Otros registros del audiovisual joven en Cuba

Repaso a un puñado de cortos presentados fuera de concurso en la Muestra Joven 2019.

Fotograma de Cambiar el peso, de la joven realizadora Lilmara Cruz Padrón.

Foto: Cortesía del autor

A propósito de su propia generación, la del 98, Azorín escribió: “De cuando en cuando se produce entre la gente nueva —escritores, artistas, ateneístas, etc.— una protesta, más o menos ruidosa, más o menos trascendente, contra lo que, con excesiva rudeza, se llama los viejos. Días pasados, diversos hechos, sin conexión aparente, pero de una misma índole espiritual, han venido a traducir, a exteriorizar las aspiraciones latentes en la juventud”. Resulta increíble este retrato del artista novel, por cuanto continúa presentándose dondequiera curioso, rebelde y creativo.

La Muestra de Jóvenes Realizadores en Cuba lo confirmó. No obstante, las energías no se concentraron en refutar el pasado cultural. Los cineastas recientes se conectan a una tradición de confirmaciones no exenta de críticas, pues los homenajes al cine y a otras artes no significan rendiciones.

La juventud crea según sus horizontes de expectativas. Su registro audiovisual representa un diálogo con un presente donde las simpatías y las desavenencias se echan a ver. A veces, por arrastrar de más, no se aprovechan otras incorporaciones. Siempre ha sido así, con anarquías o en tiempos de momentánea paz. Cambiará lo que debe ser cambiado.

Ahora, centrémonos en qué proponen los nuevos realizadores ¿Cómo se representa el contexto nacional en sus obras? ¿Cuáles son las inquietudes estéticas, sus maneras de narrar, los planteamientos a nivel de guion y las temáticas abordadas? En resumen, ¿qué y cómo interactúan con la época en curso? He ahí nuestra intención de rastrearlos y acaso confrontarlos, pero no de meterlos en cintura. Que Dios nos libre de tamaña ofensa a la creación.

Tomemos como eje central los empeños del cortometraje Fe (Pidio Vives), donde un cubano convoca al Diablo para que lo ayude a mejorar la situación imperante en Cuba. Esta obra no es la más representativa de una estética que marca pauta o comprende a las demás, pero sí presenta no solo el brío epocal imperante, sino muchas de las inquietudes de los más recientes realizadores cubanos.

Desde sus inicios, Fe se agradece por su espontaneidad. Sin embargo, no es preciso que el tono de Lucifer se oponga tanto al del convocador. La aparatosidad de su inflexión no tiene por qué distanciarse de la franqueza de la contrafigura. La gracia del “¿quieres café?” y el “¿quieres un cigarro” a raíz de la aparición del Diablo son muy ocurrentes. Vives decidió interpretar él mismo al anticristo y al mortal. Pero el contraste de rango, la referencia fáustica y la animosidad de ambos bien pudieron resolverse con variaciones de sarcasmo en una provocación cara a cara. Sin embargo, el director pretendió además un careo personificado entre la supuesta maldad y el quijotismo criollo de quienes platican.

Atmósfera turbia y humor tal vez no hubieran sido suficientes, pero sí calzarían mejor cuanto se parla en Fe. Luego, mucha formalidad acaso no se ajusta por estampa, aunque sí por actitud, cuando confiesa: “Estoy preocupado por Cuba” o pide: “Quiero venderte mi alma a cambio de que vuelvan todos los que se han ido”. El traje no hace al monje. No obstante, sacados estos parlamentos al azar, pudieran sonar muy patrioteros; pero, en rigor, creamos que sí, el personaje del joven anárquico está bien preocupado por la masa y el destino de la nación. Aquí el mesurado y convencional es el Diablo.

Este último pormenor no carece de interés, habida cuenta de que el cortometraje aboga por utopías preocupantes por reconocibles. ¿Discusión intergeneracional o dualidad de la personalidad del joven que conversa con él mismo? ¿No es cuanto podemos advertir también en el rostro del otrora técnico de rescate y salvamento Jordán Rafael López Blanco cuando le habla a la cámara en Peligrosidad (Leonardo J. Chamizo) y confiesa el porqué de estar en un trabajo que no es lo suyo?

Lo más atrevido e interesante de Fe descansa más bien en la visualidad del relato alegórico contado por el Diablo. El cuidado de las imágenes es una de las constantes en casi todas las propuestas. Tal vez el director de Fe debió invertir la solución narrativa para que predominara la yuxtaposición de unos dibujos, en rigor, más acordes con cuanto se plantea. Mientras Polen (María Elisa Pérez Leal), una obra de una atención fotográfica envidiable, evoca los orígenes de una descendencia familiar mediante voces en off que dialogan con el paisaje rural, Vuelo blanco (Robin Pau) atiende la muerte física y acaso alegórica en un ejercicio de mayor preocupación estética que narrativa. Efectivamente, se muestra más interés en la visualidad que en el impulso de sus temas o conflictos apenas iniciados. Lo que no sucede con Karla (Giselle Vargas) e incluso con La manzana (Henry Disotuar) —donde el niño protagonista da lecciones tanto para expresarnos mejor como para escribir proverbiales misivas—, propuestas dignas en su realización y en los tratamientos concernientes a la violencia física y sicológica, a la distancia entre familias rotas por los éxodos; o con Mujer arena (Lisa María Velázquez Serrano) y El zurdo (Alberto Martin). Estos dos últimos cortos de ficción logran sugerir más de cuanto nos presentan, ya sea contrastando con el tema de la soledad y la insatisfacción existencial o a través de lo marginal y de los caminos que, de manera trágica, se cruzan, respectivamente.

En el plano de los enunciados en Fe, ¿qué se pide en realidad sino virtud, confianza o creencia en lo que se tiene, o es que Pidio Vives pretende activar ánimos, por contraste, con su título? Demasiada ironía de su parte, más cuando confrontamos el cortometraje con la hostilidad repentina y presumible de los personajes de Lobos (Camila Carballo) o con las confesiones de un grupo de reclutas en El año que no hubo año (Fernando Almeida), quienes, obligados a realizar labores ajenas a sus vocaciones, aspiran a llegar a la universidad o a buscarse un trabajo apropiado porque el servicio militar puede enseñar a organizarte y hasta a planificarte mejor como individuo, pero, en el fondo, no es garantía para que salgas más patriota o más macho varón masculino como suponen todavía algunos.

Almeida recuerda que el servicio militar deja una huella inolvidable en un período determinado (un año o dos) para esos jóvenes que intentarán no hacer algo más por obligación, sino porque en verdad lo desean. “¿Qué necesidad tienes de estar haciendo eso?” es la pregunta repetida en el documental de Almeida, que funciona tanto para los creadores como para los protagonistas de materiales preocupados además por la tercera edad y, sobre todo, por las configuraciones del futuro en la isla.

En relación con lo anterior, tenemos el caso de Jesús Portuondo Rancol, quien muestra su tránsito en la vida en Cambiar el peso (Lilmara Cruz Padrón). Limitándose al contexto nacional, él tiene que restringirse al retiro y a la simbólica compensación mensual. Pero no se conforma. A través de la improvisación e ingeniosidad para sobrevivir, intenta un trabajo inusual, pues personifica una caja de cambio a fin de ganarse solo veinte centavos por cada peso cambiado, lo cual representa un sacrificio físico y espiritual solo equiparable a la paciencia de este cubano retirado.

Portuondo Rancol, ahora persona familiar para quienes nos transportamos en ómnibus en La Habana, ofrece un servicio social más eficaz para pasajeros y choferes que para él. Lilmara Cruz Padrón nos entrega con Cambiar el peso un testimonio sobre la supervivencia tras la jubilación —indudable heroicidad cotidiana— a través de una faena ocurrente y económica.

¿Qué se pudiera decir de este hombre en una despedida de duelo? Tal vez, admitiríamos con el entrevistado del documental Nadie se va sin despedida (Abdiel Bermúdez): “Hay gente que ha tenido problemas y eso hay que adornarlo”. Pero no se le haría justicia ni a un hombre que asiste a su crespúsculo existencial y menos aún al espíritu inconforme y siempre polémico de los nuevos realizadores. Tengamos fe en sus obras. (2019)

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