La política del cine independiente cubano

El autor analiza cómo la Revolución Cubana de 1959 resulta un sujeto determinante en la configuración dramática de los enunciados del cine independiente cubano del siglo XXI.

Fotograma de El proyecto, de Alejandro Alonso.

Foto: Tomada de www.muestrajoven.cult.cu

En Documentos de cultura, documentos de barbarie. La narrativa como acto socialmente simbólico (Visor distribuciones S. A., 1998), Fredric Jameson apunta: «El acto literario o estético mantiene siempre […] alguna relación activa con lo Real; pero para que así sea, no puede simplemente permitir a la «realidad» perseverar internamente en su propio ser, fuera del texto y a distancia. Sino que debe llevar lo Real a su propia textura, y las paradojas y falsos problemas últimos de la lingüística, muy especialmente de la semántica, deben rastrearse hasta ese proceso, por el cual el lenguaje se las arregla para acarrear dentro de sí lo Real como su propio subtexto intrínseco o inmanente». En el cine cubano independiente que emerge a finales del siglo xx, la Revolución cubana, en tanto temporalidad histórica y discurso ideológico, pasa al tejido textual de las películas como un sujeto determinante en la configuración dramática de los enunciados.

Cuando hablo de «independencia», en el caso cubano, opero con una denominación recortada del sistemático surgimiento de formas de producción externas al Instituto Cubano de Artes e Industrias Cinematográficas (ICAIC), institución que por décadas homogeneizó el campo fílmico nacional. Aunque existieron realizaciones al margen del ICAIC desde su surgimiento, no será hasta finales de los años 90 del pasado siglo que la independencia se configure como un discurso de resistencia en el campo de fuerzas tácitas que implica la cultura cubana. Por otra parte, la independencia del cine cubano ha dependido mucho más de la autonomía del discurso desplegado por los realizadores en sus películas, que de la conquista de algún tipo de soberanía económica. La actividad semántica orquestada por estos creadores responde, en buena medida, a la voluntad generacional de confrontar, desde los filmes, la trama ideológica orquestada por las voces de la oficialidad.

Al revisarse el entramado dramático que configura ese cine independiente, la Revolución organiza el fondo sobre el que se emprende una exploración psicosocial del cubano jalonado por su tiempo histórico. La Revolución —que figura en las obras a través de atributos pronominales disimiles— constituye en el cine independiente cubano una convención referencial sometida a un sinnúmero de manipulaciones textuales, la cual incide necesariamente en la instrumentación de la historia y en el direccionamiento del sentido. Por supuesto, no tiene que estar presente de manera directa en los textos fílmicos, pues resulta siempre un umbral desprendido del imaginario que activan los cineastas; imaginario que deviene uno de los responsables definitorios en la reconfiguración que experimenta el mapa fílmico contemporáneo.[1]

En las imágenes de Los viejos heraldos (Luis Alejandro Yero, 2018) —documental que obtuvo el premio coral a mejor cortometraje en la edición 39 del Festival internacional del Nuevo Cine Latinoamericano—, se advierte una confrontación de la Historia desde el retrato íntimo de un matrimonio de ancianos que vive prácticamente sus últimos días en la Sierra Maestra. Este documental, de un marcado valor antropológico, penetra en el espacio vivencial de estos individuos hasta esbozar un complejo mapa sociopolítico de la Cuba de hoy. Los dos ancianos, ajenos al curso de la Historia —quienes fueron protagonistas del proyecto emancipatorio de la Revolución— se encuentran sumidos en la monotonía de su cotidianidad, en condiciones precarias de vida. Cuando la cámara se detiene a contemplar la ruina física del hogar y el envejecimiento del cuerpo de estos individuos, al tiempo que los contrasta con las imágenes triunfalistas que transmite la televisión sobre el ordenamiento de la nueva Asamblea Nacional del Poder Popular, el discurso subscribe la precariedad del proyecto diseñado tras el triunfo de la Revolución de enero de 1959, la misma que hizo del campesino un sujeto privilegiado. Mientras en la pantalla del televisor se celebran las glorias de un mundo por venir, los viejos heraldos se vuelven índices de un mundo en desaparición. Con esta pieza, Luis Alejandro Yero se distancia del discurso oficial para cuestionar el presente de una época que considera incierta.

Con El Proyecto, el realizador audiovisual Alejandro Alonso, obtuvo el Premio FIPRESCI de la 60 DOK Leipzig.

Foto: Jorge Luis Baños/ IPS

Con una estructura formal francamente arriesgada, La obra del siglo (Carlos Machado Quintela, 2015), dialoga, en la superficie misma de su visualidad, con la crisis existencial de una sociedad plagada de contradicciones, en la que no siempre coinciden la cotidianidad —la manera en que la gente emprende su realidad—, con el discurso estatal. Premiada con el Tiger Award del Festival de Cine de Rotterdam, La obra del siglo narra la convivencia de tres hombres en un apartamento de la ciudad Electro-Nuclear (CEN) de Juraguá, en la provincia de Cienfuegos; por un lado, padre, hijo y nieto enfrentan sus irreconciliables diferencias generacionales y contradicciones personales y, por otro, irrumpe el contexto social de la Cuba de hoy punzando en el rumbo de sus vidas. Ya el solo emplazamiento de la historia es una metáfora del devenir emocional, existencial, económico… de esa familia: esta localidad, edificada para la residencia de los futuros trabajadores de la Planta Nuclear que Cuba y la Unión Soviética acordaron construir en dicha zona en 1976, es ahora un sitio olvidado, casi perdido en la geografía insular, la cual resulta en el filme, espacialmente, una parábola sobre el estado existencial del individuo cubano actual. La termonuclear se presenta como residuo de los propósitos emancipatorios de la Revolución; su condición física, su estado de ruina, su suerte de proyecto abortado, trasunta los resultados del programa iluminista que aspiraba a crear un hombre nuevo. Quintela aborda la historia reciente del país en contraste con lo que ha sido de aquel proyecto social, hasta edificar un relato en torno al fracaso de la utopía. Estamos frente a una desgarradora mirada a los efectos causados por la Historia en la vida de los individuos, y sus consecuencias éticas.

Hay un planteamiento de notable interés, en relación con el modo en que la Revolución pasa a las imágenes cinematográficas en la escritura de Flying Pigeon (Daniel Santoyo Hernández, 2018), cortometraje de ficción que alcanzó el Premio Coral de la 40 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Durante una madrugada cualquiera, dos individuos —un joven de veintitantos años y un adulto—, se encuentran en los bajos de un edificio a la espera de la oportunidad indicada para atracar a algún individuo que pase por la zona. Esta escena se presenta como la iniciación del más joven en dicha práctica. Luego de intentar arrebatarle la bicicleta a un anciano que tuvo que salir de improvisto de su apartamento, ambos personajes sostienen un diálogo que precisa el plasma ideológico en que se inscribe el filme:

  • ¿Tú lo dejas irse así? ¡Respóndeme! ¡Respóndeme!
  • ¿Qué tú crees que yo estaba haciendo cuando tenía tu edad? ¿Asaltando? ¿Cogiendo sereno, por gusto? ¿Cortando caña? Ah, sí, claro, porque todos los viejos cortamos cañas.
  • Bueno, como que la juventud está perdida. Más o menos lo mismo.
  • Mira Javier, a mí no me interesa lo que tú sientas ni lo que tú piensas con cosas que no viste. Para que entiendas: yo era igual que tú, yo era igual que tú…
  • Asere, ¿qué pinga me vas a decir? ¿qué me ponga a estudiar?, que aproveche la juventud y me ponga a estudiar.
  • Come pinga, a mi tu vida no me interesa. Si estudias o no es asunto tuyo…

En este diálogo se advierte un conflicto generacional agujereado por las diferencias entre quienes vivieron los años en que la ideología del hombre nuevo impulsaba la agenda social cubana y quienes en la actualidad descreen de cualquier posibilidad de un mundo mejor a base de la formación, fomentación y creación de valores. Emplazado en el habitus de lo marginal, Flying pigeon discute el estado existencial y la ética de una juventud prisionera de las determinaciones del contexto socioeconómico y político en que vive. Es el retrato de cierta juventud desprovista de expectativas de futuro, para la cual el asesinato o el robo es nomás un posible camino de subsistencia.

La organización textual de El proyecto (Alejandro Alonso, 2016) —documental con el Premio FIPRESCI de la 60 DOK Leipzig— sustenta dos interrogantes que constituyen los ejes del discurso y de la ideología que abraza la película: ¿qué ha sido del proyecto revolucionario? y ¿qué depara el futuro para los cubanos de hoy? El proyecto se ocupa del estado actual de una de las escuelas al campo construidas por la Revolución para la formación del hombre nuevo y de la vida de las personas residentes en este lugar, ahora en ruinas. Entre las imágenes de esa cotidianidad pobrísima y los elementos que pertenecen por completo al dominio autoral, se hace evidente el vacío existencial en que viven estas personas y la falta de expectativas con que enfrentan su realidad.

En ciertos momentos del metraje se insertan materiales de archivo relacionados con la construcción original de la escuela, con los objetivos que se perseguían con la misma y con la convivencia en el lugar durante sus primeros años: vemos los planos arquitectónicos, el diseño de los espacios, las concepciones estructurales (en analogía con la sociedad toda); a los estudiantes vinculados al trabajo productivo, “indispensable para la formación del hombre futuro”, las aulas y los laboratorios durante las clases; escuchamos una voz que dicta como debe ser el comportamiento, la conducta y la relación entre los alumnos, y “las estrategias aceleradas de crecimiento hacia el futuro”.

Al terminar esta secuencia, volvemos a las ruinas y la pobre existencia de esas personas que han perdido ya todas sus ilusiones. En el contraste de esos fragmentos de tan grandes connotaciones, se encuentra el sentido y el alcance de El proyecto: con esas “imágenes de archivo” se está sustantivando una postura en esencia política, al remitir a las promesas y aspiraciones de una transformación social que no ha llegado a término. Se confirma una propensión a cuestionar las encrucijadas de la Historia, el destino de la nación y, también, los condicionamientos actuales de explícitas posturas ideológicas. Esa oposición entre el triunfalismo de los primeros años revolucionarios, la idealización de la vida, las aspiraciones a construir una sociedad donde pudiésemos todos coexistir en plenitud, y las coyunturas de los nuevos habitantes de “la escuela”, constituyen un alegato sobre el desencanto en la Cuba contemporánea.

La Revolución, en cada una de estas películas, es un archivo del que se escogen experiencias capaces de favorecer una óptica exegética puntual, cuando se trata de indagar en el estado actual del país. Esto prescribe, en vistas a la evaluación social intrínseca a la escritura fílmica, el desarrollo de una cinematografía intencionalmente política, en la medida en que expresa los conflictos latentes de diversos grupos sociales que intervienen la esfera pública imponiendo sus marcas de identidad, sus códigos de representación, sus subjetividades… Estas obras constituyen actos sociales propios de una realidad histórica, la misma que organiza su singularidad. (2020)

[1] Los acercamientos a las películas que comento en lo adelante, con el propósito de argumentar las ideas aquí expuestas, resumen los análisis que de las mismas he realizado en otros trabajos, aunque allá persiga propósitos diferentes.

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