El acoso de los ídolos (Parte II y final)

Aproximación crítica en dos entregas a los más recientes estrenos de ficción cubanos: Un traductor (Rodrigo & Sebastián Barriuso, 2018) y El regreso (Blanca Rosa Blanco, 2018).

Yadier Fernández y Blanca Rosa Blanco en un fotograma de El regreso.

Foto: Cortesía del autor

El regreso es una película resuelta, punto por punto, bajo las normativas de la “narrativa popular”. Ahora, si el procedimiento constructivo de esta obra opta por instrumentar las pautas populistas de los productos de masas, ¿por qué introduce distinciones relevantes respecto a Un traductor?

El argumento es bastante sencillo: Patricia, una detective de éxito residente en La Habana, regresa a Matanzas —su ciudad natal— decidida a esclarecer un caso de violación en serie que años atrás llevó a la cárcel a un hombre que ella cree inocente. Este último, a quien Patricia estuvo visitando por un tiempo prologando, antes de morir le dejó una carta en la que persistía en su inocencia, encargándole limpiar su nombre y restaurar su honor. Cuando Patricia arriba al lugar en que otrora ocurrieran los crímenes, comienzan a suceder una serie de acontecimientos singulares, desatados a propósito de su interés en reabrir el caso, que gradualmente conducen al triunfo de la justicia.

Dicho lo anterior, no es difícil percibir que estamos ante la combinación de un repertorio amplio de lugares comunes, personajes prefabricados con vagas marcas de caracterización psicológicas, situaciones dramáticas conocidas por el espectador y una narración en la que todo el valor reside en los accidentes que hacen avanzar la intriga. El violador comete sus crímenes en repetidas ocasiones, la policía es incapaz de resolver con precisión los hechos y la protagonista interviene para desbrozar el camino, ingeniándoselas a cualquier costo. Dicho de otra forma, El regreso propone, otra vez, el enfrentamiento típico entre el bien y el mal, enfrentamiento en el que el primero se llevará, de cualquier forma, la victoria.

Patricia —heroína clásica destinada a restablecer el orden y solucionar la crisis que el argumento presenta— se enfrasca por decisión personal en la misión de desenmascarar a Máximo del Pino, un profesor de enseñanza media admirado y respetado por todos en el lugar. Ella está convencida (y también nosotros, los espectadores) de la culpa de este individuo retorcido que ha logrado burlar a las fuerzas policiales y continúa gozando de una libertad que no merece. Consagrada a dicha tarea por sobre cualquier interés o retribución, no teme el peligro, ni le importa burlar las normas y reglas que su propio medio laboral le impone, en aras de vengar la memoria de Mariano, un hombre que fue privado de libertad injustamente. Al interior de ese esquema —en el que se repiten situaciones “tópicas”—, El regreso se presenta como un filme de denuncia social que, como sucedía con el folletín clásico, visibiliza un mal trágico que afecta la cotidianidad y, a un tiempo, propone una solución gratificante; o sea, la intervención de un elemento particular y extraordinario que resuelve la crisis: la heroína.

Blanca Rosa Blanco, actriz y directora del filme El regreso.

En lo que Máximo del Pino encarna la imagen hipócrita de una sociedad en decadencia, ejemplo de la descomposición moral de un país en el que los órganos institucionales encargados de la legalidad cívica parecen incapaces de mantener el equilibrio necesario, Patricia se revela como una justiciera responsable de reformar nuestra vida social. El modelo de heroicidad a que responde es tan “tópico” que, en principio, se presenta como un sujeto común, identificable con esa abstracción que entre nosotros denominados “pueblo”. Está cerca de la gente y jamás se comporta o actúa como integrante de las fuerzas policiales; se mantiene al margen de estas al punto de demostrar, con su accionar, que estas últimas no son omnipotentes y que necesitan de un individuo como ella.

La amistad y relación erótica entre Patricia y Ubaldo —capitán de la PNR de Matanzas— ilustra este punto: Ubaldo, quien personaliza sin dudas al Estado, por más que se afana en resolver el caso, siempre termina dando pasos en falso. Para acertar con un “monstruo” como Máximo —su caso no es el de un criminal común— son imprescindibles las habilidades, la destreza y la perspicacia de esa figura externa corporizada en Patricia. Aunque ella pertenece a la “justicia institucional”, su actuación es desde los bordes, revistiendo las aspiraciones del ciudadano de a pie. Tanto por su estatus profesional —celebrado en disimiles ocasiones por Ubaldo—, como por su imagen física y su comportamiento, este personaje encausa un prototipo de éxito, admiración y justicia.

La narración está plagada de situaciones supuestamente inesperadas, que cumplen con todo el rigor posible la función de mantener atento al receptor y en activo su sensibilidad: la violación de María Luisa, la muchacha que trabaja en casa de la abuela de Patricia; la captura de otro violador que labora en la misma escuela donde enseña Máximo del Pino; la temporal desaparición de la hija de Ubaldo…. Peripecias que entregan información gradual enfocada en desarrollar con regularidad el crecimiento de la intriga, que es a cuanto se limita El regreso.

Al final, cuando el villano parecía salir ileso, varios sucesos lo conducen a un enfrentamiento con Patricia en un paisaje rocoso en las afueras de la ciudad, donde él suele cometer sus crímenes. Después de un enfrentamiento físico violento, ambos terminan en un intercambio de balas del que Máximo sale derrotado. De ese modo, se urde un último golpe sorpresa al espectador para concluir la historia, pero justo como se espera que sea: el violador es desenmascarado y la heroína cumple con sus propósitos de justicia social.

A diferencia de Tras la huella —serial televisado con que se ha querido relacionar la cinta—, El regreso exalta las cualidades excepcionales de un sujeto individual. Renuncia así a que sea solo la Policía Nacional Revolucionaria, órgano que representa la legalidad del Estado, quien resuelva los actos delictivos. Patricia representa el paradigma del investigador tradicional que rastrea el mal por sobre la incapacidad de la ley y la indiferencia del pueblo[i].

Entretanto, mientras el espectador de Tras la huella es colocado en el lugar del perpetuador del crimen o de quien contribuye con la ley, en El regreso se perfila una identificación unidireccional con la heroína, el sujeto de poder. Otra distinción a tener en cuenta: el villano que tenemos acá es un maestro de escuela, ejemplo a seguir y representante del sistema de enseñanza altamente valorado del país. O lo que sería un sujeto intocable en su nivel de representación social, en quien la película se permite depositar a este enemigo del bienestar civil.

Mas, nada es tan importante como el arquetipo de mujer que Patricia simboliza. Una superwoman ejemplo de independencia y empoderamiento: las escenas consagradas a los encuentros erótico-sexuales entre la protagonista y Ubaldo —sin asumir militancia alguna— quedan solucionadas con aleccionadora limpieza en dicho sentido. Si bien ella es situada en una posición de privilegio, dominante de la situación, él jamás es relegado a una posición de inferioridad. Aun cuando se siente identificada con los casos de violación, por supuesto, ella no es una mujer abanderada del feminismo, lo cual devine aún más significativo. Y quisiera introducir aquí un punto de giro definitorio: no es esta, en lo absoluto, una superwoman liberal ocupada en resolver casos contingentes que terminan por perpetuar el orden político y económico imperante; esta es una superwoman abocada en la defensa de la mujer. El plano final, con el auto de Patricia regresando a La Habana, mientras se le escucha a ella decir que “por cada mujer que hace silencio, dos son expuestas al abuso sexual y otros son condenados injustamente”, no hace sino confirmar lo anterior.

No puede ser más evidente que también esta película es, como le gustaba decir a Umberto Eco, “una máquina de gratificaciones”. Mientras Un traductor quiere pasar por un filme de ambiciones discursivas, El regreso parece instrumentar con toda intención estos tópicos calificados por muchos como subcultura. ¿Cuál es, en definitiva, su vuelta de tuerca? El modo con que esos “tópicos” alcanzan a hablar sobre el estado de un país. ¿Qué significa que, en una sociedad como la cubana, ya aparezca un posible modelo de “superheroína”? El regreso sugiere una indiscutible apertura ideológica liberal, con implicaciones infraestructurales de lamentar. Pero no podemos sino celebrar su liberalismo de género. (2019)

 

Nota:

[i] Quizás detrás de ese individuo autónomo que identifica sus intereses personales con los de la sociedad en su conjunto, se esconda una suerte de triunfo del liberalismo para nada favorecedor.

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