Bailando con Margot, telenovela noir

El debut fílmico del realizador Arturo Santana, hace ya cinco años, motiva una nueva aproximación crítica.

Fotograma de la película cubana, Bailando con Margot.

Foto: Tomada de Cubacine

El género fílmico sigue estando pendiente para el cine cubano. Desde la creación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), en los primeros meses de 1959, se ha potenciado siempre una obra de autor con alto grado de compromiso social. Los policiacos, westerns, la ciencia-ficción… todo proscrito bajo los prejuicios hacia el cine estadounidense, acusado (sin matices) de “banal entretenimiento” y “mecanismo de penetración ideológica”, sin tener en cuenta la fuerza narrativa y estética de sus autores principales, muchos de los cuales (Hawks, Ford, Wilder, Hitchcock) utilizaron los ropajes del cine de género para construir algunas de sus películas más perturbadoras.

Y es que no se entendía que un filme policiaco lograra ser de autor, o que una película de entretenimiento también es necesaria y puede ser de calidad. El miedo a un cine de fórmulas y supuestamente “escapista” nos llevó a desarrollar, y luego saturar, nuestros géneros nacionales predilectos: el melodrama neorrealista y la comedia de costumbres. Estas variantes, con el cansancio discursivo y estilístico, han devenido creadoras de clichés y estereotipos muy alejados de la realidad a reflejar. Un cine de pura distorsión.

Por suerte, con el paso de los años y la apertura de las mentes, se han labrado caminos. La aparición en las últimas décadas de títulos como Omerta (2008, Pavel Giroud); Molina’s Ferozz (2010, Jorge Molina); Juan de los Muertos (2011, Alejandro Brugués); Omega 3 (2014, Eduardo del Llano) y El viaje extraordinario de Celeste García (2018, Arturo Infante) habla de una búsqueda de nuevas vías expresivas para nuestro audiovisual, ya sea institucional o independiente, aunque no todos los intentos han sido felices. En esta tendencia reciente podríamos incluir a Bailando con Margot (2015), ópera prima de Arturo Santana, estrenada en el 37 Festival de Cine de La Habana.

En los últimos días de diciembre de 1958, un detective privado (Edwin Fernández) es contratado por una dama de alta sociedad (Mirtha Ibarra) para encontrar el cuadro “La niña de las cañas”, de Leopoldo Romañach, recientemente robado de su mansión habanera. La relación que establece el investigador con la rica señora da lugar a una larga serie de flashbacks que nos relatan la historia de esta y su marido (Niu Ventura), asesinado luego de una intriga de años, que incluye espectáculos musicales, peleas de boxeo, una llorosa despedida en el muelle y todo tipo de rifirrafe gangsteril.

Lo que ocurre es que el vínculo entre estas dos líneas de la narración es débil y poco justificado. El robo del cuadro viene a ser un mero pretexto para saltar de época en época y de guiño en guiño, con una estructura episódica que no aporta demasiado a la construcción del relato. No tengo nada en contra de un buen macguffin, o de una narración no-lineal con múltiples historias y personajes que se cruzan, siempre y cuando todo esto tribute a cierta unidad dramatúrgica o al menos construya situaciones y caracteres originales (que no es el caso). Bailando con Margot no es Pulp Fiction (1994, Quentin Tarantino). Acudimos entonces a un espectáculo desarticulado, donde nunca entendemos por qué deberían interesarnos los diferentes cauces de la trama.

La mezcla de referentes se agradece, pues actúa como detonante para un despliegue visual variado y refrescante en la habitual imaginería de nuestro cine. La película se cuenta desde un estilo clásico y fastuoso, que aspira al glamour de la época dorada del cine hollywoodense. No es el filme una actualización o relectura posmoderna del cine negro. Se trata de un homenaje obvio y confeso (se podría decir, literal) que logra, irónicamente, un sabor de parodia involuntaria. Y es que todo lo aplaudible en la dirección de arte de Onelio Larralde, la música de Rembert Egües, el sonido de Velia Díaz de Villalvilla y la fotografía de Ángel Alderete se ve lastrado por un guion inerte y una puesta en escena predecible, que abusa de sus mejores recursos. El exceso de escenas en cámara lenta, por ejemplo, termina por invalidar los momentos en que la idea sí funciona.

No basta con reconstruir creíblemente el aspecto material de una época, o con acercarse a las formas icónicas de un género, si no se logra llegar a su espíritu y atmósfera emocional. Bailando con Margot es un tedioso desfile de superficies, donde el trazado del guion regurgita personajes bidimensionales y acartonados, que imitan cual caricaturas la gestualidad de un estilo que no se ha entendido bien desde adentro. No nos deja caracteres memorables, sino arquetipos blandos y algo ridículos. El desacertado proceso de casting no ayuda a evitar las manías televisivas de la actuación externa y maniquea. La forzada construcción de los diálogos, demasiado teatrales y expositivos, sin el ingenio característico del noir, recalca aún más en la sensación de telenovela pretenciosa.

No se pueden utilizar ingenuamente los recursos y pensar que no se subestima al espectador. Si le sumas a una característica cara-de-malo del personaje de Max Álvarez (estereotipo de mayordomo-homosexual-reprimido que roza el pésimo gusto), unos acordes ominosos y rimbombantes desde las primeras escenas, es muy fácil adivinar el desenlace de la trama. (Para un mejor entendimiento de lo anterior, ver El asesino misterioso, de Les Luthiers).

En cuanto al homenaje noir, se extraña un elemento esencial: la presencia de la femme-fatale. Es la conjunción de Eros y Tánatos uno de los núcleos fundamentales del cine negro, casi siempre corporizado en esa figura enigmática e impredecible que es, en opinión no exclusiva de este cronista, el personaje más importante de estas narraciones. No hay Humphrey Bogart sin Lauren Bacall. Y es verdad que estamos en el siglo XXI y en medio de una toma de consciencia del discurso de género (ya no cinematográfico), pero en un homenaje tan rígido como este se trata de una omisión imperdonable. La sexualidad en Bailando con Margot se torna entonces gratuita, forzada y sin una pizca de verdadero sex-appeal.

Entiéndase todo lo anterior no como el descrédito total de la película, sino como las preocupaciones de un amante del género que se quedó insatisfecho, decepcionado. Es de aplaudir la intención del realizador de abrir las posibilidades creativas en nuestro audiovisual. Quizás sea por la falta de costumbre que los intentos recientes se hayan quedado por debajo, porque es necesario tomar las riendas de procedimientos dramatúrgicos y cinematográficos que han sido preteridos por más de medio siglo. Pero por algún lugar se empieza.

Ojalá que cerca, en un oscuro y desolado callejón, se alargue la sombra de nuestro Philip Marlowe o nuestro Sam Spade, esperando paciente por el misterio indicado. Este baile no termina con Margot. Recién empieza. (2020)

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