¿Por cuánto más será suficiente?*

Análisis crítico de Nido de mantis (2018), de Arturo Sotto.

Fotograma del filme cubano Nido de mantís.

Foto: Cortesía del autor

No, de verdad no creo que el realizador de esta película sea incauto, ni su obra misma demasiado festinada. En lo absoluto.

Encuentro varias razones que hacen de Nido de mantis (2018) una película hasta cierto punto interesante: su revisitación del epos nacional, desde las asimetrías de un triángulo amoroso y los motivos que en él conllevan a un crimen pasional, sugiere una perspectiva de lectura de los procesos sociales, ideológicos y políticos de nuestro pasado histórico más inmediato. En el revelado de tensiones y tentativas más o menos desafortunadas de coexistencia entre ideologías divergentes, este filme articula una metáfora del desgarro insular, de la postura inconforme que insta a la reconstrucción de un cuerpo social desgastado por las oscilaciones de la vida (la historia) política. En otras palabras, a una escritura (nueva) de la Historia.

Un instructor policial (Yadier Fernández) y su asistente (Claudia Álvarez), también abogada y amante, son convocados a Siboney, un pueblito azucarero en el interior de Villa Clara, para esclarecer los motivos del supuesto asesinato de Elena (Yara Masiel), Tomás (Armando Miguel) y Emilio (Caleb Casas), que ha conmovido a los habitantes de la región.

En retrospectiva, la historia de amor de estos jóvenes discurre entre una especie de Historia doblemente contada: la de la Revolución, en su efervescencia-radicalización políticas —la campaña de alfabetización, la invasión por playa Girón, la Zafra de los Diez Millones— y primeros síntomas de agrietamiento ideológico —el éxodo del Mariel y la “Crisis de los balseros”—; y la del cine, con referencias intertextuales a clásicos de la fílmica de Tomás Gutiérrez Alea, principalmente Historias de la Revolución (1960), Memorias del subdesarrollo (1968) y otros hitos como PM (1960, Orlando Jiménez Leal, Sabá Cabrera Infante) o El brigadista (1977, Octavio Cortázar), sin olvidar también la propia obra del realizador que nos ocupa.

Entre una cosa y otra, los personajes de Nido de mantis pretenden ser símbolos de una insularidad conflictuada en el reacomodo político y sus pugnas ideológicas. Emilio y Tomás encarnan el antagonismo histórico entre la vieja burguesía y la avanzada revolucionaria, la primera resistida al despojo político, económico y social; la segunda, imparable en su propósito de construir una sociedad nueva. Elena, en tanto, asume la idea de la isla-péndulo, seducida por los encantos de un futuro promisorio y la nostalgia ante los sueños frustrados de opulencia y esplendor de una burguesía venida a menos. Pero el destino que le propone Tomás es demasiado aventurero y alocado; el de Emilio, en cambio, es la quietud de un oasis de burbuja, una isla artificial en la cual la joven podrá mantenerse a salvo de los vendavales de la vida afuera. Más o menos, esta Elena viene a ser una suerte de derivado, muy tropical, de la famosa Helena griega, acosada por Paris y Agamenón, una especie de manzana de la discordia capaz de desatar las más alocadas y terribles pasiones. Desde esta óptica, el nivel discursivo de Nido de mantis observa el dilema del anclaje, la disyuntiva del acompañamiento que define una posición ideológica.

Un detalle, no obstante, adensa el esquema narrativo al tiempo que enriquece los matices de esta propuesta de lectura. Las tensiones entre Tomás y Emilio por la posesión de Elena, así como la indecisión de la joven, resultan ser dos problemas insolubles. Esa respuesta nos llega tatuada en la espalda del personaje de la hija, Azúcar, de quien se nos dice es fruto del torbellino amoroso de sus tres progenitores con sus doctrinas políticas y religiosas. El credo quia absurdum[1] implica, más que un desatino poético, una vía para llegar a la esencia del conflicto. En el tatuaje de Azúcar aparecen divididos por una línea vertical dos elementos que aluden a las preferencias religiosas de Emilio y Tomás, respectivamente: la cruz del catolicismo y un okpele, el instrumento que emplean los sacerdotes de Ifá en los procesos adivinatorios, si mal no vi, con la marca del signo Ogundá Meyi. En el ifismo, es este uno de los llamados odduns mayores que, además de guerras, apremios amorosos entre tres personas, etc., significa “partir la diferencia”; un exergo que, dada la propia naturaleza del signo oracular, resulta muy difícil de conseguir, pues la historia yoruba que lo refiere habla justamente de la lucha entre dos personas por la posesión de algo que no se puede dividir.

Elena y Azúcar no solo comparten, a nivel discursivo, la naturaleza semántica de un mismo signo lingüístico —la isla amenazada por la fragmentación—, sino también el asedio por la heredad de una esencia cultural e ideológica al parecer indisoluble, el acoso de dos ideologías que pactan solapadamente la coexistencia en aras del empoderamiento hegemónico, aunque ello implique la estratagema por debajo del tapete, enfrentarse como pugilistas a puertas cerradas mientras la plebe, en su esquizofrenia colectiva, se enerva, apuesta y saca provecho del quién da más y más fuerte.

Pero el lassez-faire, lassez passer de Elena habla de su agotamiento físico y mental, pues en vano ha intentado el equilibrio entre poderosas fuerzas en pugna, encontrar en ambas la reconciliación en una convivencia pacífica, a todas luces, imposible. Su elección de vida —saltando indistintamente a los encantos de uno y otro— ha sido un desastre y desea preservar a su hija del “contagio”: asesina a sus dos amantes y se plantea ella misma la posibilidad del suicidio. Solo que Azúcar, al impedirlo, provoca la muerte accidental de la madre. Luego engaña al instructor policial y a su abogada con la ayuda del administrador del central (Luis Alberto García) y escapa con su amante a la antigua mansión de Emilio, con lo cual el nivel discursivo del filme no solo pauta un trasvasamiento (sustitución) del referente simbólico —ella queda entonces como el resultado de todas las esencias ideológicas anuladas—; representa también el reto de asumir un nuevo posicionamiento y, a su vez, la posibilidad de una reescritura de la Historia. En este sentido, la escena final es epítome del sustrato ideológico de la película: Azúcar, al ver la isla artificial que Emilio ha destruido, le dice a su amante que irá por nuevas herramientas para reconstruirla, con la expresión determinada de su rostro.

Si legitimamos esta propuesta de lectura, Nido de mantis integraría ese entramado de filmes nacionales que dilucidan lo que denomino un cine de tesis en cuanto a los modos muy flexibles de acercamiento a las problemáticas insulares de ahora mismo, muchas de ellas bastante neurálgicas y casi siempre ausentes en el debate nacional por medios tradicionales[2].

No considero que este filme sea un salto atrás en la carrera de su realizador, que pareciera haber tocado fondo con Boccacerías habaneras (2010), su anterior película. El problema de Nido de mantis radica en el (ab)uso de un estilo que ahoga sus potencialidades de enunciación. Esta película es un ejemplo de cuánto la cinematografía cubana privilegia el camino trillado, peor aún, el sello híbrido que mutila y no renueva, la incongruencia entre exceso estilístico y sustancia dramática. Quizá por eso, para el espectador y la crítica este filme no pasa de ser una curiosa mixtura entre el thriller policial y la tragicomedia; el pastiche, la ironía y el símbolo estético cinematográfico palidecen, precisamente, por la prevalencia de un tono que tiende todo el tiempo a patentizar una aparente banalización. Y claro, un machismo que eriza a cualquiera. De cualquier manera, no puede acusarse a la crítica ni al espectador promedio de “ceguera”: la culpa de todo la tiene el totí.

Pareciera como si Nido de mantis, en su endeblez dramática, persigue el entretenimiento gratuito como finalidad, dejando muy poco para la reflexión detenida, en tanto opta por el sello “hecho en Cuba” para patentizar un copyright ya secular: el chiste impostado y/o prefabricado; la alternancia de situaciones francamente ridículas que emulan al Macondo garciamarquiano y aparentar una carnavalización de la historia y el descalabro insular; el manierismo un tanto demodé en la concepción estética de lo visual durante los diferentes cambios temporales; la insistencia en justificar mediante diálogos —ya esto viene siendo una tendencia cacofónica de nuestro cine— el título de la película, como quien no quiere las cosas, no sea que algún espectador “despistado”, demasiado “tontuelo”, no consiga quedarse al menos con la lectura lineal.

A lo anterior puede añadirse una perceptible literariedad de ciertos bocadillos —como esa frase del inspector policial que alude a “asuntos de cama”, o la anécdota contada al final por Luis Alberto García sobre un supuesto personaje que fracasa una y otra vez en sus intenciones de abandonar el país, hasta que decide quedarse cuando la posibilidad de la fuga exitosa finalmente llega—, los tirijalas amorosos que extienden el argumento, la coralidad de personajes prácticamente prescindibles y no siempre sustentados por actuaciones eficaces, sin contar esa desastrosa manía de incluir actores de calibre en escenas triviales, muchas veces —como la de Renecito de la Cruz en esta película— sin la deferencia del plano detenido para que, al menos, aparezca su rostro.

El desbalance entre historia y estilo, así como en la concepción estética de la puesta, convierte a Nido de mantis en una película muy desigual. En realidad, quien esto escribe encuentra apenas una sola razón por la cual merece ser vista: es un filme de Arturo Sotto. Se me dirá que esto es un motivo de peso mayor y eso es una verdad tan grande como una casa. Pero esa misma razón induce una nueva interrogante que nos asalta de pronto, concluido el visionaje de su película, y se queda ahí, rondándonos como un fantasma sin exorcizar, al menos por ahora, a falta de alguna respuesta.

Esa misma interrogante nos convence también de cuánto gusta al cine cubano entramparse a veces en un círculo vicioso. (2019)

Notas:

*Fragmento del ensayo “Block booking. Cine cubano (2018): marcar la diferencia”, de próxima aparición en la revista Revolución y Cultura, no. 1/ 2019, de mi autoría.
[1] A veces no siempre feliz, pues Nido de mantis llega a situaciones francamente ridículas, de una ociosidad tremenda. Por ejemplo, el pueblito artificial de Siboney en su pespunte macondiano —cualquier semejanza con algún nombre de barrio en la geografía insular es mera coincidencia— pretende una atmósfera diluviana, con habitantes que emulan la psicología pueblerina, acodada entre el fanatismo religioso y el marasmo del no-pasa-nada-interesante en sus vidas, típica de telenovela brasileña estilo Aguinaldo Silva, donde de repente el triángulo amoroso Elena-Emilio-Tomás es el centro que mueve sus propias vidas y es capaz de movilizar las situaciones surrealistas más inimaginables. Qué decir cuando el discurso narrativo no puede resistirse al chistecito de solapa en escenas de dudosa creatividad —la del “Se reclutan hombres”—, o la manía de ofrecer una subalternidad racial bastante perniciosa —de esos tres negritos que espían a Emilio en su asalto erótico a Elena, alguien me recordaba que parecen salidos del famoso cuadro de Juana Borrero, o el amigo de Tomás, negro también, para rematar bohemio, alcohólico y vagabundo. ¡Oh, la maldición de la raza y sus “deliciosos” clichés en nuestro cine! En su intención de recorrido histórico, el disparate mayor está en colocar la invasión por playa Girón cercana a Villa Clara.
[2] Por solo mencionar algunas de los últimos tres años: Leontina (2015, Rudy Mora), La obra del siglo (2015, Carlos M. Quintela), Sharing Stella (2016, Enrique Álvarez) y, por supuesto, Últimos días en La Habana (2016, Fernando Pérez), con sus disparidades estéticas si se comparan de conjunto, pero atendibles por sus propuestas de enunciación. Sería posible extender la lista un poco más atrás, valorando aspectos de la denominada “estética del cine de autor”, concepto que no comparto y no pretendo discutir aquí.

 

 

2 comentarios

  1. Alberto Ramos

    Excelente, me gusta esta lectura, buen ojo, trataré de ver de nuevo la película. He leído otros trabajos tuyos y me gustan mucho, buen tiñó para la crítica, saludos

  2. Renee

    Excelente esto, buen trabajo

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