Rompiendo círculos

El corto de ficción de Leandro de la Rosa Jiménez aborda un tema tan complejo como peliagudo: la homofobia.

Durante la más reciente Semana Británica en Cuba, tuve la oportunidad de disfrutar en el Complejo Cultural Fresa y Chocolate de Círculos rotos, cortometraje producido en 2013 con el apoyo de la Embajada de Inglaterra y la Facultad de Medios de Comunicación Audiovisual (FAMCA) de la Universidad de las Artes (ISA).

Dicha película, dirigida por Leandro de la Rosa Jiménez, estudiante de la FAMCA, aborda un tema tan complejo como peliagudo: la homofobia, ese miedo irracional, experimentado por las masculinidades heteronormativas hacia el individuo gay, que se manifiesta de múltiples maneras y a niveles muy diversos. Sin embargo, y en la mayoría de las ocasiones, esta forma de violencia alcanza su máxima expresión a nivel familiar, provocando heridas difíciles de sanar y cuyas consecuencias pueden ser imprevisibles.

Que un joven realizador cubano se interese por el asunto no deja de asombrarme, si bien las nuevas masculinidades han sido abordadas con mayor o menor fortuna en producciones como Fresa y chocolate, Verde verde y For Dorian. Solo que, esta vez, Leandro abre un eje temático inédito en el cine insular, devolviendo una película inteligente, críptica en ocasiones, que requiere de la participación del espectador para re-construir esa historia protagonizada por Luar (Alejandro Cuervo), quien contrata al Bola (Mario Guerra) y a Fraga (Rone Reinoso), para que golpeen a su hermano Figo (Lázaro González) por ser gay.

Así, Leandro dibuja un agresivo retrato de las heterosexualidades hegemónicas que se adjudican el derecho a «corregir» la homosexualidad mediante la fuerza física. Sin embargo, y para desestabilizar el mito del héroe (tan afín al macho-varón-masculino de nuestro imaginario cultural), el director hace de Figo un triunfador en el espacio público, un profesional competente que disfruta lo que hace y es reconocido por su trabajo, si bien debe sobrevivir en una zona con tintes marginales, «ideal» para el desenlace de los acontecimientos.

El único flash back del filme induce que Luar ha desarrollado una odiopatía hacia su hermano menor basada en la sobreprotección ejercida por la madre hacia el hijo más «débil» o «necesitado» de los dos. ¿Se impone aquí, aun de forma inconsciente, el viejo estereotipo que asocia a los homosexuales con la incapacidad fisiológica o psicológica para sobrevivir en aquellas áreas del comportamiento hegemonizadas por las masculinidades heteronormativas? Llamo la atención sobre el hecho de que no siempre los gays son sujetos con un pasado traumático, ni se asocian directamente con la debilidad física o los espacios socialmente desfavorecidos, detalle este que, por desgracia, ha caracterizado la construcción de los homoerotismos en el audiovisual cubano contemporáneo.

Desde el punto de vista narrativo, Rompiendo círculos puede considerarse una película fantástica. Ese simbólico final con tintes sobrenaturales, donde el criminal se convierte en víctima, introduce un factor de extrañamiento que enriquece la trama y expone la tesis del filme. No obstante, en ocasiones los necesarios puntos de contacto entre los diferentes núcleos diegéticos son débiles, lo cual puede confundir al público, al carecer de las herramientas necesarias para reconstruir los hechos en su totalidad. Por otro lado, considero que el director busca, ante todo, sugerir más que explicar, y en consecuencia fragmenta la historia, dejando que seamos nosotros quienes saquemos nuestras propias conclusiones.

Pese a sus posibles deficiencias, este interesante cortometraje marca un punto y aparte en el tratamiento de un tema polémico y poco visibilizado hasta ahora por el cine cubano. A fin de cuentas, los círculos rotos por la película trascienden los ámbitos filial, familiar y público para destruir el más peligroso de todos: el siempre perjudicial círculo del silencio.

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