Esa luz inmensa, entre spoilers y deadlines (Parte I)

Entrevista al crítico cubano de cine Rubens Riol

Rubens Riol

Foto: Tomada de Facebook

Un torrente imparable, una subjetividad ardiente y centrada, Rubens Riol (Pinar del Río, 1985) sabe lo que quiere desde hace tiempo: escribir sobre cine y, si no, ver muchas películas y toda suerte de audiovisual, escribir siempre. Aunque se presente como investigador y ensayista, crítico y promotor, Riol es un escritor.

Siendo uno de los críticos cubanos más mediáticos –y no porque radica ahora en los Estados Unidos–, logra volver sobre el cine desde múltiples caminos, según revela en las palabras introductorias de La emboscada del erizo, libro de próxima aparición: “las distintas criaturas en las que me he metamorfoseado sin renunciar a mi labor crítica: cinéfilo, diletante, voyeur, periodista, reportero, columnista, narrador, poscrítico, bloguero, promotor, cineclubista, profesor, ensayista, programador, jurado, acomodador, proyeccionista y paparazzi, hasta vendedor de rositas de maíz.”

Hay que tener un ego muy liberal para confesarse de ese modo. Me consta que él es así. Lo que no le impide exigirse continuamente en lo que ve y escribe.

Pinar del Río insiste cada cierto tiempo en aportar otro crítico sobresaliente, no solo para el contexto nacional. A sus anchas, Rubens Riol no para de relacionarse con el séptimo arte.

Daniel Céspedes: Si la cinefilia no te atrae desde niño, ¿crees que te atrape después?

Rubens Riol: En mi caso, ya es un proceso irreversible que comenzó desde la infancia. Si alguna vez me abdujeran los extraterrestres, estoy casi seguro de que no lograrían saquear ni uno solo de mis recuerdos fílmicos. El cine está clavado a mi ADN, es parte inseparable de mi biografía. Hasta podría jurar que el concepto de CinéBistro (luxury dinner-and-a-movie theater with reserved seating) guarda relación con el útero materno. Esa fue mi primera sala oscura (algunos entenderán la analogía). Desde entonces, siempre apago las luces y me acomodo. Soy un homo audiovisualis. Comprueba que esa palabra existe, pues mi latín no es óptimo y, mucho menos, confiable (risas).

En la introducción de mi libro narro anécdotas que me emparentan con el personaje de Toto en Cinema Paradiso (1990), filme entrañable de Giuseppe Tornatore. Allí intuimos que si uno no logra entender prematuramente lo que es el cine, al menos lo disfruta, lo goza. La devoción por las imágenes en movimiento puede descubrirse a cualquier edad. Incluso el deporte (otra expresión cultural que despierta pasiones ciegas) llega a muchos a través de una pantalla. La verdad, no conozco a nadie que se oponga a un rato de solaz televisivo o cinematográfico.

DC: ¿Es el crítico de cine un escritor?

RR: Desde luego. Escritor no es solo el que concibe ficción. La literatura está plagada de nichos, como mismo están delimitadas las etiquetas para cada uno de sus creadores. Yo no solo estudié Historia del Arte, sino que trabajé en una librería de Miami y actualmente entiendo mucho mejor cómo funciona esa industria; al punto de terminar escribiendo un libro para niños, sin estar seguro de cuáles eran mis dotes como narrador, aunque muy convencido de la historia que deseaba contar. Creo que ese arrojo me lo ha dado el cine, debido a tantas historias y personajes. Es como una fuerza modélica e inspiradora que te alumbra el camino.

Muy poca gente consume crítica de cine en profundidad. Creo que además de quienes formamos este gremio, algunos departamentos en universidades y un par de entusiastas que se interesan todavía por los libros de cine, casi nadie gasta un centavo en leer lo que nosotros pensamos. Otra suerte ha corrido la prensa digital y sitios web como Rotten Tomatoes o Metacritic, que sí arrastran una legión de mirones, pero no necesariamente estudiosos.

No importa el tema o género. Lo que te convierte en escritor es el hecho de publicar lo que escribes, ya sea sobre radiaciones termonucleares o los ciclos reproductivos del manatí. Pero ser escritor de verdad, más allá del oficio, de la ocupación, implica un don, un talento, y no todos tenemos la misma capacidad de comunicar con belleza y claridad. El estilo y la creatividad son esenciales, así como evocar imágenes que sobrepasen los dictados del sentido común. También hay escritores mediocres. El peligro está en el nivel de exigencia editorial y en el conformismo de algunos lectores.

DC: ¿Qué es ser crítico de cine?

RR: Ser crítico de cine es una aberración enajenante, un conflicto y, al mismo tiempo, un privilegio, un abracadabra, una profesión, una gran responsabilidad. Sin críticos o periodistas cinematográficos, la industria del cine se desinflaría porque somos un eslabón primordial, un intermediario eficaz entre los estudios y el espectador. Nuestro rol en la sociedad es orientar, divulgar, promover, recomendar, interpretar, valorar y compartir. Somos una suerte de árbitro que —para bien o para mal— decide las reglas del juego, me refiero aquí al consumo. Obviamente, antes que nosotros está la publicidad, pero nuestra opinión también decide los ratings, así como el éxito o fracaso de ventas en taquilla.

El crítico de cine tiene algo de ángel y un poco también de demonio. Tenemos fanáticos y detractores, pero somos —al final del día— un mal necesario. No obstante, es un trabajo que demanda lecturas, especialización, conocimientos técnicos, apropiación del lenguaje, cultura general. Muchas veces nos auxiliamos de otras disciplinas como el psicoanálisis, la narratología, la semiótica, la sociología y estudios de género, para abordar y contextualizar ciertas problemáticas.

Lo que no me agrada es cuando un crítico se erige en paladín del gusto, limitándose a sancionar, descalificar y mortificar gratuitamente, sin construir nada, sin aportar nada, sin argumentar, sin cumplir su función. De ahí que, desde hace mucho tiempo, me inventé tres categorías para distinguir los temperamentos de quienes escogimos esta faena:

1) Crítico-crítico: autodidacta o de formación académica, pero con estilo propio, alto sentido de la ética profesional, lúcido, sensible, informado, carismático, versátil y con los pies sobre la tierra;

2) Crítico-críptico: oscuro, hermético, indescifrable, narcisista y ególatra, que escribe para sí mismo y hace alarde de sus conocimientos, mientras vomita palabras rebuscadas sin pensar en las limitaciones del receptor promedio; y por último

3) Crítico-cítrico: burócrata frustrado, de humor ácido y naturaleza censora, cínico, manipulador, desatinado, mediocre, sin compromiso ni amor por la profesión. Hay en estos últimos dos ejemplos una fauna compleja y diversa como para organizar un sindicato muy nefasto (risas).

DC: Por lo general, ¿cuánto demoras en escribir una crítica?

RR: Mientras viví en La Habana, nunca hubo demasiada premura, pues siempre que tenía un encargo de la prensa o para una publicación especializada, me facilitaban el DVD con antelación; de modo que la escritura era reposada, casi nunca tan de prisa. En Miami, he sido colaborador de El Nuevo Herald con una frecuencia de dos veces por semana y en ocasiones hasta de tres. Cuando tienes un contrato así, te ves obligado a desarrollar todas las habilidades que antes no tenías. Por suerte, uno cuenta con la tecnología e Internet para ahondar en referencias y hacer búsquedas, así como para establecer otro tipo de asociaciones, si fuera pertinente.

Al inicio casi nunca tomo notas, tampoco lo hacía en mis tiempos de estudiante. Confío en los caminos que se abren para la interpretación después de cada plano, cada secuencia, cada frase dicha por los personajes. Es algo intuitivo, como un mecanismo que me genera sospechas de manera automática; de ahí va saliendo el corpus de ideas que luego desarrollo, por lo general, desde la síntesis.

Respondiendo a tu pregunta, suelo escribir bastante rápido, a una velocidad que me asusta, teniendo en cuenta, sobre todo –y no me da vergüenza decirlo–, que uso un solo dedo de cada mano, pues nunca aprendí mecanografía. En mi casa, en Pinar del Río, todavía hoy no ha llegado la primera computadora.

Si escribo un comentario de tres párrafos para mi blog de Facebook, impulsado por la buena impresión que me causó una película, puedo tardar de 8 a 10 minutos. Si se trata de una reseña para un medio oficial, poco menos de una hora. Creo que el tiempo que me toma escribir está determinado por el grado de urgencia o inmediatez conque necesite publicar el artículo. Está claro que para formarse una opinión sobre un filme, una muestra o un festival, antes hemos dedicado un tiempo a ver el/los material(es), a leer, a pensar, a investigar. De esta manera, cuando te sientas a escribir, el discurso fluye de forma orgánica, sin necesidad de luchar contra el cronómetro.

En mi caso, lo único que debo resolver antes de empezar a escribir un texto, es el título. Si no lo he concebido no puedo avanzar. Ahí es donde conviven la hipótesis, el tono y las claves que guiarán posteriormente el análisis. Para mí el título es como un GPS, sin eso no sé qué dirección tomar. Detalles como ese me los tomo en serio, porque odio el reciclaje y apuesto por la originalidad. Afortunadamente, el castellano es un idioma generoso y siempre se me ocurre algo nuevo. Otro factor que podría frenarme es el perfeccionismo ulcerativo, pero me alivia el hecho de saberme un grafómano diagnosticado.

DC: ¿Qué no harías en un texto sobre cine?

RR: Confesar que no he visto la película, ni el tráiler o que me acuesto con el director. La ética es un atributo muy valioso para sobrevivir en este medio. De lo contrario, uno puede hacer el ridículo o recibir un ultimátum. Aprendí también que si han pasado pocos días desde el estreno, no se debe contar el final (risas).

Así me pasó con el argentino Marco Berger, director y guionista de filmes como Plan B (2009), Hawaii (2013), después de que yo publicara en el Diario del Festival de Cine de La Habana, una crítica optimista sobre Ausente (2011), su filme en competencia ese año. Al saludarlo en la calle y decirle mi nombre, me percaté de que había leído mi artículo y lo sentí contrariado, porque al referirme al argumento y a su estructura elíptica, mencioné que uno de los personajes protagónicos moría a mitad de la cinta, pues si no tocaba ese punto de giro en mi análisis, era muy difícil poder dar cualquier opinión al respecto. Le pedí disculpas y me regaló una foto juntos. Hoy día solo uso spoilers cuando se trata de un ensayo para publicación especializada, puesto que allí la interpretación debe ser más profunda y el lector, por lo general, ya ha visto la película. De modo que esto no genera ningún conflicto de intereses.

DC: Entrevistas, reseñas, comentas, ensayas y todo esto con el añadido de la promoción. Hay intelectuales que no soportan que lo relacionen con el término promotor.

RR: Modestia aparte, me considero un intelectual porque estudié una carrera de humanidades y, con frecuencia, produzco ideas y reflexiones críticas asociadas al mundo de la cultura: concretamente sobre las artes visuales y el cine. No estaría mintiendo al decir que todo cuanto escribí hasta hoy ha sido publicado en alguna parte, con la aspiración de influir en la opinión pública.

Ciertamente, aún quedan prejuicios en torno a la promoción (se le ve como si fuera un antónimo de la crítica especializada). Yo mismo reaccioné mal una vez cuando, en medio de un festival, urgía entrevistar a un director de cine extranjero y me buscaron a mí, alegando que yo podía salvar la situación porque era “periodista”. Me negué de inmediato y hasta me sentí un poco ofendido, como si me hubiesen rebajado de categoría. Quizás se debió a un rapto de inmadurez o acomplejado por la flojera de ese periodismo cultural, pletórico de frases hechas, lugares comunes y errores de concepto; que confunde a los receptores y los desorienta, deformando el gusto popular, la conciencia estética de multitudes.

Sin embargo, hoy entiendo que se puede ser crítico desde el periodismo, cuando hay calidad de pensamiento y compromiso con la seriedad, el rigor. La promoción es una cualidad inseparable de nuestra gestión, escribas a favor o en contra. Le estás dejando saber a los consumidores si vale o no la pena comprar una entrada para ir al cine. Se trata de comentar un hecho artístico y argumentar razones en forma de invitación, como una sugerencia. Así contribuyes a movilizar ánimos en función del bienestar y el crecimiento espiritual del otro. Ese simple gesto entraña un alto valor educativo (civilizatorio), mucho más saludable y pertinente que el exhibicionismo de referencias cultísimas en forma de monólogo. La promoción no debería verse como una pérdida de glamour ni de neuronas. La inteligencia no se evapora, se robustece. Hoy puedo decir sin escalofríos que soy un promotor nato.

Yo creé dos cineclubes en el tiempo que ejercí como profesor del Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana: Rosebud (2011-2012) y el Proyecto Equilátero, Cine-Debate por la Diversidad Cultural (2012-2015). Ejercicios que promovía y coordinaba, enteramente, a través de las redes sociales. Por allí desfilaron: Fernando Pérez, Enrique Colina, Lester Hamlet, Abelardo Estorino, Adria Santana, Alina Rodríguez, Francisco López Sacha, Luis Alberto García, Laura de la Uz, Caleb Casas, entre muchos otros.

Mi creatividad siempre se mantuvo encendida, así pude hacer campaña y llegar a la gente. Gracias también al Dr. Eusebio Leal, que me brindó el presupuesto y las salas de cine del edificio para programar mis debates mensuales. Esa experiencia alcanzó cierta relevancia no solo como proyecto docente alternativo, sino también por su efecto positivo en la comunidad de La Habana Vieja, y me llevó a participar en eventos en provincia, festivales y congresos. Incluso, podría decir que gracias a esos proyectos llegué a México y, luego, a los Estados Unidos. Después de todo, la promoción no puede ser tan mala, pues salvó del tedio mi carrera y mi vida.

Por otro lado, he visto cómo la opinión de los críticos de cine en Estados Unidos es atendida y respetada. Cuando leo una crítica, por breve que sea, en The New York Times, Entertainment Weekly, Variety o The Hollywood Reporter, siento la gran influencia de estos periodistas en la decisión de los cinéfilos. El idioma inglés me parece idóneo para emitir juicios de valor: las descripciones son llamativas, los adjetivos contundentes, las oraciones breves. Es como si los gringos condensaran la fuerza tempestuosa de un ensayo en un simple telegrama. No obstante, cada sintagma lleva impregnado el virus de la promoción, sin arrepentimientos ni escrúpulos. A ese nivel quiero llegar yo.

DC: ¿Cómo haces para que el cinéfilo no ponga en entredicho al espectador entrenado?

RR: Cuando me siento a ver una película creo que me acompañan los dos: el cinéfilo (querubín idiota) y el crítico (diablillo impertinente), son mi ingenuidad y mi raciocinio, amarrados a la misma luneta. El primero disfruta, se entretiene, se deja llevar, se emociona, aplaude; el segundo es más apolíneo, espera a salir del cine, pensativo, tasando sus reservas e inconformidades. Uno es más fácil de complacer, el otro es más estricto. Uno prefiere ver filmes de horror y el otro cine extranjero. Esta bipolaridad comienza a preocuparme (risas). Donde único se han invertido esos roles ha sido con la filmografía del director italiano Luca Guadagnino.

Mientras el cinéfilo prefiere ver dos horas y media de suspenso plurilingüe y gore en Suspiria, el crítico se abraza a la cortina y llora sin consuelo con la belleza dramática de Call Me By Your Name. Los críticos, a pesar de tanta cultura, no estamos blindados; hay historias que, por su entereza cinematográfica, apelan directamente a nuestra sensibilidad, al ser humano que somos, y no a la máquina analizante, frígida y despiadada que ve películas como una extenuante rutina de trabajo. No somos espectadores naif, pero tampoco verdugos impermeables; en todo caso, consumidores discretos, sabiondos, empoderados.

El cinéfilo no tiene una “VOZ” (no sabe cómo articular el discurso), esa habilidad le pertenece al crítico. Es una potestad exclusiva de su reino. A veces el crítico escribe en silencio, de madrugada, después de suministrarle al cinéfilo un buen calmante. Uf, me has dejado ahora mismo con una crisis de identidad tremenda.

DC: Cuando aún no empezabas a escribir sobre cine, ¿qué significó leer Más allá de la linterna, de tu coterráneo y luego colega Frank Padrón?

RR: Era el año 2000 y comenzaba mi décimo grado como estudiante becado del IPVCE Federico Engels, en Pinar del Río. Tenía necesidad de expandir mis horizontes más allá de los libros de texto y la literatura para adolescentes; también me preocupaba cuál sería mi carrera, porque estaba en un preuniversitario de ciencias exactas, a pesar de inclinarme por las humanidades. Un viernes cualquiera le di 10 pesos a un amigo del grupo que estaba seminterno para que me comprara un libro en la ciudad y —por azar—me trajo Más allá de la linterna, de Frank Padrón. Leyéndolo descubrí que quería ser crítico de cine. Me fascinó el lenguaje, el hecho de poder explicar una película. Me interesaba descifrar ese universo tan peculiar.

Yo crecí dentro de un cine de barrio en Consolación del Sur, donde mi abuela trabajaba como auxiliar de limpieza. Allí —con apenas 10 o 12 años— formé parte de un círculo de interés, en el cual me enseñaron a rebobinar películas de 35 mm, a empatar las cintas cuando se partía el rollo, e inclusive, hasta proyectar la matinée de los domingos para los niños del pueblo. De modo que mi aspaviento por el libro de Frank no surgió de la nada, ya conocía el misterio del cine. A partir de entonces me di a la tarea de indagar. Por eso estudié Historia del Arte en la Universidad de La Habana, y un día en que vi a Frank corriendo por el parque de H y 21, le pedí un autógrafo; era como una señal. Ese mismo año (2005), publiqué mi primera crítica de cine en una revista estudiantil y solicité hacer mi tesis en un tema de cine cubano. En 2014, él y yo coincidimos en el Festival de Cine de Gibara y desde entonces mantenemos una buena amistad e intercambiamos libros. Me siento muy complacido de que esa linterna todavía me alumbre.

DC: Cuéntame de tus influencias de críticos de cine y de otros referentes culturales para tu formación, tu escritura…

RR: Más que dedicarme a leer exhaustivamente a otros críticos de cine, preferí siempre a los teóricos posestructuralistas como Michel Foucault, Jean Baudrillard, Julia Kristeva, Roland Barthes y Judith Butler, así como las genialidades de George Bataille, Friedrich Nietzsche, Mijaíl Bajtín, Susan Sontag, Umberto Eco, Sigmund Freud y Jacques Lacan. Todos ellos, pilares del pensamiento occidental que nos legaron sus conjeturas hormonales, textos rompedores y orgánicos.

No escribo ni por asomo como ninguno de ellos, pero de todo ese mejunje, de ese caldo de cultivo, me he nutrido para mis investigaciones académicas y ensayos —en su mayoría— inéditos. Sus voces han sido vitales como plataforma teórica de mis propias búsquedas, dándole consistencia a mis análisis vinculados a la problematización en el arte y el cine de temas como la representación del cuerpo, la desnudez, el erotismo, la pornografía, la obscenidad y la escatología (escala de obsesiones que he venido acariciando en secreto por más de una década, todas a punto de emerger en forma de libros).

En cuanto a críticos, cronistas o historiadores del cine, alguna vez leí de refilón algún texto suelto de François Truffaut, Jean-Luc Godard, Román Gubern, Cabrera Infante o David Bordwell, pero solo por curiosidad, no creo que tuvieran demasiada influencia en mi modo de escribir. En cambio, sí he leído a todos mis colegas cubanos, críticos de cine, colecciono sus libros y hasta los enumero según van llegando a mis manos. Rufo Caballero fue el único que me susurró ideas mayúsculas sobre el análisis cinematográfico. Hay quienes afirman que mi escritura emula con la suya, pero yo me resisto a creer eso posible. Si heredé algo, en todo caso, habrá sido la inquietud, el punto de vista, el gusto por la ironía y la habilidad para crear títulos fosforescentes.

Cuando abordo las artes plásticas, a veces quiero imitar el vocabulario y la sintaxis de José Martí, pero son apenas arrebatos que no van más allá de un triste párrafo, enseguida se me acaba el combustible. Para llegar ahí desde el lenguaje figurado tendría uno que inmolarse o ser un verdadero poeta. Pero su estilo me estremece. No quiere esto decir que yo sea un estudioso de su obra.

DC: ¿Cuál es tu libro de cine de otro autor, que relees y te hubiera gustado incluso escribirlo?

RR: Sedición en la pasarela. Cómo narra el cine posmoderno (2001), de Rufo Caballero, por la libertad del lenguaje, su complejidad epistemológica y la sistematización académica y ejemplar de un fenómeno harto movedizo y polémico. Ese libro es mi paradigma. O, Sexo de cine. Visitaciones y goces de un peregrino (2012), de Alberto Garrandés, un “derrame cerebral” de estilo, narratividad, erudición y fetichismo.

DC: ¿Cómo fue tener a Rufo Caballero primero como profesor y luego como amigo?

RR: Antes de ser mi profesor, lo había leído mucho. Me volví adicto a sus publicaciones. Subrayaba sus eufemismos, sus aportaciones al castellano, lo buscaba con la desesperación del moribundo que grita por su penúltima dosis de morfina. Al principio me parecía un escritor altisonante, chillón, metatrancoso, insolente, pero con unas convicciones de aquí a Marte.

Luego de oírlo explicar en el salón de conferencias las claves para descifrar el discurso profundo en una película o las infinitas posibilidades de la crítica sintomática como alarde y fábula, quedé preñado para siempre de sus ideas, de su sistema de pensamiento. Entonces, como el amante primerizo, caí en un abismo de fascinación. Ahora, su discurso estaba lleno de gracia y veneno, carisma y sabiduría, dominio, pompa, humanidad y éxito.

Rufo no fue mi amigo. Llegué demasiado tarde a su vida. Acaso lo vi par de veces fuera del aula, una de ellas en la Salle Zero (espacio mensual sobre videocreación que él coordinaba en la Alianza Francesa); después de allí compartimos un taxi y aproveché para pedirle consejos sobre mi futuro proyecto de doctorado, aún pendiente. La otra ocasión fue en su apartamento de la calle San Lázaro, iba solo a entregarle trabajos de otros estudiantes, pero se los alcancé por la reja.

Sin darme cuenta se había convertido en mi mentor y yo en su alumno estrella, su último discípulo. Me pidió presentar uno de sus libros en la Calle de Madera, una reseña para Juventud Rebelde y varios ensayos para su sección “De Película”, en la revista Cine Cubano. Pero nunca fuimos juntos al cine, ni a Coppelia, ni a Villa Coral de la UNEAC o a la discoteca. De él conservo un video y varias fotos, 15 de sus volúmenes impresos, archivos digitales del disco duro de su computadora de trabajo (gracias a Mayra Pastrana) y mi homenaje póstumo a su obra intelectual, La caricia del látigo. Rufo Caballero: un ídolo imposible (2016), mi primer libro, ese monumento de gratitud y duelo que pude dedicarle a mi maestro. (2019)

 

(Continuará…)

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