Necesidad de la duda

El último país (2019), documental dirigido por la joven realizadora Gretel Marín, se consagra a explorar el estado del imaginario cubano en los días actuales.

Fotograma de El último país.

Foto: Cortesía del autor

Cuba ha experimentado, en las última dos décadas, acontecimientos históricos determinantes, no solo para el destino de la nación, sino para la sensibilidad y el imaginario de los cubanos. Tras el denominado Período Especial, como mínimo, el ser nacional ha vivido demasiado sumido en una realidad apremiante, económica y materialmente precaria; lo cual ha hecho que las personas asuman su cotidianidad como una lucha constante por alcanzar una vida financiera mejor y más estable.

Tan determinante ha llegado a ser el diario vivir, que el arte y la literatura cubanos no dejan de responder a una voluntad de representatividad sociológica que dé cuenta de esos perfiles urgentes de la experiencia nacional. Ese desasosiego ha marcado el pensamiento y la conducta colectiva al punto de desfasar las relaciones entre la realidad y el discurso ideológico oficial.

Ciertamente, el proyecto social cubano que recibe el siglo XXI —cercado por múltiples tensiones que desbordan sus intenciones de construir un mundo mejor—, se encuentra abocado en una transformación inevitable. Hemos pasado de un discurso siempre emancipatorio, enfocado en salvaguardar y dignificar la esfera de los valores, a priorizar una razón instrumental, convencidos de que no hay “calidad de emociones sin calidad de vida”, como leí en una entrevista que realizara Rufo Caballero a Victoria abril.

Impulsado por el interés de escudriñar en los efectos engendrados por los “eventos” sociales, económicos y políticos acaecidos en Cuba después de Fidel Castro salir de la presidencia, El último país (2019), documental dirigido por la joven realizadora Gretel Marín, se consagra a explorar el estado del imaginario cubano en los días presentes.

Otro fotograma de El último país.

Foto: Cortesía del autor

¿Dónde reside su singularidad? En su mirada absolutamente distanciada. El último país no aspira a un balance “epistémico” del comportamiento cubano o del alma nacional, nomás pretende plantear un número significativo de preguntas que interrogan sobre el curso reciente de nuestra realidad. Que hablan sobre el estado de suspensión en que se encuentra el cubano. La estrategia retórica por la que opta la realizadora es efectiva: intenta comprender su visión de ese mundo a través de la visión de los demás. O sea, a sabiendas de que la realidad es una construcción vulnerable, filtrada por el cosmos ideológico de cada individuo, Gretel prefiere subrayar, de entrada, el alto grado de subjetividad con que su obra pretende acercarse al tema escogido.

Dada la complejidad del trasfondo político, cultural y económico que sopesa, Gretel, luego de continuas entradas y salidas del país, decide registrar algunas zonas determinantes de la lógica social de la Cuba actual. Construye su tejido dramático por medio de varios recorridos por la ciudad, testimoniando y registrando desde el involucramiento directo, desde la participación y el extrañamiento que le reporta su condición de emigrada, el suceder cotidiano. Mas, la cámara prioriza aquellos hechos, acontecimientos, personajes que mejor caracterizan el ritmo y el nervio del país. Desde la calle y las actividades comunes de las personas, hasta las marchas de combatientes, las escuelas primarias y los centros laborales, se sondea una conflictuada historia nacional; a partir del recuerdo y la memoria de los sujetos, desde la experiencia del ciudadano de a pie y la gente de barrio, se repasan algunos de los accidentes históricos más determinantes del curso reciente de la nación.

En su deambular por la ciudad, Gretel interroga a varias personas sobre asuntos vinculados a la relación del individuo con las circunstancias más inmediatas. De este modo —y quizás ahí se encuentre el valor más notorio del material— emergen, sin ningún tipo de tendenciosidad, problemáticas acuciantes para la Cuba de hoy, como pueden ser la desvalorización de la identidad individual, la falta de expectativa de la gente ante el futuro, el descrédito absoluto en que ha caído el socialismo y el proyecto de cultura emprendido por el Estado y la fuerte crisis en que se halla la juventud, urgida por una trama social que no puede discernir, entre otros tantos.

El último país es un texto necesario. La voz en off de la realizadora —quien comenta la experiencia registrada y expone su perspectiva individual sobre esta—, llama la atención sobre algo que es ya una ganancia estética del documental cubano contemporáneo: la acentuación de la primera persona como el prisma desde el cual se conoce el mundo; esto en un género que ha vivido de su involucramiento con lo real desde una enfática vocación por la verdad. Estamos ante una pieza elocuente, que no pretende dejarnos con una respuesta definitiva, sino inducirnos a meditar y pensar la contingencia insular. Estilísticamente, está lejos de resultar un material artificioso, al contrario, instrumenta una marcada transparencia expresiva, catapultada por la riqueza de la puesta en escena —la certera escogencia de los motivos y espacios a filmar—, así como por la inteligencia del montaje para estructurar una narración acumulativa, que va amalgamando temas sin resultar redundante y reiterativa; así, hasta preñar dicha narración de múltiples resonancias conceptuales.

En los minutos postreros se escucha a Gretel decir: “Abuelo, yo quiero pertenecer. Pero para pertenecer necesito encontrar una manera de estar.” Al final, sobre una secuencia que monta planos cortos, esta mujer recortada sobre el trauma de la emigración comienza a enumerar una serie de figuras significantes que describen al sujeto actual del país; se escucha: “un cubano con su calma, con su luchita diaria, con sus ganas de ir, de irse, sus tareas de escuela, su espera y su insatisfacción, sus colas y su diversión, sus traguitos el fin de semana, canto de guitarra, preocupación concreta, material, sus horas de trabajo flexibles, sus horas de telenovela, y de wifi, su buen humor, su impaciencia, su rebeldía… su facilidad para olvidar, su ligereza…” Todo eso, en efecto, ha sido y está siendo el pueblo cubano. Esos de “su facilidad para olvidar, su ligereza” nos recuerdan las palabras del Sergio de Memorias del subdesarrollo, obra con la que este documental comparte una característica fundamental: la duda.

Y pocas cosas son tan necesarias como la duda. (2019)

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