Cine independiente cubano: imagen y racialidad

El cine independiente se ha interesado en una zona omitida por el discurso oficial: las desventajas de ser una persona negra en Cuba.

El cine de ficción, por interesarse menos en los personajes negros, se ha permitido algunas raras libertades. Ahí está el filme Caballos (Fabián Suárez, 2015).

Foto: Poster del filme Caballos de Fabián Suárez.

“Estas ramas oscuras movidas por los sueños”.

Nicolás Guillén (El apellido)

Terminada la década del setenta del siglo XX, la industria cinematográfica cubana se aleja de aquella temática racial que puso énfasis en el sujeto negro, en su pasado como esclavo –El otro Francisco (Sergio Giral, 1974) o La última cena (Tomás Gutiérrez Alea, 1976)- y en su integración en la nueva sociedad –Una isla para Miguel (Sara Gómez, 1968).

Tal asunto había sido una preocupación desde los albores de la República como se puede apreciar en las discusiones suscitadas en el Diario de la Marina en la sección “Ideales de una Raza” coordinada por Gustavo Urrutia. La pregunta siempre latente en los círculos intelectuales de la época acerca de cómo integrar a las personas negras a una sociedad que las ha marginado no encuentra igual constancia en el cine.

No obstante, ya sea que se ocupe de este problema o que lo desatienda, el cine deja en sus pantallas una imagen que forma parte esencial de la construcción del imaginario de la franja negra y mestiza en la sociedad.

El cine independiente cubano hereda de cierta forma el discurso de racialidad que proponía el estatal Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) a inicios del nuevo siglo. Tras agotar su militancia y cristalizar sus fórmulas representativas en la década del setenta, ese discurso desplaza su foco de interés hacia el mestizo. Tal sustitución suaviza los conflictos raciales, y consigue mostrar una sociedad cubana más integrada en el mestizaje, con una menor tensión entre blancos y mestizos, y un menor protagonismo de personajes negros.

Ya en los noventa las coproducciones con España continúan esta idea de la solución racial, cultural, en el mestizaje, en la relación melodramática entre españoles y cubanos (la mayor parte de la veces mulatas, y en menor ocasión negras o mulatos). Y la misma crisis económica que afecta el país pasa a ser el contexto y el tema de final del siglo XX.

En la documentalística cubana la marca racial está muy vinculada aún al espacio. Ejemplo es El tren de la línea norte (Marcelo Martín, 2009) , donde la mirada se centra en la decadencia de la zona rural que convierte a los pueblos en una gran área de miseria donde la marginalidad se naturaliza y expande.

Foto: Fotograma del documental El tren de la línea norte.

La lucha de la población de origen africano por su reconocimiento social, por encontrar su lugar en la sociedad, por descifrar su pasado colonial se pierde, y aparece una imagen de la persona negra sin esa marca socio-política. Esa tendencia se continúa en el naciente cine independiente, solo que como el tema socio-económico se refleja en un gran interés por la marginalidad, por la subsistencia, por la decadencia arquitectónica, económica, moral, etc., la imagen de la población negra emerge en estas ruinas con una violencia inusitada dentro del documental. En la ficción, con menos volumen de producción, ese tipo de personaje se halla más intelectualizado.

Del documental

Posiblemente porque la población negra ha sido históricamente relegada, al documental le ha sido fácil encontrarla en la periferia, como grupo social más desposeído. En medio de esa amalgama que es la clase marginal, el sujeto negro es representado como el no blanco, sin diferencias sociales entre mestizos y negros.

El documental Sexo, historias y cintas de video (Ricardo Figueredo Oliva, 2007) trae el tema de la prostitución en la voz de prostitutas y prostitutos negros y mestizos como un solo organismo no blanco con igual origen social, y similares estrategias de supervivencia. Este documental aparece en tiempos donde la imagen de la prostituta (la jinetera) toma relevancia en la literatura cubana —la narrativa de los novísimos y el testimonio [Jineteras (2006) y Habana Babilonia. La cara oculta de las jineteras (2008), de Amir Valle], y poco antes que el prostituto masculino tomó auge en el teatro con Chamaco (Abel González Melo, 2006). En el cine de ficción de la industria la figura de la jinetera había sido muy comedida y casi desconflictuada en relación con otras zonas del arte. Una producción de “cine sumergido”, fuera de casi toda categoría: la de cine industrial y del cine no institucional, emana de las escuelas y comienza a interesarse por la marginalidad, el sexo y la prostitución.

Es precisamente en las escuelas de cine -especialmente en la EICTV- donde el tema racial gana adeptos. Las miradas más frecuentes son las de extranjeros en cuyo primer encuentro con la sociedad cubana han sentido por la forma de vivir de la población negra una especie de fascinación que matiza en muchos casos el audiovisual realizado por ellos en Cuba con una frescura y un universo muy distante de su tradición.

Documentales como Mellán (Jayisha Patel, 2012), donde una mujer negra militar pasa por varias religiones hasta llegar al Judaísmo primitivo y convertirse en la segunda mujer de su esposo, son una rareza en nuestro cine, donde a la familia negra solo se le vincula a la religiosidad yoruba. Más sorprende aún es que a pesar de que el documental trata de gente pobre, de una minoría religiosa, incluso marginada por sus creencias dentro de la que fue su profesión por 26 años, el ejército, es el documental de una mujer feliz y realizada, algo infrecuente en la estética de la decadencia que envuelve el cine cubano, donde la alegría es ahogada en la angustia, la partida y el dolor. En esta mirada extranjera han aparecido la militancia social y el feminismo –Luz para ellas (Celina Escher, 2017)-, y el negro en oficios que lo distancian de la visón integrada al trabajo estatal de otra época, y que lo colocan en la supervivencia del negocio informal –Plástico (Sissel Morell Dargis, 2017).

En la documentalística cubana la marca racial está muy vinculada aún al espacio, porque en el imaginario nacional la marca relativa a la ascendencia africana no está solo anclada a una forma religiosa sino también a determinados espacios como el solar o la cuartería en zonas urbanas, o el batey en zonas rurales. Estos espacios habitacionales, que históricamente han albergado a una gran parte de la población negra empobrecida, ocupan dentro del cine de la decadencia un lugar privilegiado. En ellos los negros permanecen allí como en un limbo, en medio de las viviendas semiderruidas, sin ninguna posibilidad de cambiar su entorno, adaptados a una fatalidad existencial.

Marcelo Martín, realizador audiovisual, director de El tren de la línea norte.

Los documentales Buscándote Habana (Alina Rodríguez Abreu, 2006) y El tren de la línea norte (Marcelo Martín, 2009) representan dos caras de la misma moneda. Si el primero ofrece la situación del inmigrante rural y su asentamiento en barrios marginales de la ciudad, el segundo se fija en la decadencia de la zona rural que convierte a los pueblos en una gran zona de miseria donde la marginalidad se naturaliza y expande. Son típicos de estos documentales tan interesados en los espacios, el recorrido o viaje como hilo conductor y la visión de un colectivo, por eso suelen recoger las entrevistas de una comunidad. En Buscándote… la capital es vista a través de los asentamientos marginales en Casablanca, Guanabacoa o Regla, en El tren… se exhiben los pueblos de Falla, Chambas y Punta Alegre, de la provincia en Ciego de Ávila, mostrando la decadencia, ruina y empobrecimiento de estos al punto de convertirse todo el pueblo en un gran zona marginal.

Sea en la capital o en el centro del país, en ambos documentales la población negra está más sumida en la miseria, e incluso como se ve en El tren… la de mayor vínculo con las formas de vida no legales. Estos dos documentales se complementan de cierta manera, porque si Buscándote… cuenta las ilusiones, motivos y frustraciones de los inmigrantes, en su mayoría del oriente del país, en El tren… muestra el motivo de la emigración rural: las malas condiciones de vida y la destrucción de su pasado y de su identidad.

La imagen la población afrodescendiente en el documental está asociada a la marginalidad y a sus maneras de supervivencia en la miseria. En general el cine independiente se ha interesado en una zona omitida por el discurso oficial las: desventajas de ser negro en Cuba, por eso también su imagen está ligada a oficios semilegales o ilegales, cuando no vinculada a zonas de resistencia cultural y en menor medida a una proyección de resistencia política. Un documental que combina lo político y lo cultural es Despertar (Ricardo Figueredo y Antoni Ububaire, 2010), donde la voz del rapero negro es ahora la nueva forma de la canción protesta, ya no desde las instituciones del Estado sino desde el margen.

De la ficción

El cine de ficción, por interesarse menos en los personajes negros, se ha permitido algunas raras libertades. En el filme Caballos (Fabián Suárez, 2015), se realza la belleza negra con el personaje Galaxia, una mujer madura que presta su cuerpo para una sesión fotográfica. El filme, influido por la atmósfera del cine de Andy Warhol y la fotografía de Robert Mapplethorpe, destaca el ambiente de lujo donde la mujer negra es una escultura, cuyo rol se deshumaniza, toda vez que funge como espacio de negociación de las tensiones homoeróticas de los hombres blancos.

Galaxia, personaje del filme Caballos de Fabián Suárez, es una mujer madura que presta su cuerpo para una sesión fotográfica, y su rol se deshumaniza, toda vez que funge como espacio de negociación de las tensiones homoeróticas de los hombres blancos.

En general la ficción no se distancia del canon de representación de la persona negra del documental, solo que su presencia está muy reducida y con frecuencia atada a los clichés del imaginario popular como el de su sexualidad animal, que también se ha usado con fines de publicidad turística.

Un ejemplo donde el tópico de esa sexualidad estereotipada se junta con el de la migración, que ha sido un leit motiv del cine cubano y parte de su narrativa a partir de los noventa, es el corto Rey de Bronce (Geordanys Santana y Hugo Navarro, 2014). En el filme ubicado en la época actual un hombre negro huye desnudo por un cañaveral y se encuentra con dos turistas españolas que, fascinadas por su virilidad, lo ayudan en su fuga. Un intertítulo al inicio del corto que habla sobre la fuga de los esclavos en busca de una vida mejor crea un paralelo entre el cimarrón de la colonia y el emigrante racializado hoy. El cliché es parodiado y usado como discurso político ingenuo y sarcástico.

Queda en cambio mucho camino por mostrar en torno a los conflictos raciales y la imagen de las personas negras y mestizas en la sociedad cubana.

El cine de la decadencia, hoy en día una estética dominante, ha omitido la imagen del segmento que ha podido escalar en el sistema burocrático-político del país y se ha empoderado, asumiendo en muchas ocasiones los valores de los centros generadores de poder cultural, blancos y herederos de la tradición colonial, esclavista y racista, o, por ejemplo, un área importante de la intelectualidad e incluso de aquella parte de la población de ascendencia africana cuya tradición cultural -a la que se adscribe y en la que vive- no está vinculada a las formas de religiosidad afrocubana y, por supuesto, todos los problemas de integración e identidad de esos sujetos en la sociedad. (2020)

Un comentario

  1. Arturo Lemus

    Una de las pocas películas cubanas en la que un negro es el héroe es El Acompañante.

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