Inocencia sin trapos sucios

Nueva aproximación crítica a uno de los títulos destacados del cine cubano durante este año 2019.

Fotograma de la película cubana Inocencia.

Foto: Cortesía de la autora.

Como a numerosos filmes inspirados en sucesos históricos, a la película cubana Inocencia cabría aplicarle la siguiente afirmación: “la representación del mundo, como el mundo mismo, es operación de los hombres; ellos lo describen desde el punto de vista que les es propio y que confunden con la verdad absoluta” (Simone de Beauvoir, 1949). Eso, aplicado a la Historia, no solo revela a esta disciplina de las ciencias sociales como un relato mayormente sostenido por una mirada masculina, sino que no puede desconocerse el grado de subjetividad que la atraviesa y que convierte los más canónicos textos en consideraciones sumamente relativas y manipuladoras.

El más reciente filme del realizador cubano Alejandro Gil, tal y como reza en los créditos, es “Una historia inspirada en hechos reales.” Al director le interesa (es obvio) la Historia pura y dura; contar cómo un grupo de hombres desalmados, brutales, carcomidos por el odio cometen una flagrante injusticia contra otro grupo de hombres, cuyo único delito era ser jóvenes adinerados y con un futuro promisorio desde el punto de vista profesional.

Pero no solo está inspirada en hechos reales, sino que parece recrear punto por punto lo que ocurrió en más o menos setenta y dos horas, desde que más de cuarenta estudiantes de Medicina fueron detenidos en su aula de primer año, hasta que ocho de ellos fueron juzgados por una Corte Marcial y fusilados en 1871, por “profanar” la tumba de un recalcitrante periodista español: Gonzalo de Castañón. A su vez, este relato emerge de la primera línea narrativa del filme, la pesquisa llevada a cabo en 1887 por el personaje de Fermín Valdés Domínguez, para localizar los restos mortales de sus compañeros ultimados. Este falso quiebre de la linealidad del relato le imprimió cierta frescura, aunque su desenlace, como toda vieja fórmula narrativa, era no menos previsible.

La película despliega un acertado manejo conjunto de la fotografía, la ambientación, el vestuario, el espacio arquitectural correspondiente a la etapa, tanto en las locaciones escogidas como viviendas como en los edificios administrativos, judiciales, así como en mercados y tabernas.

La habitación de Lola (Claudia Tomás) rezuma lujo; es prodigiosa en la ambientación y utilería, así como la oficina del gobernador político y el salón donde se celebra el juicio; aunque en alguna locación falta aquel detalle que personaliza y da verdadero sentido de verosimilitud a un diseño interior para un filme de época. Esto se echa a ver especialmente en la casa de Alonso A. de la Campa. Por ejemplo, la galería donde se sientan los amigos a merendar merecía una reconsideración de las paredes, pues en ellas se revelan todas las marcas del tiempo sobre la decoración mural. El efecto de esa pátina, que no tiene nada que ver con la situación dramática, resalta aún más por la precaria ambientación del espacio. Sin necesidad de mancillar el patrimonio, desde la dirección de arte o los efectos visuales se hubiera evitado esa negligencia estética.

El actor Héctor Noas, en Inocencia.

Foto: Cortesía de la autora.

La planificación fotográfica se mantuvo dentro de los registros habituales para este tipo de filme, así como los movimientos de cámara, donde se introduce el uso del dron para las tomas desde una altura estimable y en picado. Por otra parte, se aprovechó con inteligencia la propiedad acusmática del sonido en el cine, peculiaridad reforzada por el fuera de campo, que nos hizo “ver” un quitrín o una calesa, cuando solo escuchamos el trote de los caballos. Con ello se suplía medianamente una carencia de producción.

Otra cosa es la dramaturgia, la puesta en escena. El chiste del falso examen, así como el hipo del profesor Sánchez Bustamante (Jorge Treto), son anécdotas tratadas con tanta planimetría que lucen toscas. Ello se conecta directamente con la falta de fluidez en las actuaciones, personajes no interiorizados, textos simplistas, plagados de numerosas incongruencias gramaticales, del tipo: “Anacleto, hayan lo que hayan hecho, tienen todo mi apoyo”; un corolario de frases deslucidamente comunes, expresiones de falsa jocosidad, comodines labiales mal ensayados y peor entonados.

La relación amorosa entre Lola y Anacleto (Carlos A. Busto) no rinde emocionalmente para el melodrama en que se inscribe. Al margen de la verdad, no debió ser Anacleto el Romeo de esta historia, pues es su nombre casi el primero que viene a la mente cuando se habla de los estudiantes fusilados; por lo tanto, una anécdota en torno a su persona mataba ya cualquier expectativa. El cine es espectáculo, entretenimiento, aprendizaje lúdico; quién iba a enfadarse porque se manipulara un tanto la historia y se utilizara incluso un apodo para un personaje que, repito, no debía ser Anacleto Bermúdez, en aras de reservar hasta el último minuto posible el trágico colofón de su avatar amoroso, aprovechando que del numeroso grupo detenido solo ocho serían fusilados.

Téngase en cuenta que Alejandro Gil escogió una forma narrativa canónica, basada en el modelo de dramaturgia aristotélica, con un alto grado de convencionalidad. Su referente modélico sería el cine clásico, según lo considera Lauro Zavala, al expresar: “En síntesis, el cine clásico tiene un inicio narrativo con intriga de predestinación, imágenes con una composición estable, sonido didáctico, edición causal, puesta en escena que acompaña a los personajes, organización narrativa de carácter secuencial con un sustrato mítico que se atiene a las fórmulas genéricas, su intertextualidad es implícita, y el final es epifánico. Todo ello es consistente con una ideología teleológica y espectacular, donde se presupone la existencia de una realidad que es representada por la película.”

Lo del balcón y el pañuelito se pasa de manido. Luego, el encuentro de los enamorados en la cárcel tal vez pudo ser un instante mágico, incluso con su toque de humor, porque el choteo no abandona al cubano ni en las peores circunstancias. Cualquier cosa menos una lacrimógena despedida. Era el recurso que hubiera servido como instante de equilibrio precario para aliviar las tensiones, y al propio tiempo aumentar el suspense. En ese momento nadie (los personajes, digo) podía suponer que aquello terminaría en masacre. Sin embargo, la escena se convirtió en una despedida de duelo anticipada, y en los ojos de una y otro se leía la tragedia, como si se rindieran a la culpabilidad y a la sentencia.

En otro renglón de desaciertos figura, no la intervención misma de los abakuá, que pudo haberse pulido y explotado de un modo más convincente, sino la forma casi suicida en que se lanzan y son liquidados por la guardia española, convirtiendo este en un episodio ridículo, que deja muy mal parados a los adoradores de Abasí. A veces la diferencia entre la representación de un acto heroico y un papelazo depende de la picardía de un avispado director.

En cuanto a las actuaciones, me gusta mucho el trabajo de Yadier Pérez, siempre elegante, relajado y con impecable dicción, ahora interpretando a un corrupto gobernador político. Su mejor escena es frente a la tumba de Castañón, donde, en un alarde de sutileza, revela en una levísima sonrisa cómo sueña con llenarse los bolsillos mediante la extorsión cuando acuse a los estudiantes de haber profanado la tumba. Pero también se vio forzado después a unas tristes pausas frente al profesor Sánchez Bustamante, que solo su natural flema le permitió sobrellevar, ya que no vinieron en su ayuda los primeros planos enfáticos que la escena demandaba.

El otro actor que está brillante, hasta el deslumbramiento, es Héctor Noas. Pocas veces he visto un personaje supurar tanto odio con tanta saña y sin falsa exacerbación, y luego dar con su rostro ese toque de perplejidad contenida ante la barbárica reacción de los voluntarios, que reclamaban más sangre. Igual de loable me pareció el capellán interpretado por Héctor Hechemendía, sinceramente agobiado por las réplicas del joven convicto en el momento de la confesión. Por lo demás, el resto hizo lo que pudo; no hablemos ya de las féminas, encarnando sombras nada más de sus esposos, de sus hermanos, de sus amos. Tal como (parece) era en aquellos desventurados tiempos. Está claro que Gil no podía ofrecer otra imagen del sujeto femenino.

Por otra parte, la falta de cuidado a la hora de manejar la dramaturgia mediante los recursos del lenguaje cinematográfico se hace patente en el siguiente ejemplo. En cuanto a lo que el filme intenta presentar, los estudiantes son inocentes del crimen que se les imputa pues no se les ve rayar la tumba del peninsular, sino hablar de él con sentido desprecio. Sin embargo, desde una vista en picado y a una considerable altura que no permite precisar detalles, se ve a cuatro jóvenes acercarse al panteón. Después de ésta, se suceden varias escenas, en la última de las cuales el celador del cementerio hace su denuncia ante el gobernador, y aparece, como plano final, la imagen del cristal rayado sobre el impoluto nicho. Y yo me pregunto: ¿ese plano no debía preceder la escena de los estudiantes frente a la tumba del maldito periodista?

Aquella escena había terminado con la frase de Anacleto: “Este país está sometido. ¿Y qué hacemos nosotros? Estudiar Medicina, y hablar en voz baja de lo que deberíamos hacer y no hacemos.” Corte al aula de Medicina. El vacío narrativo –natural elipsis cinematográfica– que media entre esa frase y la visita del gobernador político al cementerio, para constatar que el sacrosanto cristal ha sido mancillado, atenta contra lo que el propio filme se propone defender (¿o no?). He aquí la importancia de colocar un plano donde debe ir. No siendo imprescindible, antes que mal ubicado, hubiera sido preferible no ponerlo nunca.

Los acusados no son luchadores por la independencia, ni están vinculados a ninguna facción clandestina, ni siquiera distribuyen proclamas; a diferencia del negro sepulturero con quien contacta Valdés Domínguez, y que aparece involucrado en la lucha contra el gobierno español. Estos mozalbetes son hijitos de papá; vástagos de familias adineradas que invierten su tiempo y dinero en cursar una de las carreras más caras y prestigiosas en cualquier época y lugar del mundo: la carrera de Medicina. Es más, en el libro de Valdés Domínguez se precisa el ascendente de algunos de los fusilados “hijos de peninsulares o cubanos que, como el Sr. Laborde, que era y es coronel de milicias, no pueden, por lo tanto, ser tachados como sospechosos”(1). De ahí la iniquidad y el absurdo de aquel asesinato jurídico.

Mientras en los campos de batalla el ejército mambí lucha por derrocar el coloniaje español, estos jóvenes juegan inocentemente con el carro que transporta los cadáveres y cotillean sobre el esbirro de la corona española, Gonzalo de Castañón. Mientras montones de ex esclavos, sobre cuyas espaldas todavía no se curan los latigazos del mayoral, han sido arrastrados a una lucha incierta donde otra vez exponen su vida; mientras cientos de miles de esclavos todavía dejan la piel en el plantón de caña y en el trapiche para alimentar la codicia de la sacarocracia cubana; un grupo de muchachos, casi niños, son juzgados por un delito que ni siquiera imaginaron. Así lo expresa la carta que dirige Alonso Álvarez de la Campa, padre del adolescente fusilado con solo 16 años, y miembro él mismo del cuerpo de Voluntarios, al general Carlos Palanca:

“…jóvenes inocentes e incapaces de la menor demostración contra la causa de España porque hijos de peninsulares una gran parte, figurando algunos en las filas de los mismos Voluntarios, y dando todos pruebas inequívocas de lealtad, puesto que ni emigraron ni fueron a las filas de los insurrectos, a pesar de la seducción y de los esfuerzos que sin duda harían para ello muchos de sus antiguos compañeros que abandonaran las aulas inmediatamente después del Grito de Yara, no había razón para sospechar de sus buenos sentimientos ni para presumir remotamente que sus juegos juveniles tuvieran significación política, cuando no hubo voces, ni palabras, ni obras que así lo indicasen (2).”

Un dato que introduce el filme y que no aparece en el texto de Valdés Domínguez es que, poco antes de ser fusilados, se les dio la oportunidad de retractarse para evitar la ejecución de la sentencia de muerte. Incluso durante el juicio, el fiscal (Patricio Wood) insinúa la posibilidad de suspender la denuncia si declaran que habían ido a rendir homenaje al periodista español. La inquebrantable moral de estos jóvenes les impide retractarse o mentir. Hay ciertas actitudes y decisiones que comprometen la honra masculina. Por fortuna, el trabajo de espía da patente de corso para saltarse los protocolos de hombría en cumplimiento de una misión; entonces sí que vale mentir y delatar. Pero aquí no hay licencias para una mentirita, porque los estudiantes acusados no son espías, sino simples burgueses, a los que el odio y la envidia de los voluntarios convirtió en chivos expiatorios.

Sin embargo, hay una especie de vacío en ese relato cinematográfico, en ese entramado de ficción que, desde mi personal juicio, se convierte en una laguna de incertidumbre: lo que no me creo es la unanimidad, quizás porque la he padecido demasiado, y me parece una compañerita a la que se puede mirar con desdén y sorna. Una vez puesta en juego la alternativa del retractamiento, ¿por qué no dar por condenados a, por ejemplo, diez con dos que se retractasen? Por supuesto, esto no tiene nada que ver con la “verdad histórica” de lo que sintieron e hicieron ocho imberbes que en setenta y dos horas se vieron convertidos en vulgares cabezas de turco, trocando así su destino de clase privilegiada. Los dos chicos que se abrazan en un segundo plano del conocidísimo cuadro de Manuel Mesa, Fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina, parecen buenos candidatos a arrepentirse del crimen no cometido, ¿y que tal si aun así los hubieran llevado al paredón? ¡Qué fuerte!

Pero en cuanto no me creo la unanimidad, ya no me creo nada. Y entonces la historia contada por Gil me parece chapucera y mentirosa. No recuerdo si fue Barthes el que dijo que para que una verdad luzca como tal no basta con enunciarla: hay que maquillarla, retocarla. El cine está lleno de esos ejemplos, incluso en la categoría documental. A mano tengo la muestra de lo que Luis Buñuel hizo para impregnar de verosimilitud ciertas escenas de su documental Las Hurdes, tierra sin pan. Según se expone en el animado Buñuel en el laberinto de las tortugas (Salvador Simó Busom, 2018), el cineasta español reconstruyó el despezcuezamiento de un pollo; el desbarrancamiento de una cabra; la muerte de un asno y el sepelio de un bebé, mediante procedimientos nada cándidos, que hoy le hubieran costado la cárcel, solo bajo el expediente de “maltrato animal”.

La experiencia de vida también impone sus reglas a la ficción. Los últimos soldados de la guerra fría (Fernando Morais, 2012) es el mejor libro de espionaje que me he leído jamás. Aunque está basado en hechos reales, se inspira en el mejor estilo periodístico que fundara Truman Capote con A sangre fría. Lo que, desde el punto de vista literario, hace emocionante y verídica la hazaña de “Los cinco héroes”, es que solo cinco decidieron sacrificar sus vidas. Aquí ya no importa el grado de convicción y fe que tenían en que serían absueltos, salvados o rescatados, lo cual no se ventila en el libro, sino el acto mismo de inmolarse; los demás hicieron mutis por el foro, “se rajaron”, diría mi papá. Ocultar ese dato habría restado contundencia a la propia verdad. El libro termina dejando en suspenso el futuro de los reos, entonces desconocido; pero la emoción de lo narrado resulta, como saldo general, incuestionable.

Eso es lo que no alcanza Inocencia: conmover desde la ficción, que es su territorio expresivo. Falta intensidad en la construcción de emociones con las que deberá identificarse el público en este tipo de relato convencional. No me refiero al público cubano visceralmente comprometido con el suceso y políticamente adaptado a él. Lo cierto es que Inocencia termina justo antes del bostezo.

No obstante, ahora tenemos ya una película que pasará por la tevé todos los 27 de noviembre. Un filme sencillo, útil por lo didáctico y por un rigor histórico casi propio para rendir un examen de ingreso a la Universidad. Aunque no sea esa obra de alto perfil estético capaz de impactar por su hábil manejo de la dramaturgia y los recursos narrativos, depuradas actuaciones, original puesta en escena y espectacular banda sonora. (2019)

Notas:

1 Fermín Valdés Domínguez. El 27 de noviembre de 1871. (PDF)
2 Ídem.

Un comentario

  1. Azucena

    ¡Excelente reseña crítica! Esperemos que le sirve de ayuda a Gil, para próximos empeños fílmicos.

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