La más incompleta guía para conocer a Mario Rivas (Parte I)

En la animación cubana suele subrayarse la obra de realizadores como Juan Padrón o Tulio Raggi. Pero junto a ellos hay creadores que, no por menos conocidos, dejan de ser importantes para el cine nacional.

Mario Rivas

Foto: Tomada de CUBANOW

1984: el Año Rivas

Así como 1984 es un año mítico en los imaginarios occidentales y clave para la inmortalidad creativa de George Orwell, no resultó menos cardinal para la carrera el realizador cubano Mario Rivas (Villa Clara, 1939), debido al estreno de los cortometrajes animados El bohío (Primer Coral de Animación en el 7mo. Festival de Cine Latinoamericano de La Habana), las más celebrada de las creaciones de su carrera fílmica, y Una leyenda americana, pieza subvalorada hasta el presente, a pesar de unos significativos valores visuales que lo convierten en el (muy posiblemente) mayor homenaje fílmico cubano a las culturas mesoamericanas; más específicamente, los toltecas y sus herederos aztecas o mexicas.

En directa contraposición a la muy sintética figuración de El bohío, articulado desde la técnica de la full animation, Una leyenda… remonta los senderos del opulento barroquismo escultórico exhibido por grandes templos como el de Quetzalcóatl en Teotihuacán, a partir del cual Rivas y su equipo despliegan una imaginería zoomórfica en verdad esplendente y alucinante.

La “animación de marionetas” a lo Yuri Norstein, escogida para desarrollar los movimientos fragmentarios de los personajes, refuerza la intención de revelar entidades pétreas que han cobrado súbita vitalidad, cual gárgolas que despiertan a medianoche, en la revelación de dimensiones míticas insospechadas. A la vez, este concepto artístico subraya la plena naturaleza mitopoética del cosmos diegético donde transcurren las acciones de la sencilla fábula, cuyo relato de leve calado palidece ostensiblemente ante la potencia expresiva de tales imágenes, concienzuda y minuciosamente elaboradas.

En este sentido de apropiación de estéticas antiguas, el parangón más fuerte que tiene Una leyenda… en el audiovisual cubano es Osain (Hernán Henríquez, 1966), decantado por las figuraciones mitopoéticas y religiosas casi abstractas de los cultos afrocubanos. Eso sí, este último cortometraje apostó más arriesgadamente por recrear un patakí hablado en yoruba, sin traducción, sin hacer concesiones a los potenciales públicos hispanohablantes. La leyenda se destila en estado puro en Osain, revelando de paso el extrañamiento de la mayoría de los receptores cubanos ante importantes fundamentos culturales de la nación, mientras no deja de ser un festín de las formas en movimiento.

Casualmente, décadas después, con La leyenda de Osain (2004), Rivas regresa al audiovisual a este personaje del orisha manco, cojo y tuerto (y también muengo, aunque no se mencione aquí), sanador y dueño del monte. Inferior al clásico de Henríquez, el corto de Rivas adapta un relato de guisa etiológica escrito por Miguel Barnet (incluido en su libro Akeké y la jutía).

Pensado preferentemente para niños, regresa el determinismo fabular a escala de relato. Aunque bien lejos de la figuración pensada por Tulio Raggi para el Osain de los sesenta, Rivas no deja de buscar aquí una forma que singularice el relato y también resalte sus esencias mágicas, mitológicas. Mientras los animales son representados con cierto desgano sintetizador, las criaturas pensantes, como el omnipotente Olofin, los pícaros Ibeyi y el propio Osain se revelan, respectivamente, como un espíritu elemental de rasgos vegetales, y como duendecillos de rostros ligeramente semejantes a las máscaras africanas…o a la idea cubana de una máscara africana.

Volviendo a Una leyenda…, tenemos que no deja de ser un deleite estético valioso y espectacularmente respetuoso de las culturas previas a la hecatombe colonial. Y como pocas de las producciones animadas cubanas que con posterioridad a 1970 estrecharon su espectro ideoestético bajo la égida de la educación infanto-juvenil, Una leyenda… propone una experiencia formativa más orgánica que si hubiera optado por un dibujo animado llano, que sacrificara todo a la “comunicatividad” de la anécdota; tal cual sí sucede en otras realizaciones de Rivas, como El elefantico sin trompa (1979), Una lección a papá o Siffic y el Vramontono 45-A (ambos de 1980), para mencionar algunos nítidamente moralizantes y educativos.

Una leyenda… no deja de discurrir por la médula fabular, fomentadora de valores tales como la pertinencia de la inteligencia sobre la belleza física; la preeminencia de la solidaridad y la unidad grupal sobre el individualismo; el castigo kármico al malagradecimiento, etc. En una suerte de construcción colectiva, una avecilla rara, fea, inclasificable, anónima, es pertrechada por sus homólogas de colores, plumas, cuellos, patas y alas espectaculares que la convierten en una maravilla, pero con la condición de que vele por la paz del grupo como llamativo centinela. El ave es víctima del narcisismo, incumple con su misión, muchas compañeras son devoradas, y ella misma sucumbe a los depredadores. El egoísmo y la irresponsabilidad con el colectivo cobran una víctima.

La leyenda americana recreada tributa oportunamente al corpus moral del proyecto sociopolítico cubano, donde el colectivo se propone como estrato superior a la individualidad. Donde la utilidad pragmática se sobrepone en todo momento al solaz íntimo en la contemplación estética y, por ende, es superior al valor estético de cualquier cosa. Una y otra vez, el niño protagonista de Tekkonkinkreet (Michael Arias, 2006) reclama entre lágrimas abundantes qué hizo de malo la cigarra por solo tocar su violín, en tanto las hormigas colectaban para el invierno con fruición estajanovista.

Igual sucede en la colmena de Érase una abejita (1976), a la que debe plegarse finalmente la descarriada abeja protagonista, que busca sin éxito cosechar las mieles de manera individual. Las abejas como símbolo prístino de la sociedad colectivista sincronizada.

El ave-antes-avecilla de Una leyenda… peca por disfrutarse como objeto bello, inútil fuera de la exhibición de sus cualidades visuales. Es castigada por reservarse para sí, por revaluarse sobre sus congéneres y descollar.

El pecado de la singularidad

Años antes, una película previa de Mario Rivas, titulada El pececito sin color (1976), ya había propuesto una situación semejante, pero reversa: un pez transparente, raro, singular (¿bello?) sin dudas en su fantasmal complexión, es rechazado tajantemente por todos sus congéneres del mar por su falta de colores, por su indefinición, por su condición anómala. Solo es digno del más puro desprecio. El pez sufre y, en una colaboración colectiva de las algas, la Luna y el Sol le proveen los colores necesarios para ser un miembro aceptado por la comunidad.

Una vez “teñido” y, por ende definido, ya no es un espectro solitario, sino un pez “hecho y derecho”, militante de los colores. Ipso facto es aceptado en la gran sociedad marina, revelándose tras la feliz conclusión que la naturaleza esencial del pececito era un verdadero defecto correctamente rechazado y correctamente segregado. El colectivo no se equivoca. El diferente requiere rectificarse, reformularse y reconstruirse a imagen y semejanza de todos. ¿Quién ha visto un pez transparente? Autocritíquese y coloréese, qué se anda creyendo.

Un año después, Rivas aborda de nuevo el tópico con el más etiológico cortometraje: El arco iris y las aves (1977), donde la “decoloración” o “acoloración” indefinida resulta aquí un asunto colectivo.

Realizada en 1978, el título La guitarra también dialoga estrechamente con El pececito… Primero que todo, por el protagonismo de la música, por su definitorio y absoluto rol narrativo, algo bastante atípico entre sus colegas de entonces, quienes, aunque no dejaban de emplear llamativas partituras en sus bandas sonoras —firmadas frecuentemente por nombres como Daniel Longres, dirigidas por otros no menos ubicuos como Manuel Duchesne Cuzán—, casi nunca rebasaban las funciones de apoyatura.

En los avatares del desventurado pececito, la historia la despliega Miriam Ramos, con sus bellos gorjeos; mientras que en los descarríos del instrumento que no quiere estudiar, Sergio Vitier pulsa las cuerdas y hace hablar a los personajes sin necesidad de la palabra. Una suerte de “Pedro y el lobo” sin complemento narrativo oral.

En cuanto a la visualidad, a diferencia de El pececito… y su cómodo cariz naturalista, La guitarra cuenta con un entorno diegético más surreal, casi onírico, donde la “humanización” de los instrumentos se reduce a sus comportamientos y a unos leves amagos de rostro en la boca y el puente, sin añadiduras intrusas como ojos, miembros, ropas u otros elementos muy comunes en los procesos de antropomorfización de animales y objetos heredados de Disney.

A partir de la fuerza expresiva de la música pulsada por Vitier en todo el metraje, Rivas propone entonces, desde lo visual, un homenaje al instrumento y a la música. Sus guitarras parecen habitar en una dimensión emboscada entre dos notas, en un espacio sin perspectiva ni dimensiones definidas, creado a partir de la densificación de todos los sonidos hasta lo palpable. A pesar del abigarramiento floral que puedan acusar algunos planos, la historia se asienta sobre una purificada síntesis formal; a la vez que, a pesar de la situación eminentemente “humana” que se plantea y desarrolla, resulta un “asunto de guitarras”: regido por lógicas que se mantienen a cierta distancia en el umbral de percepción del receptor.

Una vez más, Rivas busca conjugar tal historia con moraleja bien definida (casi determinista) con una anécdota básica, dirigida al aleccionamiento de los niños. Como el pececito y la avecilla rara, la guitarra protagonista se desmarca del grupo que asiste obediente a las clases de música para optimizar sus potenciales melódicos. Con su “cabeza” erizada de cuerdas retorcidas, ensortijadas alrededor de clavijas quizás mal aseguradas, prefiere regodearse en las musarañas a recibir la lección de turno con la guitarra-maestra. Es otro outsider de Rivas, otro descolocado individualista que amerita ser enrumbado hacia el colectivo, que suena al unísono y unívocamente. La vida enseguida viene a mostrarle el camino correcto: desafina durante una serenata a una bella guitarra-doncella y, en su momento de anagnórisis, descubre que la única manera de lograr el amor es sonando según las reglas.

Junto al delicado homenaje visual a la música de las guitarras, marcha la apología directa a la educación escolar, el aleccionamiento moral sin matices, al que se llega sin posibilidad alguna de desviarse hacia otras alternativas que puedan conducir o sugerir la validación de una melodía propia, incondicionada ¿trovadoresca? No, pues aquí solo se habla de guitarras clásicas, lejos de los rasgados empíricos de poetas bohemios.(2020)

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