A media voz o la patria íntima

Este documental discute el concepto orgánico de nación, vista como partícula personal construida desde la intimidad a partir de la criba y jerarquización de elementos culturales, rituales, éticos, sociales, pero sobre todo emocionales.

Patricia Pérez y Heidi Hassan, realizadoras del documental A media voz, ganador del premio Coral en esa categoría en la edición 41 del Festival de Cine de La Habana.

Foto: Daniel Froiz

A media voz (Heidi Hassan y Patricia Pérez, 2019) sumó el Coral de Largometraje Documental en la edición 41 del Festival de Cine de La Habana a un palmarés iniciado semanas antes, con el premio a Mejor Documental en la edición 32 del prestigioso Festival de Cine Documental de Ámsterdam (IDFA).

La película en cuestión, articulada como un diálogo entre dos amigas-hermanas cubanas que emigraron de la nación caribeña en plena y lozana eclosión de sus potenciales como realizadoras de cine, es básicamente un acto de redescubrimiento, sanación y confesión. Van en pos de saldar la deuda eterna que el que se fue guarda consigo mismo y con el Yo que en una realidad alternativa se quedó.

A la vez, es una crónica de la reubicación y de la reconstrucción personal que demanda este proceso drástico, esta remoción de paradigmas y perspectivas asentadas en el espacio geocultural donde se nació y se creció. Es una recapitulación de consecuencias y posibilidades, articulada desde el cine ensayo, terreno de licitud creativa donde confluyen todos los recursos expresivos posibles del audiovisual, de lo visual, de lo sonoro, de lo dramático.

Heidi Hassan y Patricia Pérez establecen una suerte de epistolario de imágenes y palabras que entreteje grabaciones de archivo, fotos instantáneas y artísticas, recreaciones ficcionales (con actores incluidos), monólogos previamente guionizados ante el lente. La infertilidad que atormenta los 40 años de las dos protagonistas —dudas por un lado, intentos insistentes e infructuosos por el otro— es la metáfora más cabal y precisa de lo estéril que puede llegar a ser el proceso de reacomodamiento, de injerto sociocultural en un contexto ajeno.

La supervivencia es quizás la noción y la experiencia que más se modifica en estos procesos, a los cuales atinadamente Hassan y Pérez sustraen cualquier precisión cronológica (apenas se advierte el año 1988 en unas grabaciones que registran su niñez). Así como dejan claro muchas veces que el entendimiento pleno de todo el abanico de conflictualidades sucede solo entre ellas. Para el espectador queda la cartografía de sensaciones y emociones derivadas de acontecimientos muchas veces sugeridos, enunciados, insinuados. Los detalles surgen cuando una coprotagonista pone al tanto a la otra coprotagonista de sucesos efectivamente desconocidos para ella.

Las dos mujeres huyen indistintamente de una nación distópica que les promete quizás una relativa subsistencia. Se desplazan por este mismo eje para convertirse en supervivientes de sus propias condiciones de extrañas, en mundos más extraños aún.

Hay que aclarar que A media voz es una historia de supervivencia y hasta de resistencia, mas nunca de arrepentimiento y fracaso. Estas heroínas han hecho y hacen sus caminos por un jardín mundial de senderos que se bifurcan hacia posibilidades nulas o posibles. Se llaman a susurros desde sus respectivos caminos. Hacen balance. Se fortalecen mutuamente al habitar de nuevo una patria íntima que han cultivado desde la infancia. Una patria portátil, cómoda, bien a la medida de sí mismas. Un terreno feraz donde todas las semillas germinan. Proyectan sus respectivas nostalgias sobre sí mismas.

Por eso el documental termina discutiendo sobre el concepto orgánico de nación, vista como partícula personal construida desde la intimidad a partir de la criba y jerarquización de elementos culturales, rituales, éticos, sociales, pero sobre todo emocionales. En vez de ser un denominador común que se obtendría al cotejar todas las perspectivas y percepciones de sus habitantes, la nación es entonces todo lo contrario: el descuartizamiento simbólico de una esencia cultural entre todos sus vástagos, que la devorarán, metabolizarán y reconstruirán generación tras generación, comunidad tras comunidad, persona tras persona. De ahí lo proteico de esta huidiza noción. De ahí su capacidad expansiva, ubicua y nuevamente íntima.

Hassan y Pérez se retratan y autorretratan a lo largo del metraje. Una es resonancia de la otra. Sus historias migrantes son como vasos comunicantes que se complementan, manteniendo un delicado y muchas veces precario equilibrio de fuerzas y remembranzas. Son principio y fin de sus propias vidas. Son el eterno retorno y la eterna partida.

Hablando a media voz se evita el grito y el cuchicheo, el escándalo y el miedo, la alharaca y el secreto. Hablando a media voz se moderan los tonos, se tranquilizan los ánimos, se sosiegan las angustias. Hablando a media voz se dirimen matices y se clarifican las vidas. (2019)

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