Adú: niño africano a la vista

No son muchas las películas que, como Adú, están dedicadas a denunciar el fenómeno de la emigración de niños en África.

Fotograma de Adú

Foto: Cortesía de la autora

Hasta hoy me parece una actuación no superada en el cine la de Mohsen Ramezani, interpretando a un niño ciego de ocho años, en el filme iraní El color del paraíso (Mayid Mayidí, 1999). Nunca más he vuelto a saber de él. También me impresionó, siendo yo una niña, Ana Torrent en Cría cuervos (Carlos Saura, 1976) y, más cerca en el tiempo, Annika Wedderkopp en La caza (Thomas Vinterberg, 2012).

Desde que un impresionante Jackie Coogan debutara con Chaplin en El chicuelo, la industria del cine corroboró que trabajar con niños podía ser un gancho de taquilla, si se lograba explotar el don natural que ellos tienen para hacer cosas graciosas o conmovedoras.  No obstante, a veces la incapacidad de los directores para escoger un buen guion o para lidiar con la propensión de los adultos a la ñoñería, se convierte en una limitante para que puedan explayarse las actitudes histriónicas del menor.

Afortunadamente, Adú (España, Salvador Calvo, 2020) es una película que en el último minuto se salva de su mediocridad artística, gracias a la actuación de Moustapha Oumarou. Quiso el destino que Moustapha se cruzara con el cineasta Salvador Calvo y su directora de casting, Cendrine Lapuyade, cuando correteaba por la aldea africana de Parakou, en República de Benín. Gracias a la película se ha convertido en una pequeña celebridad. Ahora va a la escuela y, aunque sigue viviendo en su casa, con su madre y sus dos hermanos gemelos de cinco años, el dinero ganado hace la diferencia entre sus expectativas antes y después de Adú.

La escena en que Alika (Zayiddiya Dissou) carga a su hermano y logra que se reanime, es para mí el instante mágico de un filme que no supo avanzar más allá de ese punto. Las palabras pronunciadas por ella serán el lema repetido de Adú -y de todos los Adú habidos y por haber-, ante la falta de alternativas en la que lo sume su condición de fugitivo. Pero es, además, el momento en que la más grande tristeza, el más grande dolor y la más profunda belleza de estos dos niños abandonados a su suerte se funden. No volverá a haber otro momento tan hermoso e intenso en el resto de la película.

Debo admitir que si la idea de llevar al cine la historia de un niño emigrante africano sirve al menos para cambiar el destino de ese niño y su familia, ya valió la pena hacerlo, aunque deje muchas grietas tanto en su calidad artística como en el mensaje que sustenta, más allá de poner en primer plano una pincelada de los problemas graves que aquejan al continente africano.

En YouTube está la entrevista a Salvador Calvo donde él cuenta cómo supo de las historias reales de un niño y un adolescente, a partir de las cuales construyó la base argumental de su filme. Es curioso que, según los testimonios de Calvo, había abundante trama en las historias originales como para construir un filme que, de manera mucho más exhaustiva y frontal, expusiera la terrible experiencia que encarnan los personajes de Adu y Massar.

Escuchándolo, cabe preguntarse por qué con sendas anécdotas tan potentes, en lugar de sacar el mayor zumo posible de ellas, se desvió hacia otras líneas argumentales absolutamente deslucidas, tal y cual se presentan en la película.

No digo que no pueda ser interesante la relación de un padre (Gonzalo) con su hija mayor de edad (Sandra), en medio de un contexto en el que ejerce como asesor en una reserva africana, intentando que los nativos no diezmen a la población de elefantes. Tampoco hay que negar la importancia de contar qué pasa en la línea fronteriza de Melilla –una ciudad autónoma española, situada en el norte de África–, cuando grupos de inmigrantes intentan cruzar la cerca y tres infelices guardias civiles tratan de contener a los desesperados infractores.

Pero ninguna de estas dos historias colaterales merecían interrumpir la línea principal, por la simple razón de que no son muchas las películas dedicadas a denunciar el fenómeno de la emigración de niños en África. Por una vez que la mirada europea se digna a tomar ese tema como centro de su discurso artístico, valía la pena no quedarse en el remojo, sino sumergirse tanto como fuera posible, para definir más claramente los matices que asumiría el drama, y no dejar tantísimos cabos sueltos, que oscurecen los hechos y poco ayudan a formarse una idea menos volátil sobre qué está pasando en África hoy.

Da la impresión de que hay un tema de finanzas de por medio. Se optó por meter actores españoles, como Luis Tosar (Gonzalo), que aseguraran de alguna forma un financiamiento y una mejor respuesta de taquilla. La chica bonita y rebelde, encarnada por Anna Castillo (Sandra), siempre sería un gancho, no menos que Álvaro Cervantes (Mateo), ambos refrescadores de pantalla, por si el público se viera saturado de ver negros rostros. Mejor no correr riesgos, pensaron quizás los productores.

“No queríamos estigmatizar África, un lugar de sufrimiento y terrible, sino que también tiene cosas positivas. En este caso, ayuda a estos dos europeos a reencontrarse como padre e hija, y tal, y a tender una vía de comunicación que llevaba rota desde hace mucho tiempo; y además permite a ella aislarse de un mundo de drogas y malas compañías que tenía aquí en Madrid”, dice el director, que sin cortapisas reduce lo positivo de África a servir de escenario para la reconciliación filial de Sandra y Gonzalo.

Por lo tanto, poco más se ve en pantalla que no sea esa misma África tan adolorida, sucia, harapienta, incivilizada, que siempre tiene la oreja peluda europea fiscalizándola y conteniéndola. A Gonzalo le interesa bien poco lo que allí pasa a nivel social, únicamente obsesionado con que no le maten elefantes, y conque su hija emprenda el buen camino. Lo mismo digamos de Sandra, solo enfocada en gozar los placeres de la vida a como dé lugar.

Por solo mencionar un ejemplo, en cierta secuencia padre e hija atraviesan pasillos llenos de gente harapienta, sucia y enferma, y ella no se inmuta, ni parece sorprenderse en absoluto. Sin embargo, unas escenas atrás, le ha llamado la atención la destartalada bicicleta que lleva su padre y que ella decide conservar como souvenir de África. Típico capricho de niña consentida. El guionista, Alejandro Hernández, no ha tenido el más mínimo prurito a la hora de diseñar caracteres muy sosos, con lo cual la ceguera de estos personajes hacia el contexto donde interactúan es ofensiva.

Si lo pienso mejor, me doy cuenta de que el personaje de Luis Tosar parece encarnar el alter ego del director, quien tampoco demuestra ver más allá de sus narices cuando afirma cosas como que esta era la primera película que se hacía en Benín. ¿En serio? ¿Será que Google me engaña? También afirma que hicieron un extenso casting, buscando a un niño “de raza de color” y buscaron al norte, donde según le dijo la directora de casting, “había otras razas, más despiertas”.  Ya podemos intuir la limitada perspectiva del señor director con respecto a ciertos temas y conceptos medulares en relación con la película.

Filmada en Benín, la historia se desarrolla en Camerún. Una película como esta, donde se habla de migraciones, requería de una investigación cuidadosa, para devenir producto artístico que, sin caer en el panfleto, el adoctrinamiento o la banalidad, permitiera tener una idea coherente del planteamiento argumental. Sacrificar la hondura necesaria de la principal historia para dedicarse a los problemas existenciales de los europeos es una elección injustificada. Datos elementales como que en Camerún la emigración femenina supera la masculina, que abundan la corrupción administrativa y el fraude, que se trata de un país rico en recursos, con aumento anual del PIB, pero con una riqueza mal distribuida, hubieran dado una idea más concreta del contexto donde se inserta la trama. Hay mil formas de convertir esa información en discurso artístico, talento y voluntad mediante.

Camerún es conocido también por los éxitos de su selección nacional de fútbol. Por cierto, con numerosos palmareses en ese terreno, no era necesario escribirle al niño en la espalda «7Ronnaldo». En su lugar hubiera podido poner número y nombre de un destacado futbolista camerunés, porque esa es una de las prerrogativas que permite la ficción; es decir, superar la realidad proponiendo ordenamientos que amplíen los horizontes del destinatario y den la oportunidad de leer la cultura contemporánea desde posiciones menos excluyentes.

Pero no evita el filme ponderar lo europeo, desde su hegemonía habitual. Por seguir la ruta caucásica en su más noble expresión, tenemos a Mateo, guardia civil honesto, guapo, ojiverde, sensible, cuyos remordimientos no le alcanzan para traicionar la moral de su grupo. Feliz destinatario de la moraleja del filme, como explico más adelante.

Un poco atrás en la escala evolutiva está Gonzalo, dispuesto a asumir un enfrentamiento violento con los que él ve como sus subordinados.  Da las órdenes y toma las decisiones. Le recuerda al nativo “yo pago tu salario”, con todo el sabor colonialista que ello conlleva. De hecho, es considerado por los guardas forestales cameruneses como un macho intruso, controlador de la manada ajena, cuyas motivaciones ni siquiera comprende. Lo cual reafirma la acusación de uno de los empleados, Kabila, quien lo pone en su lugar llamándolo cabrón egoísta que solo llora por los animales. No hay que olvidar que pasa de largo ante Adú y su hermana cuando los ve pidiendo un aventón en medio de una carretera desierta, donde él va a lo suyo, sin inquietarse por nada más.

Otro momento curioso es el asalto de los delincuentes de la zona a la casa de Adú y el modo bestial en que los agresores golpean a su madre. Nada me convence de que ese asesinato fuera inevitable. Pero había que darles una fuerte motivación a los niños para escapar, y a los espectadores una reafirmación del estereotipo acerca de que los africanos son violentos, brutales, salvajes. La verdad sea dicha, ¿no?

Ese episodio de agresividad autóctona borraría el torpe desliz del guardia español que se ve involucrado en la muerte de un ex–prisionero político africano llamado Tatu, quien se parte la crisma -él solito- cuando cae de la cerca al intentar cruzar la valla fronteriza. Cuando los tres inculpados festejan en el bar un fallo judicial que los ha favorecido, se nos completa la explicación de por qué la muerte de Tatu, no hay que asumirla como un asunto tan trágico, y “justifica” el oportuno silencio cómplice que ha mantenido Mateo.

“Tú sabes cuál es el problema en África, Mateo, que todos se van: maestros, políticos, enfermeros. Si todos se van, ¿quién cojones arregla aquello? Mira, mi abuelo, que era muy rojo, siempre decía que si Francia hubiera levantado una valla en los Pirineos, Franco no hubiera muerto en la cama. A que no (…) Cuando los africanos ven esa valla ellos creen que les dice: «No sois bienvenidos. Este es un territorio prohibidos para vosotros». ¿Y tú sabes lo que significa eso de verdad, lo que dice esa valla de verdad?: Arreglad vuestros problemas, arreglad vuestros problemas”. Con esto, el militar le calla la boca a Mateo y la escena termina. Esa sentencia queda como moraleja del filme.

Al poner esta aseveración en boca de un personaje que no es precisamente el eje de esa historia, permite que se tome como una reflexión seria, no motivada por un sentimiento de culpa o de hormonal simpatía, sino como un hecho objetivo e ineludible. Haber ocultado una negligencia policial en el caso del africano muerto en la frontera no ha traído consecuencias para los guardiaciviles; por el contrario, Mateo será premiado con la posibilidad de intervenir en el rescate de Adú, y su bella sonrisa de europeo empoderado será todo el regalo de su reivindicación ante el conmovido público.

O sea, vivan los muros. Dígase “No a la emigración” porque, ostias, no hace falta emigrar, ¡arreglad vuestros problemas, gilipollas!

Si bien es cierto que de alguna manera los pueblos tienen que resolver sus problemas, no hay que olvidar la complicidad de gobiernos y economías que hacen parte de la causa de esas migraciones. La periodista Cristina Olea afirmaba en un artículo publicado en 2014: “Ahora han llegado nuevas miserias a Camerún. Como en otros países de África, el capital europeo o chino está comprando tierras y exportando productos agrícolas. Esto, denuncian las ONG, hace que se encarezcan los alimentos y que la población local no pueda acceder a bienes muy básicos”. https://www.rtve.es/noticias/20140222/camerun-espana-odisea-para-huir-pobreza/884480.shtml

Tal como yo lo veo, quien por acción u omisión colabora en el saqueo de los países africanos estará contribuyendo, sin descargo posible, a levantar muros contra los emigrantes, contra los Adú y los Massar.

Hay que tener un deseo real de denuncia, y una comprensión sincera de los problemas que nos atañen como especie humana, para poner a un lado la egolatría eurocéntrica, para dejar escuchar las voces a las que se les ha negado protagonismo en los espacios de visibilidad de las culturas hegemónicas. Solo una conciencia sólida, así como solidaridad y modestia sinceras, hubieran permitido a este filme ir más lejos en la denuncia y dar más espacio al rostro oprimido. Dándole incluso la oportunidad de mostrar plenamente su belleza, su sensibilidad, su lengua, su cultura.

Lo que propone Adú es que consumamos el filme como una tragedia lacrimógena, vista a través de un niño que actúa de forma estremecedora, y que vive episodios que se repiten en el día a día de los emigrantes africanos. Un poco de música melodramática para elevar los niveles de empatía con el espectador, y a llorar que se perdió el tete.

¡Pero cuánta chapucería! Como el momento en que Sandra es llevada a revisión en la Aduana y se descubre que el tarro de elefante no contiene droga. Ay, madre mía, es demasiado. La única razón por la que aguanté como una mambisa es porque de todas formas sentí una conexión emotiva con el protagonista y con la historia que se cuenta a través de él. No todos los días tenemos a un niño negro protagonizando una película, el placer de tenerlo en pantalla y disfrutar su vibrante performance compensa todo lo demás.

El niño que originalmente inspiró la historia hoy está a salvo en París, viviendo en un orfanato. Lo rescataron por azar de una red de traficantes de órganos. El adolescente enfermo de SIDA murió en un hospital, una semana después de haber alcanzado su propósito de llegar con vida a Europa.

Adú vive su mejor acogida en Netflix. Y aunque en lo personal la considero una película oportunista y de muy cuestionable calidad estética y ética, estoy feliz de la oportunidad de mejoramiento de vida a corto y largo plazo que se abre para Moustapha Oumarou (ADú), Adam Nourou (Massa) y Zayiddiya Dissou (Alika, la hermana de Adú). También por el placer de ver rostros de africana negritud, explotando en la pantalla con su propio estilo de belleza, de risa, de inocencia, de dolor y de talento humanos. (2020)

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