¿Quién eres tú, cine independiente cubano?

El cine independiente cubano ha generado una red de empresas productoras alternativas que organizan y fomentan los flujos creativos de este campo fílmico.

Espacio para conversar sobre la ley de cine en Cuba, actividad celebrada durante las sesiones del Festival IMAGO, en el Salón de Mayo, del Pabellón Cuba, en La Habana, marzo de 2015.

Foto: Jorge Luis Baños/ IPS

Casi todos los realizadores cubanos surgidos desde finales de los 90 hasta hoy, les han dado identidad a su “independencia” y aunque no existían leyes que los amparaban, en caso, por ejemplo, de abrir una cuenta bancaria o dirimir una disputa por los derechos de autor, en los créditos de sus películas, dejaban bien claro quiénes eran sus principales gestores.

Así, los filmes de Esteban Insausti son producidos por Sincover y los de Ricardo Figueredo, por Cooperativa producciones. El animador Ernesto Piña tiene a Erpiro estudio, KA Producciones le pertenece a Enrique Álvarez, La Tiñosa Autista es Jorge Molina, La casita del lobo es del animador Víctor Alfonso Cedeño, Mar y Cielo S.A lo llevan Patricia Ramos y Humberto Jiménez, Sex Machine es Eduardo del Llano, Pirámide responde a Miguel Coyula, Producciones de la 5ta Avenida es básicamente Claudia Calviño, Cucurucho es de la animadora Ivette Ávila, Estudio ST son Daniela Muñoz y Leila Montero, Independientes bajo tierra es Emmanuel Martín, las sonidistas Velia Díaz de Villalvilla, Irina Carballosa, Glenda Martínez y Daphne Guisado representan a DB Estudio, Atelier Makarenko es Fabián Suarez, Espiral Servicios Audiovisuales son Pedro y Celia Suárez, Rolando Almirante es Alma Films Producciones, Patricia Santacoloma es Producciones Almendares y Carlos Gómez representa Wajiros Films.

No son los únicos, y no radican solo dentro del país.

Otras experiencias artísticas como las de Miguel Coyula (Nadie, 2016-17), Pavel Giroud (Geometría Popular, 2020), Carlos Quintela (El sucesor, 2019) o Heidi Hassan y Patricia Pérez (A media voz, 2019) han encontrado camino utilizando plataformas en internet y redes sociales, demostrando el amplio diapasón que existe hoy en día para desarrollar proyectos audiovisuales, vivas o no en el territorio nacional y en ese sentido, la letra del decreto vuelve a quedarse borrosa al no contemplar de forma explícita estas articulaciones.

Las nuevas disposiciones jurídicas no brindan soluciones a uno de los viejos problemas que han acompañado al sector: la exhibición. No hay garantías, ni compromisos del Estado o del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) para la distribución de las obras independientes.

Un creador puede estar registrado, pagar sus impuestos, recibir un fondo, hacer su película, pero, no tiene seguridad alguna de que será exhibida. Si el asunto tratado es interpretado por los ideólogos como “incómodo” tendrá que bregar muy duro para encontrar espacios en la TV o los cines. En Cuba no hay salas privadas y todos los espacios son controlados por el Estado, aunque el Paquete Semanal y otras formas de distribución informal puedan verse como una alternativa funcional.

Cómo y dónde producir una película en Cuba

Producir una película en Cuba resulta complejo y requiere de mucha paciencia y energía. No es fácil en ningún lugar, pero menos fácil será en los sitios donde, a las dificultades tecnológicas u organizativas necesarias deban añadírseles, todas las restricciones, controles y suspicacias que aún persisten en nuestro entorno.

Como otros cineastas jóvenes, Miguel Coyula ha encontrado camino utilizando plataformas en internet y redes sociales, demostrando el amplio diapasón que existe hoy en día para desarrollar proyectos audiovisuales.

Foto: Jorge Luis Baños/ IPS

No debemos olvidar, por ejemplo, las asociaciones negativas que aquí se le han dado al término “independiente”, relacionándolo con la subversión, la disidencia ideológica y la contrarrevolución. Un personaje en una película cubana, dice algo “duro”, y el público aplaudirá, aunque sea una verdad de Perogrullo. Si la cosa va más allá de unas palabras o secuencias, la película será estigmatizada, condenada a puntuales exhibiciones y de facto, convertida por el censor en una obra de culto, maldita, acogida dentro del cine independiente, aunque utilice los mismos recursos artísticos y cumpla los patrones narrativos del cine convencional.

Muchos consideran que ser un artista independiente es algo cool, tiene “onda”, despierta curiosidad o interés de cara a un mercado que explora y explota ese tipo de postura. Te muestra como un rebelde, y de paso una víctima del sistema y eso suena bonito. Si tuviste la suerte de ser censurado, se te abrirán las puertas aunque tu película siga todos los patrones y las formulas narrativas al uso. En Cuba y sobretodo fuera de ella, hay un tipo de independencia contestataria que se ha legitimado, pero que no va más allá de rasgar la superficie de las cosas y los problemas. Su forma de expresión es el lamento, y si es desde la distancia, mejor, porque todo el mundo tiene algo que decir pero muy pocos realmente, están dispuestos a hacer.

Definir la independencia

Resulta un lugar común, definir la independencia de un artista u obra por el grado de relación financiera que tenga con sus patrocinadores o casas productoras. Como el dinero siempre tendrá que venir de alguna parte, esa “condición natural” del cine se interpreta por el poder (cuando les conviene) como una concesión, una obra por encargo, un filme sin mérito que responde a intereses minoritarios, mayormente dañinos o a fuerzas oscuras. Curiosamente, si la película está financiada por el Estado cubano a través del ICAIC, alguna institución o el propio Ministerio de Cultura, es válida, ganará premios, espacios en la prensa y gozará de privilegios, aunque detrás aparezcan los intereses ideológicos del partido comunista (el único legal en Cuba).

Son cuestionadas las prácticas monopolizadoras de Hollywood, sus estudios, o los grandes medios por no dejar espacios para los que intentan allí, hacer un cine más crítico o de autor fuera de las normas y el mainstream, pero nos mostramos poco receptivos y hasta intolerantes cuando, en Cuba, algún cineasta quiere hacer una obra “incómoda”, fuera de la industria y los recientes decretos. Aplaudimos, cuando en el extranjero, un director hace un cine contracorriente, de resistencia, un documental de activismo, de investigación, o de denuncia social, pero no toleramos que en nuestro país los artistas se hagan preguntas, sobre el sentido del arte y su relación con el espacio y las dinámicas sociales.

La propaganda oficial no se cansa de decir que somos el país más culto del mundo, pero tiene miedo que los espectadores vean ciertas películas o documentales porque “pueden confundirlos”. Las embajadas, las oenegés, las fundaciones han ofrecido durante décadas aportes sustanciales al Estado y la cultura cubana, pero si su relación se hace, por ejemplo, con los jóvenes creadores independientes, a través de un fondo que fomenta proyectos audiovisuales, ya su labor resulta sospechosa, y la película resultante no tendrá legitimidad.

La mayor parte de los filmes que se ruedan en el mundo se logran gracias a pactos, concesiones, convenios o propuestas en las que intervienen disímiles intereses: los del estudio o compañía, los del guionista, los del director, los distribuidores, los actores o actrices que ejercen su influencia, intervienen también sus representantes, o los de las plataformas digitales donde luego se irán exhibiendo. En ocasiones las políticas o intereses de un Estado, partido o instituciones hacen fluir el dinero.

Detrás de cualquier película hoy en día, hay una docena de productores, estudios o compañías, una realidad de este mundo tan interconectado, pero que en Cuba se mira con doble rasero, acusando a los independientes o a los jóvenes realizadores sin prueba alguna (ver los episodios alrededor de las obras de Miguel Coyula, Mayckell Pedrero, Carlos Lechuga, Yimit Ramírez o Ricardo Figueredo) de ser agentes del enemigo.

Otras aristas de lo independiente

Otra arista del fenómeno sería la búsqueda de una autonomía estética o estilística, formas también de resistencia e independencia. Tenemos al autor que, trabajando con la industria o a contrapelo de ella, no deja de mostrarnos sus marcas, su voz, su discurso, desde la exploración del propio lenguaje del cine. Es el artista que tiene control total de su historia, de las formas o modos de contarla, el cineasta fiel a sí mismo, a su sueños y demonios interiores. Es el tipo de independencia quizás, más respetada y perdurable, porque no hace concesiones, ni juega con el poder del tipo que sea.

El Decreto 373 no va a potenciar el cine cubano independiente aunque para algunos sí les resulte conveniente. No lo será porque las dinámicas, formas y autores que legitiman verdaderamente este cine, ya estaban entre nosotros desde hace décadas. Su espíritu “maldito” ya había poseído a Landrián, Sarita, Santiago, Miñuca y Fernando Villaverde. Estaba en Alea y Julio García Espinosa, lo vemos hoy en Miguel Coyula, Jorge Molina, Manuel Marcel y Enrique Álvarez, en Raydel Araoz, Rafael Ramírez y Alejandro Alonso, en Carlos Lechuga y Eduardo del Llano. Ellos no son los únicos, ni serán tampoco los últimos, porque mientras existan artistas capaces de crear imágenes desde la sombra, los decretos solo serán letra muerta. (2020)

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