Yuli: Vivir para bailar

Reseña del estreno de agosto en los cines habaneros: Yuli, producción española dirigida por Icíar Bollaín y basada en la autobiografía del bailarín cubano Carlos Acosta.

Fotograma de la película Yuli

Foto: Cortesía del autor

Puede concebirse, pero no debe hacerse una película de ballet, o sobre un bailarín, sin coreografías. Cuando no se está ante un musical manifiesto u oculto, los fundamentos de la historia y los procedimientos de la narración tienen que fundirse para sustentar una trama, donde puesta en pantalla alterne entre qué y cómo se cuenta. En este caso, Yuli (Icíar Bollaín, 2018), la recapitulación biográfica sobre Carlos Acosta, inspirada en su libro Sin mirar atrás, no puede prescindir de relatarnos cómo el bailarín llegó a ser la figura que es en la actualidad sorteando su crecimiento personal.

De hecho, su trayecto es llamativo, pues tiene algunos ingredientes mezclados de la picaresca con la novela de aprendizaje, o sea: evolución y desarrollo tanto físico como moral, psicológico y social del personaje. Todo ello porque asistiremos, justificados por la vivencia real del protagonista, a la transformación de un antihéroe cotidiano (maldice, miente, roba, pelea…) a un profesional glorioso. No es la vida imitando al arte, sino la ficción asistida por lo verídico.

De manera que, por guion y ajuste de esta fe de vida triunfadora, se impone ofrecer al espectador un balance distribuido entre el presente del protagonista y el cómo sucedieron los acontecimientos de su vida. Eso sí, intercalando composiciones de ballets que supondrán un apoyo de lo ya apreciado: dudas de si le interesa en el fondo formarse en la academia; desacuerdos con el padre; incomprensiones socioculturales; separaciones familiares; discriminación; soledad; contexto político-social. Pues sí, emergerán los momentos de danza en el intento de ¿reforzar? los anteriores conflictos.

El reto de Icíar Bollaín consistió en lograr un balance entre el recorrido por la vida de Acosta y las repercusiones del mundo del ballet en Cuba. Para comprender al artista es preciso estar al tanto del hombre. El guion de Paul Laverty tuvo entonces que reconsiderar la totalidad de un libro muy gráfico como Sin mirar atrás para extraer qué colocar en pantalla y qué no. Ahora, subordinar peripecias influye no solo en el ritmo de lo narrativo, sino en lo que sostiene la historia. Pues, si bien la película acabará un poco más allá de donde comenzó, debe tenerse mucho cuidado en cómo se nos comparten las etapas formativas del personaje principal. De lo contrario, se corre el riesgo de que no nos creamos los motivos que definen el alma y el carácter del protagonista, porque pueden quedarse en una muestra carente de progreso. La caracterización no conviene que esté escondida y tengamos que imaginárnosla; la caracterización debe exponerse a través de las acciones. No pueden descuidarse sus elementos de base, porque si no, el acontecimiento real y dramatizado no convence. Ni más ni menos.

El reconocido bailarín cubano, Carlos Acosta en un fotograma del filme Yuli.

Foto: Cortesía del autor

Pero en Yuli, donde hay atención hacia las caracterizaciones, lo cual proviene de un efectivo casting, no es fundamental apegarse estrictamente a lo que dice la autobiografía de Acosta, habida cuenta de que el notable bailarín da su propia aprobación para legitimar que la meta bien vale cuando el camino, confirmado o ficcionalizado, lo garantiza: “Si bien eso no ocurrió, ¿significa que no es verdad? La cuestión es: ¿significa que no es verdad?”. El bailarín lo dice al inicio del filme.

Avanzado el largometraje, lo que en la narración parecía ser un recurso ideoestético para acelerar la acción, comienza a redundar sin necesidad porque, aunque no está mal presentar, por ejemplo, que el niño robe en la escuela al campo, ¿qué necesidad hay de yuxtaponer otra secuencia coreográfica? Si fuera solo montaje alternado, es excesivo; pero, en honor a la verdad, aquí, como en las demás ocasiones, se cuela la analogía, que es más propia del montaje paralelo y entonces la reiteración es mayor. A menudo el pasado de Carlos Acosta, según la narración, sobreviene cual pretexto para sus danzas actuales. Más adelante, y me disculpo por el spoiler, habrá coreografías que no renuncian a tributarle al bailarín cubano, pero destacan por sus valores autónomos, como la relativa al marine Smedley D. Butler.

Hacia el minuto cuarenta y nueve, una secuencia que nos recuerda el cierre de Billy Elliot marcará un antes y un después en el niño que, dispuesto a ser mejor persona, iniciará la fase de aceptación de su talento. Adiós al antihéroe. El chico no necesita ser más castigado o entrever que está arrepentido. El cambio procede de la fascinación que alguien ya formado ejerce sobre el artista en ciernes. En lo adelante, exigencia tras exigencia vocacional sin descuidar vivir. Tanto Laverty como Bollaín acreditan que, en efecto, es la historia de una vida singular en el contexto cubano cuanto merece contarse porque, como dice la maestra Chery, interpretada por Laura de la Uz: el talento, la inteligencia y la determinación no se compran con dinero. Son gratis.

Aunque la actuación del niño Edilson Manuel Olbera Núñez es más sobresaliente que la de Keyvin Martínez, no deja de reconocerse la otra etapa de conflictos, previa a la madurez, que tiene que asumir Keyvin; una etapa acaso más exigente donde el joven Acosta tendrá que tomar decisiones luego de reencontrarse con sus padres (Yerlín Pérez y Santiago Alfonso) y hermanas (Andrea Doimeadios y Betiza Bismark) en La Habana. Keyvin Martínez está en presencia de figuras que pueden asimilar cualquier género, pero la discusión con el padre es un instante admirable, a la altura de una de las coreografías montadas para la trama, ya que el muchacho, con palabras duras y semblante acorde, aviva el lucimiento entre racional, agresivo e intimidante de Santiago Alfonso.

Y así como se asumen los sacrificios y aparecen las pérdidas, el triunfo de Carlos Acosta, como es sabido, le llega para gozarlo en vida, en una etapa gratificante en la que disfruta de juventud, disposición y creatividad. Regresa y funda su compañía. Hacia los treinta minutos finales, cuando Bollaín reúne a la familia en Londres, no quiere perder la oportunidad de que el padre, junto con el hijo, reconozca que, contra todos los obstáculos, ha valido la pena vivir para bailar. Ya en este momento Yuli es más coreográfica que nunca y tiene que cerrar con el actual Carlos Acosta en una proyección rotunda.

Yuli, por supuesto, no es la mejor película de Icíar Bollaín. Pero, a diferencia de otros de sus coterráneos, quienes han venido a dirigir por acá, perdiéndose en las aguas marinas, la luz tropical o en no se sabe qué prodigios terrestres de esta isla caribeña, al punto de no vincularlos con sus anteriores obras, la también directora de Flores de otro mundo y Te doy mis ojos ha sabido homenajear con dignidad a Carlos Acosta y a la cultura cubana. (2019)

 

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