A debate

Las familias y su reconocimiento legal en Cuba

Consideradas por muchas personas el núcleo vital de la sociedad, las familias cubanas se mueven a la par de estos tiempos. Junto a los modelos tradicionales ganan espacio nuevos tipos más democráticos y flexibles. Y todo esto transcurre a la espera del Código de Familias, que se prevé sea llevado a referendo en poco más de un año. Sobre estos asuntos, entre los que subyace la violencia de género, IPS Cuba pulsa la opinión de especialistas y representantes de la sociedad civil de la isla caribeña.

Las familias y su reconocimiento legal en Cuba

familias diversas

  1. En los últimos años en Cuba coexisten varios modelos de familias, a su juicio ¿cuáles son los más representativos?

    Rosa Campoalegre Septien

    Realmente coexisten no solo nuevos modelos de familias, también nuevos tipos de familias y lo más novedoso es la existencia de nuevas configuraciones familiares.

    En Cuba coexisten en conflicto al menos tres modelos de familias: el patriarcal, que es el tradicional y predominante, basado en el modelo de hombre proveedor y mujer cuidadora, se distingue por una comunicación regulativa al interior de las familias. El nuevo modelo aún en construcción es democratizador, basado en relaciones familiares hacia la equidad de género y estilos dialógicos de comunicación intrafamiliar. Media entre ambos un modelo emergente en que convergen características de los precitados modelos.

    En Cuba predominan las familiares de tipo nuclear diversificadas, en tanto la clásica nuclear (madre, padre y descendencia) cede paso, ante la monoparentalidad como tendencia rectora en el despliegue de la nuclearización y con énfasis en la monoparental encabezada por mujeres.

    Mientras, las nuevas configuraciones familiares responden a los nuevos modos de vivir en familias, son arreglos familiares que emergen de la diversidad y complejidad familiar, que es la principal tendencia del mapa familiar cubano.

    De ahí que, además de las familias nucleares (pareja solas, madres, padres y descendencia, parejas solas y una de las figuras parentales y su descendencia o parte de ella), existen además las familias reensambladas, en situación de trasnacionalidad, en patrón de diversidad sexual, de redes, en situación de vulnerabilidad, a techo abierto y en unión visitante, entre otras.

    Sostenemos la tesis de las familias cubanas en transiciones, continuas, ascendentes y muchas veces encontradas.



    Para ser honesta, este es un tema en el que no soy muy experta, por lo mismo me aventuraré a un diálogo con estas preguntas provocadoras, que a su vez me provocan otras:

    ¿Representativos de qué: del desarrollo sano de sus miembros, de la diversidad de configuraciones filiales que existe? ¿De qué concepción de familia partimos? ¿Valdría la pena hacer mayor énfasis en los modelos más representativos o en recrear y posicionar cada vez más la diversidad de tipos de familia que existen, en la cual algunos son invisibilizados o estigmatizados por una zona conservadora e incluso fundamentalista de la sociedad en que vivimos?

    Por supuesto que no se trata de una pregunta o de la otra, sino del foco de atención y la intención que tenemos con ellas. Ahora me gustaría cambiar un poco el orden y traer a colación algunos elementos de la concepción de familia a la que más me apego, que es la que ha estado recreando y sistematizando la psicóloga y profesora Patricia Arés durante muchos años. Algunas esencias para definir familia, que esta autora ha compartido, son: la unión de personas, proyecto común, relaciones de reciprocidad, apoyo mutuo, amor, solidaridad y más recientemente la comprensión de familia como comunidad, como sistema parental que se puede reconfigurar permanentemente y que tiende a sumar, no a separar personas.

    Aunque no podemos apegarnos a clasificaciones rígidas, algunos tipos de familias que hoy nos pueden hablar de mayor predominio pueden ser: las familias extensas o extendidas (si tenemos en cuenta que no hay una correlación adecuada entre la infraestructura habitacional y el crecimiento familiar, conviven varias generaciones), las familias reconstituidas o ensambladas (el matrimonio pierde su carácter obligatorio), las familias monoparentales tienen una gran expresión en el país (fundamentalmente mujeres asumiendo solas el cuidado de hijos o hijas), e incluso hogares de un solo miembro (en muchos casos, personas adultas mayores viviendo solas debido al envejecimiento poblacional y a los procesos migratorios).

    Estas son algunas de las configuraciones familiares que se han identificado mayormente y que poseen mayor reconocimiento social. Por lo cual, las investigaciones han estado marcadas por estos criterios de búsqueda, pero sería interesante invitar a investigadores e investigadoras a indagar sobre la existencia de otras configuraciones con las que interactuamos cotidianamente y que no encuentran reflejo en los resultados investigativos como para definir su expresión en nuestra sociedad. Por ejemplo, familias conformadas por personas LGTBI, o por amigos y amigas, entre otras. Invitación que tiene el fin, únicamente, de reconocer su lugar, las responsabilidades que asumen en nuestra sociedad y el dato de que estas familias podrían perfectamente responder a los criterios referidos anteriormente en la concepción que defiendo y que llevarían un análisis particular, como los otros tipos mencionadas en el párrafo anterior.

    Si nos preguntáramos, en cambio, sobre las familias que contribuyen más al sano desarrollo de sus miembros; aquellas en la que no es tan importante la estructura, sino su capacidad de responder a las funciones educativas, afectivas, económicas validando los seres humanos que las constituyen sin negarlos, excluirlos, maltratarlos; otro sería entonces el análisis. Seríamos probablemente menos excluyentes y más propositivos a la hora de: 1-) diseñar estrategias más abarcadoras de acompañamiento familiar al interior del país para revertir prácticas dañinas a ellas mismas y al desarrollo de la personalidad de sus miembros y 2-) en un marco más global, revertir estrategias capitalistas como la del ataque a la ideología de género en la que no importa cuánto se beneficia la sociedad de las funciones que cumplen las familias (da igual el tipo) en la gestión y recreación de la vida, sino un fin más a corto, mediano y largo plazo, que es seguir sosteniendo el orden criminal e injusto del mundo actual.

    Recrear la diversidad de familias es una opción política…

    Hay un crecimiento bastante grande de las familias monomarentales, es decir, de las familias lideradas por mujeres, mujeres solas que obviamente han accedido a la reproducción a partir de la existencia de una parternidad, pero esa paternidad está ausente de diversas maneras: desde las cuotas bastante bajas que se les exige a los padres en Cuba a partir del salario legalizado, hasta la ausencia total de los progenitores en la educación y manutención de sus hijos, un tema pendiente dentro de la agenda feminista cubana.

    En el caso de las familias monomarentales, algunas son por elección. Y, por consiguiente, deberían estar documentadas, legisladas y amparadas.

    Están también las familias conformadas por personas LGBTI y habría que darles el justo lugar que tienen. No creo que sea un modelo reciente. Nací en 1976 y desde la pasada década de los ochenta conozco este tipo de familia, porque en mi aula estudiaba un muchacho que era hijo de dos mujeres y además esa relación estaba pactada con un tipo de masculinidad, que ahora no podría precisar. De modo que, desde esa fecha, este tipo de familia no me es ajeno.

    Existen, por otra parte, familias lideradas por abuelos y abuelas, que creo tampoco están siendo tenidas muy en cuenta. Hubo un caso bastante mentado mediáticamente, que fue el de las dos abuelas lesbianas que entablaron una pelea por la custodia de sus nietos a partir de la muerte de su progenitora. Este es uno de los modelos existentes, que es el resultado de estas misiones internacionalistas —como le llaman a la prestación de servicios cubanos en el exterior—, donde algunos de los hijos, incluso, menores de edad, quedan al cuidado de los abuelos.

    Otro de los modelos que está creciendo en los últimos tiempos es el de las familias armadas por triejas o cuatriejas u otro tipo de formaciones que no son las relaciones de parejas heterosexuales. Y estas triejas o cuatriejas no las incluyo en las familias LGBTI porque tienen diversas maneras de relacionarse, pues no siempre hay orientaciones lésbicas u homosexuales dentro de ellas.

    Las heteroparentales, las homoparentales y las homomaternales. También existen familias monomaternales o monopaternales, familias por asociación, como sucede con muchas personas trans.

    En nuestra sociedad existen diferentes tipos de familia. Por esta razón para mi fue motivo de alegría saber que el nombre del cuerpo legal que hable sobre estos temas se llamará “Código de las familias” en plural, denotando así la conciencia de esta realidad.

    De acuerdo a los resultados del último censo de población, las familias más representativas son: la nuclear, con más del 50 por ciento; la extendida formada por parejas que pueden tener hijos o no, más otros familiares; la compuesta en la que se suman personas que no son parientes, con un 2,3% y los hogares unipersonales. Lamentablemente no existen estadísticas para las familias homoparentales. Nuestras familias no existen, son invisibilizadas. La televisión tampoco ayuda mucho. En ella somos omitidas también.


  2. ¿Qué elementos no pueden faltar en el nuevo Código de Familias para que todas las personas y tipos de familias estén representados y tengan garantizados sus derechos en ese cuerpo legal?

    Rosa Campoalegre Septien

    Ante todo rescato una cuestión epistémica y política referida a qué enfoque asumir. Insisto en la necesidad de desplegar, como eje transversal y punto de partida, el enfoque de género y de derechos basado en la equidad y el respeto a la diversidad. Unido a ello, el enfoque interseccional que tome en consideración el entrecruzamiento de las variables género, “raza”, territorios, generación, clase, entre otros.

    Hace poco tuvo lugar en el Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), en el módulo de Familias cubanas del diplomado Sociedad cubana, el primer taller del Foro Hacia un nuevo Código de Familias. Fue un análisis muy rico acerca de qué transformaciones deberían considerarse en el nuevo Código en torno a instituciones como: el matrimonio, la guarda y cuidado, la patria potestad y la adopción. Hay mucho que de/construir desde una mirada decolonial de las relaciones familiares. En esta actividad contamos con la presencia de reconocidos juristas especializados en el Derecho de Familia, que trabajan en la redacción del nuevo Código, quienes compartieron con el equipo docente integrado por investigadoras e investigadores del Grupo de Estudios sobre Familias del CIPS y los estudiantes del diplomado.



    El reconocimiento del matrimonio igualitario y de otras formas de asociación sin diferencias de derechos. El reconocimiento explícito de las diferentes configuraciones de familias. El derecho a la adopción sin exclusiones y con mayor flexibilidad para su disfrute.

    Garantías explícitas de los derechos de las personas trans o con expresiones de género no binarias, con protección a los menores de edad con expresiones fluidas de género.

    Reconocimiento de la infancia como sujeto de derecho, tomando en cuenta el interés superior del menor. Ello incluye el derecho a una educación en la sexualidad, basada en el conocimiento científico y de carácter secular.

    Eliminar la reproducción como un fin en sí mismo en el marco del matrimonio y la familia. Al mismo tiempo, deben sentarse pautas para el acceso a medios tecnológicos que garanticen la reproducción sin mediación de las relaciones sexuales.

    Reconocimiento de los derechos reproductivos de los hombres.

    Creo que los legisladores —lo digo en masculino intencional— debieran ser personas preclaras y adelantarse a su tiempo; incluso, aun no adelantándose a su tiempo, deberían contemplar todos estos modelos y quizás hayan más, pues mi conocimiento de la realidad cubana no es absoluto. Pero, en cualquier caso, debieran tener en cuenta a todas estas personas y a sus necesidades puntuales.

    Otro asunto que debería tener presencia en el Código de las familias es la adopción de hijos e hijas, en el caso de las personas LGBTI. Igualmente, habría que visibilizar con bastante fuerza a las familias monomarentales que se hayan constituido así por elección o por ausencia de la figura paterna, pues en cualquier caso es un fenómeno que apunta a la precarización de estas familias y de estas mujeres, y considero que no es justo que se les vaya a dejar fuera del Código.

    Otra cuestión es acabar de nombrar desde el Código a las personas que trabajamos de manera independiente, que necesitamos una protección legal con las maternidades y paternidades, que estuviéramos comprendidas en las nuevas legislaciones.

    Entiendo que el Estado cubano debe seguir siendo garante de la educación —y una educación, además, de mejor calidad, de la que está ofreciendo hoy—, pero de alguna manera debe dejarnos tener también otros modelos de educación, o simplemente dejarnos educar a nuestros hijos de otras maneras. Estoy pensando en los padres que están presos en Guantánamo, que son de alguna iglesia evangélica, y también pensando en mi caso y en el de otros padres y madres que queremos otras metodologías para acompañar a nuestros hijos en el proceso de su educación. Creo que esto debería estar contemplado dentro del Código.

    Otro aspecto al que debe prestar atención el Código es a la convivencia de varias generaciones en un mismo espacio. Hoy conviven en un hogar hasta cuatro generaciones de cubanas y cubanos, lo cual implica que las familias no pueden funcionar bien y esto es una realidad bastante generalizada en nuestra sociedad.

    En el artículo 81 de la actual Constitución se dice que toda persona tiene derecho a formar una familia y el Estado reconoce a las familias (en plural) cualquiera sea su conformación. Por lo que mi familia tiene que tener derechos garantizados por el nuevo Código. Incluso aunque en el referéndum no sea aprobado por la mayoría, cuyos derechos no son cuestionados. En este código debe respirarse el principio de igualdad del que habla el artículo 42.

    Es necesario que el Código de Familias contenga una profunda coherencia con los principios del proyecto socialista y revolucionario por el que se ha apostado en Cuba y con lo expresado en la Carta Magna. Lo que implica generar condiciones para una vida plena y digna para cada persona, en este caso, desde el lugar de la familia que es una institución y grupo social esencial para la sociedad y para la vida humana.

    Esto se tendría que traducir en el reconocimiento y protección de las diversas configuraciones familiares en plano de absoluta igualdad, asumirlas como comunidades que cumplen funciones económicas, educativas y afectivas fundamentales y que, así como tienen deberes, también tienen derechos y ambos deben quedar muy claros para el sano desarrollo de sus miembros. Esto último no solo en la conformación y convivencia familiar, sino en el caso de su disolución también. Es fundamental crear las condiciones para el cuidado de cada uno de sus miembros en cualquiera de estas situaciones, especialmente para las personas que quedan más vulnerables.

    Debe ser un documento regulador del tipo de relaciones que se deben establecer al interior de las familias y para con ellas, sea cual sea el tipo. En un contexto donde el maltrato (según Patricia Arés) se ha instalado casi acríticamente, es urgente ofrecer desde la ley un espacio de protección real para víctimas de violencia intrafamiliar contra las familias no tradicionales por cualquier tipo de discriminación.

    Se deben concebir medios más expeditos, incluyentes, no menos rigurosos, para la filiación adoptiva, de procreación asistida, entre otras; intencionando la configuración de familias de este tipo, que respondan al criterio fundamental de favorecer el desarrollo sano de sus miembros y un espacio de protección, educación, afectos, garantías económicas, entre otras.

    Se debería explicitar, de la manera más clara posible, cómo cada institución de la sociedad (familiar incluida) será coherente con lo planteado en el Código, no solo en letra sino en espíritu, en práctica cotidiana desde la coherencia con el proyecto de justicia social de la Revolución Cubana.

    Debe ser un código que invite al análisis por casos, más que a la generalización, con estrategias locales de fortalecimiento de esta institución que es base fundamental de las redes de apoyo que sostienen a cubanas y cubanos en cualquier lugar y situación en que se encuentran.


  3. ¿Qué rol le concede al padre y la paternidad, en los procesos de cambio que se están produciendo al interior de las familias cubanas? ¿Cómo se pueden seguir potenciando?

    Marta María Ramírez

    La paternidad tiene, al igual que la maternidad, un rol esencial en la vida y formación de un niño o una niña.

    En este sentido, el Código debería mirar los derechos relacionados con las licencias de maternidades y paternidades, acabar de cambiarle el nombre a la actual licencia de maternidad, atemperarla a otros modelos internacionales; por ejemplo, el noruego, que hace obligatorio el rol del padre, es decir, si se quiere acceder a la licencia de maternidad, la licencia de paternidad tiene que ser un hecho. En ese país, para dar licencia de maternidad, el padre tiene que participar de la licencia de paternidad y esto pactarlo. Se han comprobado sus resultados.

    Desgraciadamente, es una realidad en nuestro medio que muchos padres no asumen aún con responsabilidad los roles que les tocan al interior de la familia. Por otra parte, sobre sus hombros descansa el rol de ser los principales proveedores; tienen que salir a competir para sostener económicamente a sus familias, aunque también esa visión tradicional se ha ido rompiendo debido al acceso de las mujeres a la vida laboral y profesional. Pero son muchos todavía los hombres que se desentienden de sus hijos. Por tanto, habría que trabajar más este asunto para seguir decontruyendo esos estereotipos que laceran a los propios padres.

    De igual modo, creo que hay que hacer efectivos los tribunales de familia, que de verdad se encarguen de ver qué está pasando en casos de querellas por la patria potestad. Conozco un caso de una amiga que tuvo un hijo con un hombre que era su pareja, a los seis meses la botó de la casa, se desentendió del bebé, más allá de los 30 pesos que le dejaba algunos fines de semana. Un padre de estación, como lo llamo. Pero mi amiga reconstruyó su proyecto de vida con un hombre que no es cubano y se ve imposibilitada de irse de Cuba porque su antigua pareja no da el permiso de salida al niño, que ya tiene seis años, hasta que este no sea mayor de edad, es decir hasta los 18 años. Todas las instancias han fallado a favor del padre, porque no quieren que el niño emigre; pero nadie se ha ocupado de pensar dónde ha estado ese padre durante estos seis años.

     



    Ciertamente, me gustaría comenzar a responder esta pregunta partiendo de un contenido esencial, como el derecho de paternidad que se reconoce con los cambios en la ley de paternidad y que, por consiguiente, tienen incidencia en la manera en que se asume y asigna el rol de padre. Digo esto, justamente, porque aunque el proceso de reconocimiento de este derecho es reciente, ha marcado la diferencia para muchos padres y madres que han sentido su ausencia.

    No obstante, hay muchas responsabilidades paternas que hoy se asumen o no en dependencia de la actitud de este miembro de la familia y no de las garantías que ofrece la ley. No es menos cierto que el sistema patriarcal ha dejado importantes aprendizajes en la manera en que se dan las relaciones al interior de las familias y de estas con el resto de la sociedad, que han conllevado la limitación de muchos derechos paternos, pero la actitud machista también ha contribuido a su legitimación y a que se obtengan beneficios a los que no es fácil renunciar.

    Volviendo a la pregunta, debemos decir que estos cambios favorecen una mayor corresponsabilidad en el cuidado de los hijos e hijas. Por ejemplo, ambos, padres y madres, tienen la posibilidad de planificar un periodo tan importante como el primer año de vida de su bebé, de tal manera que el padre no resulte excluido ni se autoexcluya; un periodo en que ambos pueden estar cerca y al cuidado de esa vida que dieron juntos. Claro que esto llevaría muchos análisis y cuidados, porque no se debe tratar únicamente del derecho del padre, sino del niño o niña también, de las variables economía familiar, modos de funcionamiento, cuidado de cada miembro de la comunidad familiar, revisión de las maneras en las que las instituciones se acogen en práctica y en letra a estos cambios.

    Pero, de manera general, genera cambios importantes en los derechos y responsabilidades de los padres. Más allá del rol de proveedor, el padre comienza a tener una mayor participación en asuntos antes concebidos fundamentalmente para madres y abuelas. Y lo más importante, niños y niñas tienen la posibilidad de fortalecer su relación con ambos miembros desde edades tempranas.

    Luego de estas alertas, y confirmando la necesidad de seguir potenciándolo, comparto algunas ideas que podrían ayudar:

    • Que el contenido de la Constitución de la República de Cuba sobre este particular encuentre coherencia en el nuevo Código de familias.
    • Es fundamental que se eduque a cada miembro de la familia sobre el contenido de este Código y su importancia.
    • Se deben preparar a ambos, padre y madre, para la asunción en un cuidado corresponsable de los hijos e hijas y de ellos mismos a su vez.
    • Las instituciones deben ser convocadas y preparadas para asumir el espíritu y la letra de la ley simultáneamente.
    • Los procesos educativos en la infancia y adolescencia deben responder menos a los patrones tradicionales de género.
    • Que se gane cada vez más en la compresión de familia como comunidad en la que sus miembros comparten deberes y derechos, y que esto tributa a un sistema de relaciones mayor que va más allá de los seres humanos.

    En el artículo 84 se expresa que la maternidad y la paternidad son reconocidas. Este hecho pretende dar la misma importancia y responsabilidad a ambos roles, por lo que ayudará a garantizar las responsabilidades de los padres sobre sus hijos, algo que jurídica y culturalmente quedaba recargada en la madre. Ayudará muchísimo a que en nuestra sociedad los hombres asuman roles que han sido señalados para mujeres. Esto permitirá crear una sociedad más equitativa.

    Los padres deberían asumir roles antipatriarcales que influyan en una estructuración de los parentescos no estratificados en asimetrías de poder. Aunque se ha avanzado, aún falta mucho por asumir una paternidad responsable en plena igualdad con el ejercicio de la maternidad. Al mismo tiempo, esta última debe desnaturalizarse y dejar de idealizarse como un fin de la feminidad. Las políticas deben ser claras en los aspectos educativos y de reconocimiento al ejercicio de una paternidad no patriarcal.

    Una de las transformaciones sustanciales del modelo patriarcal debe transitar por deconstruir, es decir, replantear sobre nuevas bases el rol de padre y de la paternidad, reconfigurarlo en función de la democratización de las relaciones familiares. Un rol que ha sido encasillado desde una visión carencial, que descalifica la potencialidad del aporte de los padres a las familias e intenta reducirlo al cada vez más tambaleante rol de proveedor. Pienso que debe ser un rol fundamental, pero al unísono catalizador para que se abran paso las nuevas realidades familiares, para subvertir la feminización de los cuidados, las violencias en el ámbito familiar, por citar solo dos problemas clave. El paso de la figura de autoridad omnímoda a un agente facilitador de las funciones familiares. Si concebimos el empoderamiento de las familias como la creación de condiciones para que pueda desarrollar coherentemente sus funciones, esa es una de las condiciones.

    En 2015, con el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), iniciamos las jornadas de Paternidad y Maternidades responsables, incluso se publicó un libro con participación de representantes de la academia de diversas instituciones. Allí se trataron algunas pautas, recomendaciones, experiencias que sería muy válido socializar para avanzar en estos asuntos.


  4. El matrimonio igualitario y la adopción de hijos por parte de parejas de un mismo sexo, parece ser un asunto que concitará polémica pública en el proceso de aprobación del nuevo Código de Familias ¿Qué aspectos considera no deben quedar fuera para qué sean incluidos y respetados los derechos de las personas LGBTI?

    Yaima Palacio Verona

    Totalmente de acuerdo con esta afirmación, lamentablemente lo que es diferente a lo tradicional atemoriza y más si las configuraciones familiares rompen con lo que se estableció hace muchos años como condición necesaria para perpetuar condiciones de opresión y desigualdad social para muchos en beneficio de la acumulación de capital de unos pocos.

    Ojalá el Código de familias y todas las acciones comunicativas y educativas asociadas a este logren favorecer la toma de conciencia acerca de lo beneficioso de una familia amorosa, funcional, responsable, no importa cuál sea su configuración. Ojalá ayude a que cada persona tome conciencia de que puede estar siendo víctima no solo de sus aprendizajes del patriarcado y de sus prejuicios, sino de una estrategia menos visible del capitalismo. Si antes el foco de atención fue el comunismo, hoy lo es la ideología de género; pero en el fondo es lo mismo, hay quienes no quieren perder sus beneficios y algunos y algunas les hacemos el juego desde una comprensión limitada del problema.

    Esto que ocurre en el plano internacional no deja de afectarnos. En Cuba, muchas de las batallas ganadas en este sentido, en el plano familiar y en las cuestiones de género, están en riesgo por la fuerte influencia (entre otras) del sector fundamentalista religioso, que inculca el odio a las personas de orientación sexual distinta de la hétero.

    Por eso es urgente reconocer el matrimonio igualitario como derecho, la unión de hecho entre dos personas como alternativa para vivir en familia y todos los deberes y derechos que esto conlleva.



    Este tema transciende a las personas LGBTI, es un asunto de justicia social, de derechos, democratización familiar. Lo considero pertinente. Los imaginarios sociales acerca de la nocividad del matrimonio igualitario y la adopción por parte de parejas de un mismo sexo o personas bisexuales, trans o queer, no se corresponden con los resultados de las investigaciones científicas en este campo. Lo decisivo no es el sexo, sino cómo se desarrolla la dinámica familiar, qué estrategias familiares se estructuran y, en este contexto, cómo se articulan con los modelos parentales, especialmente con los estilos de crianza familiar.

    Ante todo, no debe quedar fuera la igualdad de derechos de todas las personas al constituir familias y refrendarlo legalmente en cualquier variante de matrimonio. Ahora bien, no basta un código; hay mucho que trabajar en materia de educación integral de la sexualidad y de educación familiar propiamente dicha.

    Considero que es fundamental que se acabe de aprobar el matrimonio igualitario, porque fue una minoría en las asambleas para redactar la Constitución vigente en Cuba la que estuvo en contra y, aun siendo una mayoría, debería revelarse una voluntad política. Creo que Cuba es el último país de América Latina donde las iglesias no tienen un poder real por lo que este tema ha estado preterido. Somos uno de los primeros países en hablar de matrimonio igualitario.

    Dentro de las asambleas donde se discutió este tema en la consulta popular, fueron pocas las personas que se opusieron y la participación en las asambleas fue bastante grande, o al menos más grande de lo que yo esperaba.

    Entiendo parte de la polémica porque vivimos en una sociedad bastante conservadora, pero también entiendo que la voluntad política se ha cargado muchas veces esa polémica. En otros asuntos en los que no hemos estado de acuerdo, la voluntad política ha impuesto un mandato que quiero considerar justo. ¿Por qué no considerar justo el matrimonio igualitario, por qué no considerar justa la adopción de parejas del mismo sexo, cuando son realidades, solo que no existen garantías legales? Le guste a quien le guste, le pese a quien le pese, estas son realidades que no están garantizadas ni legisladas y lo único que provocan son sufrimientos en las personas y en su descendencia, si es que la llegaran a tener por vías que no son legales o no están reconocidas.

    El aspecto principal es considerarlos un derecho humano y un acto de justicia, vista esta última desde una perspectiva no solamente jurídica, sino también histórica y ética. Debe fundamentarse con claridad estos aspectos, de forma que el soberano tenga más elementos para decidir. Nuestros legisladores deben respetar los principios de inalienabilidad, interdependencia y progresividad de los derechos humanos, con énfasis en la obligación moral y jurídica de brindar protección y reconocimiento a los grupos vulnerables. El proceso de debate debe estar atravesado por la laicidad del Estado y por la participación plena de las y los activistas LGBTI, sobre todo como interlocutores válidos en el ejercicio de la ciudadanía.

    No puede faltar: El matrimonio de parejas del mismo género. La adopción por parte de parejas del mismo género y de personas solteras con los requisitos económicos y psicológicos para hacerlo. La inseminación asistida para mujeres lesbianas y mujeres heterosexuales que estén solteras. El reconocimiento como familia y de maternidad-paternidad en otras configuraciones que se están dando, justamente por utilizar métodos y asociaciones no convencionales, al no tener derechos garantizados.


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