A debate

Mujeres y covid en Cuba: construyendo resiliencia

  Si bien la covid-19 ha impactado de manera radical a la ciudadanía, sus huellas siguen siendo más hondas para las mujeres, quienes por persistencia del orden patriarcal siguen asumiendo las tareas domésticas en muchos hogares. A este asunto se acerca la Redacción IPS Cuba desde las experiencias y opiniones de cinco mujeres cubanas.

  1. ¿Cómo ha impactado el coronavirus la vida cotidiana de las mujeres en Cuba, teniendo en cuenta que sobre ellas recae, por persistencia del orden patriarcal, el peso de las tareas domésticas y de cuidados?

    Betty Hernández Becerra

    Pensar desde la covid-19 hace inevitable que se piense en negativo. Eso no niega que existan lecturas positivas posibles como podrían ser tener más control de los tiempos propios, no responder a horarios establecidos desde imposiciones patriarcales como pueden ser jornadas extensas que afectan los ritmos femeninos de la vida, mayor integridad familiar, revaloración de lo que resulta importante para vivir, mayor conciencia del papel que desempañamos en la naturaleza como una especie más, pero esa mirada no es la que está en el imaginario social cuando de manera espontánea pensamos en palabras, sentimientos y vivencias que se asocian en la pandemia.

    Reconozco en la imposición básica de la lucha contra este virus y la propuesta de quedarse en casa, una sobrecarga que la mujer, a la par —respondiendo a una exigencia patriarcal de poder— intenta desempeñar con éxito, y en el mismo tiempo cumplir estas tareas:

    • Desarrollar teletrabajo
    • Acompañar teleclases
    • Mantener la higiene en el hogar
    • Cuidar de los niños y enfermos
    • Desplegar la creatividad para alimentar a todos en casa
    • Estar pendiente de los productos necesarios y las colas para alcanzarlos
    • Descuidar la salud física y emocional

    Las mujeres cubanas, a pesar de las conquistas alcanzadas, contamos con pocas garantías, muchas exigencias, incluso propias, y escaso espacio personal. Estos elementos que no siempre son visualizados de forma crítica y, por el contrario, refuerzan, en tiempos de pandemia, estereotipos de género asignados culturalmente y que nos tienen desde milenios mirando una fotografía de mujer cuidadora, educadora, doméstica, sumisa, afable, complaciente y dada a los otros.

    Esta idea no ha cambiado sustancialmente pese a la incorporación lograda en a la vida pública, vida que está diseñada desde las imposiciones patriarcales y a la que los hombres también responden acríticamente.

    Asociado al hecho de quedarse en casa también está el convivir, por tiempo y espacio prolongados, con la diversidad familiar con la que no siempre se sostienen buenas relaciones, ahora sin escape porque estamos todos en casa. Y paso de pensar en la convivencia de varios miembros de la familia en el mismo hogar con intereses y posiciones distintas con relación a la vida: nueras, suegras, hijos de distintas generaciones, hasta llegar al desarrollo de múltiples formas de violencia directa e indirecta con su consecuente daño psíquico y físico en el ámbito de la pareja, en la relación con los hijos, los ancianos y hasta los animales domésticos.

    La invisibilización de la violencia de género y el no reconocimiento de sus manifestaciones indirectas trae aparejada la aceptación de conductas “más sutiles” como normales e, incluso, como necesarias para funcionar en la vida cotidiana. La subordinación de género y la violencia asociada está naturalizada y diferenciada en relación con los ámbitos de lo público y lo privado en tanto espacios que han sido socialmente asignados a hombres y mujeres respectivamente.

    No constituyen minoría, lamentablemente, las personas que piensan que si no hay daño físico no hay violencia y que la legitiman como parte del proceso educativo.



    Esta pregunta debe entenderse desde el concepto de autonomía de las mujeres, nuestro derecho a decidir nuestro destino, autonomía económica, física y para la toma de decisiones, según define CEPAL. En el caso cubano, una de las tensiones más importante es la (no) relación “Casa adentro vs casa fuera” centrada en la cultura patriarcal y heteronormativa, es decir: “dicotomía pública/privada

    Me gustaría  centrar la mirada en los cuidados como núcleo de las desigualdades, al decir de la socióloga uruguaya, Karina Batthyány, se trata de que la distancia entre los indicadores que reflejan el progreso de las mujeres en nuestra sociedad en cuanto la autonomía económica y para la toma de decisiones no se corresponde con fenómenos endémicos como la feminización de los cuidados y las violencias de género.

    Antes de responder a esta pregunta, debo partir de las condiciones en las que desde antes de la pandemia las mujeres cubanas desarrollábamos nuestra vida cotidiana para luego comprender qué peculiaridades implica la covid-19 para nuestro día a día. En ese sentido, la pandemia irrumpe en Cuba en un escenario donde ya existía una desigual distribución del trabajo doméstico y de cuidados entre mujeres y hombres con una sobrecarga significativa para las primeras. Esto lo documentó la Encuesta Nacional sobre Igualdad de Género (2016); aunque es algo que ya se percibía en la cotidianidad.

    Es relevante y en ascenso, por otra parte, el número de hogares encabezados por mujeres con las implicaciones que trae para la planificación y organización de la vida y la gestión de las cuestiones necesarias para la reproducción de la vida en familia. De modo que en un contexto que económicamente ya era complejo, antes de la pandemia, estas cuestiones tienen un costo físico, de desgaste emocional que, obviamente, se acentúan en las actuales circunstancias.

    Asimismo antes de la covid ya existían algunas limitaciones en cuanto a las instituciones que ofrecen servicios sociales de cuidados, como pueden ser los círculos infantiles y hogares de ancianos —que tienen cupos limitados, muy por debajo de la demanda—, pero ahora la situación se complejiza aún más. Las niñas y los niños permanecen más en casa, es mayor el tiempo que hay que dedicarles y así sucede también con los adultos mayores.

    En el caso particular de niñas y niños hay que hablar también de cómo ha sido necesario un acompañamiento a su educación, entiéndase el seguimiento a las teleclases, la sistematicidad del estudio, la forma en que las familias han tenido que organizarse para llevar a cabo ese proceso. Y estos son aspectos que han implicado un extra de dedicación y esfuerzo.

    Por otro lado, debido a las peculiaridades de esta enfermedad, las rutinas y los hábitos de higiene en casa, suelen ser más estrictos, más sistemáticos y eso igualmente constituye otra carga que, por lo general, recae en las mujeres.

    No quiero dejar de mencionar a las que laboran en el sector de la salud pública, que son mayoría, y en este tiempo están sometidas a un estrés y una carga de tareas considerable, que se agravan como resultado de las condiciones en que se desarrolla la cotidianidad en los hogares y el rol mucho más activo que solemos tener las mujeres en el trabajo doméstico no remunerado.

    Otro ejemplo es el de aquellas que se han mantenido bajo la modalidad del teletrabajo, donde se asiste a la superposición en tiempo y espacio, de una multiplicidad de roles, todos muy demandantes: mamá, trabajadora, jefa de hogar, maestra, esposa, hija, cuidadora. Como es obvio esto es también muy tensionante y agotador.

    Sin dudas hay un impacto grande en la vida de las mujeres producto de tantos meses de pandemia, ahora la vida se vuelve a tornar las 24 horas en el espacio privado donde además de reproducir la vida cotidiana hay que teletrabajar, entonces compiten los tiempos, el autocuidado, los horarios se desplazan, todos esperan que sea una la que organice la dinámica familiar y eso es agotador.

    Como se está en casa, todos inventan tareas, no cesan las agendas de encuentros virtuales que duplican los tiempos para generar cualquier acción. Pareciera que nadie tiene qué hacer y en otros lugares del continente sabemos que reproducir la vida tiene dificultades, pero con el dinero en mano en segundos puedes hacer compras que te facilitan esa doméstica tarea de cocinar alimentos para toda la familia, tan difícil hoy en nuestro contexto nacional.

    Para las madres con hijos en edad escolar, ancianos encamados, cuidadoras de personas con capacidades especiales, la pandemia ha acentuado esos roles y sobrecargas a las que ya tenemos incorporadas el resto de las mujeres.

    Desde lo laboral, considero que a pesar de las políticas que favorecen a las madres trabajadoras y que son de gran beneficio, sigue siendo un retorno al espacio privado, que no es beneficioso para las mujeres, por ejemplo del sector privado, que como sabemos en su mayoría son empleadas y no dueñas de negocios con bastante afectación para su independencia económica, observándose una alta presencia de mujeres revendedoras, que tiene relación también con la creciente cifra de mujeres que son cabeza de familia.

    Es también un elemento distintivo de esta etapa el incremento de la violencia de género, agravado por mayor tiempo de convivencia dentro de las viviendas y por las consecuencias económicas y culturales que favorecen este inhumano fenómeno en nuestra sociedad y que conlleva a veces hasta la muerte de mujeres.

    La covid-19 ha venido a cambiar el orden que antes conocíamos, ha trastocado de repente nuestras rutinas para dar paso a nuevas prácticas que de pronto se han convertido también en rutinarias, en la nueva realidad… Hablar desde la perspectiva de “las mujeres en Cuba” me resulta difícil pues, precisamente, uno de los impactos que ha tenido la pandemia, al menos para mí, ha sido el aislamiento social; no solo condicionado por la necesidad de minimizar los contactos físicos, sino por el desgaste emocional experimentado. A una no le quedan ganas siquiera para socializar a través de los canales digitales o el teléfono. He evitado ahondar en las interioridades de cada uno, quizás porque mis propios problemas, pensamientos y emociones, me han tenido suficientemente ocupada para no querer acercarme demasiado a los tormentos de otros.

    Sin embargo, hay temas que sí han sido verdaderos escollos para un buen número de mujeres y no escapan a la vista ni al mayor despistado: simultanear el cuidado de los niños y su educación escolar en casa —muchas veces careciendo de las condiciones idóneas para ello— con las tareas domésticas y también con el teletrabajo. Esto ha sido el día a día de muchas de nosotras. A lo cual se suma la incertidumbre de conseguir los artículos de primera necesidad, o la clásica pregunta que atormenta a la cubana desde hace mucho tiempo: ¿qué voy a hacer hoy de comida? Otras, se han visto abocadas a lanzarse a nuevos proyectos de trabajo, a veces de carácter informal, que les ayuden a multiplicar los ingresos y poder hacer frente así al encarecimiento desmedido del costo de la vida en nuestro país. Es así como nos hemos visto encerradas en un ciclo infinito, donde se superponen múltiples tareas y responsabilidades de diversa índole, de las cuales intentamos salir airosas todos los días.


  2. Construir resiliencia en medio de escaseces y dificultades ha sido un reto para las mujeres. ¿Cuáles son los principales efectos sobre la salud y estabilidad física y emocional que implica para ellas crecerse ante situaciones de crisis?

    Yuliet Cruz

    Precisamente como explicaba, la superposición en tiempo y espacio de una multiplicidad de roles, muy demandantes, los cuales asumen las mujeres ya, de por sí, son condiciones bastantes estresantes y generan cansancio. Si esto ocurre en estas circunstancias —ya llevamos más de un año—, marcadas por la incertidumbre, el temor, tanto latente como práctico de enfermarse, asumir las consecuencias de un posible contagio y si, además, eso sucede en condiciones materiales limitadas, donde la satisfacción de necesidades básicas como la alimentación, la higiene es bastante difícil y requiere de esfuerzos, recursos económicos, tiempo, pues estamos hablando de unas realidades de vida complejas, estresantes para todas las personas pero, en especial, para quienes tienen mayor responsabilidad en el cuidado de otras personas.

    La sensación de cansancio sostenido, tristeza, depresión, frustración ante el hecho de desempeñar estos roles con limitaciones e, incluso, la dificultad para satisfacer necesidades personales por el poco tiempo y las pocas energías disponibles para el descanso, el autocuidado, el ocio, hacen que el panorama sea muy difícil.

    En esta etapa de gestión de la pandemia, así como en la tan deseada de nueva normalidad las instituciones de salud tendrán que ofrecer servicios de salud mental suficientes y de calidad para suplir las necesidades que se han ido generando y necesariamente van a emerger como resultado de esta crisis sanitaria. Ya se observan problemas de salud mental y física que constituyen desafíos adicionales.

    Otro asunto, no menos importante, es la violencia contra las mujeres y las niñas, donde el hecho de estar más tiempo en casa conviviendo con sus maltratadores, y las limitaciones que existen para activar las redes de apoyo debido al acatamiento de las medidas de distanciamiento físico, es ya un problema relevante que están enfrentando muchas mujeres y que será necesario atender adecuadamente.

    No es menos cierto que durante este tiempo se han venido desarrollando algunos esfuerzos para ofrecer servicios a distancia que propicien apoyo psicológico a las mujeres que son maltratadas; no obstante, será necesario implementar estrategias que trasciendan la virtualidad y acompañen de modo cercano las realidades que ellas viven.



    En lo personal creo, qué cada crisis es una oportunidad. El estado psicológico con que nos enfrentemos a una realidad —que por mucho que queramos no podemos cambiar— es fundamental para hacer frente a los desafíos de la vida. Siento que los principales efectos sobre nuestra salud y estabilidad física y emocional para crecernos ante esta situación nos hace ser resilientes, nos humaniza, nos vuelve seres adaptables. Ni en las peores circunstancias las mujeres nos dejamos vencer. Siempre hay un apego a la idea de buscar soluciones, encontrar maneras para salir adelante solas o con nuestras familias, sobre todo para aquellas, como yo, que vivimos rodeadas de grandes mujeres donde todos los días es un nuevo comienzo. Juntas sembramos una espiritualidad que nos sostiene y fortalece para no vencernos. Es cierto que nos angustiamos, cansamos, entristecemos, pero solo por momentos.

    El estar organizadas, en mi caso formar parte de grupos virtuales de tantos tipos en este tiempo, nos hace sentir en comunidad, acogidas, aprendiendo de este difícil momento que vivimos y que también trae lecciones buenas para mirar el futuro.

    El peor efecto sobre la salud y estabilidad emocional tiene que ver no con el tema de cómo manejo mi estrés personal sino con factores que agregan mucha preocupación para las mujeres y que se relaciona con los efectos del bloqueo y las consecuencias de la crisis económica que vivimos (alimentos, medicamentos, productos básicos de aseo, costo de la vida).

    Múltiples son los efectos, pero insisto en el síndrome del cuidador y la cuidadora, ese asesino en silencio que consume la vida de las mujeres que cuidan. En el servicio Acompáñame esta ha sido una de las principales patologías atendidas. Nosotras las afrodescendientes vemos la resiliencia, desde antes pues es, en sí misma, resistencia ancestral.

    Me aventuro a responder esta pregunta desde pequeñas pincelas que contribuyan a la reflexión individual. Así expongo algunas ideas y dejo el reto para que cada quién amplié esta mirada.

    • La actual situación de crisis y la posición de las mujeres, siempre al servicio de los otros desde los postulados patriarcales, trae aparejado un abandono de la salud individual que incluye hasta soportar dolor para reservar los analgésicos que quedan en casa por si alguien los necesita más.
    • El hecho de asumirse responsable de evitar conductas de otros (hijos, esposos…) les hacen vulnerables ante la pandemia y ello genera ansiedad, miedo e inseguridad.
    • Los horarios de vida han sufrido transformaciones justo por la realidad de la pandemia, los más jóvenes se acuestan a deshoras y ello afecta la estabilidad del sueño de las mujeres que encarnan el rol materno impuesto por la cultura y que las convierte en únicas responsables de satisfacer las necesidades de los hijos, no importa la hora. Y al día siguiente volver a la carga con el cansancio acumulado y la “disposición” a flor de piel.
    • Angustia por sostener emocionalmente a la familia si contraen la enfermedad y están en sitios de aislamiento.

    Asumo que quien me lee piensa en otras tantas consecuencias, pero coincidirán conmigo en que tal y como dicen las abuelas “en tiempos como estos las mujeres no tenemos derecho a enfermarnos”, de hacerlo cómo quedan los otros, hijos todos de una cultura patriarcal y un pensamiento occidental sobre desarrollo, ciencia y tecnología que ubica a la mujer en eterna posición de entrega y servicio a otras mujeres y a los hombres.

    Cada mujer, cada persona, tiene su propia historia que contar sobre la pandemia. Las experiencias varían en función de las condiciones y las herramientas personales que cada quien posea o haya desarrollado en función de afrontar este gran reto.

    En lo personal, puedo decir que me he sentido todo el tiempo como montada en una patineta que va a gran velocidad y sobre la cual no puedo ejercer el control: siempre hay algo qué hacer o algún problema por resolver. De esta manera, me mantengo haciendo piruetas sobre la patineta, intentando no caerme o que otras patinetas me pasen por arriba. Es un gran esfuerzo, que desgasta, sobre todo porque no hay parada, no hay respiro…

    En relación con los niños he llegado a sentir con mucha fuerza la necesidad de escapar de ellos, porque me ahogan, me absorben, me dejan sin fuerzas: son muchas sus demandas, sobre todo de tiempo. ¿Cómo darles más tiempo de calidad si el día no alcanza siquiera para vivir?

    Cuando llega la noche, después de tanto ajetreo, me cuesta conciliar el sueño, aunque he llegado a disfrutar el insomnio, porque es un tiempo solo para mí. El hecho de teletrabajar bajo condiciones ergonómicas poco idóneas y en horarios poco productivos para el trabajo, me ha provocado un dolor habitual y persistente en las manos, así como molestias en la espalda y cansancio extremo en la vista. Muchas mujeres pudieran haber experimentado o estar experimentando esta sobrecarga, independientemente del apoyo familiar que reciban o de la manera en que se compartan las tareas domésticas pues, casi siempre, es la mujer la locomotora de la familia cubana, y los vagones suelen hacerse cada día más pesados, con situaciones externas, como las carencias de toda índole y la falta de oportunidades, que complejizan el buen desenvolvimiento familiar.


  3. Las redes sociales han sido aliadas de muchas experiencias e iniciativas de resiliencia lideradas por mujeres en tiempos de pandemia. ¿A su juicio, cómo podrían hacerse más visibles, ser más efectivas y mejor aprovechadas?

    Arlen Martínez

    Particularmente no me siento cómoda con este tipo de apoyo. Sé que a muchas personas les funciona y les ha ayudado a sobrellevar este tiempo de pandemia. Me satisface que las hayan encontrado y se hayan beneficiado de estas iniciativas, desarrolladas, por lo general, a través de grupos de Whatsapp; sin embargo, en lo personal no me siento a gusto compartiendo mis pequeños tormentos con desconocidos. Prefiero buscar apoyo en las amigas cercanas, muchas de las cuales están viviendo situaciones similares a las mías.

    Lo anterior no desconoce el rol que muchas de estas experiencias han desempeñado en el actual contexto pues sé que han sido un pilar fundamental para muchas familias, que gracias a ellas han podido mejorar aspectos claves como la convivencia en el hogar o la comunicación, en tanto han podido conocer sobre los estímulos adecuados para el desarrollo de sus hijos.

    Por supuesto que estas experiencias pudieran ganar mayor visibilidad con un mayor número de trabajos periodísticos que las reconozcan y promocionen, sobre todo en los medios nacionales y provinciales de mayor alcance. Algo se ha hecho, pero nunca es suficiente.



    Es importante en cualquiera de las sociedades visibilizar las buenas prácticas. Las mujeres nos debemos esa solidaridad y sororidad feminista de abrazar todas las causas justas que nos junten y hagan más libres a todas. Creo que lo primero es que cada mujer pueda visibilizar esas experiencias que conoce o reconoce que son positivas para todo el conjunto de mujeres, tejer articulaciones entre ellas, poder generar alianzas y, sobre todo por sus contenidos emergentes, son maneras de organizar nuevas formas de participación social, debates y reflexiones colectivas sobre temas de interés en el proceso dinámico y complejo de reconfiguración que vive la sociedad cubana actualmente.

    Tal vez algunas de esas iniciativas podrían estar mejor organizadas desde lo institucional, intencionado articulaciones y sinergias, tejiendo procesos que visibilicen y fortalezcan sus acumulados, sobre todo por la alta participación de mujeres jóvenes en las redes sociales a diferencia de otros espacios organizativos donde no encuentran motivaciones para participar.

    Es un tema para pensar sin dudas y construir desde agendas que impacten discusiones pendientes hasta desarrollar procesos de formación y comunicación populares.

    Por mi experiencia personal, de la gente allegada y desde mi rol de ciudadana y observadora de la realidad, las redes sociales que más han funcionado y ayudado durante este tiempo han sido las informales, las que una teje desde el cariño, desde el día a día, desde la cercanía, desde la solidaridad. En ese sentido, no sé muy bien, qué decir acerca de cómo hacerlas más aprovechables, más efectivas… Puedo contar lo que pasé con una vecina adulta mayor que vive sola y, en algunos momentos, por cuestiones de seguridad, no podía salir de su casa, y no recibió apoyo solidario, como si las instituciones no sintieran que tienen una responsabilidad social también con los cuidados. En ese caso se trataba de una gestión personal a favor de mi vecina y porque la quería ayudar; sin embargo, la institución no hacía ningún esfuerzo por contribuir, porque las cosas fluyeran lo mejor posible. Eso para mí fue muy chocante.

    En ese sentido hay que avanzar muchísimo para que se entienda que los cuidados, sobre todo en un momento como este de excepcionalidad motivado por la pandemia, no se pueden ver como un asunto exclusivo de la familia; las instituciones, las instancias gubernamentales, las y los dirigentes también tienen una responsabilidad social para con los cuidados y para con las personas que más los necesitan. Y eso a veces se aprecia más fácil cuando hablamos de las medidas restrictivas o que limitan la movilidad o la posibilidad de salir a ciertos lugares, pero costó mucho que socialmente se entendiera que hay personas que, ante la escasez, deben recibir una atención específica en las colas. Por suerte ya se ha ido logrando.

    Hay otras instancias de gestiones no directamente vinculadas con la alimentación, pero sí con otras esferas de la vida social que no tienen esto tan incorporado. He escuchado frases como «vulnerables somos todos», lo cual denota que falta mucho por sensibilizar respecto a las necesidades diferenciadas que tienen determinados grupos poblacionales, lo cual reafirma, justamente, las atenciones y prioridades que se le deben ofrecer a esas personas en determinadas circunstancias de la vida.

    Por otra parte, los medios podrían hacerse eco de estas iniciativas que han surgido de manera informal, espontánea; ponerles rostro, sobre todo porque genera satisfacción, efecto de contagio, identificación con determinadas personas y valores que están detrás de esos comportamientos.

    Mi experiencia con relación a esas redes es en un buen grado a nivel barrial. Y ahí en el barrio, en la comunidad es donde también hay que intencionar esfuerzos organizados, activar modos de funcionamiento que faciliten un poco la vida y atiendan las especificidades. Por ejemplo, aquí en el barrio (Marianao) una muchacha hace la compra de medicamentos a algunos adultos mayores y en la farmacia no tiene ninguna prioridad, es decir, ella llega y hace su cola. Por otro lado, quien primero llega a la cola de la farmacia, primero compra, entonces, en este momento en que hay escasez de medicamentos y donde la población adulta mayor es la que, por lo general, tiene tratamientos prolongados debido a enfermedades crónicas, creo que podría pensarse en una estrategia organizada que permita que cada mes y en cada envío de medicamente logre alcanzarse a la mayor cantidad de personas y con un orden que no siempre beneficie a quienes lleguen primero a las colas, sino que intente ser equitativa y que atienda a la mayoría de las personas que realmente necesitan esos medicamentos.

    En síntesis, podría gestionarse un mecanismo organizativo más eficiente para atender esa necesidad que es tan sensible.

    Hay solo un camino de mayor eficacia, el tejido de redes sororas (de solidaridad) implementadas en las comunidades y en los espacios de polifonías. Unirnos en una multiplataforma feminista y a la vez multiplicar los espacios existentes. Esa es nuestra ruta. En la mirada que hacemos a los afrofeminismos en esta contingencia, encontraremos muchas claves de cómo resistir en los contextos más difíciles.

    Las redes juegan un papel fundamental y a ellas están accediendo a diario, prácticamente sin límite de edad, muchas personas. Una buena opción podría ser retomar los recurrentes memes que aparecen en las redes sociales para facilitar la mirada crítica con relación a estereotipos de género que se sostienen o de hecho se consolidan hoy.

    Asumo que la risa espontánea, los criterios de originalidad, o frases como “este está buenísimo”, y de hecho, la conducta de compartirlos, han acompañado su lectura. Y por supuesto, entre tantos y tantos no faltan aquellos que ubican a la mujer vinculada al trabajo doméstico pidiendo ayuda a los pajaritos del cuento de Cenicienta como si fuese más real su aparición que encontrar ayuda en otros miembros de la casa. Pero su agotamiento no implica necesariamente cambios ante una visión cultural que resalta la compulsión femenina por la limpieza y la condena por la casa desarreglada, sin percatarnos de que esto también es un ejercicio patriarcal. Una casa brillante, habla de una mujer con las alas dolorosamente destrozadas.

    Sin embargo, más allá de los memes en las redes, acentuamos nuestras posiciones, las naturalizamos, las quitamos del lente crítico y lo más relevante, nos reímos, compartimos y aprobamos estos estereotipos en el día a día, casi en igual proporción hombres y mujeres, porque al reír aceptamos estas exigencias desde un “deber ser” que se construye culturalmente, y romper con ello implica serios cuestionamientos.

    Considero que a partir de los análisis que se generaran en la sociedad, es responsabilidad de las redes y los medios crear iniciativas que apunten a reflexionar sobre la realidad de la mujer, la violencia de género y otros tantos temas que se vinculan, y hacerlo con la finalidad de ofrecer algunas pautas necesarias en tiempos de distanciamiento físico y, sobre todo, sensibilizar a la población, regida todavía por modos de funcionamiento que refuerzan la cultura patriarcal y machista en las relaciones interpersonales.

    Elaborar cápsulas informativas, secciones de reflexiones sobre la temática que abran posibilidades de intercambio, que movilicen posturas críticas y generen alternativas de cambios, mensaje de apoyo psicosocial a grupos vulnerables, en fin, de la mano de la creatividad y sin ser densos, usando imágenes, levantando preguntas provocadoras. Creo oportuno que se acompañen estas iniciativas desde las redes a partir de un trabajo de mesa previo que logre, no acciones aisladas, sino en proceso. Y puede ser a través del humor, pero no de un humor que acentúe estereotipos de género.

    Todo esto implica una comprensión, por parte de las personas que encarnan las redes sociales y los medios en general, de la dimensión de género, sus denuncias reales, las que no se limitan a la distribución de roles ni a cambiar quién hace qué, sino que propone acercarse a elementos estructurales de la dominación múltiple que precisan ser cuestionados, fisurados y derribados.

    Considero que esta comprensión no está aprehendida, no hace parte de la cosmovisión de muchos de los que reproducen, por los medios, estereotipos asociados a la mujer. Todos hemos visto reportajes cuyo propósito es mostrar a una mujer, casi siempre campesina, emprendedora, asociada a la producción, que además posee capacidades para educar a sus hijos y sostener la vida en su hogar. En su lugar deberían ser resaltados aspectos que muestren su participación en la toma de decisiones, en el control de los bienes y recursos, en los procesos que desarrolla sin reproducir conductas masculinas que reconocemos y rechazamos en los modos de dirigir procesos productivos hoy.


  4. Muchas veces los modelos económicos no miden el trabajo productivo que realizan las mujeres en el hogar y se adoptan decisiones que amenazan los esfuerzos por garantizar el pleno acceso a determinados servicios que pudieran mejorar sus condiciones y calidad de vida. ¿En las circunstancias impuestas por la pandemia, considera que cambiar estos parámetros es ya un imperativo, por qué?

    Betty Hernández Becerra

    Por supuesto que es un imperativo, a partir del proceso de actualización del modelo económico es posible percatarnos que los hombres se beneficiarán a corto plazo mientras que las mujeres tendrán que esperar por mejoras en las políticas sobre el trabajo, el cuidado infantil y de adultos mayores, los servicios de infraestructura (agua, electricidad, gas), los servicios de apoyo al hogar, el transporte, la tecnología y las comunicaciones, por solo citar algunas. Surge ahora el Programa de Adelanto para la Mujer que es, sin dudas, una posibilidad que solo contribuirá a cambiar esta realidad si sale del marco de la institucionalidad y dialoga con la sociedad civil a fin de que cada quien haga su parte en la construcción de un futuro mejor para Cuba, que incluye a las mujeres y que necesita trascender la mera descripción de cuántas somos o estamos y adentrarse en las relaciones de poder que se materializan en los espacios públicos y la falta de reconocimiento de las tareas domésticas como una trabajo que sostiene el sistema capitalista y sus opresiones.

    La política cubana incluye explícitamente sus intenciones de equidad y justicia social pero precisa que se materialice esa intención desde modos de actuación que deben quedar definidos y que, a mi juicio, deben ir más allá de la capacitación que tantas veces es aludida en el Programa, que asumo necesaria pero no suficiente. Pero si nos quedamos en este anclaje de capacitación, retomando el valor de la educación para promover cualquier cambio, vale que nos preguntemos qué tipo de capacitación, o de formación, desde qué concepciones pedagógicas. Nuestras intenciones de cambio solo podrán concretarse desde una pedagogía liberadora y sustentable y no desde una pedagogía que reproduce la opresión y la discriminación.



    No sólo es un imperativo sino una cuestión de justicia. En la medida que se comience a valorar socialmente el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, se avanzará más en la co-responsabilidad.

    El patriarcado se ha encargado de meternos en la cabeza que el trabajo realmente valioso es el trabajo productivo remunerado, el otro, el que está ahí sosteniendo la vida, casi siempre detrás y casi siempre desarrollado por las mujeres se queda en el plano de la obviedad. Tenemos que empezar a romper ese estereotipo ya. Si lo hacemos permitirá, por un lado, darle valor a ese trabajo esencial para la vida de los seres humanos, y por otro, que deje de ser una responsabilidad mayoritariamente asumida por las mujeres.

    Sobre este asunto, organismos regionales e internacionales como ONU Mujeres y CEPAL, entre otros, nos informan del retroceso que se estima en más de 10 años en materia de conquista de los derechos de las mujeres, hay que detener y revertir esta nefasta tendencia.

    El volver para casa no puede ser para siempre. Hay que detener este encierro con los victimarios. La pandemia en la sombra, la violencia contra las mujeres y las niñas se ha hecho mayor en estos tiempos de pandemia. Estamos solas en casa, trabajando más, con mayor violencia y en peores condiciones.

    Sin dudas, el trabajo productivo doméstico, casi siempre desarrollado en el hogar por las mujeres, es vital para el mantenimiento de la familia y, por ende, de toda la sociedad. Sin embargo, este rol es desconocido o simplificado no solo desde los modelos económicos y políticas públicas, sino también, y quizás sea esto lo más triste, por los propios miembros de la familia. Existen mujeres que trabajan como “amas de casa” y como no ingresan dinero a la economía familiar, pareciera que no aportan nada al mantenimiento del hogar. Es así que lo primero que hay que cambiar es la mentalidad hacia lo interno de los hogares para que se reconozca adecuadamente el rol que cada miembro de la familia desempeña.

    Los modelos económicos sabemos que no miden ni tienen en cuenta el trabajo productivo y no remunerado que realizamos las mujeres. La civilización no ha logrado visibilizar este fenómeno desde los modelos económicos porque sabemos que ellos responden sistémicamente al capitalismo que se sostiene en el propio patriarcado que lo alimenta y reproduce. No solo es un imperativo reconocerlo, sino que debieran ya proponerse políticas sociales que, al menos desde la investigación de datos concretos, demuestren todo el entramado oculto que se invisibiliza detrás de todo esto.

    En Cuba, recién se ha aprobado el programa para el adelanto de las mujeres (PAM) que tiene una sección de apoyo a la participación económica de las mujeres y que menciona esta tarea de obtener datos estadísticos que aporten a la evaluación científica sobre el aporte de las mujeres en la reproducción de la vida, los costos a su salud y autocuidado, las sobrecargas; sin embargo creo que podemos ser pioneros como país en pasar del diagnóstico del fenómeno a propuestas concretas de políticas para trascender este reconocimiento y pensar en remunerar de alguna manera ese trabajo doméstico, pues es también parte de la justicia a la que debemos aspirar como sociedad.


  5. ¿Qué lecciones le ha dejado, en lo personal, la covid-19 en el sentido de cómo organizar su vida, su trabajo, su modo de participar y producir cambios en la familia y la comunidad?

    Betty Hernández Becerra

    Lecciones muchas, organizarlas ahora mismo ya es complicado porque están cargadas de vivencias que han implicado sobrecargas pero van, sin dudas, por la necesidad de reorganizar la vida familiar, involucrar más allá del género y la edad, disfrutar el hacer, apartarme de los tiempos del reloj y permitirme acercame a los ritmos de la naturaleza, estar ausente de si es lunes o viernes o si son las 8.00 a.m. o las 3.00 p.m. Ello me permite cumplir los compromisos con un estado de ánimo y una disposición favorable que precisa orden pero se puede permitir el desorden necesario para reír, compartir, estar juntos y ser consciente de lo que hacemos.

     

     



    Miles han sido los aprendizajes, el primero de ellos es saber apreciar más la vida y la emergencia del cuidado de la vida. Hay que aprovechar este momento para lograr un debate público intenso sobre el tema.

    Las mujeres cubanas son clave en varios de los sectores más impactados: la educación, la salud y el trabajo informal, por lo que sobre ellas recae con mayor fuera las consecuencias de la crisis. Y esto se venía observando incluso, antes de la pandemia. Les invito a mirar la última Encuesta Nacional sobre Igualdad de Género ENIG-2016 que reveló cómo a lo interno de las familias se emplean más de 28 horas semanales al trabajo de cuidado no remunerado (Álvarez, M et al., 2018:33). Si tenemos en cuenta, además, el alto grado de participación laboral de la economía formal de las mujeres cubanas y su nivel de calificación, nos preguntamos a qué costo pueden desarrollar las demandas del trabajo profesional y del trabajo doméstico y el de cuidados en las condiciones de confinamiento o en la línea roja debido a su peso en los servicios de salud.

    Y qué decir de las mujeres afrodescendientes, ahora señaladas como “coleras” o conflictivas en las colas”. Hay que reflexionar sobre las causas y también refutar esas miradas racistas al tema. Muchas de esas mujeres no pueden quedarse en casa, pues viven del llamado trabajo informal, que no siempre debe entenderse como ilegal. Por lo tanto, es necesario que la crisis no refuerce los estereotipos racistas y aporte soluciones. Asumo la propuesta de pensar como país, una exigencia ya planteada desde Aponte y José Martí con todos y para el bien de todos y habría que decir todes, y ello implicará repensar en dos categorías claves: igualdad y equidad.

    Otra lección: trabajar más y con nuevas formas, haciendo los caminos al andar. El núcleo de estudios afrofeministas de la Cátedra Nelson Mandela está realizando debates en torno a: cuál ha sido el impacto de la covid-19 en las mujeres afros, como parte del proyecto regional “El impacto de la pandemia en la situación de las mujeres afrodescendientes en Brasil, Colombia y Cuba. Un estudio en perspectiva interseccional”, que ganó el concurso CLACSO “Pensar la pandemia desde las Ciencias sociales y las Humanidades”.

    Tengo por costumbre levantarme muy temprano para hacer con calma todo e irme al trabajo. Trabajar solo el tiempo laboral y aprovecharlo bien para no traer trabajo a casa. Este tiempo ha desdibujado esas maneras. El teletrabajo no tiene horarios, todo el tiempo es el bombardeo de mensajes, llamadas, es un poco caótico. Intento levantarme más temprano, organizar mejor las tareas de casa para que toda la familia participe con responsabilidad, me preparo para hacer mi dieta tecnológica y en un horario especifico del día me aíslo del celular para disfrutar las pequeñas cosas en familia, tomar un té, leer, regar las plantas, caminar un poco, hacer lo que me guste.

    Mis hijas, estudiantes de Medicina, están de frente en la pesquisa y vacunación entonces también se organizan para apoyar en casa las tareas.

    Las principales lecciones son estar unidos, buscar soluciones a cada problema juntos, comunicarnos todo el tiempo cómo nos sentimos, qué apoyo necesitamos, cómo poder servir a otras familias o personas que necesitan acompañamiento psicológico, simplemente compartir una medicina o algún alimento por poco que sea. Desgraciadamente en mi comunidad no existe organización popular que funcione y no se han gestado iniciativas para producir cambios y fortalecernos en este tiempo. Por mi trabajo viajaba muy frecuentemente y sobre eso también hemos hablado al interior de mi familia; es decir de lo bueno de estar más tiempo juntos, de cuidarnos unos a otros para evitar enfermarnos; ver lo positivo de este momento tan peculiar.

    En lo laboral, la pandemia me deja un saldo muy positivo de conocimientos, aprendizajes, participación en espacios y eventos y un dominio mucho mayor de la virtualidad para gestionar procesos laborales en los que participo. Ha sido un tiempo de alfabetización tecnológica, agobiante, a veces, debido a las características de nuestra conectividad, pero al final aprovechado y de mucho crecimiento personal.

    Nunca había sentido con tanta fuerza la necesidad de parar, descansar, dedicar tiempo para mí misma. Me he sentido en muchos momentos colapsada con las múltiples responsabilidades solapadas, muy demandantes.

    Varias veces he dicho: “Ey, tengo que parar” porque ciertamente los niños me necesitan, pero por la misma razón, en la medida en que me sienta mejor, esté más tranquila, más equilibrada, pues será mejor para ellos. Esa es una presión que he tenido en estos tiempos.

    Con independencia de que una ha trabajado como psicóloga con muchas mujeres, ha elaborado estos temas de género y tiene incorporado el feminismo, siento que es un proceso en que estoy cada día aprendiendo y juntando experiencias. No es lo mismo conocer teóricamente todos esos saberes que te ayudan a reflexionar e interpelarte, porque hay momentos como este, de crisis, que la vivencia es más fuerte para lograr cambios.

    En este período ha sido un sostén muy importante —más allá de las cuestiones prácticas, sobre qué se consigue para comer, cómo o dónde— participar en las redes de apoyo mutuo que se han ido desarrollando de modo espontáneo, entre mujeres, entre amigas. Esto me ha dado la posibilidad de conversar sobre cómo nos sentimos, qué nos está pasando, cómo estamos llevando la cotidianidad. Y ese sostén emocional ha sido relevante, vital porque me ha permitido compartir vivencias y entender que, en tanto mujeres, estamos pasando por cosas similares, vivimos estos procesos cíclicamente; además de compartir también cómo hemos cambiado cosas en la dinámica, qué nos ha ido mejor y tratar de incorporarlo a partir de la experiencia de las otras.

    Si bien en la casa, con mi compañero, hemos tratado siempre de tener una co-responsabilidad en todas las labores del hogar y en el cuidado de los niños, nunca ha sido tan relevante el tema de pensar en eso y organizarnos para eso como en estos meses. Claro ha sido una necesidad y a partir de las sobrecargas, en el proceso, hemos logrado ajustarnos y eso ha sido muy bueno.

    Con relación a la familia y a la comunidad esta realidad vivida nos deja como aprendizaje muy claro que somos interdependientes, nos necesitamos, estamos conectadas, conectados, tanto en las desgracias, en los momentos más críticos como en los que ya se han vuelto rutinarios en medio de estas condiciones.

    Las lecciones aún las estoy asimilando, pero a organizarme precisamente no he aprendido mucho. Ese es precisamente uno de mis talones de Aquiles.

    La principal lección es que hay que estar preparados para reinventarse. Este es un evento de envergadura mundial, pero mañana puede ser algo mucho más local, o incluso de índole personal que llegue a alterar el orden de las cosas; sin embargo, mantenerse estático y resistirse a los cambios nunca será la mejor opción. Mientras más rápido comprendas y te adaptes al nuevo escenario, mayores posibilidades tendrás de desarrollar estrategias que te permitan afrontarlo de modo acertado.

    Por otra parte, creo que de las circunstancias más adversas también podemos sacar lecturas y vivencias positivas pues, si bien muchos de nuestros planes fueron truncados o pospuestos, también es cierto que se abrieron nuevas opciones que bajo otro contexto nunca hubiésemos valorado. Particularmente el aumento del tiempo en familia es otra realidad positiva dentro de tantas dificultades: el poder re-conocernos mejor unos a otros, acompañarnos, crear nuevas y saludables rutinas familiares, aumentar la flexibilidad de los tiempos aun cuando estos continúen siendo rápidos… Pero, sin dudas, la lección de oro es que lo más importante es preservar la salud y que, teniéndola, es suficiente para seguir hacia adelante, persiguiendo y conquistando sueños…


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