Por cada crítico vacunado, hay millones de espectadores (Parte 1)

Segunda entrega de una serie de entrevistas con críticos cubanos de cine. Ahora, se dialoga con José Alberto Lezcano.

José Alberto Lescano, maestro de la crítica cinematográfica.

Foto: Cortesía del autor

José Alberto Lezcano (Pinar del Río, 1935) es uno de los críticos cinematográficos de Cuba en apariencia menos prolíficos. Fundador del primer Cine Club y de los Círculos de Interés Cinematográfico de su provincia, fue considerado por Rufo Caballero como el mejor de nuestros analistas vivos sobre el séptimo arte.

A Lezcano se le pudo seguir por mucho tiempo gracias a sus colaboraciones con numerosas revistas culturales. Sus textos aparecían junto a otros especialistas de su época y a las nuevas voces que fueron y han ido surgiendo por cuenta de la recepción entendida sobre el cine cubano e internacional.

No fue hasta hace pocos años que el autor de La magia del laberinto (Ediciones Loynaz, 2005) y de El actor de cine: arte, mito y realidad (Ediciones ICAIC, 2009) dejó de colaborar con mayor asiduidad. No podía dejar de cumplir con sus habituales funciones laborales, como la hechura y entrega de sus guiones para la Emisora Radio Guamá y el arduo proceso de un nuevo libro (El cine tiende sus redes. Relaciones de la pantalla grande con otras artes) con Ediciones ICAIC. No obstante, se le ha visto comentando o prologando algún que otro libro de colegas de profesión.

Lezcano, quien siempre ha vivido por decisión personal en Pinar del Río, tiene una relación muy íntima con su máquina de escribir. En 50 años no ha sido tentado por ninguna computadora. Eso sí, no descuida sus otros dos amores principales: el cine y la lectura. ¡Qué privilegio llegar con la conciencia de rendirles a estas constantes vitales!

DANIEL CÉSPEDES: Vamos a empezar desde tu presente. Tienes ya más de 80 años. Has tenido la oportunidad de ver mucho cine y, por tanto, de seguir la filmografía de un director; la carrera de un(a) intérprete; la aparición, la continuidad y el crepúsculo de un género; también las idas y venidas de líneas temáticas; las nuevas tecnologías, con sus consecuencias en la manera de hacer y ver el cine… en fin, ¿qué ha significado para ti, como espectador, enfrentarte a todos estos cambios técnicos y artísticos?

JOSÉ ALBERTO LEZCANO: La desinformación es, en mi opinión, uno de los peores enemigos de cuantos eventos cultivan la crítica. Quienes no siguen el compás de los avances técnicos y artísticos, trátese del cine o de cualquier otra manifestación creativa, jamás podrán escribir tres líneas que resulten creíbles o convincentes. Esto implica que el estudio y la investigación constantes son premisas de primer orden para un ente que aspira a orientar a los demás con sus puntos de vista. En mi caso particular, creo haber actuado en los últimos tiempos con interés, responsabilidad y autoexigencia.

DC: ¿Cómo define Lezcano la crítica de cine?

JAL: Para mí, la crítica de cine equivale a un examen desprovisto de fanatismo, posiciones acomodaticias y falta de esmero en el lenguaje. Me revientan las crónicas que abusan del queísmo, la sintaxis caótica o la repetición marcada de ciertos vocablos que el autor de la crítica considera muy elegantes y solo denotan su escasez de vocablos. El contenido de la crítica puede ser positivo, negativo o medianamente favorable, pero en ningún caso debe convertirse en una verborrea prefabricada, que aleje al lector en vez de atraerlo.

DC: ¿Dónde publicaste por primera vez un texto sobre cine?

JAL: Mi primer texto sobre cine apareció en el veterano de los semanarios de Pinar del Río, el Heraldo Pinareño, que contra viento y marea dirigió por largo tiempo Don Isidro Pruneda. Ya no recuerdo ni el tema de aquella crónica inicial, pero me consta que fue simplista en exceso, carente de objetividad y con una redacción (por llamarla de algún modo) “primitiva”.

En el propio periódico publiqué numerosas críticas. La práctica ayuda al crítico cuando el vocablo autoprecede a su profesión. Poco a poco aprendí a deslindar lo esencial de lo ornamental; pude conocer el estilo culto pero un tanto “rebuscado” de G. Caín; el método desenfadado de quien fuera mi coterráneo, René Jordan (al que conocí personalmente y me dijo alguna frase de estímulo); el modo feriado de Emma Pérez —me viene a la mente una frase típica de ella, en su crítica sobre Un tranvía llamdo deseo de Elia Kazan: “¡Cómo dice las cosas más conmovedoras del mundo la grande, la divina Vivien Leigh!”— y los densos enfoques de Francisco Parés, del que algunos murmuraban que a veces criticaba filmes que no había visto, solo basado en el juicio de su cinéfila esposa…

DC: A la luz de hoy, ¿cómo recuerdas esa primera experiencia?

JAL: Como una especie de “entrenamiento acelerado”, que prosiguió más tarde con mi desempeño de escritor y locutor en Cadena Occidental de Radio.

DC: Me contaste en una ocasión que, al leer una crítica de Guillermo Cabrera Infante, G. Caín, le escribiste una carta porque se había equivocado en un dato. ¿Te respondió? Cuéntame al respecto.

JAL: En dos ocasiones le escribí a Caín (Cabrera Infante) y las dos veces me concedió espacio en sus páginas de la revista Carteles. La primera, para rectificarle unos datos de crónicas recientes (por ejemplo, un Oscar de más a Humphrey Bogart). Mi segundo ataque, más intenso, ocupó toda una página de la revista. Esta consistió en una especie de anatomía de sus preferencias, sus contradicciones e incluso sus poses publicitarias. Hoy reconozco que me excedí en determinados golpes, pero tal vez se justifiquen por mis escasos años en el gremio.

DC: ¿Quiénes fueron tus paradigmas para tan solitaria e incomprendida vocación?

JAL: No tengo muy definido si realmente tuve paradigmas para “tan solitaria e incomprendida vocación”. En mis días de estudiante de preuniversitario aprovechaba las clases más aburridas para garabatear ideas sobre el último estreno en la ciudad. Nunca pensé seriamente en que aquello pudiera ser una actividad de peso en mi futuro, pero mi temprano dominio de la lengua inglesa me permitió entrar en contacto con algunos trabajos de críticos británicos y estadounidenses, de los que aprendí a valorar esencias por encima de menudencias, sugerencias antes que regencias.

DC: Antes de la llegada del video, los móviles, las memorias flash, la cajita… tenías que ir al cine y volver a la sala oscura, si te interesaba escribir sobre determinado filme. Desde hace tiempo, puedes cronometrarte para ver un material como te venga en gana. ¿En qué medida crees que repercute esta libertad a la hora de escribir y hacer crítica de cine?

JAL: Es evidente que la crítica —y no solo ella— se beneficia con las aperturas técnicas, la facilidad para entrar en contacto directo (en cualquier momento) con imágenes desperdigadas o coherentes que en el pasado parecían tan remotas como el Egipto de los faraones. Pero, atención… hasta los rastreos en esa dirección deben estar unidos a una concepción clara de por qué esa revisión, qué se propone, en qué está basada, etc.

DC: Tus textos se distinguen por la excelencia del lenguaje, tus conocimientos sobre el antes, el durante y el después de una película, y luego, lo más singular, a mi entender, estriba en la asociación cultural que logras como resultado de años de relecturas, que no soslayan ni géneros literarios ni otras manifestaciones artísticas. ¿Qué crees de los críticos que solo ven y leen sobre cine?

JAL: Que no son, no fueron y no serán jamás críticos de nada.

DC: ¿Te gusta la crítica centrada en uno o dos elementos o esa otra que quiere decir algo de cada detalle o indagar en la generalidad de la obra cinematográfica?

JAL: La obra que quiere decir algo de cada detalle de un filme encaja bien en un libro, trátese de memorias o ensayo. La crítica que indaga en la generalidad de la obra cinematográfica suele habitar en una revista especializada. Un poco más discriminatoria y con buen poder de síntesis, se puede enfocar el alfa y el omega de un filme, desde las páginas de un diario.

DC: A propósito de la relación entre la literatura y el cine, o viceversa, ¿pides subordinación total del director al referente literario o licencia creativa a partir del guion adaptado?

JAL: La relación entre la literatura y el cine es un tema muy complejo, al que dedico mucho espacio en mi libro El cine tiende sus redes. Coincido con el italiano Baldelli: “No importan los cambios que se hagan por la vía de la adaptación. Lo importante es que el producto fílmico tenga vida propia, camine por sí mismo”.

DC: ¿Qué opinión te merece el interés y la escritura sobre cine de otros intelectuales que no figuraron o figuran como críticos de cine, como lo hicieran en diferentes etapas, por ejemplo, Mirta Aguirre en Cuba o Julián Marías y Carlos Fuentes en España y México, respectivamente?

JAL: De los intelectuales que cultivaron la crítica de cine como un “segundo violín”, creo que Mirta Aguirre —gran ensayista, buena poeta, eminente profesora— se mostró a veces bastante ingenua en sus crónicas fílmicas, pero sabía dimensionar lo social, lo político, lo histórico, de modo muy satisfactorio.

DC: En cuanto al repetido distanciamiento entre la popularidad del público y la recepción del espectador especializado, el excelente crítico colombiano de cine ya fallecido, Luis Alberto Álvarez, expresó: “Es absurdo pretender que la mediocridad deje de existir por el hecho de ser consumida masivamente. Es como pensar que comer excrementos es bueno porque así lo recomiendan millones de moscas en todo el mundo”. ¿Cómo aprecias esta relación/divorcio entre público y crítica?

JAL: Siempre ha existido y me temo que siempre existirá el divorcio entre público y crítica. El crítico logra dominar toda una estrategia que, a la larga, lo inmuniza en cierto modo contra los efectos del comercialismo, los trucos publicitarios, la simpatía por cierta estrella y el apego más o menos estable a determinados géneros. Por cada crítico vacunado, hay millones de espectadores que, en el mejor de los casos, contemplan al crítico como un marciano que se viste y habla como los demás, pero cuyo cerebro se perdió hace tiempo en una orgía de películas aburridas, interminables, en las que se habla hasta cuando se reúnen dos mudos y que no justifican el dinero invertido en su realización. (Esta opinión mía ha sido objeto de crítica por algunos críticos).

DC: Lo que me lleva a preguntarte, ¿cuál es la función del crítico de cine?

JAL: Ante el fenómeno señalado en la respuesta anterior (y otros que surgen por causas diversas), la función del crítico ha de ser educativa (ojo: con gran cuidado, para evitar el teque, las citas del alemán Fulano y del ruso Ciclano, exponiendo ideas valiosas sin olor a consigna de tribuna, inspirando confianza y no sometimiento oral). Será persuasivo, con datos elocuentes y actitud modesta. Debe lograr que lo escuchen y lo entiendan y esto, aunque difícil, es posible.

DC: ¿Asumes El Paquete porque alguien te recomienda algo o tú lo revisas personalmente y escoges?

JAL: No dispongo de paquete alguno. Si dispusiera de alguno, lo revisaría personalmente y escogería.

DC: ¿Qué importancia le concedes no solo al cine clásico de Hollywood, sino a otras cinematografías foráneas representadas por grandes directores como Buñuel, Antonioni, Kurosawa, Bergman… que las nuevas generaciones desconocen o menosprecian por la avalancha de propuestas “modernas”?

JAL: Atribuyo mi formación cinematográfica, ante todo, a los grandes representantes del cine europeo en la época en que los cinedebates, los círculos de interés fílmico y el aporte de sólidas publicaciones permitían la expansión y el disfrute de esa cultura. Buñuel es un caso aparte. De origen español, radicado en México, regaló a ambas cinematografías lo más prominente del cine en esos países, mientras que la pantalla francesa le debe más de un título trascendente. Me creo deudor de Bergman, Antonioni, Truffaut, Malle, Lean y otros maestros, sin que ello me impida reconocer el genio de Kurosawa o de cineastas “clásicos” como Hitchcock, Orson Welles y John Huston.

DC: ¿Se nace con vocación crítica o sobreviene como sorpresa un día inesperado?

JAL: Creo que se nace con vocación crítica. En mi caso particular, todavía circula alguna anécdota de mi niñez, cuando mis familiares más cercanos me arrastraban a los cines en que proyectaban una película estimable por cada docena de folletines insufribles para mí y divinos para mis parientes. Mi “criterio” chocaba generalmente con el de ellos.

DC: ¿Qué ha significado el cine para ti?

JAL: El cine me atrajo siempre poderosamente y, de algún modo, mi pasión por la lectura, desde muy temprano, me ayudó a entender pronto obras y asuntos que tal vez eran abrumadores para los espectadores de mi edad. Un ejemplo. A los 13 años logré permiso para viajar solo a La Habana para ver en el cine Capri el estreno de la cinta inglesa Hamlet, dirigida y protagonizada por Laurence Olivier. Mi amor por aquella película me obligó a leer, en un período no muy extenso, todas las piezas de Shakespeare.

DC: ¿Sueña cinematográficamente Lezcano?

JAL: No estoy seguro de que sueño cinematográficamente, pero sí puedo afirmar que varias de las películas que mayor impresión me causaron influían a veces mediante pesadillas muy deprimentes o derivaciones muy estimulantes. En el primer grupo: la italiana El limpiabotas, con sus escenas finales; en el segundo, el largo animado de Disney, que siempre fue uno de mis preferidos (digan lo que digan sus detractores), Dumbo. (2019)

(Continuará…)

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