Gina y “Mayuya”: dos damas al servicio del cine cubano

Además del fallecimiento de Nelson Rodríguez, este mes el cine cubano perdió a dos mujeres cuyo aporte a la cinematografía nacional, si bien menos visible, no es menor.

María Eulalia Douglas (centro, a la izquierda) y Gina Preval (centro, a la derecha) durante un panel que organizó la UNEAC, en 2013, en el encuentro "Mujeres en el audiovisual", acompañadas por Rosalía Arnáez y Mayra Álvarez.

Foto: Cortesía del autor

Preparando este trabajo, me encuentro una foto donde están sentadas Gina Preval y María Eulalia Douglas (Mayuya) alrededor de la misma mesa, como parte de un homenaje que la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) les hiciera en 2013, durante la inauguración del encuentro “Mujeres en el audiovisual”. Hoy, cuando ambas no están físicamente, quiero imaginarlas sentadas juntas, nuevamente, conversando sobre todo lo que les quedó por hacer, pues, si algo tenían en común, era la persistencia y los sueños.

“Conocí a Cristo a través del cine”

Georgina de la Caridad Preval Valdés-Miranda es un nombre muy altisonante para una persona que siempre se destacó por la humildad. Por ello, para todos los que la conocieron, admiraron y respetaron, Gina Preval, así de simple, era suficiente.

Menuda, sencilla, bajita, era una mujer que había que medirla –como una vez dijera Napoleón– de la cabeza hacia el cielo, pues pocas personas tenían más energía, perseverancia y fe en el mejoramiento humano que ella.

Los que la conocimos en las actividades relacionadas con el cine en Cuba, ya fuera un festival de cine aficionado en cualquier parte de la isla, una conferencia de prensa, un evento de crítica, o en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, solo apreciábamos su modestia, su presencia sin intención de resaltar, su juicio justo cuando decidía ofrecerlo.

Sin embargo, en aquella pequeña y dulce mujer, siempre preocupada por todo lo que tuviera que ver con la relación entre la Iglesia católica y el cine, vivía una historia que la desbordaba.

El encuentro entre Gina y el cine se produjo en 1947, cuando conoció a América Penichet, presidenta del Centro Católico de Orientación Cinematográfica (CCOC), encargado de evaluar las películas según su contenido. Penichet la invitó a una sesión de la Juventud Femenina de Acción Católica y, desde ese momento, comenzó a relacionarse con esa ala de la Iglesia católica interesada en utilizar lo fílmico como un medio de evangelización. (1)

Gina Preval recordó que siempre se interesó más por la forma en que se hacía el cine que por lo relacionado con el sistema de estrellas. Este interés fue completado con la visita a Cuba, en 1948, de un miembro del Consejo Pontificio para la Comunicación Social, quien propuso cuatro líneas fundamentales para lograr un resultado exitoso en la labor que la Iglesia venía haciendo en el área cinematográfica:

Primero, formación cinematográfica. Segundo, aprendizaje del trabajo con los diferentes medios culturales del país y con sus profesionales. Tercero, dominio de la labor en los Cines Clubes –medio para el análisis del lenguaje cinematográfico– y, por último, la necesidad de crear una revista sobre el séptimo arte con carácter formativo.

Esta visita fue decisiva para la línea que iba a regir su vida de allí en lo adelante: “Como principio de vida me he empeñado en tratar de ser buena en las cosas que emprendo y, desde el momento en que comencé en este medio, deseé formarme para ser una verdadera cristiana. Me preparé por espacio de dos años en las líneas que se nos orientaron. Yo quería aprenderlo todo y por ello estábamos en todo. Hoy puedo decir que llegué verdaderamente a Cristo a través del cine”. (2)

A partir de este momento, comenzó el apostolado de aquella joven al servicio de Dios y del séptimo arte. Por eso la encontraremos como protagonista en todos los frentes abiertos por la Iglesia católica alrededor de este medio. Ella fue administradora de la revista Cine guía, una importante publicación aparecida en esos años, la cual logró una buena circulación por varios países de América Latina, y colaboró con la Guía moral del cine, desde 1955 hasta 1962, fecha en que desaparecieron ambas publicaciones.

1957 fue otro año importante y de reconocimiento para la labor que la Iglesia católica venía haciendo en el área cinematográfica: la Organización Católica Internacional de Cine (OCIC) celebró, por primera vez, su congreso fuera del marco europeo. El lugar escogido fue Cuba y asistieron casi todos los países de América Latina. “Ello ayudó mucho al equipo y nos crecimos” (3), evocó Gina.

Al triunfo de la Revolución, en 1959, el trabajo cineclubístico sumaba 42 núcleos en toda la isla y estos funcionaban en salas de cine existentes, mediante el pago de alquiler, y allí se presentaban las películas que se exhibían normalmente. Después vino la crisis entre la Iglesia católica y la Revolución. Muchos creyentes abandonaron el país; pero Gina permaneció en la isla y fue de las que, poco a poco, fue reconstruyendo la labor y la presencia del cine como parte de la función apostólica en la vida cultural cubana.

Desde mi punto de vista, la expresión más alta de esa faena constructiva entre Iglesia y Estado alrededor del séptimo arte se logró con la presencia del Premio OCIC como uno de los galardones fundamentales, a partir del V Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano (4). En este logro estuvo el protagonismo de Gina Preval, quien además fue parte de ese primer jurado, en compañía del sacerdote suizo Ambros Eichenberger, expresidente mundial de OCIC, monseñor Luciano Metzinger, peruano, el laico brasileño Miguel Pereira y el cubano P. Fernando de la Vega.

Su labor persistente e incansable de promotora, su fe convencida y su capacidad de servicio no pasaron inadvertidas. En 1998, con motivo de los 70 años de la fundación de la Organización Católica Internacional del Cine y el Audiovisual (OCIC), Gina Preval fue incluida entre seis personalidades de todo el mundo que hicieron aportes significativos a la OCIC; y en 2009, en el Congreso Mundial de SIGNIS en Chiang Mai, Tailandia, se le otorgó uno de los tres premios Por la Obra de la Vida, entregados a personalidades de la comunicación católica del mundo.

En Cuba, su trabajo fue también altamente reconocido como fundadora de la Federación Nacional de Cine Clubes y miembro de mérito de la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica (ACPC), entre otros.

Pero siempre la extrañaré por esa agilidad y el don increíble de su ubicuidad, aun cuando pasaba los noventa. Convencida de que quería continuar trabajando hasta que el Señor dispusiera.

“Había encontrado una vocación, y esta vez no equivoqué el camino”

La necesidad de mantener los sueños como energía vital fue la última respuesta de “Mayuya” a Arturo Sotto en la entrevista que este realizador le hiciera para su libro Conversaciones al lado de Cinecittá. Gracias a ese diálogo, pudimos conocer que ella llegó al Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) en 1962, de la mano de Mario Rodríguez Alemán, quien la invitó a trabajar con él en el Centro de Información Cinematográfica, y que su arribo a la Cinemateca de Cuba sucedió a finales de 1965:

“Alfredo Guevara dispuso que los archivos de documentación del Centro se trasladaran a la Cinemateca, y con ellos nos fuimos Teresa Toledo y yo. De 1965 a 1973, el personal en las oficinas de la Cinemateca estuvo conformado por su director, Héctor García Mesa, una secretaria y nosotras dos. Entre todos hacíamos el trabajo, que era mucho…” (5)

El propio Héctor García Mesa le asignó, en 1973, la plaza de especialista en la cinematografía cubana, y justo desde ese momento su labor fue organizar toda la información existente sobre las producciones fílmicas hechas en el país, más allá del propio ICAIC.

Los que hemos trabajado el cine cubano como investigadores, profesores, periodistas, programadores, guionistas de televisión y radio, agradecimos inmensamente la aparición de La tienda negra. El cine en Cuba [1897-1990], publicado por la Cinemateca de Cuba en 1997. El texto fue un oasis en el desierto de publicaciones sobre cine y, sobre todo, de recopilaciones de datos que permitieran abrir ventanas a investigaciones, trabajos de cursos, etc.

El libro compendia una todavía muy útil cronología del cine cubano desde el arribo del cinematógrafo a nuestra isla hasta 1990, fecha significativa porque marca el límite final de un periodo de prosperidad productiva y el inicio de una etapa completamente diferente en el cine cubano, debido a la crisis económica que vivió Cuba, de la cual no escapó el séptimo arte.

En La tienda negra igualmente pueden encontrarse datos imprescindibles, como los filmes estrenados por años dentro de la producción del ICAIC, las compañías distribuidoras en Cuba hasta 1958, la relación de los filmes realizados por aficionados hasta 1959. En fin, el resultado de un trabajo esmerado de muchos años, gracias a la paciente y persistente “Mayuya”.

Reynaldo González, director de la Cinemateca en ese periodo, lo valoró como un “libro de cabecera de la Cinemateca de Cuba” y “el libro más preciado elaborado por nuestros investigadores” (6) hasta ese momento. El legado investigativo y la utilidad de su contenido le mereció el Premio Nacional de Investigación Cultural “Juan Marinello”.

El texto que continuó su interés de poner al servicio de los interesados todo lo que había ido encontrando en sus años de labor (7) fue el Catálogo del cine cubano 1897-1960, con el cual organizaba la información de todo un periodo previo al surgimiento del ICAIC, por un tiempo obviado y apenas historiado, hasta que aparecieron los cuatro tomos de la Cronología del cine cubano de Arturo Agramonte y Luciano Castillo, por solo citar la investigación más enjundiosa sobre esos años.

Sería erróneo imaginarse a la “Mayuya” investigadora solamente, como la persona sumergida entre viejos legajos y publicaciones antiguas, organizando datos, unos detrás del otro. Ella también fue persona de pensamiento. Esto último lo demuestran sus muchas colaboraciones en revistas nacionales y extranjeras, así como publicaciones de su propio centro de trabajo, entre ellas las Coordenadas del cine cubano.

Su publicación más reciente fue El nacimiento de una pasión. El cine en Cuba 1897-2014, aparecido en 2017 bajo el sello editorial Oriente. Confieso que es el único que no he tenido en mis manos, por eso solo puedo juzgarlo por la bella nota de contraportada, escrita por Reynaldo González:

“El variado contenido de este libro, que atiende lo particular y lo general con similar interés, amplía el conocimiento del país a propósito de su cine. Conocemos personalidades y tránsitos historiables, las circunstancias en que Cuba afrontó la experiencia cinematográfica hasta llegar a un punto de inferidos cambios. Como los buenos relatos, no impone un cierre, sino un final abierto, calificación socorrida en los análisis de ciertos filmes, muchas veces con dejo de lamentación porque se desearía una conclusión explícita. Pero es más seductora la interrogante abierta, el suspense. No le corresponde cerrarla a quien estudia e informa. Tampoco al lector, sino a los protagonistas, los cineastas. Hemos llegado a un punto ápice, de incómoda expectación compartida con Doña María Eulalia Douglas, nuestra Mayuya. Un beso en su frente”. (8) (2020)

Notas:

1.- “Nuestro objetivo estaba centrado en que las personas percibieran que el cine es fuente de enriquecimiento cultural y se adentraran en su universo. Como Iglesia, buscábamos el mejoramiento humano de los hermanos”. Caridad Zayas: “La entrevista”. Nosotras. Movimiento de mujeres católicas. Cuba. Primer trimestre 2012. www.arquidiocesisdelahabana.org/contens/publica/nosotras/nos 1-2012/conten/8.html
2.- Caridad Zayas: ibídem.
3.- Caridad Zayas: ibídem.
4.- Pastor Vega, entonces director del Festival, le pidió ayuda a Gina Preval, presidenta del Centro Católico de Orientación Cinematográfica, para gestionar la presencia de un jurado internacional de OCIC. Se estableció comunicación con el recientemente desaparecido Robert Molhant, secretario general de OCIC, quien explicó que se debía invitar oficialmente a la Organización a constituir el jurado y, paralelamente, consultó a la Conferencia Episcopal Cubana, que dio su beneplácito. El Festival, por su parte, se comprometió a dar todas las facilidades para el funcionamiento del jurado. Cumplido el trámite formal de invitación, la OCIC creó su primer jurado en La Habana”. Gustavo Andújar: “El premio católico en el Festival Internacional de Cine de La Habana”. Vida cristiana http://vidacristianaencuba.com/vcristiana/index.php/articulos/sabia-usted/741-el-premio-cat%C3%B3lico-en-el-festival-internacional-de-cine-de-la-habana.html
5.- Arturo Sotto: “La memoria, ‘algo que tengo’”, en: Conversaciones al lado de Cinecittá. Ediciones ICAIC, La Habana, 2009, p. 241.
6.- Reynaldo González: “La tienda negra, una deuda y una alegría”, en: María Eulalia Douglas: La tienda negra. El cine en Cuba [1897-1990]. Cinemateca de Cuba, La Habana, 1997, p. VIII.
7.- Debo apuntar que, antes de La tienda negra, María Eulalia Douglas había concretado varios textos. Algunos sin publicar, otros, impresos en formas casi artesanales, de muy poca circulación, más allá del propio ICAIC.
8.- María Eulalia Douglas: El nacimiento de una pasión. El cine en Cuba 1897-2014. Colección Diálogo, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2017.

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.