporado a la agricultura, pero los adultos mayores del campo son los que tienen los conocimientos fuertes. Los jóvenes a veces no hemos sido capaces de extraerles toda esa información, que hace tanta falta.

    Yo les recomendaría a las personas de las ciudades que evaluaran las posibilidades de tener, al menos, plantas de condimentos en macetas. Al final es un gasto económico menos para tu bolsillo y tienes acceso a una comida sana. Quien tenga un pequeño espacio de tierra pudiera evaluar y sembrar algún que otro vegetal y frutales, que además le dan oxígeno a la ciudad.



    Mi visión no ha cambiado mucho porque siempre he vivido aquí. En mi opinión, el campo actual está bien porque las personas se defienden bastante económicamente.

    Las personas que viven en la ciudad son muy apáticas al campo y el que vive en el campo se va para la ciudad. Piensan que ahí van a avanzar más y hoy el campo es el que está dando, económicamente.

    Cuando se sienten a la mesa, las personas de la ciudad deberían pensar cómo llegó ese plato de comida. Entonces se valorará más el campesino y su trabajo.

    A los campesinos los tildan de brutos y analfabetos. Pero son personas muy inteligentes porque se necesitan conocimientos para hacer producir la tierra y sacarle provecho, sobre todo en estos momentos, con los cambios climáticos tan bruscos.

    La vida en la ciudad es muy buena, disfrutas del teatro, de buenos lugares gastronómicos y de caminar por las calles limpias. Pero me gusta también disfrutar de la mañana del campo, la tierra mojada, el canto de los pájaros. El campesino puede trabajar la tierra duramente pero, con sus ingresos, puede venir a disfrutar de la ciudad. Hay que promover un poco más el turismo nacional, que debe aportar bastante capital al país.

    Yo vengo de una familia campesina. Siempre he tenido la visión de que el campesino es una gente sana, que debería recibir más atención porque es el que produce para el pueblo.

    La tarea de trabajar la tierra es difícil, pero vale la pena incorporarse. Cada quien puede sembrar en el patio de su casa. Las personas pueden sembrar hortalizas, condimentos y hasta frutales, si tienen espacio. Verán que sus condiciones van a mejorar.

    Soy el mismo, pero desde adentro me viene naciendo una conciencia nueva, un espíritu que me hace entender y percibir las relaciones sociales, económicas, ecológicas y tecnológicas de otra manera. Ya he entendido claramente que no es una tecnología la que va a hacernos avanzar en el campo, no es una variedad surgida en un laboratorio o una solución «mágica» de un investigador lo que hará que demos el salto que necesitamos.

    Hay que contar con el campesino, darle las riendas del futuro y la necesaria confianza para que, con la simiente de nuestros antepasados y las tradiciones acumuladas, con el acervo que se construye día a día sobre la base de la prueba y el error de miles y miles de campesinos, aspirar a una agricultura productiva, sana y sustentable para nuestra generación y las futuras generaciones de cubanos.

     


  2. ¿Qué le parece la vida social actual del campo cubano?

    Hortensia Martínez del Valle

    Yo me relaciono bastante con los demás campesinos. Participo en varias actividades, fuera y dentro del municipio. Es un ambiente muy sano.

    Pero el campesinado no tiene vida social. Por ejemplo, otros ministerios tienen círculos sociales donde las personas pueden ir con su familia y amigos. En el Ministerio de la Agricultura no existe eso. Solamente nos relacionamos el 17 de mayo (Día del Campesino en Cuba) y por fin de año, que son las actividades fijas de la cooperativa.

    No se les da esa atención, a pesar de que ahora son más remunerados.

    Deberían crearse las mejores condiciones y darle la mayor atención a la población rural. En todas las entidades se habla de la atención al hombre, pero en el campesinado no.

    El salario sigue siendo pobre y las ganancias pocas. Gana más el intermediario (entre el productor y el consumidor) que el productor. De contra, cuando el campesino logra un proyecto de cooperación a través de organizaciones como la Asociación Cubana de Producción Animal, pasa mucho trabajo para acceder a los beneficios. Yo conozco a campesinos que tienen proyectos otorgados desde 2010 y todavía hoy no han podido ejecutarlos porque falta la aprobación del Ministerio de la Agricultura.

    Todo parece indicar que a nosotros no nos hace falta la ayuda de la cooperación y sí es necesaria. Por ejemplo, con un proyecto yo puedo lograr hacer mi (planta generadora de) biogás y obtener el gas y la electricidad. Con esa electricidad puedo ayudar a la comunidad cercana a mí.



    Mi experiencia de muchos años recorriendo el campo cubano me dice que la vida social es pobre, llena de limitaciones, de carencias. El campesino está confinado en el monte y perdido en la espesura de los campos. Los pueblos rurales tienen poca vida y los salarios de los agricultores no les alcanzan para cubrir sus necesidades primarias. El alcohol es uno de los refugios principales de los trabajadores del campo y no pocos problemas sociales como la violencia familiar, la ineficiencia en el trabajo, el desorden y la desidia en áreas rurales, tienen sus raíces en estos conflictos que roen nuestros campos. Nunca me hice estas preguntas ni tuve estas certezas hasta que lo viví.

    Hay que hacer mucho por el campo. Todo lo que hagamos es poco para revertir una situación que ya ha marcado profundamente el modo de vida de nuestros hombres y mujeres de campo. Promover la agricultura familiar firmemente, invertir todos los recursos posibles, destinar cada vez más fondos para modernizar el campo, ofrecer oportunidades para hombres y mujeres, jóvenes y menos jóvenes en el campo es una deuda grande que tiene el gobierno, que pensó que las máquinas suplirían la sabiduría campesina y que podía hacerse agricultura sin agricultores.


  3. ¿En cuáles aspectos mejoró su vida con ese cambio y en cuáles empeoró?

    Hortensia Martínez del Valle

    Mejoró muchísimo en la alimentación. Hoy tenemos una alimentación más sana, alejada de todos los químicos. Mejoramos económicamente. Mucho. No puedo decir que, ni social ni económicamente, hayamos empeorado.

    Al inicio hicimos muchas inversiones y enfrentamos muchas trabas. El primer año, a partir del 13 de mayo de 2009, el día que nos dieron las tierras, fue completo de inversiones en las naves, los pies de cría, semillas, fertilizantes y salarios.

    Estamos viendo los resultados desde los cuatro primeros años.

    Para mí es definitivo el regreso al campo. No puedo perder todo lo que he invertido aquí.
    Aunque mantenemos una casa en la ciudad porque todavía no tenemos una aquí en la finca. La construcción de la vivienda tiene que ser aprobada por las autoridades, después de desafectarte la tierra. Se piensa que la gente quiere tierra para construir casa.

    No es mi caso, yo tengo mi casa. Vengo por las mañanas para la finca y me voy a las 8:00 de la noche, después de comer. Allá hago vida social. Ojalá me la aprobaran para hacer mi casa aquí y evitarme los viajes. De todas formas, estamos cerca de la ciudad (de La Habana).

     



    Mi vida es un torbellino de cosas que pasan y a veces ni me dejan un minuto para reflexionar. A veces hago las cosas por impulso y me dejo llevar por la intuición. Hacer una vida profesional, a la par de ser campesino, lleva un sacrificio extra en horas quitadas al sueño y al descanso. Y sobre todo quitadas a disfrutar de la vida tranquila en familia.

    an sido tiempos de poco descanso y mucha demanda física e intelectual. Los primeros tiempos perdí casi 30 libras de peso (14 kilógramos) y muchos de los que me conocen de antes me dicen que me he deteriorado, que estoy quemado por el sol y que me cuide. Aunque sí me veo más delgado y me doy cuenta de que voy dejando asuntos pendientes por resolver en varios órdenes, estoy convencido de que todos los inicios son así, requieren de mucha energía y dedicación para sentar bases, para impulsar la idea y para fabricar las estructuras del edificio. Hoy ya podemos ver los primeros resultados y quienes vieron el inicio del proyecto y comparan se asombran por lo que hemos logrado en tan poco tiempo. Es el trabajo, «mi sangre», como me dice Machadito, que todo lo puede.

    No es un proyecto temporal de vida, ni es un embullo o un pensamiento idílico. Es algo que todavía no tenemos bien construido, pero lo estamos creando; queremos hacer del campo nuestro sentido de vida, es una apuesta de nosotros y de quienes nos acompañan en este camino para lograr la prosperidad constante de nuestras familias a partir de la tierra.


  4. ¿Cómo fueron los inicios para echar a andar su finca? ¿Qué estrategia se trazó para contar con los recursos y la asistencia técnica necesaria para la arrancada?

    Hortensia Martínez del Valle

    Muy difíciles. Tuvimos que empezar por conseguir machetes y buscar el tiempo para poder hacerlo todo. Las normas del usufructo imponen un tiempo límite de seis meses para echar a andar la finca. Teníamos que prepararla y sacar las producciones de ciclo corto.

    Al final lo logramos.

    Nos asesoramos de varias instituciones. Por ejemplo, recibimos mucha ayuda de la Cooperativa de Créditos y Servicios Frotalecida «Roberto Negrín», a la cual nos asociamos.

    ambién recibimos apoyo de la Asociación Cubana de Técnicos Agrícolas y Forestales, la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños y los diferentes institutos del municipio como el porcino, que nos orientó para la crianza cerdos. Empezamos a tener contratos con la (estatal) Empresa Nacional de Ganado Menor.

    René Ramos fue una persona clave. Nos ayudó inicialmente a saber cuál era el tipo de suelo que teníamos y los fertilizantes que debíamos utilizar. Nos habló de la lombricultura y nos mostró cómo hacer el compostaje y otras técnicas agroecológicas para que las producciones salieran con mejor calidad y rendimiento.



    Llegamos a un escenario hostil y lleno de limitaciones. Primero intentamos crear condiciones mínimas de infraestructura, nos volcamos a hacer los cercados (sembramos más de 3.000 postes vivos); cavamos un pozo de 14 metros en la piedra con la ayuda inestimable de Machadito, un hombre de 75 años que ha sido durante décadas el pocero de la zona y dice que seguirá trabajando con nosotros «hasta la muerte». Comenzamos a luchar contra el aroma y el marabú, como se sabe, dos plantas espinosas y muy difíciles de controlar, que constituyen plagas que inundan los campos cubanos. Limpiamos las áreas de arboledas y desmontamos las maniguas que impedían incluso el paso a la mayor parte de la finca. Comenzamos a sembrar algunos cultivos de ciclo corto, como maíz, frijoles, boniato, tomates; también sembramos un campo de plátanos de seis variedades, café; plantamos un área de forrajes y otra de caña para que las cuatro vacas que compramos tuvieran un suplemento en la seca además del pasto.

    Los recursos con que hemos contado han sido nuestros propios ahorros, los ingresos que por diversas vías hemos logrado y préstamos de mi padre y mi suegro. Hemos arriesgado todo y lo hemos hecho con la esperanza y la certeza de lo que Martí (José Martí, Héroe Nacional de Cuba) decía: «la agricultura es la única fuente constante, cierta y enteramente pura de riqueza», pero sin dudas hay que trabajar y duro para encontrar ese tesoro que no se refiere solo al dinero.

    Sobre la asistencia técnica, no tengo mucho que decir. A donde estamos no llegan los sistemas de extensión agropecuaria, ni llegan los resultados científicos de los institutos de investigación. Afortunadamente, estudié agronomía, hice una maestría en agricultura ecológica y un doctorado en ecología de la producción y conservación de los recursos. La experiencia teórica que logré acumular durante estos más de 20 años tiene encuentros y desencuentros diarios con la práctica, lo que me hace un mejor profesional. Sin embargo, algunos creen que es un desperdicio que, después de estudiar tanto, me dedique a cultivar la tierra, como si fuera cosa de brutos. Hoy entiendo mejor la agricultura cubana y estoy en mejores condiciones que antes para ejercer mi función social de promover lo que estudié.

    Además, estoy más convencido que nunca de que la agroecología y la agricultura familiar son el futuro de una agricultura armónica, productiva y sana para el ambiente y las personas. Ningún sistema de extensión ni institución científica podría lograr interpretar la complejidad de la vida en el campo; por eso los científicos y técnicos de la agricultura deben estar cada vez más en interacción plena con el manejo de los recursos naturales, produciendo y viviendo en el campo.

     


  5. ¿Cómo vieron esa decisión su familia y otras personas cercanas a usted?

    Fernando Funes-Monzote

    Muchas personas nos tildaron de locos por irnos de la ciudad al campo. Pero esta labor nos viene de las raíces. Yo soy natural de Manzanillo (en el oriente cubano), siempre me gustó la agricultura y fue una forma de volver a nuestros orígenes. Mi esposo también es de Granma (oriente cubano).

    La gente pensó que no íbamos a lograrlo pero, cuando vieron el entusiasmo, nos apoyaron. Nos ayudaron a limpiar la finca porque todo el terreno estaba infectado de marabú. Ya todo el mundo está viendo el fruto.

    Nosotros somos un matrimonio que no tenemos hijos, pero mis sobrinos y los de Guillermo se volcaron a la tarea.

    Es una misión loca, pero con beneficios.



    Mi familia sabía que, más tarde o más temprano, tomaríamos esta decisión. Ya habíamos hablado mucho sobre el tema y solo era cuestión de tiempo y de que se dieran las condiciones propicias para hacerlo. Fue un trabajo de convencimiento y de persuasión, pero poco a poco me fueron entendiendo mejor, sobre todo mi esposa Claudia, que siempre ha estado ahí, firme para hacer su gran parte, desde antes de iniciar el proyecto hasta hoy. Mis hijos Diego y Fabio –a veces con sus altas y bajas–, también han asumido nuestro proyecto familiar como suyos. Creo que a ellos les encanta ir los fines de semana a jugar fútbol, pero también a trabajar y ayudar en lo que haga falta. A veces prefieren quedarse en la ciudad para encontrarse con sus amigos de la escuela. Mi padre y mi suegro nos han apoyado y siempre están pendientes, en lo que pueden ayudar.

    Nuestra vida ha cambiado mucho, como dice Claudia al reflexionar sobre esta etapa.

    emos tenido que sacrificar mucho del tiempo que antes dejábamos para el descanso y redoblar las fuerzas para emprender este camino. No ha sido fácil para nadie; dar el paso y mantenerlo ha implicado una gran cuota de resistencia. Recuerdo que justo antes de iniciar este camino me presenté con mi amigo Joaquín Balbuena a correr la media maratón de Marahabana (actividad para deportistas y aficionados que se realiza cada año en la capital cubana). Fue una prueba de resistencia, a la vez que un acto simbólico de lo que venía en los próximos años. En el año y medio que llevamos adelante el proyecto, han surgido no pocos conflictos, incertidumbres y riesgos enormes desde el punto de vista personal, profesional, financiero y hasta ahora los hemos vencido todos. Sin embargo, aún queda un largo camino por recorrer.


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