“No pienso alzarme y menos tener arranques de conceptista”. Autoentrevista de Daniel Céspedes (Parte II y final)

Después de interrogar para un libro en preparación a casi cada crítico cubano de cine que a mano tuvo, Daniel Céspedes no tiene quien lo entreviste. Por eso no le quedó otro remedio que recurrir a la autoficción en este diálogo consigo mismo.

Daniel Céspedes

Foto: Cortesía del autor

DANIEL CÉSPEDES: La constancia tiene que ser un termómetro del crítico de cine, al menos de los que aquí llamaste tales.

DANIEL CÉSPEDES: Pero hay quienes no han escrito tanto y, sin embargo, son fieles a su vocación. Ya sabes, se enseña a hacer crítica de cine, pero se nace con vocación de crítico.

DC: ¡No me digas!

DC: Querido, se nace como se nace con otras vocaciones. Lo que se adquiere con el tiempo son métodos y saberes. Cuanto se tiene, no amerita demasiada preparación previa, sino reconocimiento. Con el reconocimiento, que es el examen de tus posibilidades, te llega la conciencia de adiestrar la vocación que, para un aficionado, le tomaría más tiempo adquirir, y para un simulador, por supuesto, no le tocaría, porque lo suyo consistirá siempre en remedar los logros de otros. Este último, engañándose, engañaría, me parece, a los ingenuos e ignorantes. En resumidas cuentas, como dice Shane en Raíces profundas, el personaje principal del western clásico de George Stevens: “Cada uno es lo que es. No se puede romper el molde”. O eres crítico o no lo eres.

DC: Pero François Truffaut decía que…

DC: Sí, sí, que si a un niño se le pregunta qué va a hacer de grande, jamás respondería crítico de cine. No hay que tomárselo al pie de la letra. No hay escuela específica para aprender a hacer crítica de cine. A un niño no le pasa por la cabeza que uno intente ganarse el pan escribiendo sobre cine, a no ser que sea Sofía, la hija de Dean Luis Reyes. Se nace con la vocación, que más tarde se aparea con el descubrimiento y la revisión del cine que uno pueda apreciar.

DC: Que para ti, ¿cuándo fue?

DC: ¿El descubrimiento del cine? Uff, desde niño. Veía de todo lo que (se) podía ver. La única película que no me dejaron ver cuando era chico fue El exorcista. Galiano la volvía a poner por la televisión en Historia del cine y mandó a que los padres acostaran a los niños que estaban despiertos. No fue sino hasta el segundo año de la universidad que pude apreciarla y me asombró. Aún tiene escenas muy aterradoras, que pueden competir con muchas de las propuestas posteriores, esas que están apoyadas en rimbombantes pero no siempre más decisivos efectos especiales en relación con la narración. Las de ahora son, en la mayoría de los casos, alardes o descalabros de visualidad que, justificados por la historia y el argumento, redundan y hasta ridiculizan el tema, para desequilibrar incluso el propio avance del relato, y esto solo para engrandecer una escena que desbalancea el conjunto.

DC: Pero en el giallo, el slasher, el gore… importan más las coreografías y la teatralización de la violencia y la muerte que la armonía de la trama. Es lo formal en beneficio de la visualidad

DC:-Es verdad. Aunque eso no está siempre en el cine de terror, al menos en el mejor cine de terror. La película es un todo, no dos o tres momentos de lucimientos técnico-formales.

DC: Además del libro de Lezcano, ¿qué otros textos te han impulsado a ver cine?

DC: Las biografías y algunas novelas. Aunque ha habido adaptaciones que me han hecho leerme el libro a continuación. Es mejor primero leerse el libro y luego ver la película. Eso sí, como crítico no espero que la película sea el reflejo fiel del libro, no hago esos reclamos. El director tiene derecho a llenar vacíos o elipsis configurando su adaptación o versión, a partir de su enfoque de la obra literaria.

Por su parte, los libros de los críticos, como cabe suponer, impulsan a que uno vuelva a ver un filme o lo aprecie por vez primera. Algunos ensayos de Susan Sontag y relatos de Gore Vidal como Myra Breckinridge o su biografía Una memoria me han hecho reparar en películas que desconocía. Otros textos te los he mencionado ya.

DC: El actor y la actriz que más te gustan

DC: ¿Un solo actor? No puedo mencionarte uno solo. Perdón por eso. Christian Bale tiene una fuerza en pantalla tremenda y es un actor que puede con todo, lo mismo que Michael Fassbender. Pero antes que ellos me gustan más Geoffrey Rush y Colin Firth. Del pasado, Montgomery Clift. Querer ver todas las propuestas en las que trabajó Monty Clift me permitió conocer la restante obra de directores importantes como Howard Hawks, Fred Zinnemann, William Wyler, George Stevens, Alfred Hitchcock, Edward Dmytryk, Stanley Kramer, John Huston… En cuanto a una actriz, me encanta Jessica Lange, aunque también Tilda Swinton, Nicole Kidman, Cate Blanchett… si bien la mía es Sigourney Weaver. Y del pasado, Judith Anderson, Vivien Leigh, Rita Hayworth, Gene Tierney, Ingrid Thulin, Bibi Andersson…

DC: ¿Buster Keaton o Harold Lloyd?

DC: Buster Keaton.

DC: ¿Chaplin o Cantinflas?

DC: Cantinflas, de quien, por cierto, Fina García Marruz redactó un ensayo que cualquier crítico de cine hubiera querido escribir.

DC: ¿William Wyler o Billy Wilder?

Dc: Billy Wilder.

DC: ¿Y entre Spielberg, Scott y Cameron?

DC: No me parece muy atinado poner a Ridley Scott junto a Spielberg y Cameron. Para mí estos últimos son tecnólogos del séptimo arte. Con sus altas y sus bajas, Scott es un autor más inteligente y arriesgado.

DC: ¿Y entre Roland Emmerich y Darren Aronofsky?

DC: No sé qué tiene que ver el uno con el otro. Pero me quedo con Roland Emmerich, quien fue capaz de salirse una vez de sus películas de catastrofismo y ciencia ficción y rodar una obra mayor como Anónimo, aunque no debería menospreciarse Réquiem por un sueño, de Aronofsky.

DC: Sokúrov o Zviáguintsev

DC: Zviáguintsev es interesante; Sokúrov es alarmante. Me quedo con Sokúrov. Padre e hijo se ha malinterpretado bastante; bueno, como no se entendió en su momento las escenas entre Bibi Andersson y Liv Ullmann en Persona.

DC: Tu película extranjera

DC: Billy Elliot.

DC: ¿Y en cuanto al musical?

DC: El musical me encanta. No me gusta Fred Astaire. Soy más de Gene Kelly y, antes que me pongas a escoger entre Molino rojo, Chicago o Dreamgirls, me quedo con Molino rojo, aunque venda bandas sonoras y su drama romántico sea el pretexto para ello. Y, primero que estas, prefiero West Side Story, y no por gusto una de mis series es Glee. Ah, y para que lo tengas en cuenta, no menosprecio ni Un día en el solar y menos Patakín (quiere decir ¡fábula!), esta última a mi entender posee varios momentos elevadísimos del cine musical hecho en Cuba, con una Asseneh Rodríguez insuperable. Nuestro gran musical sigue siendo La bella del Alhambra.

DC: A propósito de series…

DC: Si he seguido cuatro o cinco, te mentiría. Sin embargo, he visto de principio a fin Feud.

DC: ¿Te ha gustado?

DC: Mucho, porque es una serie que, con el propósito de evocar la rivalidad entre dos estrellas (Joan Crawford y Bette Davis), logra trasladarnos a ese Hollywood entre bambalinas que se puede desconocer y uno puede sospechar, o del cine dentro del cine, con una cantidad de detalles y sugerencias ya apreciados, que sé yo, desde El crepúsculo de los dioses hasta The player y otras tantas propuestas más.

Cierta o exagerada la rivalidad entre las actrices mencionadas, lo que más vale en Feud es todo cuanto hay detrás de una producción cinematográfica: el funcionamiento de los grandes estudios; el star system; el premio Oscar; la prensa amarillista; la propia época en la que se rodó ¿Qué fue de Baby Jane? y otras (épocas y películas) que se aluden, y cómo toda la industria ha condicionado —aunque ya no procede solo del cine— la forma de revalidarse como estadounidense; asimismo, cómo el cine ha influido en prefijar determinados patrones sociológicos y culturales, cuando no a reafirmar lo que algunos han propuesto como la sociedad norteamericana ideal. Todo un mito, como la construcción de sus héroes cinematográficos. Y, claro, Feud merece verse al mismo tiempo por la presencia de Jessica Lange, Susan Sarandon, Judy Davis y un maravilloso Alfred Molina interpretando a Robert Aldrich, quienes ofrecen en todo momento peripecias repletas de conversaciones elocuentes sin dejar de brindar, por supuesto, indiscutibles clases de actuación.

DC: ¿La Crawford o la Davis?

DC: La Crawford

DC: Hay algunos momentos de Feud en que se alude a la enemistad entre las hermanas Olivia de Havilland y Joan Fontaine.

DC: Sí. No se te olvide que ambas protagonizaron un espectáculo dentro de otro en la ceremonia del Oscar de 1942, cuando Joan Fontaine estuvo nominada por La sospecha y Olivia de Havilland por Si no amaneciera. Como se sabe, ganó La Fontaine, quien, para colmo, rechazó las felicitaciones de Olivia al subir a recoger su galardón. Joan Fontaine estuvo correcta en La sospecha, como en los demás papeles que interpretó durante su carrera. No menos puede decirse de De Havilland. Lo que me sucede con esta última es que, si bien se ve un poco apagada en alguna que otra interpretación, es mejor actriz que su hermana, amén de que tiene más carácter y presencia que la protagonista de, entre otras, Nacida para el mal.

DC: Aunque en Rebeca no estuvo mal.

DC: ¿Cómo podía estarlo con un papel secundario favoreciéndola como el de la Sra. Danvers, la antagónica ama de llaves encarnada por Judith Anderson? Es más, sin el personaje de Danvers, el de la Fontaine hubiera sido tan referido como el de Rebeca. Este es un ejemplo de cómo una actriz secundaria se traga a una protagonista. Por cierto, lo mismo le sucede a Olivia de Havilland en Si no amaneciera, cuando entra en el relato Paulette Goddard, si bien aquí actriz y personaje secundarios no tienen por qué sobrepasar lo que representa para la historia el personaje “defendido” por De Havilland.

Unos años después, Olivia se luciría y le darían un Oscar bien merecido por La heredera, del maestro William Wyler. Aunque, en verdad, hay que ser muy mala actriz para no comprender de qué va un personaje femenino como el de esta chica rica, pero un tanto sosa. Ofrecer una transición contundente como la que le provoca el personaje de Montgomery Clift a una joven antes ingenua y tonta que, a consecuencia de la decepción, madura hasta cambiar la manera de observar a los demás e incluso el tono de la voz, requirió, claro, la presencia de una actriz con todas las de la ley. Con La heredera, Olivia de Havilland se creció como artista de la pantalla grande.

Ahora, si quieres ver cómo una actriz principal devora a su equivalente masculino, tienes que ver —para seguir con la misma época— El puente de Waterloo (Mervyn Leroy, 1940), con Vivien Leigh y Robert Taylor. No es que ella lo haga adrede. Es que las deficiencias para ese entonces del joven actor eran evidentes. Pero Taylor, seamos justos, mejoraría con el tiempo. Sorprende, por ejemplo, su interpretación en Soborno, de Robert Z. Leonard.

DC: En tu caso, supongo que manejas esos referentes del cine clásico porque sigues la programación de la Cinemateca de Cuba, ya que en el paquete no se encuentran determinadas películas.

DC: No subestimes a los del paquete. A veces te puedes encontrar maravillas del llamado cine “viejo o del pasado”. Pero, en mi caso, no ha sido la programación de la Cinemateca la que directamente me ha nutrido, sino el cargo de jefe de la Mediateca André Bazin de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. Como es una gran biblioteca híbrida, donde se conservan audiovisuales como películas, documentales, videoclips y hasta música, amén de los materiales impresos (tesis y libros), existe la posibilidad de poder apreciar las obras de directores de ahora y ayer. Es una oportunidad única muy bien reforzada, si te organizas para ver y leer o viceversa. Esta Mediateca tiene tantos materiales que es un crimen no servirte de cuanto has querido ver y lo que no esperabas leer.

Mientras se clasifican estrenos, se va organizando lo que se posee; o sea, saber qué falta y qué no es indispensable para garantizar la entrada y almacenamiento de obras capitales de la cinematografía mundial. Para clasificar y organizar como añadir y descartar hay que conocer de cine, y para eso tienes que verlo. Puedes entonces imaginarte lo que ha significado para mí trabajar en un espacio con estas características. Era uno antes de llegar a la EICTV y hoy soy otro. Luego, he tenido que iniciar y continuar una sección de crítica para el programa Ve y mira que dirige mi amigo Lázaro Alderete y ahí sí que he tenido que centrarme en la programación de la Cinemateca de Cuba, a cuya programación me veo imposibilitado casi siempre de asistir porque vivo, con escasa diferencia, en otra provincia: El Rincón. De manera que, si manejo esos referentes del cine clásico, es por el acceso a los fondos de la Mediateca André Bazin o por lo que me ofrecen amigos como Antonio Enrique González Rojas, Tony, quien tiene una cantidad inimaginable de materiales de todos los géneros.

DC: Tu película cubana.

DC: Papeles secundarios.

DC: Y el director cubano.

DC: Tomás Gutiérrez Alea.

DC: Tengo curiosidad por saber cuál es tu película de las de Fernando Pérez.

DC: ¿De Fernando Pérez? La vida es silbar.

DC: En cuanto al documental cubano y extranjero.

DC: Aunque veo muchos documentales, no tengo esas preferencias. Deja ver, los de Nicolás Guillén Landrián, y disfruté de unos que vi hace poco: Esta es mi alma y El viaje más largo, ambos de Rigoberto López. Sobre Cuba, el de Jorge Dalton: Eliseo Alberto. En un rincón del alma es muy hermoso. Escribí por encargo sobre la obra desigual, pero meritoria, de Luis Felipe Bernaza. Me gusta Oscar Valdés y sabes que le dediqué unas páginas a Hombres de Mal Tiempo, del argentino Alejandro Saderman. Veo documentales no solo sobre cine, sino acerca de artistas y escritores, incluso de bebidas y excitantes.

DC: Tu dibujo animado.

DC: Mil veces El príncipe de Egipto. Tiene un no sé qué entre visualidad, trama y música que me hace olvidarme de La sirenita o el Hércules de Disney, que me fascinan. Soy más de Dreamworks. De Hayao Miyazaki prefiero El viaje de Chihiro. De Cuba me encanta la obra de Tulio Raggi.

DC: Tu superhéroe.

DC: Spiderman.

DC: ¿Te gusta contar películas?

DC: Ya no. Pero antes, cuando era niño, contaba muchas. Parece que funcionaba porque, pasados los días, tenía que volver a contar una película a las mismas personas.

DC: ¿Tienes tus fragmentos o momentos preferidos de películas?

DC: Pues mira que sí, hay tantas de artes marciales que aún disfruto. De hecho, entrené karate cuando niño. En este caso, son las escenas de peleas, que van desde El flautista contra los ninjas hasta La casa de las dagas voladoras, pasando por una cantidad enorme, imagínate, la lista es extensa. Confieso que me gustan las peleas coreografiadas y la estetización justificada de la violencia, muy advertible además en numerosos westerns y en las películas de superhéroes.

De las que he ido viendo y recuerdo mejor está, por ejemplo, la escena de la madre que cae de rodillas cuando, en Salvando al soldado Ryan, le vienen a comunicar que le han matado a tres de sus cuatro hijos durante la guerra. Cuando en Billy Elliot el padre sorprende a su hijo bailando y este comienza a zapatear con una vehemencia determinante y provocadora; cuando en Soldados de Salamina el personaje interpretado por Alberto Ferreiro sale en un instante a cantar bajo la lluvia; cuando en Gritos y susurros —que no es de las de Bergman mi preferida— Agnes, la muerta que reposa en una cama, pide ver a sus hermanas; cuando la vampira interpretada por la fabulosa Tilda Swinton en Solo los amantes sobreviven se encuentra con un chupasangre viejo que no es otro que Christopher Marlowe, interpretado por John Hurt. Me quedo asimismo con todas las conversaciones que sostienen Diego y David en Fresa y chocolate. Recuerdo algunos momentos de miradas y diálogos en La tormenta de hielo y de Brokeback Mountain, ambas de Ang Lee, quien ha abordado la sociedad y la cultura estadounidense en general mejor que los propios directores estadounidenses. Lila Downs en Fados… De seguro hay más, pero son los que tengo más presentes ahora.

DC: ¿Cómo es un día de trabajo tuyo?

DC: Se pudiera pensar que escribo todos los días, pero no es así. Cuando me siento a escribir, trato de hacerlo de varios temas. Luego dejo descansar los textos y los continúo otro día. Cuando termino un escrito, los otros están por concluir. De ahí que a veces entregue dos o tres trabajos a la semana. Un día de trabajo mío puede ser tan placentero como agotador. Priorizo los encargos y trato de ver algo todos los días: una película o dos, o una película y un documental, según lo que duren. Escribo más los fines de semana que los demás días que, por lo general, son para leer. Así lo hago, aunque me sienta muy bien y tenga ese derroche de energía típico de los que nacen bajo el signo de Aries, o tenga esos días terribles luego de no haber podido conciliar el sueño y me queda, entonces, aferrarme a pensamientos positivos para poder leer, ver y escribir. Me agoto como todo el mundo, aunque me demoro en percatarme del cansancio. Trato de no aburrirme de temas o personas. Pero ya eso no siempre depende de mí.

DC: ¿Qué es el cine para Daniel Céspedes?

DC: Una de las creaciones más inclusivas y gratificadoras que la humanidad se ha regalado a sí misma. ¡Cuánto brío el de registrar nuestras constancias de todas clases!

DC: ¿Te gustó que yo te entrevistara?

DC: No precisamente. Me gustó la entrevista.(2019)

 

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