Elpidio Valdés y la carga al machete de noventa millas

El territorio de conflicto del personaje más importante del cine de Juan Padrón no fue solamente la manigua y la guerra contra España, sino también EE.UU.

Fotograma de la película de animación, Elpidio Valdés contra dólar y cañón.

Foto: Tomada de YouTube.

Elpidio Valdés es, sin dudas, una de las pocas encarnaciones efectivas —y hasta sublimación— del modelo ideocultural-comunicativo propugnado ardientemente en Cuba durante las décadas de los sesenta y setenta —en este segundo decenio, ya de una manera más radical. Se presuponía la estructuración de una mítica, una épica, de un arte en sentido general adherido a los nuevos ideales políticos y sociales de una nación en revolución, en intensa reconfiguración de su corpus preceptivo.

En fin, una poética de la revolución, algo nunca muy claro realmente, en función de la exaltación de los procesos populares de construcción de la nueva Cuba, de la promoción de los “nuevos” ideales patrióticos y morales; y, más específicamente relacionado con el caso de marras, de la educación en los valores históricos nacionales.

La encarnación audiovisual del mambisito de Padrón respondió lo más efectivamente posible a estos cometidos, dadas las habilidades narrativas, el sentido del ritmo cinematográfico, el dominio del cine de aventuras, acción y suspenso, y el imprescindible gracejo de su autor. Nunca se llegó a desarrollar un héroe mambí colectivo, pues el anonimato de la masa hubiera dado al traste con la identificación entre las audiencias. Hubo que recurrir, como tantas veces en el mundo, a la individualidad caracterológica del cuasi superhéroe, omnipotente y corajudo, cuya historia personal sirviera de metáfora y símbolo efectivos.

La pregnancia de Valdés entre los públicos cubanos de todas las edades implicó un desarrollo sin parangón —hasta hoy mismo— entre el resto del catálogo animado del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) y el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), llevándolo por un veloz sendero evolutivo, cuya primera gran apoteosis sería el largometraje Elpidio Valdés (1979), que deviene suerte de “obra de crecimiento” y urdimbre biográfica coherente, sucedido por Elpidio Valdés contra dólar y cañón (1983), como consolidación épica de la madurez y la respectiva variación de escenarios y circunstancias.

La trama de este segundo largo se desplaza hacia el siguiente contexto más importante de las gestas libertarias cubanas: los Estados Unidos; cual expansión-complejización de una primera aventura de cortometraje que ya había puesto al héroe en suelo continental: Elpidio Valdés contra la policía de Nueva York (1976).

Fotograma del filme cubano de animación, Elpidio Valdés contra dólar y cañón

Foto: Tomada de YouTube.

Elpidio Valdés contra The Keystone Kops

No es tan rara la recurrencia del audiovisual cubano a los códigos visuales y al lenguaje del cine silente, con preeminencia de las comedias estadounidenses, cuando se revisan cintas como la antológica La muerte de un burócrata (Tomás Gutiérrez Alea, 1966), El elefante y la bicicleta (Juan Carlos Tabío, 1994) y el cortometraje Cuca y el pollo (Carlos Lechuga, 2006). El realizador Juan Padrón resulta verdadero reincidente con su otro clásico ¡Vampiros en La Habana! (1986), antecedido en una década por el corto Elpidio Valdés contra la policía de Nueva York (1976), adscrito este a la primera (y dorada) etapa del personaje, más desprejuiciada, humorística y gamberra; además de mostrar a flor de piel algunos de los principales referentes fílmicos de Padrón.

Si las subsiguientes Elpidio Valdés contra los rayadillos (1978) y el largo Elpidio Valdés (1979) delatan la orgánica aprehensión de los códigos del western y las cintas de samurái japonesas, el muy singular Elpidio Valdés contra la policía de Nueva York se apropia de las hordas disparatadas de gendarmes que, a inicios del siglo XX, Mack Sennet ponía a correr desaforadas en sus breves y numerosas comedias, cuyos constantes trompicones catalizaban la risas de las audiencias. Dados en llamar Keystone Kops, también hacen sutil acto de presencia en La muerte…, encarnados en el policía que es una y otra vez dejado sin sentido durante la escena de la trifulca a las puertas del cementerio.

Padrón viene a apropiarse de ellos en un estado más puro, con una importante secuencia introductoria donde Elpidio y sus compinches pelean y burlan a este torpe personaje colectivo, erizado de porras y bombines. El director replica casi al calco las dinámicas de Sennet. Pero su aplatanamiento y readecuación a la fílmica cubana animada vienen dados, en primer lugar, por el importante calzo que ofrece una banda sonora basada en dinámicas variaciones melódicas del clásico tema para niños que reza “Y llegó la policía, sí señor…”. Transita desde el suspense hasta la joda abierta, acorde la cadena de sucesos y sus variaciones dramáticas.

La otra diferencia es que la ridiculización de la gendarmería trasciende la “inocencia” original del Rey de la Comedia, para redimensionarse en crítica directa a los Estados Unidos como el otro gran enemigo histórico de la independencia cubana y de Cuba toda. Nítida intención ideológica que se sublimaría en Elpidio Valdés contra dólar y cañón (1983) y en el posterior seriado Más se perdió en Cuba (1995), desde una perspectiva mucho más “seria”.

El corto de marras es el gran antecedente audiovisual de esta zona, digamos que urbana o metropolitana, de las aventuras de Valdés, pues por primera vez se le extrae de su común contexto manigüero, donde priman la brillante iluminación, los colores rutilantes y los consecuentes contextos guerreros. Desde la perspectiva historicista y educativa que nunca perdieron de vista estas obras, se apela al otro gran escenario de la lucha independentista cubana: Estados Unidos, donde —a pesar de que no “les conviene una Cuba libre”, como dice uno de los personajes— se gestó la última gran contienda, donde estaba el grueso de la emigración independentista, representada por los míticos tabaqueros que tan decisivos fueron en este proceso histórico.

Otro elemento definitorio es que los sucesos de Nueva York tienen a la noche como escenario óptimo para las acciones de persecución y sabotaje, en directa aunque más tangencial apelación al propio género noir. Aunque no es la primera vez que el período nocturnal resulta idealmente propicio para los procederes más ambiguos de Elpidio, donde alcanza su verdadera dimensión de trickster pícaro y malicioso, sin perder su dimensión heroica, pues aquí los medios justifican el fin: su brega contra el colonialismo español. La astucia es el único recurso efectivo contra el poderío militar. Además, en una equivalencia mucho más elemental, la noche simboliza la oscuridad como concepto (a)moral en toda su amplitud, y es contexto permisivo de todo tipo de tretas y embauques.

Dos años antes, los primeros episodios Elpidio Valdés contra el tren militar (codirigido por José Reyes) y Una aventura de Elpidio Valdés (codirigido por Noel Lima) optaron igualmente por la oscuridad tanto física como moral, para someter a los enemigos a verdaderas torturas psicológicas y entrampes ingeniosos; algo que se repite tiempo después en las brillantes y terribles Elpidio Valdés contra la cañonera (1980) y Elpidio Valdés en campaña de verano (codirigida por Tulio Raggi y Mario Rivas, 1988).

Ahora contra dólar y cañón

En el largo de 1983, con el estreno de Elpidio Valdés contra dólar y cañón, las cosas toman un cariz mucho más “serio”, consecuente con su primera entrega del 79, que consolidó a Elpidio como “héroe de acción” hecho y derecho, menos dado a la broma y la picaresca. La acción busca una lógica bastante más realista, amén del accionar del caballo Palmiche, que mantiene su inteligencia expandida, aunque ahora mucho más parecido a un perro en el comportamiento y las reacciones.

El argumento y el relato se deslindan del belicismo aventurero en pos de los códigos más urbanos del cine de espías y el noir, macguffin incluido: el dinero y las armas para la independencia a pagar con este. Claras como nunca son las apropiaciones del western, en los personajes del sheriff y sus ayudantes, dado que el espacio diegético es Florida, o sea, el suroeste estadounidense, donde abundaron los clubes revolucionarios. La precisión histórica alcanza aquí una interesante relevancia, más allá de la acostumbrada fidelidad que siempre guardó Padrón a las armas, uniformes, jerarquías castrenses, estrategias militares y otros elementos.

Se equilibra como nunca el protagonismo compartido de los enemigos, arribando los Estados Unidos a un papel inigualablemente (hasta el momento) preponderante en el desarrollo conflictual, que vendría a repetirse décadas después en la serie Más se perdió en Cuba (1995) y su versión fílmica Elpidio Valdés contra el águila y el león (1996), cuyo título buscó reiterar de manera más grandilocuente la fórmula previa. Los poco o nada humorísticos hermanos Chains (“cadenas”) y su consorcio terminan apropiándose de casi toda la atención y carga dramatúrgica, en detrimento de Resoplez y compañía, menguados a secundarios humorísticos junto a los dos amorales espías españoles.

Esta circunstancia define los status dramáticos de ambas potencias enemigas, simbolizadas y compendiadas en estos personajes, muy relacionado con las circunstancias extradiegéticas de la obra. Como ente eminentemente “histórico”, ya trascendido, España es torpe, cobarde y “graciosa”, pues no menos que simpatía despiertan la fundacional tríada de antagonistas. Estados Unidos es ruin, cruel y repelente, sin oportunidad para una “peligrosa” identificación (por humor o conmiseración) que repercutiría en la contemporaneidad política cubana de 1983, donde al enemigo “activo” y presente no se le podía conceder ni “un tantico así”.

Aunque el maniqueísmo sigue signando los roles de los muy nítidos “buenos” y “malos”, la intriga, el suspenso, más la vertiginosa concatenación y evolución de las acciones –coreografiadas como nunca se ha conseguido en ninguna otra obra cubana, ya sea animada, ya de “registro fotográfico de la realidad”–, Elpidio Valdés contra dólar y cañón propone a las audiencias un ameno y efectivo catalizador de adrenalina. (2020)

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