Yimit Ramírez quiso hacer una película y la hizo

Esta semana, el festival Rizoma de Madrid estrenó la opera prima del joven realizador cubano Yimit Ramírez Quiero hacer una película. Altercine la reseña.

Neysi Alpízar en un fotograma de Quiero hacer una película, de Yimit Ramírez.

Foto: Cortesía de Yimit Ramírez.

La edición 2020 del Rizoma Fest de Madrid acogió el estreno global de Quiero hacer una película (QHUP), ópera prima del realizador cubano Yimit Ramírez, que hace dos años, aún incompleta, aún (y por un buen tiempo) desconocida para los públicos nacionales y para gran parte de quienes entonces largaron a la liza polémica sus criterios, catalizó en Cuba intensas discusiones intelectuales, y no tanto, sobre el derecho pleno a la expresión creativa, a diferir, disentir y objetar las sacralidades políticas y el entramado paradigmático en que se sustenta el Estado y la Nación. Incluso, la misma pertinencia de la institución cine en Cuba y de espacios como la Muestra Joven ICAIC, ahora de incierto futuro.

Aunque todas estas discusiones tuvieron como epicentro una referencia, digamos que iconoclasta, al Héroe Nacional de Cuba José Martí, hecha por uno de los personajes, la película propone no menos complejas discusiones acerca de la creación fílmica y artística en sentido general, de sus licitudes e ilicitudes éticas (o si la ética es siquiera un ángulo válido para analizar el arte) y de las meras relaciones entre el artista y la realidad.

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Desde su propio título, sardónico, entre juguetón y volitivo, QHUP defiende sin cuartel, y no sin los correspondientes riesgos, la legitimidad del acto de representación, autorepresentación y opinión que resulta de cribar la realidad a través de la subjetividad del artista; y devolverla como la plena reinterpretación íntima de esta, que es básicamente toda obra de arte.

Quiero hacer una película, quiero apropiarme del mundo, quiero metabolizar el cosmos y quiero hacer partícipes de esto a todos los que quieran mirar como yo miro, a los que quieran mirarme mirar y a los que quieran juzgar o refocilarse en cómo miro. Tal es el convite maldito del artista. Tal es el juego voyeurista, pasional, onanista y, sobre todo, incorrecto (¿siendo qué lo correcto; en cuál momento histórico y cultural; desde cuál perspectiva; según quién?), a que invita sin permiso el artista. Yimit y todos los demás.

La estética “sucia” de fotógrafo amateur que define la visualidad y el discurso de la película, grabada sobre todo por los propios dos actores/personajes protagonistas (Neisy Alpízar y Tony Alonso), le otorga un aire de (falso)documental, casi de found footage, revistiéndola de la insolencia canónica del primigenio indie anti industria, que una vez más pone en crisis las nociones normadas (arbitrariamente, como todas las jerarquías socioculturales y políticas) y pactadas de representación de lo ficcional y de lo real. Pero sobre todo enfatiza en la gozosa subjetividad de lo filmado, dotándola de una dualidad intimista-exhibicionista voluptuosa y cómplice.

Neisy y Tony se graban entre ellos y a sí mismos, participando con Ramírez en una suerte de orgía y comunión de miradas. Quizás en una especie de promiscua sesión de swingers. O en un festín leather, donde los actores visten las pieles de sus personajes como los apretados indumentos de rigor, hasta translucir sus verdaderos rostros y egos tras el cuero dúctil y proteico.

A la vez, QHUP articula una fábula (anti)ética acerca de las relaciones entre el creador y el sujeto-realidad del que se apropia, disponiendo de la única permisividad que le otorga la condición de ser humano curioso, malicioso y sensual. Su mera existencia dentro del mundo le otorga derecho (e izquierdo) a mirarlo, interpretarlo y modificarlo. Mientras que durante el proceso la realidad se torna consciente de estar siendo acechada por el lente-mirada artística y toma parte del proceso de representación, equilibrando el balance de fuerzas. Termina acechando y modificando a quien la mira.

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Tony se obsesiona, con verdadero empecinamiento de acosador o asesino sexual, con Neisy, una joven cubana. Corren los extraños días de la “Primavera de Obama”, con todo y el concierto de los Rolling Stones y la filmación de Rápido y furioso 8, además de la muerte de Fidel Castro. Unas pocas pero significativas secuencias esparcidas a lo largo del metraje contextualizan la diégesis en esta singularidad epocal. Es un período apocalíptico para la nación, tanto por lo revelador como por lo traumático. Son tiempos de aturdimiento, emoción, expectativa.

Tony parece advertir por primera vez a Neisy en el concierto de los Stones. Arrebolada, topless, expandida, bullente. El cineasta advierte la realidad. El artista advierte a su país por primera vez bajo una luz inusual. Tony se dedica a espiar a Neisy, pero siempre grabándola, registrando cada movimiento de ella y suyo propio. El cineasta comienza a acercarse tímidamente a la Nación, casi con complejo de culpa, con embozada discreción voyerista. No tiene permiso legal para grabar, para observar, para develar las privacidades, para conocer los tuétanos del país.

Tony decide pernoctar bajo la cama de Neisy. Es el monstruo de Frankenstein oculto en el cobertizo de la familia pobre, a la cual llega a conocer al dedillo sin ser descubierto, y luego es castigado por unas personas a las que ya amaba con familiaridad. El cineasta repta por los estratos, pliegues y hendijas de Cuba, se acurruca justo en los antípodas de toda imagen e imaginería kitsch. Registra intimidades, angustias, tragedias, búsquedas, silencios. Neisy no lo sabe. La Nación no sabe que está siendo redescubierta de nuevo, cuantas veces haga falta. Rincón por rincón. Cubano por cubano.

Cartografiar a una persona por completo puede llevar a componer un mapa íntegro del Genoma Cubano. Quizás por eso Tony le dice, en la “aciaga” escena, que ella es su Martí, que pondría su cara en todos los billetes de a peso. La eleva a una dimensión de reverencia y amor que parece ser solo patrimonio de los héroes deificados como el Apóstol, cuando en verdad toda la nación lo merece. Y la Nación no es el suelo que pisan nuestras plantas, sino sus habitantes todos. Es la persona que se ama, que se descubre, que se ama a pesar de los descubrimientos. Es la Matria que se venera y se defiende a pesar de las incertidumbres y hasta de las traiciones. Neisy es Cuba sin el gorro frigio ni el frígido peplo. Como lo son la Lucía, la Manuela y la Amada de Solás, como lo fue la coral Mujer transparente, como La profesora de inglés de Alán González.

Mientras Tony filma, siempre bajo la cama, explícitos arrebatos eróticos de la muchacha con amigos, amigas y consigo misma —metraje que la película decide no atenuar ni encubrir—, la relación que finalmente fructifica entre ellos se muestra en pantalla como diálogos íntimos que ni siquiera sugieren juegos sexuales preliminares. Tampoco son coloquios pacatos, sino encuentros, descubrimientos mutuos, comuniones, forja de fidelidades, juramentos implícitos, amor apacible.

Yimit Ramírez y sus cocreadores consiguen la alegoría a fuerza de concentrarse tanto en el diseño íntimo de los personajes, en su enamoramiento persecutorio, en la final codependencia de suave armonía que quizás ni haya sucedido conscientemente. Y por eso sea tan orgánica la equivalencia Neisy-Cuba, sin que la muchacha no deje de constituirse como un personaje verosímil, hipnótico en muchas escenas, hasta refulgir en la secuencia final, donde la ronda potentemente la luminosidad atormentada de Jean Seberg. QHUP es una alegoría renuente o inconsciente, y por eso es una alegoría poderosa.

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¿Y fueron felices? ¿Los Stones regresarán? (2020)

Un comentario

  1. angel

    Antonio Enrique González Rojas escribes con tanto malabarismo linguistico, cuando se pueden decir las cosas simples y directas. Por otro lado, no mencionas, escabulles, escondes, las palabras con que se califica a José Martí, nuestro Apóstol, el cubano más importante de la historia, por uno de los personajes del filme, cuando se le dice «mojón» y «maricón». Ah. claro, no quieres que tus lectores vean semejante falta de respeto, y de cobardía, que tienen esas palabras. Pero de eso no dices nada. Te escondes como su director. Y alabas el «estreno» de esta cinta en España, donde seguramente sus espectadores ni siqueira saben quién fue José Martí. ¡Valiente panfleto! Para este «nuevo cineasta cubano» que rápidamente emigró con la bandera de «me han censurado mi filme», el cinismo, y sus escasos valores son sus «principios».

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