Vestido de novia o Retrato de Rosa Elena

La película de Solaya es uno de los más abarcadores frescos fílmicos de la intolerancia y la violencia social en la Cuba reciente.

Sin dudas, La película de Ana (Daniel Díaz Torres, 2012) marcó para la actriz Laura de la Uz una verdadera resurrección fílmica, que dos años después ha eclosionado en las sendas, intensas y muy diversas interpretaciones de la desquiciada Orquídea, en La pared de las palabras (Fernando Pérez), y la mujer transgénero Rosa Elena/Alejandro, protagonista de Vestido de novia, donde, de la mano de la directora Marilyn Solaya —documentalista, debutante en las lides de la ficción de largo metraje— opta por la orgánica naturalidad. Sustentada en un minucioso y expresivo comedimiento, compensa bastante la victimización desde la cual son usualmente enfocados estos personajes de la otredad; tan desafiantes del status quo como puede serlo una persona que, en la Cuba de 1994, rectifica sus genitales en función de su real identidad de género.

Solaya ficciona con Vestido… el hecho registrado en su previo documental En el cuerpo equivocado (2010), en el cual la propia realizadora indaga sobre el primer caso cubano de reasignación sexual de un sujeto masculino a femenino. Ambas obras son expresiones de la tardía y moderada “revolución”, o más bien progreso preceptivo sexual y genérico, que ha signado en Cuba las postrimerías del siglo XX y los albores del XXI; y sirven como ensayos encaminados a deconstruir esta fenoménica, a someterla a la esfera pública, la mejor de las lizas participativas posibles.

Mas la cinta de marras, allende el conflicto axial de Rosa Elena, suscitado al ser revelada su biología originaria al heteronormado esposo Ernesto (Luis Alberto García), resulta quizás uno de los más abarcadores frescos fílmicos de la intolerancia y la violencia social en la Cuba reciente. Verdadero y necesario aporte a la muy ralentizada y retardada brega por saldar, de a poco, las gigantescas deudas de recuento, representación y análisis que guarda el audiovisual, que tiene el arte cubano todo, con la historia nacional del último medio siglo.

De ahí el apresuramiento por concentrar en una sola obra un espectro amplísimo de circunstancias problemáticas y conflictos apenas rozados en la filmografía nacional, desde la crisis de los balseros hasta las revueltas populares de agosto de 1994, pasando por la proscripción de los espectáculos de transformismo. Y es la secuencia de la redada a uno de estos establecimientos, otrora clandestinos, la que contiene una de las imágenes más logradas de la cinta, semiótica y expresivamente hablando: cuando se encuadra la anónima mano de un oficial del Ministerio del Interior sosteniendo las pelucas arrancadas bruscamente a los transformistas aherrojados. Tan efectivo es el plano, como fallido el montaje que, con el subsiguiente plano, subraya innecesariamente el mensaje con un lastimero paneo a los rostros llorosos de las víctimas de la intolerante redada.

Igualmente interesante es la referencia a la antológica cinta Fresa y chocolate (Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, 1994), como primera grieta en la rígida coraza puritana de la oficialidad cubana. Fundacional discurso este sobre la diferencia y la (in)tolerancia hacia la diferencia de pensamiento, de sexualidad, raramente sincrónico con su momento histórico: dígase la mera inmersión de Cuba en la era posmoderna, con las bolsas de lastre repletas de las cenizas del paradigma soviético. Va más allá Solaya (quien fuera actriz secundaria en la cinta), demostrando cuán volátiles fueron en esos momentos las expectativas despertadas, cuando el abusado —más bien torturado— transgénero Sissi/Panchito, interpretado por Isabel Santos, voltea el póster de la obra contra la pared, en plena crisis de fe.

En Vestido… todos los acontecimientos referidos, aunque no lleguen a trascender su connotación contextual, prefiguran la sociedad conservadora donde Rosa Elena volatina sobre una cuerda muy floja y quebradiza, en su apuesta definitiva por ser consecuente. Una consecuencia que le cuesta adherirse a patrones de subordinación impuestos al género femenino, una vez lo asume de lleno: renunciar a su talento artístico como coribante y a “comprometer” sensiblemente la carrera y el prestigio profesional del esposo no avisado.

A este conflicto climático se llega desde una dramaturgia un tanto telenovelesca y artificiosa, cuyos resortes son las acciones truculentas de los maniqueos “villanos”, interpretados por Jorge Perugorría y por el (a pesar de todo) siempre carismático Mario Guerra, colmados de conspiraciones retorcidas, perniciosas intenciones, perversión, corrupción y maldad gratuita. Sus excesos coadyuvan a connotar a Rosa Elena como frágil damisela en apuros, no solo expuesta al escarnio público, sino violada y golpeada a discreción. Lo innecesario de tanta monocroma vileza en tales caracteres es demostrado por el mucho más matizado personaje que encarnado en esa otra apuesta segura que es Manuel Porto, cuyo curtido obrero, acusador de Ernesto, combina principios sólidos, sinceridad y consecuencia, con prejuicios y juicios homofóbicos, propiciados por el contexto y la época en que le tocó vivir y de la cual es emanación.

Mucho mejor resuelta es la conflictualidad desatada entre Ernesto y Rosa Elena, a raíz de la revelación climática. La química conseguida entre unos muy bien concentrados García y de la Uz los ayuda a vadear todo melodramatismo gratuito, e imprime gran fuerza a sus escenas de llorosas confesiones, los estados de negación y reacciones violentas de él; la paciente resignación, la suave persistencia y la calma zozobra de ella ante la hecatombe que sirve de corolario a una vida de calamidades, donde no falta el padre intransigente y abusivo, —interpretado por Pancho García—, que finge discapacidad motora para eludir a la hija. Personaje que a la larga resulta elemento conflictual sin mucho desarrollo ni significación dramatúrgica, al igual que la severa jefa de enfermeras asumida por Alina Rodríguez, cuya intervención en la trama desemboca en nada.

La trinidad protagónica de la cinta se ve completada con Isabel Santos, otra de probo talento que también con La pared... y Vestido... ha remontado de nuevo cumbres de la actuación cubana, ya alcanzadas por ella en muchos momentos, pero ahora desde nuevas perspectivas, que explayan sus potenciales a otros horizontes. Contraria a la expresiva mesura de Rosa Elena, Sissi es toda extroversión, espectacularidad, exuberancia, mas no caricatura. Su melodramatismo no trasunta afectación, si bien su conflicto se soluciona tan rápido como surge, delatando quizás cierta contradictoria falsía en un personaje hasta ese momento presentado valiente y fortificado en su estilo de vida, más desafiante del status quo por lo “escandaloso”, que la propia protagonista. Al primer maltrato recibido por parte de la policía, a la primera humillante salida del calabozo vestida de hombre, Sissi quiebra toda su estructura moral como un castillo de naipes y, por un giro forzado del guión, sirve de pretexto para traer a colación la crisis de los balseros; y enfatizar mucho más el “martirologio” de Rosa Elena, con su final decisión de permanecer en la ciudad de la que huye Ernesto desprestigiado, de permanecer en Cuba, resuelta a resistir en defensa de su legítimo derecho a ser.

Por fortuna, esta final y definitoria postura sí se resuelve sin aparato, ni fanfarrias heroicas, pues la Rosa Elena de Vestido de novia no pretende ser líder, ni se siente elegida por designio divino o revelación mística, como la figura central de Fátima o el Parque de la Fraternidad (Jorge Perugorría, 2014). Rosa Elena solo es una persona que quiere vivir como desea, donde desea, consciente de que ser uno mismo no es crimen de lesa humanidad, aunque probablemente sea una de las metas más azarosas de alcanzar en este mundo.

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