La caída (En torno a Nido de mantis)

Reseña de la más reciente realización del cineasta cubano Arturo Sotto.

Fotograma del filme Nido de mantis, de Arturo Sotto.

Foto: Cortesía del autor

En 1995, Pon tu pensamiento en mí parecía poner el cine cubano de cabeza. La crítica aupó a Arturo Sotto, al punto de ver en la propuesta del filme un camino futuro para la cinematografía nacional. Ciertamente, la película proponía una complejización de la factura —un trazado metatextual que reflexionaba sobre la representación para indagar con inteligencia en ciertas conductas que han marcado el comportamiento histórico del cubano— que apuntaba hacia búsquedas novedosas, arriesgadas, tanto en el discurso como en la puesta en escena.

Antes incluso, Talco para lo negro (1992) conseguía una organicidad experimental en la composición visual y el criterio de realización, que alimentaban unas ideas sagaces; puso a todo el mundo en alerta. Después de tantos años de películas epidérmicas, plagadas de disímiles lugares comunes, Arturo Sotto emergía como parte de una generación de nuevos creadores audiovisuales que irrumpieron con un cambio de registro notable, a la sazón necesario.

Sin embargo, tras su ópera prima, las próximas obras del cineasta, gradualmente, han ido concertando un franco retroceso. Amor vertical (1997), su segundo largometraje, fue todavía un excelente intento. Aunque introdujo un viraje radical respecto a aquellas primeras piezas, toda vez que apostaba, en apariencia, por un tono de comedia y una emotiva historia de amor, resolvió con destreza una cadena dramática enfocada en soportar un discurso más agudo.

Ahora, lo que vino después termina ahí mismo donde comienza: las historias relatadas no van más allá de la superficie de sus anécdotas, no importa que el realizador se halla esforzado por lograr lo contrario. Pero si Boccaccerías habaneras (2013) parecía ser la culminación de un ciclo, Nido de mantis (2018) llega justamente para subir aún más la parada.

El punto de vista de la narración de la película privilegia la disputa entre dos hombres que deciden el futuro de una mujer.

Foto: Cortesía del autor

De entrada, esta película ostenta una lamentable confusión de tonos. Lo cual nada tiene que ver con la elocuente apropiación de fuentes, la articulación de múltiples sentidos, la amalgama referencial o el alcance conceptual que instrumentaba Pon tu pensamiento en mí y a que aspiraban los filmes sucesivos de este director. Si bien son cada vez más los productos audiovisuales que trabajan la textura visual y el tejido narrativo desde un montaje genérico que entremezcla aventura, comedia, ciencia ficción, drama histórico, thriller psicológico, etcétera, hasta alcanzar penetrantes ejercicios de estilo, no siempre la política del pastiche intergenérico garantiza la efectividad de una obra. La falta de distinción y cohesión que padece el engranaje dramático de Nido de mantis se debe, en parte, a emplazar un drama romántico de pespuntes trágicos en un marco de comedia costumbrista, salpicada con uno que otro código del policiaco y del suspense. Todo se advierte matizado por una ligera impostura, consecuencia de una realización que parece querer dotar al filme de cierta estilización e ingenio, cuando, en puridad, la escritura presume una linealidad evidente[1].

Y por ese mismo camino, el guion aparece plagado de lugares comunes y acciones innecesarias, resuelto en una construcción dramática más propia de las telenovelas que del cine. La película arranca cuando el fiscal Fernando (Yadier Fernández) se presenta en Siboney, un batey azucarero del interior de Villa Clara, para resolver el presunto homicidio de dos hombres y una mujer. Allí se encuentra con Azúcar, la hija de las víctimas, a quien la gente del lugar —un Macondo caribeño pasado por agua— culpa de haber cometido el asesinato.

Este sencillo suceso desencadena toda la narración: la tormentosa historia de un intenso triángulo amoroso que se extendió, como mínimo, por unos cuarenta años. Ahí mismo reside otro problema de primer orden: ese relato patenta una construcción literalmente inverosímil, que ni el más comprometido pacto ficcional solventa —otra consecuencia de la planimetría del guion y su dispersión conceptual—; el mismo, además, se desarrolla en una atmósfera preñada de un costumbrismo estereotipado, rayano en el absurdo, que aspira a visibilizar cuanto de realismo mágico pueda apreciarse en esta ínsula fabulante y termina por hacer languidecer la cinta. Ello colma la trama de accidentes y peripecias irrelevantes que nada aportan al núcleo temático del relato, concentrados en alargar la anécdota hasta tornarla superflua. Que el argumento insista en una fábula plagada de situaciones que se quieren hilarantes per se, porque entre los cubanos nada puede soportar el espesor de la gravedad —al menos, eso parece decir el realizador—, no hace sino afectar más el carácter epidémico y a ratos pueril y frívolo de la trama.

El esquematismo de la narración ocupa todos los estamentos del filme. Los personajes protagónicos y el diseño argumental no pueden ser más estereotipados. Veamos: desde pequeños, durante la pasada década de los cincuenta, Tomás (Armando Miguel Gómez) y Emilio (Caleb Casas) se disputan el amor de Elena (Yara Masiel). El primero es un campesino pobre y analfabeto; el segundo, un burgués de familia adinerada. Entretanto, la muchacha que despierta el instinto de ambos es una guajirita típica de pueblo, que encanta no tanto por su belleza natural, como por su comportamiento coqueto.

Pasan los años y triunfa la Revolución. Tomás vuelve al batey. Así, por obra y gracia del guion, se encuentra nuevamente con Elena, no importa el tiempo trascurrido, y continúa amándola, con tanta intensidad que en un período mínimo decide casarse con ella. Lo mismo sucede con Emilio. Se encuentra a la joven en La Habana, pues Tomás se queda en el camino para contribuir a la defensa del país durante los ataques de Playa Girón. Emilio no duda un minuto tampoco, le consagra amor eterno y renuncia a partir con su familia a los Estados Unidos.

Pero aquí no acaba la cosa. Ya viviendo en la capital, indecisa si quedarse con uno u otro, Elena debe regresar a su pueblo de maravilla porque su padre está enfermo de muerte. Entonces ambos varones renuncian a sus respectivas vidas y van tras ella para continuar disputándose su amor. Allí pasan alrededor de treinta años, cada uno ocupado en ganar la batalla por Elena antes que en Elena misma. Se golpean día tras día en un cuarto de la casa donde viven; como en cualquier valla de gallos, las pelean están abiertas al pueblo, que los celebra como motivo de pleno esparcimiento. Como no saben quién es el progenitor, se disputan la paternidad de la hija al extremo de intentar imponerle sus respectivas creencias religiosas… Hasta que un día de 1994, Elena decide asesinar a sus dos conquistadores y acabar luego con su propia vida, dado que no puede más con tamaña situación y no quiere prolongar ese sufrimiento a su hija.

Dicho lo anterior, si ya es suficientemente increíble que tres individuos soporten una situación tan ridícula por tanto tiempo, lo es más que, en el lecho mismo de muerte, estos dos machos cabríos muestren con lozanía sus rostros, sin un moretón ni un rasguño. Cuarenta años de golpes no son nada. La cadena de acciones atraviesa todo el metraje sin la más mínima interiorización. Todo esto puede que suceda en eso que llamamos mundo real. ¿Por qué no iba a ser posible? En cualquier caso, una cosa es la realidad y otra, la obra de arte. En esta última, al menos, el mundo representado debe ser justificado, sustentarse por sí mismo. Y esta aventura de amor es tremendamente inconsecuente, no convence.

Decía que la superfluidad en el diseño y caracterización de los personajes es alarmante, sin este matiz ni complejidad psicológica, colocados en la trama para cumplir un programa narrativo. Cuando crecen, aquellos niños siguen siendo los mismos, ahora en otras contingencias. Tomás, una muy evidente referencia a Tomás Gutiérrez Alea, es aspirante a cineasta, alfabetizador, revolucionario que luchó durante la invasión de Playa Girón, joven encantador, simpático, borracho y practicante de palo monte. Emilio es un elegante y delicado burgués que se desentiende del proyecto social que la Revolución está llevando adelante. Mas sus articulaciones respectivas en el engranaje dramático no implican crecimiento emocional ni evolución de ningún tipo.

Tampoco Elena, que es la que peor parada sale: ella no deja de ser jamás la pueblerina encantadora que desata la sed de posesión de estos hombres. El grado de pintoresquismo de las situaciones, la ausencia de interiorización de las acciones encargadas de prolongar la historia no más, son la causa de la ausencia total de relieve en la historia narrada. Nido de mantis se entretiene demasiado en acentuar las peripecias antes que el mundo interior de los roles interpretados o en el desarrollo orgánico del complejo conflicto planteado. Invierte todo el tiempo del metraje en las mismas vueltas de tuercas, una y otra vez, quizás solo para desvelar las pistas que conducirán a revelar el por qué de las muertes. La película pudo concentrarse solo en su escandalosa historia de amor. El presente diegético luce aquí como un mero pretexto, innecesario y mal resuelto, desbalanceado en términos de puntualidad dramática. En cualquier caso, debió encauzar mejor el crecimiento de la intriga, antes que cederlo todo al fatum trágico de los amantes.

Pero todavía el guion padece unos diálogos lamentables, cargados de frases hechas y lapidarias. Creo que el peor momento al respecto sobreviene cuando Patricia, la joven abogada que ha tomado el caso, está conversando con Azúcar y sale a relucir el tema de las mantis religiosas. Como si a esa altura del metraje el título no estuviera más que claro, era necesario que los personajes lo explicaran. Esto sucede otras veces, como cuando Tomás está tomando una foto frente a la tienda de vestidos de novias donde trabaja Elena, interesado en una estación de policías que se encuentra en el segundo piso, donde cuelga un enorme cartel que reza “Se reclutan hombres”; ahora el personaje de Emilio sale a aclarar el chiste.

Tampoco puede pasar por alto en esta leyenda que nos cuenta Nido de mantis el contexto histórico en que se emplazan los hechos, sobre todo por las connotaciones que la propia realización le otorga. De los últimos años republicanos a los días del pleno Período especial, la trágica relación de los tres individuos que encantaban a los pobladores de Siboney se vio moldeada, experimentó en la médula misma de su conflicto, cada instante del devenir de la isla. Lo sorprendente es que el filme privilegie, como telón de fondo, hechos puntuales que han marcado momentos medulares de la Revolución.

Apúntese, además, que es perceptible un desbalance en la repartición de los bloques dramáticos en cada uno de esos instantes epocales que, desde luego, afectan la estructura interior del filme, de ahí que se sienta que el final no llega nunca o que estamos viendo lo mismo de continuo. Aludidos sin rigor alguno, eventos como la Invasión de Playa Girón, la zafra del setenta o los sucesos del Mariel son instalados como parte del aquelarre caricaturesco sin que, en buena lid, aporten nada al conflicto. Resultan vagos en la medida en que esa misma necesidad de revisión histórica tiende a priorizar el contexto antes que la concentración en el mundo emocional de tres sujetos que están acabando con sus vidas en nombre del amor.

De cualquier forma, nada de lo dicho hasta ahora me parece tan preocupante como el declarado machismo que recorre y alimenta a esta cinta. El punto de vista de la narración privilegia la disputa entre dos hombres que deciden el futuro de una mujer, quien no juega otro rol que el de alimentar la hombría de ambos y deambula por todo el filme como un simple objeto del deseo. Pero no solo Elena; todas las mujeres del reparto son víctimas de la mirada falocéntrica: Tomás se pasea con un par de prostitutas que están no más para acentuar su condición de conquistador; la joven abogada llega a la escena del crimen gracias a que se acuesta con el fiscal (a quien le confiesa con toda desfachatez que lo hace por interés); y Azúcar se libra al final de sus últimos problemas entregando su cuerpo y seduciendo con sus encantos de femme fatale a este hombre que insiste en incriminarla. Precisamente, cuando Elena decide asesinar a sus dos maridos, que al cabo han hecho de su vida un verdadero infierno, la pobre se suicida porque no puede vivir sin ellos. La ideología que nutre a Nido de mantis es palpablemente excluyente y conservadora, donde la mujer no queda para nada bien parada. Todo lo contrario.

Incluso, aún cuando pueda pecar de extremista, no quiero dejar de apuntar que el filme, así mismo, suda cierto racismo solapado: ¿por qué el amigo que acompaña a Tomás en un segundo plano tiene que ser negro?; ¿por qué los tres chiquillos que se asoman por la puerta cuando Elena y Tomás están teniendo sexo, en la casa de este último, tienen que ser negros?

Finalmente, tampoco la fotografía y la puesta en escena de esta última pieza de Arturo Sotto reportan relieve alguno. No porque estén mal, sino porque son planimétricas, poco inspiradas, amaneradas por gusto. Los pasajes que se suceden en los años sesenta y setenta son en blanco y negro y los de los años ochenta en colores, sin que ninguna de estas decisiones responda a una necesidad bien sustentada. Sin dudas, los homenajes y guiños al cine cubano, y en lo particular a Tomás Gutiérrez Alea, de quien Arturo Sotto es un declarado devoto, pudieran justificar tal solución. Pero aún así huelen demasiado a antojo de la realización y no a una necesidad dramática. El montaje sigue un camino parecido: entre la brusquedad de los cortes y el simple cumplimiento del raccord, montando una escena detrás de otra con puntual monotonía, el filme deviene monótono, cansón. Luego, las actuaciones están en su mayoría fuera de tono, muchas veces inorgánicas. El que peor estuvo fue Yadier Fernández: actuó resultado todo el tiempo y estuvo sobreactuado y caricaturesco. Podríamos decir que molesta en pantalla. También Yara Masiel construyó su personaje sobre la base de inexpresividad y una ausencia absoluta de matices; para no decir que en su caso hubo un terrible fallo de casting. Tal vez la interpretación mejor resuelta es la Armando Miguel Gómez, en tanto supo resolver con expresividad y naturalidad la espontaneidad y el encanto de su rol.

Nido de mantis, sin dudas, va a lograr su objetivo: deslumbrar a los espectadores ávidos de chistes y volteretas de culebrón. No caben dudas de que Arturo Sotto ha hecho una película desequilibrada, que aspira a injertar la historia de un “maravilloso” triángulo de amor (por increíble) en la Historia. Al cabo, terminó por no pulsar ni en una cosa ni en la otra. Nido de mantis es otro ejemplo elocuente de la incapacidad que padece un determinado cine cubano, ya pasado, incapaz de articular una historia sin desplegar un populismo ramplón, que hace rato tocó fondo. (2018)

Nota:

[1] Esa tendencia a coleccionar escenas de relieve, sugerentes a partir de su movilidad dentro de lo absurdo, antes que audacia, reviste un sabor bastante kitsch. Por ejemplo, el momento en que los pobladores del batey están frente a la casa de los supuestos asesinados y rezan y alaban en coro con un fanatismo repulsivo (solo cuando la cámara se acuerda de ellos, por cierto); o la secuencia de Emilio, cuando hace traer a su casa un camión de arena para construir una isla artificial para Elena —donde, por demás, acepto que se realiza un perspicaz guiño a Los sobrevivientes (Titón, 1976)—; el momento en que Tomás recibe en medio del cañaveral un disco de The Beatles y sale despavorido gritando que eso es oro, cuando sabemos que para entonces ya la banda británica se escuchaba en la radio nacional; incluso, el cameo de Arturo Sotto, que aparece en condición de militar al mando en el Hotel Nacional, alterado y gritando lecciones revolucionarias.

Un comentario

  1. Adrian Gainza Orret

    Acabo de ver la película x segunda vez,y me gustó más aún. Sin ser fanático del cine de Arturo Soto reconozco en este film una cadencia narrativa estimulante. No entiendo la crítica ensañada, decir mal de las actuaciones (cuando brillan) denota que fue vista tras cristal personal de quien cree que hacer crítica es un talento.

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