A media voz: las hermanas, las extranjeras

A media voz (2019) es una nación imaginada que construyen Heidi Hassan y Patricia Pérez Hernández.

Patricia Pérez (izq) y Heidi Hassan en un fotograma de A media voz

Foto: Cortesía de la autora

Dos mujeres se imaginan a sí mismas. Dos mujeres buscan representarse una para la otra. La amistad es una de las relaciones más liberales y liberadoras que existen.

Una amistad sincera admite pausa, admite otras relaciones en el camino, pero con el pasar de los años, y si existe distancia geográfica de por medio, la pregunta de cómo te recuerda la otra persona puede ser un motivo muy poderoso para describirse y representarse a una misma. Lo es también el cine, arte de la representación y recreación por excelencia que, sin importar los campos genéricos en que se le encasille (documental o ficción), busca la creación de un lenguaje, un universo completamente distinto que parte de la representación pero culmina en algo totalmente diferente, otras tierras, otros universos. A media voz (2019) es una nación imaginada que construyen Heidi Hassan y Patricia Pérez Hernández.

Este audiovisual no va solo en un tono medio de voz por la intimidad que muestran sus amigas/realizadoras, sino porque es este el tono en el que la mayoría de las veces se expresan las confidencias femeninas. Opuesto a un estereotipo lacrimógeno y a una dramatización grandilocuente, el tono de voz calmo es el tempo que imponen ambas realizadoras para llegar a la racionalización de sus vidas.

La vida recreada de ambos personajes/directoras es un punto de partida para trazar una de tantas rutas de la diáspora cubana. Nótese que no hablo de emigración cubana, pues la emigración es solo el punto de partida para que ambas mujeres/realizadoras creen un texto audiovisual con puntos precisos sobre la edificación de una vida fuera de su país de origen. La auto representación no es solo una forma y una estética de filmación, es el recurso que encuentran ambas para no perderse en este universo que van urdiendo diariamente.

Heidi y Patricia construyen un universo donde lo personal constituye las características propias que pueden identificar a la diáspora cubana, y lo político es la emigración en sí misma, la referente a cualquier persona que decide cortar ciertos lazos con su país natal.

Cada casa de emigrado que llega a un nivel de vida medio en el país en que se encuentra, se convierte en una construcción consciente o inconsciente de la cultura que se dejó atrás, mezclada con las “comodidades” que se poseen ahora. Es esta una nación imaginada, que deviene metáfora construida para una puesta en escena en el documental, que no por recreada o representada para la propia película deja de ser sincera y manifiesta universos de ideas y significados.

A media voz pasa de una historia de dos a un mosaico de situaciones sobre la emigración cubana. Por cada sensación de otredad que puede sentir cualquier persona en un nuevo lugar, se compone una imagen fija sobre sentimientos y situaciones muy específicas, vividas por quienes se cansaron de la maldita circunstancia del agua por todas partes.

En esa “re-construcción” que cocrean Heidi y Patricia existe todo un universo sonoro que permite recorrer el tiempo de existencia de ambas. Una mezcla y construcción de sonidos que no solo se componen de tópicos como el mar —entiéndase también agua— o el ambiente aeroportuario que define la vida del emigrado cubano, sino pequeñas campanadas, puertas, escenas que buscan la inmersión de un posible espectador en el ambiente que ambas crean muy para sí.

A media voz se convierte en una confidencia de la que, deseemos o no, todos somos parte. Ya sea intentando desentrañar qué las llevó a distanciarse una de la otra —además del obvio cambio de país— o repensándonos a nosotros mismos como públicos, con nuestras amistades más lejanas.

La película acoge la nación imaginada entre ambas realizadoras, una que solo tiene por bandera la amistad y su continuación. Como fragmentos e imágenes congeladas queda la nación “real”: Cuba. Tanto Patricia como Heidi buscan darle pluralidad a su amistad y, por tanto, al audiovisual que construyen. Aunque han trabajado juntas con anterioridad, cada una tiene una visualidad diferente, que no solo va acorde a las confesiones grabadas, sino a la forma en que eligen ilustrar cada confidencia, cada vivencia. Del modo en que ambas hilvanan un montaje que les funcione para contar sus historias, pero que a la vez, como mujeres/cineastas, no se fundan en una misma, sino que amplíen su presencia. Son un ejemplo no solo de la colectividad que tantas veces se vocifera en el audiovisual, sino de la imprescindible pluralidad que puebla el mundo.

La mirada, o el gesto de mirar que representa el cine, atraviesa A media voz no solo por la obviedad de que sus personajes/directoras sean o aspiren a continuar siendo creadoras. Sino porque al igual que Virginia Woolf encontró en la literatura su habitación propia, así como Audre Lorde vio en la poesía la necesaria liberación de la mujer, Patricia y Heidi encontraron en el cine su hogar. Y por muy cursi que parezca esta frase, es justamente la que mejor describe el recorrido que ambas mujeres hacen en este largometraje.

A media voz es la edificación de toda una ciudad que comienza tendiendo un puente de comunicación entre ambas realizadoras y termina creando toda una nación, que pasa de la imaginación de sus personajes a la realidad con que la retoquen los públicos. (2020)

 

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