G. Caín cuando era crítico

La crítica de cine de Guillermo Cabrera Infante (quien usaba el seudónimo de G. Caín) no es capítulo menor en la trayectoria literaria del escritor cubano. Y que los jóvenes críticos lo sigan leyendo, como hace el autor de este texto, es su demostración.

Guillermo Cabrera Infante

Foto: Tomado de La Huella Digital

Como todo ángel caído, G. Caín como crítico es en extremo seductor, tentador y cautivadoramente luciferino. Tanto, que hay que desconfiar por completo de él y de sus procederes: pues no actúa de maneras misteriosas como el Dios omnisciente que lo desterró del Paraíso, sino de las formas más evidentes, exhibicionistas y pornocríticas.

Como la semilla del marañón, G. Caín como crítico revela y expone su ego por encima de la piel, y lo bambolea ante la cara del lector con la más libre de las impudicias, con la más libre libertad del onanista libertino. Pues no hay nada más humanista que el onanismo y viceversa. Y Onanismo es Humanidad. Tampoco hay nada más libertino que la libertad, y G. Caín resulta, texto a texto, un confirmado libertino de la opinión, de la impresión y de la expresión.

Por eso G. Caín resulta un ión libérrimo dentro del panorama analítico cubano contemporáneo y extemporáneo del audiovisual. Nunca cargado neutralmente, pues tal es algo muy contrario a la naturaleza del ión y a la de G. Caín, cuya crítica mantiene una relación en verdad antimatérica con todo lo que busque oler a neutralidad u objetividad. Es una campana con un badajo escandaloso, desmesurado y ruidosamente autosatisfecho. Aunque ión, existe más como un takión, pues se coloca justo al margen del tiempo y del espacio lógicos, y sus críticas siempre se escribirán ayer y se leyeron mañana.

G. Caín como crítico es parcialísimo consigo mismo y por eso es sensible de convertirse –para los críticos que lo leemos en versiones en PDF de sus libros, o en copias impresas contrabandeadas, o en frágiles Ediciones R sobrevivientes al tiempo y el olvido que alguien olvidó descartar– en una verdadera patente de ego.

Es un certificado de licitud satánica para el explayamiento del Yo y sus jaurías de yoes sobre la hoja en blanco, convirtiendo cada texto crítico en una orgía de palabras, en una bacchanalia de neologismos, en una saturnalia de referentes culteranos, paráfrasis eruditas y vocablos no hispánicos que solo persigan la total autosatisfacción, sin que los lectores se consideren convidados a participar de este jardín de las delicias personales y egocéntricas.

Como un triunfo consideró G. Caín perder lectores, en su constante periplo, justo por el Camino de Caín, hacia el enaltecimiento de la pedantería como arte, con el ego como Norte, Sur, Este, Oeste. Su principal instrumento de navegación: el muy riguroso y siempre preciso ego náutico (pues de la rosa solo queda el nombre).

G. Caín es la tentación definitiva para que el crítico que lo lea abandone todo para seguirse a sí mismo, en una dualidad autosuficiente de apóstol-mesías o mesías apostólico, o apóstol mesiánico. Pero eso sí, nunca para seguir a G. Caín: sus vivos rollos del mal muerto no creo que hayan pretendido nunca convertirse en evangelios canónicos, ni siquiera en evangelios apócrifos o hipócritas (quizás hipogrifos).

Por eso nadie podrá escribir, ni en la más pesada de las bromas, #yosoycain. Pues la disolución del yo es el único pecado capital y cardinal, la única blasfemia y herejía que pueda establecer alguna vez esta no-religión gecainística (aunque el término Gecainismo suene y resuene muy tentador y atractivo para futuros o imaginarios credos).

Consecuentemente, su único mandamiento sería ámate a ti mismo como quieres que el prójimo te ame. ¿O sería escribe sobre ti mismo como quisieras que el prójimo escribiera sobre ti? Esto puede funcionar también, quizás mejor.

Como profeta de la no adoración más que a uno mismo (humanista y onanista siempre), G. Caín enseña que no se escribe sobre películas, sino sobre las resonancias de estas en el crítico que las ve; sobre las asociaciones, conspiraciones y sospechas que un filme detona y desata en la percepción del crítico. Cómo la película afecta el constructo cultural que somos. Cómo viola sus junturas. Cómo revienta las soldaduras de todas las piezas del exoesqueleto que hemos ido dejando crecer alrededor de las entendederas, a riesgo de convertir el cacumen en excrecencia.L

Luzverde para la sorpresa, el azoro, la documentación y el inventario concienzudo de la miríada de emociones congregadas de un tirón o de un zauabanazo en la cabeza y el pecho, al aparecer los créditos finales de lo que sea que esté viendo. Sin miedo.

Como su original bíblico, G. Caín es un peligro, es un mal ejemplo para los que quieran ver más allá de su ego, o confundan este con sus narices. Es una firma y un verbo tóxicos, pero definitivamente intoxicantes. Es unívocamente humano, aunque sus efectos sobre el crítico que lo lee son más serpentinos, pues convida a devorar de un bocado el fruto del árbol del Mal y del Bien, y de repente saberse desnudamente egocéntrico, pedante, crítico, sapiente y sapingo.

G. Caín como crítico es terrible, pues demuestra que las doctrinas y los doctrinarios son mortales, y el ego es el verdadero inmortal, aunque su traje de huesos y carnes se volatilice. Quedan las palabras, que son el ego encarnado y multiplicado, autofecundado, clonado, partenogenético. Y que el ego es goce y gozadera. Y el que más tiene que disfrutar sus críticas de cine es el mismo crítico.

Los lectores advertirán tal auto regocijo y serán libres de sumarse como voyeristas a este show espontáneo. G. Caín disfruta y se disfruta a su manera, y si la manera del lector es igual a la suya, o si el lector gusta de sus maneras, pues bienvenido. Si no, allá tú. Léete otra cosa.

Leer a G. Caín como crítico (peor aún: releerlo otra vez, si no se ha tenido suficiente de él a la primera) quizás sea la perdición definitiva, la proscripción, la segregación, la condena, el guillotinamiento, el suicidio, el horror. Pues en el fondo del pozo, bien lejos del péndulo, hay un espejo de alta precisión. (2019)

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