Cositas malas, o la desesperanza del mundo

Reseña del debut en la ficción del realizador de animación Víctor Alfonso Cedeño, mejor conocido por los personajes de Dany y el Club de los verracos y Yesapín García.

Fotograma de Cositas malas.

Foto: Cortesía del autor

Con su primera incursión en el audiovisual de “acción real”, el realizador Víctor Alfonso Cedeño —el Vito de Dany y el Club de los verracos, Lavando calzoncillos y Yesapín García— propone para la fílmica cubana, incluyendo el campo televisivo, una desprejuiciada vuelta de tuerca a la representación de la niñez y su universo.

Desde el serial Cuando yo sea grande (Iraida Malberti) hasta las “aventuras” Los papaloteros (Eduardo Macías); desde Viva Cuba (Juan Carlos Cremata, 2005) hasta La edad de la peseta (Pavel Giroud, 2006); desde Conducta (Ernesto Daranas, 2014) hasta Esteban (Jonal Cosculluela, 2016): casi todas las narrativas que han involucrado a niños y niñas, con las correspondientes variaciones expresivas de cada autor, delatan como unívoco denominador común y fundamento inmutable, el consabido apotegma martiano que los define como “la esperanza del mundo”.

La bondad, la nobleza y la ingenuidad como pilares intrínsecos e inamovibles alrededor de los cuales se entretejen las conflictualidades e interacciones con el entorno “adulto”, así como las alianzas y deferencias con los congéneres generacionales. Las últimas son situaciones donde los antagonistas resultan casi siempre reducidos a meros pandilleros-figurantes, obstáculos articulados sin complejidades caracterológicas.

Otro fotograma de Cositas malas.

Foto: Cortesía del autor

Décadas antes, la literatura nacional ya había quebrado tales bardas axiomáticas con escrituras como las de Guillermo Vidal (Matarile) y las más reciente de Marvelis Marrero —cuyo cuento homónimo adapta Vito en el cortometraje de marras—, las cuales largaron sobre el campo cultural cubano historias de niños primordialmente abusivos, pervertidos, sádicos, sin conciencia moral; en elemental despliegue de los instintos de dominación, sumisión y primacía tribal, casi animal. Revelan a la niñez como una caja de Pandora donde el hombre se acurruca como lobo del hombre, obediente solo de su memoria genética más pretérita.

Tomando la acremente determinista La guerra de las canicas (Wilbert Nogel y Adrián R. Hartill, 2007) y la sardónica Alejandrito y el cuco (Alex Medina, 2014) como proemios de la ruptura, Cositas… despoja finalmente, de un gélido tirón, a la niñez fílmica nacional del velo sagrado que la envolvía hasta entonces. Y lo convierte en sudario de tal perspectiva idealizada, generadora muchas veces de mutaciones kitsch de la postura humanista martiana. Que esto ocurra en el cine independiente no es de extrañar, es solo el orden natural de las cosas.

Vito asume el acto creativo en su mayor puridad lúdica, pero no solo termina reformulándose como hábil director de actores de carne y hueso, sino también abandona su peplo de comediógrafo para sumergirse de lleno en las aguas del “realismo sucio” y el suspenso, con discretos pero perceptibles tintes neo noir. Las risas quedan fuera en esta fábula abyecta sobre la manipulación más cerebral, donde villanos y antihéroes colisionan. Donde la doncella yace en una pocilga desvencijada, sin torres y sin posibilidad de que un caballerito de rubias guedejas la rescate alguna vez. Suena a la distancia el póstumo tañido del caracol que los protagonistas de El señor de las moscas (William Golding) sostenían como símbolo de la moral civilizatoria.

La frialdad calculadora con que el “villano” despliega su gestión en el plano diegético es reforzada orgánicamente por una puesta en escena en perenne distanciamiento, que evita con minuciosidad quirúrgica cualquier exceso de empatía con los personajes. El intenso ritmo de las acciones privilegia y subraya la progresión dramatúrgica —articulada con un montaje dramático pletórico de analepsis y prolepsis— y el desenvolvimiento lógico de los métodos de la evil mastermind de marras. La consecución del objetivo final, bien disimulado y descubierto en una progresión adecuada, casi termina reduciéndose a un mero macguffin, al buen estilo de Hitchcock.

Vito desecha otra lógica “clásica” en su constructo fílmico: el determinismo contextual de las actitudes del niño. Incluso, una mirada perspicaz puede advertir cierta parodia desarticuladora. Cositas… habla de iniquidades acurrucadas en lo más recóndito de la conciencia o el alma, como quiera llamársele. Sin atisbos de amabilidad ni juicios moralistas por parte del realizador, expone desde una casi cínica neutralidad, perversiones esenciales y psicopatías calculadoras no condicionadas por experiencias traumáticas, ni paliadas a fuerza de educación y cariño. (2019)

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