Las resonancias de la sombra

Una de las producciones más reveladoras de los cambios definitivos que encara la no ficción cubana de hoy se aproxima de una manera nada convencional a la figura de Leo Brouwer.

documental cubano sobre leo brower

El documental Brouwer. El origen… es también un viaje de los cineastas hacia el ensombrecimiento del alma que provoca la lucidez.

Foto: Tomada de acn.cu

Brouwer. El origen de la sombra es un retrato a buen resguardo de toda pretensión biográfica, descriptiva, cronológica y naturalista. Es un retrato definitivamente expresionista de uno de los más importantes músicos y pensadores musicales de la historia del arte cubano. Katherine Travieso-Gavilán y uno de los duetos creativos audiovisuales más lúcidos y efectivos de la contemporaneidad: Lisandra López (debutante aquí como directora) y Alejandro Alonso (director de obras tan importantes como El proyecto, ahora a cargo de la dirección de fotografía), evitan lanzarse a descubrir, exponer y explicar didácticamente —e ingenuamente— la vida, obra y carácter de Leo Brouwer. Todo lo contrario.

Este documental es un retrato que, como todo el arte desde las vanguardias, rehúye el realismo mimético que animó también los albores de la fotografía y el cinematógrafo. Y se convierte en la crónica de la impresión que provoca el que es mirado a los que miran. Es la resonancia de la personalidad filmada en las personalidades que la filman.

Los creadores optan entonces por retratar el misterio que es y siempre será una singularidad humana, articulando un relato que, plano a plano, secuencia a secuencia, se enrarece, se ensombrece, se extraña. Hasta terminar en una interrogante emitida por la gran pregunta en que Brouwer termina convirtiéndose hacia el final.

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El músico y pensador recorre, a lo largo del metraje, un camino inverso que inicia en la luz y se explaya, se realiza y se sublima en la sombra.

Foto: Tomada de pinterest

El músico y pensador recorre, a lo largo del metraje, un camino inverso que inicia en la luz y se explaya, se realiza y se sublima en la sombra. Va desde escenas más luminosas, concretas —donde se revelan ciertas rutinas, pensamientos y dinámicas de su cotidianidad— hasta encuadres enrarecidos, retóricas propias de la misantropía, coloquios introspectivos. Es un ermitaño que ha hecho de su mente, de la (su) música y de la cultura, su ermita inexpugnable. Se sabe náufrago del pecio nacional, al que odia y ama en ambigua y equilibrada paridad (y puridad). Se salva, aferrándose a sí mismo, de la marisma subdesarrollada que siente acechante a su alrededor. Es un Sergio mirando por un telescopio musical hacia su interior y no hacia el paisaje cubano que evade y lamenta.

El encuadre concebido por Alonso sustrae cualquier concreción a otros seres humanos que no sean el protagonista retratado, convirtiendo sus interacciones en una suerte de diálogos con fantasmas, de pláticas esquizoides con habitantes que no son de una isla que ya no es.

Brouwer aparece casi siempre como sumergido en un mundo desenfocado, confuso, a punto de desmoronarse y desaparecer. A punto de ser otra cosa. La cámara, conscientemente miope, discierne con nitidez su faz muy cercana —el primer plano es principio estético y discursivo de la obra— y extravía los contornos y formas de más allá. El entorno y el país se difuminan alrededor del retratado. Cuando todo a su alrededor pierde la coherencia, solo le resta ser coherente él mismo. Preservar en sí mismo una esencia cultural que ve diluirse con celeridad.

Su rostro, sus palabras y su música son lo único concreto en el documental. Y la música casi se materializa en una de las escenas más bellas de la película, donde las manos de Brouwer se muestran en todo su esplendor, como últimas fronteras entre el mundo material y el mundo sensorial de los sonidos y los silencios rítmicos. Las manos que pulsan las teclas, las cuerdas y conducen las orquestas. Herramientas, facilitadoras y mediadoras para extraer las melodías de los instrumentos y para organizar a cabalidad los sonidos de cada uno de los músicos bajo su rectoría.

Como bien lo decreta su propio título, Brouwer. El origen… es también un viaje de los cineastas hacia el ensombrecimiento del alma que provoca la lucidez. El sendero intelectual no es un camino hacia la luz, sino hacia las sombras y el tormento. Hacia las dudas cada vez más abrumadoramente ontológicas, cada vez más pavorosas, más densas y desesperanzadoras.

Leo Brouwer se revela entonces como otro sobreviviente de un exilio camusiano del que es juez y parte, del que es adentro y afuera. Es extranjero en un país que no reconoce, aunque no deja de sentirlo. (2020)

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